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La promesa de la Tierra

La promesa de la tierra constituye uno de los grandes hilos que recorren la historia de la redención. Desde la pérdida del Edén, las Escrituras desarrollan progresivamente la esperanza de que Dios restaurará a su pueblo en un lugar de bendición y comunión con él. Esta promesa adquiere una forma concreta en el pacto con Abraham y en la tierra de Canaán, pero su alcance trasciende las fronteras de Israel. Los profetas anuncian una restauración mayor, vinculada al nuevo pacto, a un nuevo David, a la participación de las naciones y, finalmente, a unos cielos nuevos y una tierra nueva. El Nuevo Testamento muestra que todas estas expectativas convergen en Jesucristo: él es el verdadero descendiente de Abraham y aquel en quien el pueblo de Dios recibe su herencia. Así, desde el Edén hasta la Nueva Jerusalén, la promesa de la tierra revela el propósito de Dios de recuperar lo perdido por el pecado y llevar su creación a su consumación definitiva, cuando su pueblo redimido habite para siempre en su presencia.

En busca de la ciudad que ha de venir

El propósito de este artículo se centrará en las diversas formas en que los escritos del Nuevo Testamento describen el desarrollo del plan de Dios para establecer su ciudad-templo en la tierra.

El primero de estos se refiere al remplazo del templo de Jerusalén por un nuevo templo espiritual: la iglesia. Esta transición significa que la ciudad de Jerusalén ya no es la única ubicación de la presencia de Dios en la tierra.

En segundo lugar, una representación negativa de Jerusalén, especialmente en el Evangelio de Mateo, anticipa la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. C. Este importante acontecimiento pone fin a cualquier posibilidad de que Jerusalén siga siendo la morada de Dios en la tierra. Sin un templo habitado por el Señor, Jerusalén no es diferente a cualquier otra ciudad.

En tercer lugar, varios pasajes del Nuevo Testamento se centran en cómo los seguidores de Jesús disfrutan el privilegio de ser ciudadanos de una ciudad celestial que al final se convertirá en una ciudad cosmopolita y mundial en una tierra renovada. Con la recreación del cielo y la tierra, Dios y su pueblo redimido vivirán juntos en una metrópolis extraordinaria.

Los Cuatro Puntos de Vista del Apocalipsis: Historia, Hermenéutica y Teología del Texto Profético

Al recorrer los cuatro enfoques del Apocalipsis —preterista, historicista, futurista e idealista—, la teología descubre no cuatro verdades distintas, sino cuatro dimensiones de una sola revelación: Jesucristo.

El preterismo nos enseña que la Palabra se cumple en la historia concreta.

El historicismo, que el Señor guía la historia hacia su fin.

El futurismo, que la promesa no ha caducado y aún esperamos su venida.

El idealismo, que todo tiempo está habitado por el sentido eterno del Verbo.

Cristo es el Alfa y la Omega de todas las interpretaciones. Su cruz ilumina el pasado, su resurrección sostiene el presente, su gloria orienta el futuro, y su amor da significado eterno al símbolo.

El Apocalipsis, leído en su unidad, es una teología de Cristo en el tiempo: el Cordero degollado desde la fundación del mundo, el Señor que reina y el Esposo que viene.

Toda exégesis desemboca en la doxología:

“Aquel que nos ama y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,
y nos hizo reino y sacerdotes para Dios, su Padre,
a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.” (Ap 1:5–6)

El Templo escatológico – G.K. Beale

El primer tabernáculo y el primer templo existían mucho antes de que Israel apareciera en escena. De hecho, es evidente que el primer santuario es perceptible desde el comienzo mismo de la historia.

Este ensayo es un resumen abreviado y una revisión de G. K. Beale, A New Testament Biblical Theology (Baker Academic, 2011), 614-48, donde se encuentran fuentes secundarias de apoyo.

Fiesta de los Tabernáculos (Sukot)

(חַג הַסֻּכּוֹת, chag hassukkoth, σκηνοπηγία, skēnopēgia). También conocida por su transliteración, Sucot. Una de las tres grandes fiestas anuales de Israel, celebrada en el momento de la cosecha, en agradecimiento por la provisión presente y pasada de YHVH.