Mes marzo 2026

La continuidad de los pactos divinos

La continuidad de los pactos divinos aborda la unidad de los pactos divinos en la Escritura, destacando los pactos con Noé, Abraham, Moisés, David y el nuevo pacto. Se plantea la relación entre estos pactos, cuestionando si son sucesivos y distintos o si se complementan entre sí. La evidencia sugiere que los pactos son unificados, con un carácter estructural y temático. Se examinan los pactos de Abraham, Moisés y David, mostrando que cada uno se basa en el anterior, reflejando una continuidad en la experiencia histórica de Israel. La inauguración de cada pacto se vincula a los anteriores, como se observa en la liberación de Israel de Egipto, que se relaciona con las promesas a Abraham. La historia de Israel bajo estos pactos también demuestra su unidad, ya que el pacto mosaico no anula el abrahámico, y el pacto davídico se basa en ambos. Además, se destaca la importancia de la genealogía en los pactos, donde cada generación está conectada a las promesas anteriores. El nuevo pacto se presenta como la culminación de los pactos anteriores, cumpliendo las profecías y uniendo las promesas de los pactos de Abraham, Moisés y David. Finalmente, se concluye que la unidad de los pactos se manifiesta en la figura de Cristo, quien encarna la esencia de todos los pactos, garantizando su continuidad y cumplimiento a lo largo de la historia de la redención.

En busca de la ciudad que ha de venir

El propósito de este artículo se centrará en las diversas formas en que los escritos del Nuevo Testamento describen el desarrollo del plan de Dios para establecer su ciudad-templo en la tierra.

El primero de estos se refiere al remplazo del templo de Jerusalén por un nuevo templo espiritual: la iglesia. Esta transición significa que la ciudad de Jerusalén ya no es la única ubicación de la presencia de Dios en la tierra.

En segundo lugar, una representación negativa de Jerusalén, especialmente en el Evangelio de Mateo, anticipa la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. C. Este importante acontecimiento pone fin a cualquier posibilidad de que Jerusalén siga siendo la morada de Dios en la tierra. Sin un templo habitado por el Señor, Jerusalén no es diferente a cualquier otra ciudad.

En tercer lugar, varios pasajes del Nuevo Testamento se centran en cómo los seguidores de Jesús disfrutan el privilegio de ser ciudadanos de una ciudad celestial que al final se convertirá en una ciudad cosmopolita y mundial en una tierra renovada. Con la recreación del cielo y la tierra, Dios y su pueblo redimido vivirán juntos en una metrópolis extraordinaria.