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Nacimiento y Cuidado de los Niños

En la tradición hebrea del Antiguo Testamento, tener hijos —especialmente varones— era considerado una gran bendición de Dios. Las mujeres hebreas anhelaban la maternidad no solo por motivos familiares, sino también espirituales, ya que muchas esperaban que su hijo pudiera ser el Mesías prometido. La esterilidad era vista como una maldición divina, mientras que la fertilidad era motivo de honra y alegría.

Los hijos varones eran preferidos porque aseguraban la continuidad del linaje y fortalecían el hogar familiar. Esta preferencia era común también entre los árabes, ya que los hombres permanecían en la casa paterna al casarse, mientras que las mujeres se integraban a otras familias.

Desde su nacimiento, los bebés eran cuidados con prácticas tradicionales como ser lavados, frotados con sal y envueltos firmemente en pañales. Los varones eran circuncidados al octavo día como señal del pacto con Dios, y las madres pasaban un período de purificación antes de presentar ofrendas en el templo, según sus posibilidades económicas.

Los nombres hebreos solían tener significados religiosos e incluían referencias a Dios. También era común identificar a los hijos por el nombre del padre. Las niñas, por su parte, recibían nombres inspirados en la naturaleza o en virtudes. La educación en los primeros años recaía principalmente en la madre, quien enseñaba las Escrituras y valores fundamentales, mientras que el padre asumía un papel más activo a medida que los hijos crecían.

Niños en la Biblia y en el mundo Antiguo

De las más de cinco mil referencias bíblicas a niño y niños, más o menos la mitad son literales. Las alusiones a los niños en los libros poéticos y proféticos del AT así como en los Evangelios son, mayormente, figuradas.

El periodo de edad implicado en el término niño es impreciso. Incluye al niño nonato (Job 3:16), los bebés (todavía sin circuncidad), niños de pecho (Sal 131:2) o personas de cualquier edad en quienes se piensa como herederos o progenie como los hijos de las viudas a los que se apela para que cuiden de sus progenitores (1 Ti 5:4).

La infancia contrasta el tiempo presente con el pasado (Gn 8:21); Is 47:12, 15; Sal 37:25; Mr 9:21. La frase «cuando yo era niño» sugiere un intervalo de tiempo considerable (Os 11:1; 1 Co 13:11; Gá 4:3). Los días de juventud se recuerdan como un tiempo de vigor que se pierde más tarde en la vida: Job recuerda a un hombre cuyo «su carne será más tierna que la del niño, cuerpo se volverá tan sano como el de un niño; volverá a los días de su juventud» (Job 33:25RVR1960).