Pocas declaraciones bíblicas resultan tan desconcertantes como las palabras atribuidas al Señor en Isaías 45:7:
«Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad».
Algunas traducciones antiguas y modernas dicen incluso: «creo el mal».1 Leído de manera aislada, el versículo puede parecer una afirmación de que Dios produce la maldad moral, impulsa el pecado o posee dentro de sí una dimensión oscura semejante a la bondad.
La dificultad no es meramente lingüística. Afecta nuestra comprensión del carácter de Dios, su providencia, el sufrimiento, la responsabilidad humana y el origen del pecado. Si Dios gobierna todas las cosas, ¿es también responsable de los actos malvados? Si no gobierna la calamidad, ¿existen poderes fuera de su autoridad? ¿Cómo puede la Escritura afirmar simultáneamente que Dios es santo, que no tienta a nadie y que ninguna adversidad escapa de su gobierno?
Para responder necesitamos leer Isaías 45:7 dentro de su poema, estudiar el campo semántico de la palabra hebrea ra‘, observar su contraste con shalóm y atender al contexto del exilio, Babilonia y Ciro. También debemos relacionarlo con el testimonio completo de las Escrituras, que distingue cuidadosamente entre el gobierno soberano de Dios sobre los acontecimientos y la culpabilidad moral de las criaturas que obran con intenciones perversas.
Respuesta breve
Isaías 45:7 no enseña que Dios cree la maldad moral, produzca una voluntad pecaminosa o sea autor del pecado. La palabra hebrea ra‘ (רַע) posee un campo semántico amplio y, según el contexto, puede designar maldad, daño, desgracia, calamidad, sufrimiento o juicio. En este versículo aparece como contrario de shalóm —paz, bienestar, integridad y prosperidad—, por lo que el sentido más adecuado es «adversidad», «calamidad» o «desastre», no pecado moral.
El propósito del pasaje es afirmar que el Señor, y no los ídolos de Babilonia ni un poder rival, gobierna la historia. Él traerá luz y liberación para su pueblo mediante Ciro, pero oscuridad y juicio para el imperio opresor. Los acontecimientos agradables y dolorosos no proceden de dos dioses enfrentados. El único Dios puede conceder bienestar y también ejecutar juicio.
Esta afirmación no elimina la responsabilidad humana. La Biblia puede atribuir un mismo acontecimiento al propósito santo de Dios y a la intención pecaminosa de personas responsables. Los hermanos de José actuaron para mal, mientras Dios encaminó el mismo acontecimiento para bien (Génesis 50:20). La crucifixión fue ejecutada por manos inicuas y, simultáneamente, ocurrió conforme al propósito redentor de Dios (Hechos 2:23). Dios gobierna el acontecimiento sin compartir la maldad de quienes lo realizan.
Por tanto, Isaías 45:7 rechaza dos errores: afirmar que Dios produce pecado moral y creer que la adversidad pertenece a un poder independiente que escapa de su autoridad. El Dios santo no es autor del pecado, pero tampoco es un espectador impotente ante la historia.
El texto de Isaías 45:7
La Reina-Valera 1960 traduce:
«Que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto».
El texto hebreo dice:
Yotser ’or uvoré jóshéj, ‘osé shalóm uvoré ra‘; aní YHWH ‘osé jol-’éleh.
Su estructura contiene dos pares:
- «formo la luz / creo las tinieblas»;
- «hago shalóm / creo ra‘».
La frase final —«Yo soy YHWH, el que hace todas estas cosas»— declara el propósito del paralelismo. El Señor reclama autoridad sobre la totalidad de la historia. La luz no pertenece a una deidad buena mientras las tinieblas dependen de una deidad maligna; la paz no procede de Dios mientras la calamidad se origina en un poder autónomo. El único Señor gobierna ambos extremos de la experiencia histórica.2
El paralelismo tampoco identifica luz con bondad moral y tinieblas con pecado moral de forma automática. En los profetas, luz y oscuridad pueden representar liberación y juicio, bienestar y aflicción, esperanza y derrota. De manera semejante, shalóm y ra‘ describen aquí condiciones históricas opuestas: plenitud frente a quebranto, paz frente a guerra, liberación frente a calamidad.
¿Qué significa la palabra hebrea ra‘?
El sustantivo y adjetivo ra‘ posee un campo semántico más amplio que la palabra española «mal».3 Puede describir una acción moralmente perversa, como cuando se prohíbe hacer lo malo; pero también una experiencia dañina, una noticia desagradable, una enfermedad, una desgracia, una derrota o una calamidad. El contexto debe determinar qué matiz está presente.
En Génesis 2:9, aparece en «el árbol de la ciencia del bien y del mal», donde posee una dimensión moral y sapiencial. En Isaías 5:20, designa aquello moralmente perverso: «a lo malo dicen bueno». Sin embargo, Amós 3:6 pregunta:
«¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?»
La pregunta se refiere a una calamidad o juicio que alcanza a la ciudad, no a que Dios produzca la maldad de sus habitantes. En Jeremías 18:8, Dios puede arrepentirse «del mal» que había pensado hacer contra una nación; el sentido es el juicio anunciado.
La clave inmediata de Isaías 45:7 es su antónimo.4 El profeta no contrapone tov —«bueno»— con ra‘ —«malo»—, como ocurre en otros pasajes. Contrapone shalóm con ra‘. Shalóm abarca paz, seguridad, integridad, salud y bienestar. Por consiguiente, su opuesto en esta línea no es la perversidad moral, sino la pérdida del bienestar: conflicto, quebranto, desgracia o calamidad.
Traducir ra‘ como «adversidad» no pretende suavizar una afirmación incómoda. Es una decisión semántica basada en el paralelismo. El texto sigue siendo fuerte: Dios no solamente permite que Ciro altere el equilibrio político; se presenta como Señor de la liberación de Israel y del desastre que alcanzará a Babilonia.
¿Qué implica el verbo «crear»?
La dificultad aumenta porque Isaías utiliza el verbo bará (בָּרָא), «crear», el mismo empleado en Génesis 1:1.5 En la Biblia hebrea, Dios es el sujeto característico de este verbo. Isaías 40–55 lo utiliza repetidamente para proclamar que YHWH creó el mundo, formó a Israel y realiza algo nuevo en la historia.
Sin embargo, bará no significa en cada aparición «hacer una sustancia de la nada». Puede describir una acción soberana y singular mediante la cual Dios establece una nueva realidad o condición. Cuando el salmista pide «crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10), no imagina un órgano material apareciendo de la nada, sino una renovación que solo Dios puede realizar.
En Isaías 45:7, el verbo enfatiza que la oscuridad y la calamidad histórica no son accidentes que sorprenden a Dios. Él puede decretar el fin de un imperio, levantar a un gobernante extranjero, derribar puertas y utilizar esos acontecimientos para liberar a su pueblo. La calamidad es «creada» en el sentido de que Dios la trae como acto de gobierno y juicio.
Esto no convierte el pecado en una entidad creada. La maldad moral no es una sustancia comparable a una montaña, un animal o un ángel. Consiste en la corrupción de una voluntad creada buena, en una desviación respecto del propósito de Dios. Por eso, la tradición cristiana ha hablado del mal moral como privación o corrupción del bien, no como una cosa que Dios fabricó.
El contexto: Ciro, Israel y Babilonia
Isaías 45 no es una reflexión filosófica abstracta sobre el origen del mal. Forma parte de un anuncio dirigido a Ciro, rey de Persia, a quien el Señor llama «su ungido»6 porque lo utilizará para someter naciones y abrir el camino del retorno de los exiliados (Isaías 45:1–6). Ciro no conoce personalmente a YHWH, pero su ascenso no queda fuera del propósito divino.
El marco comienza en Isaías 44:24, donde el Señor se presenta como creador de todas las cosas, y continúa con el anuncio de que Ciro reedificará Jerusalén. Dios «deshace las señales de los adivinos», confirma la palabra de sus mensajeros y llama a un gobernante pagano para ejecutar su propósito. Isaías 45:7 resume esta soberanía: el Dios creador gobierna la luz y las tinieblas, la paz y la calamidad.
Para Israel, la caída de Babilonia significará luz, paz y restauración. Para Babilonia, el mismo avance persa significará oscuridad, guerra y pérdida. Un acontecimiento puede ser liberación para el oprimido y juicio para el opresor. El versículo no afirma que Dios implante perversidad en el corazón de Ciro; afirma que utiliza el movimiento de los imperios para cumplir una promesa justa.
El pasaje también confronta la confianza en los ídolos. Los dioses babilónicos no controlan la historia y Ciro no triunfa por una fuerza autónoma. Desde el nacimiento del sol hasta el occidente debe saberse que no hay otro fuera de YHWH (Isaías 45:6). La afirmación sobre luz, oscuridad, shalóm y ra‘ desarrolla esta confesión monoteísta.
¿Es una polémica contra el dualismo persa?
Algunos intérpretes han relacionado Isaías 45:7 con el dualismo asociado posteriormente al zoroastrismo7: un principio luminoso y bueno enfrentado a otro oscuro y destructivo. La mención de Ciro y el contraste entre luz y tinieblas parecen hacer atractiva esta explicación.
Sin embargo, la relación histórica es discutida. Resulta difícil establecer con precisión qué forma tenía la religión persa en el período de Ciro, qué ideas conocían los destinatarios del profeta y si el versículo responde directamente a ellas. Tina Dykesteen Nilsen, después de estudiar el vocabulario dentro de Isaías 40–55 y su contexto religioso, sostiene que la polémica se dirige más naturalmente contra el entorno religioso babilónico que contra un dualismo iranio claramente definido.
No es necesario resolver toda la historia del zoroastrismo para entender el texto. Isaías se opone a cualquier concepción que divida la realidad entre poderes últimos independientes. Ninguna deidad de luz, oscuridad, prosperidad, guerra o destino comparte con YHWH el gobierno del mundo. El profeta no enseña que bien y mal moral procedan de la misma manera del carácter divino; enseña que no existe un segundo soberano al que debamos atribuir las calamidades históricas.
La traducción griega y las versiones bíblicas
La Septuaginta traduce la última pareja mediante «el que hace paz y crea kaká»8 (ho poiōn eirēnēn kai ktizōn kaka). El plural kaká puede significar «males», pero, al igual que ra‘, puede designar daños, desgracias o calamidades. La traducción griega conserva deliberadamente la fuerza del hebreo sin resolver por el lector todas sus posibilidades semánticas.
La Vulgata latina utilizó malum, palabra que también puede referirse tanto al mal moral como a la desgracia sufrida. De ahí que traducciones antiguas dependientes de esta tradición dijeran «creo el mal». En el inglés de la época de la King James Version, evil poseía un uso más amplio que el actual; podía referirse a daño o adversidad. El cambio semántico de las lenguas hace que una traducción antes comprensible pueda comunicar ahora una idea equivocada.
Por esta razón, numerosas versiones contemporáneas prefieren «calamidad», «desastre» o «adversidad». La Reina-Valera 1960 utiliza «adversidad» y expresa correctamente la oposición con shalóm. Ninguna traducción individual agota el hebreo, pero el paralelismo y el contexto favorecen claramente una realidad dolorosa o judicial, no la creación de pecado moral.
La interpretación judía
La tradición judía percibió tempranamente que el versículo debía leerse dentro de la caída de Babilonia y la restauración de los justos. Rashi interpreta la luz como luz para los justos y la oscuridad como oscuridad para Babilonia9; aplica de la misma manera el contraste entre paz y ra‘. El «mal» no es una maldad que Dios implanta, sino la desgracia que alcanza al poder opresor.
Radak desarrolla el paralelismo con mayor detalle.10 Observa que ra‘ es contrario de shalóm: cuando hay paz existe bienestar, mientras la guerra y la pérdida de paz constituyen ra‘. También relaciona la frase con la negación de dos poderes divinos independientes. La misma confesión aparece asociada a Saadia Gaón: atribuir a Dios tanto el bienestar como la calamidad rechaza la idea de un dios bueno y otro malo.
Estas interpretaciones no eliminan la severidad del juicio divino. Dios puede traer guerra contra Babilonia y permitir que una sociedad experimente las consecuencias de su violencia. Pero el juicio pertenece a su justicia gubernativa, no a una perversidad moral dentro de Dios.
En la liturgia judía diaria, la bendición relacionada con las luminarias adopta una formulación significativa: se bendice a Dios como quien forma la luz y crea las tinieblas, hace la paz y crea todas las cosas. La variación litúrgica evita pronunciar «crea el mal» como fórmula aislada, pero conserva el énfasis principal: el único Dios gobierna la totalidad de la creación.
El testimonio del Tanaj sobre Dios y la calamidad
Isaías 45:7 no constituye una excepción aislada. El Tanaj afirma repetidamente que la calamidad y el juicio no escapan de la providencia divina. Lamentaciones 3:37–38 pregunta quién puede hacer que algo suceda si el Señor no lo manda y declara que de la boca del Altísimo salen «lo malo y lo bueno». El contexto es la destrucción de Jerusalén, entendida como juicio histórico, no la producción divina de pecado.
«¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?»
Se refiere al sufrimiento que ha alcanzado su vida. El narrador no acusa a Job de atribuir perversidad a Dios; afirma que en todo esto no pecó con sus labios. Job reconoce que incluso una aflicción cuyo agente inmediato es Satanás permanece bajo límites establecidos por Dios.
Amós 3:6 pregunta si acontecerá calamidad en una ciudad sin que el Señor la haya causado. El profeta habla de la llegada del juicio pactual. De forma semejante, Isaías 10:5–15 llama a Asiria «vara» de la ira divina12, pero después juzga al imperio por su arrogancia y crueldad. Dios utiliza al agente sin aprobar sus motivos.
Estos textos rechazan una providencia débil. No presentan a Dios deseando el bien mientras las fuerzas del mal frustran continuamente su intención. A la vez, distinguen entre el propósito justo del Señor y la intención culpable de los instrumentos humanos o espirituales.
Dios es santo y no es autor del pecado
El conjunto de las Escrituras impide interpretar Isaías 45:7 como creación de maldad moral. Deuteronomio 32:4 declara que todas las obras de Dios son perfectas y que no hay injusticia en él. Habacuc 1:13 confiesa que sus ojos son demasiado puros para aprobar el mal. 1 Juan 1:5 afirma:
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él».
Santiago 1:13–17 ofrece una distinción decisiva. Dios puede permitir una prueba que revela y fortalece la fe, pero no tienta a nadie con el propósito moral de conducirlo al pecado. La tentación pecaminosa surge cuando una persona es atraída por su propia concupiscencia. De Dios proceden las buenas dádivas; en él no existe mudanza ni sombra de variación.
Decir que Dios gobierna un mundo donde existe pecado no significa que él peque. Tampoco significa que introduzca malicia en una voluntad inocente. Las criaturas racionales obran conforme a sus deseos y son responsables de ellos. Dios puede limitar, entregar, juzgar o encaminar sus acciones hacia fines que ellas no pretendían, sin convertirse en participante de su maldad.
La santidad divina no es una cualidad que compite con su soberanía. Precisamente porque Dios gobierna de manera santa, su relación con el pecado es judicial, restrictiva y redentora, nunca moralmente corrupta.
Providencia y causas secundarias
La teología cristiana ha utilizado la distinción entre causa primera y causas secundarias para expresar esta realidad. Dios es la causa primera en cuanto sostiene el mundo y dirige la historia hacia sus propósitos. Las criaturas actúan como causas secundarias reales: toman decisiones, persiguen objetivos y producen consecuencias de acuerdo con su naturaleza y voluntad.13
Esta distinción evita imaginar que Dios y la criatura actúan en el mismo nivel, como dos personas empujando un objeto. La acción providencial de Dios no elimina la acción humana; la hace posible y puede gobernarla. Una persona puede actuar libremente según sus deseos perversos, mientras Dios limita y ordena el acontecimiento hacia un fin justo que el agente no conoce.
La historia de José ofrece el ejemplo clásico.14 Sus hermanos quisieron dañarlo y fueron responsables de venderlo. Dios no necesitó introducir odio en ellos para dirigir la historia. A través de sus decisiones culpables, de la fidelidad de José y de muchas circunstancias, preservó vidas durante el hambre. Génesis 50:20 no dice que el acontecimiento fuera primero malo y después Dios improvisara un bien; afirma dos intenciones simultáneas:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien».
La Confesión de Westminster formuló este principio15 afirmando que la providencia se extiende a las acciones humanas, pero que la pecaminosidad procede de la criatura y no de Dios. Aunque otras tradiciones cristianas explican de manera diferente la relación entre decreto, permiso y libertad, existe un amplio acuerdo en negar que Dios sea autor o aprobador del pecado.16
La cruz: el caso supremo
La muerte de Yeshúa muestra con mayor claridad cómo un acontecimiento puede estar incluido en el propósito de Dios17 sin que los agentes humanos queden libres de culpa. Pedro declara que Yeshúa fue entregado «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios», pero acusa a sus oyentes de haberlo matado por manos de inicuos (Hechos 2:23).
La comunidad ora de manera semejante en Hechos 4:27–28: Herodes, Poncio Pilato, las naciones y ciertos dirigentes de Israel se reunieron contra el Ungido para hacer aquello que la mano y el consejo de Dios habían determinado. El texto no distribuye la culpa moral entre Dios y los conspiradores. Ellos actuaron injustamente; Dios estaba cumpliendo la redención.
La cruz no convierte el asesinato en algo bueno. Continúa siendo traición, abuso judicial y violencia contra el justo. Sin embargo, la sabiduría de Dios transforma el acto más injusto de la historia en el medio de reconciliación. El mal no posee la capacidad de obligar a Dios a compartir su perversidad; Dios puede derrotarlo precisamente mediante aquello que los pecadores pretendían utilizar para destruir.
Por eso, la providencia bíblica no afirma que todo lo sucedido sea moralmente bueno. Afirma que ningún acontecimiento puede frustrar finalmente el propósito santo de Dios.
El mal como privación y corrupción del bien
Agustín de Hipona ofreció una reflexión que influyó profundamente en la teología cristiana18: el mal moral no es una sustancia creada, sino una privación o corrupción del bien. Todo ser, en cuanto existe, depende de Dios y posee una bondad creada. La maldad aparece cuando una voluntad se aparta del bien superior y desordena sus deseos.
Esta explicación no pretende negar la realidad terrible del pecado. Una herida es ausencia de integridad corporal, pero su dolor es real. La ceguera es privación de visión, pero afecta verdaderamente a la persona. De la misma manera, el pecado carece de una existencia independiente, pero corrompe relaciones, voluntades e instituciones reales.
Si el mal fuera una sustancia creada, habría que atribuir su ser a Dios o postular un creador rival. La concepción de la privación permite afirmar que Dios creó seres y capacidades buenas —voluntad, inteligencia, deseo, poder—, mientras la criatura puede utilizarlas de forma desordenada. La mentira utiliza el don bueno del lenguaje contra la verdad; la crueldad utiliza fuerza y libertad contra el prójimo.
Isaías 45:7 no contradice esta reflexión. El versículo habla de la creación de una condición histórica de adversidad; no afirma que Dios fabrique una sustancia llamada pecado ni que produzca la corrupción moral de la voluntad.
Las principales interpretaciones cristianas
Las tradiciones cristianas coinciden ampliamente en que Isaías 45:7 no atribuye maldad moral al carácter de Dios19, aunque difieren al explicar cómo su providencia se relaciona con los actos pecaminosos.
Conviene distinguir dos preguntas. La primera es exegética: ¿qué significa ra‘ dentro del paralelismo de Isaías 45:7? La segunda es sistemática: ¿cómo se relaciona el gobierno divino con las decisiones libres, el pecado y el sufrimiento? Muchas tradiciones ofrecen prácticamente la misma respuesta a la primera pregunta —«adversidad» o «calamidad»— y, sin embargo, construyen modelos distintos para responder a la segunda. Esta distinción permite evaluar cada postura sin obligar al versículo a resolver por sí solo toda la doctrina de la providencia.
La interpretación del juicio o la calamidad
Esta es la explicación exegética más extendida. Ra‘ significa aquí adversidad porque se opone a shalóm. John N. Oswalt compara su amplitud con la palabra «malo»20 en expresiones como «una mala persona» y «un mal día»: solo el contexto distingue maldad moral de desgracia. J. Alec Motyer también entiende el versículo como afirmación de que el Señor gobierna todas las diversidades de la experiencia21 y trae calamidad dentro del juicio histórico.
Esta lectura no depende de una teoría particular de predestinación. Puede ser aceptada por intérpretes reformados, arminianos, católicos, ortodoxos y mesiánicos porque surge de la estructura lingüística del pasaje.
El valor de esta lectura consiste en comenzar por la gramática y la situación histórica. El paralelismo shalóm/ra‘ no disimula el sufrimiento: la caída de una ciudad, la derrota de un imperio o el quebranto producido por el juicio son males padecidos reales. Lo que aclara es que el texto no describe a Dios fabricando codicia, crueldad o incredulidad dentro del corazón humano. Describe al Señor estableciendo una situación histórica de bienestar para unos y de calamidad para otros.
Sin embargo, esta conclusión léxica no resuelve automáticamente todas las preguntas sobre la providencia. Identificar ra‘ como calamidad explica qué afirma Isaías, pero todavía queda por preguntar cómo se relacionan el juicio divino, las causas naturales, las decisiones políticas y las intenciones morales de quienes participan en el acontecimiento. Las demás interpretaciones intentan responder precisamente a ese segundo nivel.
La interpretación agustiniana
La tradición agustiniana distingue entre las naturalezas creadas, que son buenas en cuanto proceden de Dios, y el mal moral, entendido como privación del orden debido. Dios crea seres capaces de actuar; la voluntad creada produce la desviación cuando se aparta del bien. Dios puede permitir y gobernar esa desviación sin crearla como una sustancia.
Su aportación principal consiste en negar que el mal sea una realidad eterna o un principio rival. Su riesgo aparece cuando la palabra «privación» se utiliza de manera demasiado abstracta y parece minimizar el sufrimiento concreto. Bien entendida, no reduce la gravedad del pecado, sino que explica su carácter parasitario y destructivo.
La noción de privación no significa que el pecado sea imaginario ni que sus víctimas sufran una mera ausencia abstracta. Una injusticia es parasitaria porque utiliza bienes creados —inteligencia, voluntad, lenguaje, autoridad o fuerza— y los desvía de su finalidad justa. La mentira necesita el don bueno del lenguaje; la opresión corrompe una autoridad que debía servir; el odio desordena una capacidad creada para amar. El mal carece de existencia independiente, pero sus efectos históricos son terriblemente concretos.
Desde esta perspectiva, Dios causa el ser y sostiene las capacidades de la criatura, pero el defecto moral pertenece a la voluntad que usa mal esos bienes. Agustín añade que el Dios supremamente bueno no permitiría el mal si no fuera capaz de conducir la historia hacia un bien mayor. Esta afirmación no pretende revelar el bien particular escondido detrás de cada tragedia; expresa la confianza de que el pecado nunca puede convertir el propósito final de Dios en fracaso.
La interpretación reformada de la providencia
La tradición reformada acentúa que el decreto y la providencia abarcan todos los acontecimientos, incluso aquellos donde actúan agentes malvados. Al mismo tiempo, distingue la intención santa de Dios, las causas secundarias y la culpabilidad de la criatura. Louis Berkhof y otros teólogos reformados insisten en que el gobierno divino no convierte a Dios en autor del pecado22 porque las criaturas obran conforme a sus propias disposiciones.
Esta perspectiva toma con gran seriedad textos como Génesis 50:20, Isaías 10:5–15 y Hechos 2:23. Su desafío consiste en expresar la relación entre decreto y responsabilidad sin hacer que la libertad humana parezca una simple apariencia.
En su formulación clásica, esta perspectiva no presenta a las personas como piezas forzadas desde fuera. La voluntad actúa conforme a sus deseos, motivos y carácter; por eso la acción puede ser verdaderamente humana y moralmente imputable, aunque el acontecimiento permanezca dentro del decreto providencial. La distinción entre causa primera y causas secundarias intenta mostrar que la acción de Dios y la acción creada no se reparten el acontecimiento como si cada una realizara una parte: operan en niveles distintos y con intenciones moralmente diferentes.
Dentro de la tradición reformada existen diferencias acerca de la mejor terminología —decreto, concurrencia, permisión eficaz o compatibilidad entre soberanía y libertad—, pero sus formulaciones confesionales fijan dos límites: nada queda fuera de la providencia y la pecaminosidad procede de la criatura. Esta lectura ofrece gran seguridad ante el caos, aunque debe evitar convertir la voluntad secreta de Dios en una explicación improvisada de cada sufrimiento.
La interpretación arminiana y wesleyana
Las tradiciones arminiana y wesleyana suelen hablar con mayor énfasis de la permisión divina y de una libertad humana capacitada por la gracia. Dios gobierna la historia, prevé las decisiones y puede redimir sus consecuencias, pero no determina causalmente la elección pecaminosa. Isaías 45:7 se refiere directamente a la calamidad judicial que Dios trae, no a cada acto moralmente malo.
Esta lectura protege con claridad la distinción entre voluntad divina y pecado humano. Su desafío consiste en explicar cómo la providencia garantiza el cumplimiento del propósito de Dios en medio de decisiones libres y acontecimientos que él no aprueba.
Jacobo Arminio, sin embargo, no entendía la permisión como indiferencia o ausencia de gobierno. Atribuía a la providencia la preservación de la criatura, el establecimiento de límites, la dirección de las consecuencias y el juicio o perdón del pecado. Su preocupación era que la elección mala no fuese causada necesariamente por un decreto antecedente, de manera que la voluntad creada siguiera siendo la fuente moral de la transgresión.
La tradición wesleyana desarrolla esta intuición mediante la gracia preveniente: Dios toma la iniciativa, capacita la respuesta humana y actúa en la historia sin convertir la obediencia o la rebelión en movimientos mecánicos. Algunas formulaciones contemporáneas acentúan además la presencia compasiva de Dios junto a quienes sufren. Esta perspectiva no debe confundirse automáticamente con una providencia débil; su tesis es que el Señor puede cumplir su propósito mediante sabiduría, persuasión, límites, juicio y redención sin causar la intención pecaminosa.
La perspectiva tomista y católica
La tradición tomista emplea de forma especialmente desarrollada la distinción entre causa primera y causas secundarias. Dios comunica existencia y capacidad de obrar, mientras las criaturas producen efectos verdaderos conforme a su naturaleza. La concurrencia divina sostiene el acto en cuanto acto, pero el defecto moral no procede de Dios: aparece cuando la voluntad creada se aparta de la medida del bien. Así, la dependencia radical de la creación no convierte a sus agentes en instrumentos inertes.23
El Catecismo de la Iglesia Católica distingue además entre el mal físico —la limitación, el deterioro y el sufrimiento propios de una creación todavía no consumada— y el mal moral producido por criaturas libres. Dios puede permitir este último y sacar bien de sus consecuencias, pero no es su causa directa ni indirecta. Aplicado a Isaías 45:7, este marco permite afirmar que Dios trae una calamidad judicial sin concluir que infunde la arrogancia de Babilonia o la violencia de sus gobernantes.
La perspectiva luterana
La tradición luterana confiesa una providencia extensa, pero suele mostrar cautela ante las reconstrucciones especulativas del decreto oculto. La Confesión de Augsburgo XIX declara que Dios no es autor del pecado y atribuye su origen a la voluntad creada y falible. La Fórmula de la Concordia mantiene que Dios crea y preserva la naturaleza humana, mientras su corrupción y sus actos pecaminosos no son una obra creada por él.24
Esta perspectiva distingue entre la dependencia continua de la criatura y la causa moral de su rebelión. También dirige la atención pastoral hacia el Dios revelado en el Mesías, en lugar de intentar descifrar una voluntad escondida detrás de cada tragedia. Isaías 45:7 anuncia el gobierno real de Dios sobre la historia; no autoriza a convertir toda desgracia concreta en una declaración detallada acerca de su intención secreta.
La perspectiva oriental
En la tradición oriental, Juan Damasceno sostuvo que la Escritura puede atribuir a la acción de Dios aquello que sucede bajo su permisión, sin hacer de Dios la causa de la maldad. El Creador concede existencia y capacidades buenas; la elección personal determina si esas capacidades se orientan hacia el honor o hacia la desfiguración. El mal no es una sustancia creada, sino un uso contrario a la naturaleza y al fin dados por Dios.25
Este enfoque suele situar el problema dentro de una visión terapéutica y escatológica: el pecado enferma y corrompe la comunión, mientras la obra del Mesías sana, restaura la imagen divina y conduce la creación hacia la vida. La pregunta no es únicamente quién originó una calamidad, sino cómo Dios libera a sus criaturas de la corrupción sin identificarse con ella.
Una síntesis bíblico-teológica
Más allá de las diferencias, una síntesis responsable debe conservar cuatro afirmaciones: Dios es absolutamente santo; las criaturas son responsables de sus intenciones; ninguna calamidad escapa del gobierno divino; y Dios puede conducir incluso actos pecaminosos hacia fines justos sin aprobarlos ni compartir su maldad.
Isaías 45:7 se concentra principalmente en la tercera afirmación. No intenta resolver todas las cuestiones filosóficas sobre libertad y decreto. Proclama al exiliado que Babilonia no controla su futuro y que el Dios de Israel puede levantar a Ciro, derribar al opresor y crear una nueva situación histórica.
Una síntesis más completa debe distinguir también entre el acontecimiento, la intención y el resultado. Un mismo acontecimiento puede incluir una intención humana perversa, causas naturales o políticas reconocibles y una dirección providencial que no comparte aquella perversidad. Los hermanos venden a José para dañarlo; Dios encamina la historia para preservar vidas. Asiria desea engrandecerse; el Señor la utiliza como instrumento y después juzga su arrogancia. Las manos que crucifican a Yeshúa son culpables; Dios convierte la muerte injusta del Mesías en medio de reconciliación.
La revelación bíblica ofrece, por tanto, un marco más amplio que una explicación causal aislada. La creación procede de la bondad de Dios; el pecado surge de la rebelión de la criatura; la providencia limita y conduce la historia; el Mesías entra en el sufrimiento y vence al mal sin imitarlo; y la nueva creación eliminará muerte, llanto y maldición. Isaías 45:7 ocupa un lugar dentro de esa historia: niega que la oscuridad histórica pertenezca a un dios rival y anuncia que el Señor puede transformar la suerte de su pueblo.
La síntesis conserva finalmente un elemento de humildad. Saber que ninguna calamidad es soberana no significa conocer por qué Dios permite cada pérdida ni qué bien particular producirá mediante ella. La fe bíblica no llena ese silencio con especulaciones; se aferra al carácter revelado de Dios, lamenta con honestidad, actúa contra el mal y espera la resurrección. La providencia es una razón para confiar y obedecer, no una licencia para afirmar más de lo que Dios ha revelado.
Preguntas frecuentes
Las preguntas que surgen de Isaías 45:7 suelen ir más allá de una decisión de traducción. Afectan la manera en que hablamos de desastres, tentación, Satanás, responsabilidad y sufrimiento. Las siguientes respuestas aplican la distinción central entre maldad moral y calamidad sin convertirla en una fórmula simplista.
¿Por qué algunas Biblias dicen «mal» y otras «adversidad»?
Porque ra‘ puede expresar ambos sentidos. Las traducciones más literales conservan «mal», confiando en que el lector determine el matiz por el contexto. Otras traducen «adversidad», «calamidad» o «desastre» para comunicar el sentido que adquiere al oponerse a shalóm. La diferencia no suele proceder de manuscritos hebreos distintos, sino de cómo se traduce una palabra polisémica.
Traducir «adversidad» tampoco constituye un intento de proteger a Dios mediante una paráfrasis cómoda. El término conserva toda la severidad del anuncio: Babilonia experimentará pérdida de paz, derrota y juicio. La traducción responsable no pregunta qué palabra española suena más literal de manera aislada, sino cuál reproduce mejor la relación que el hebreo establece entre los dos miembros del paralelismo.
¿Significa esto que todo desastre es un juicio directo por un pecado concreto?
No. La Biblia registra calamidades que funcionan como juicios específicos, pero prohíbe deducir automáticamente que quien sufre es más culpable. Yeshúa rechazó esa conclusión al hablar de los galileos asesinados por Pilato26 y de quienes murieron al caer la torre de Siloé (Lucas 13:1–5). También negó que la ceguera de un hombre pudiera explicarse simplemente por un pecado suyo o de sus padres (Juan 9:1–3).
Podemos afirmar que el mundo permanece bajo el gobierno de Dios sin pretender conocer la explicación particular de cada tragedia. La respuesta pastoral debe comenzar con compasión, lamento y ayuda, no con acusaciones apresuradas.
Cuando los profetas identifican una calamidad como juicio, lo hacen porque han recibido una palabra específica del Señor. El lector contemporáneo no posee automáticamente esa autorización para interpretar un terremoto, una enfermedad o una pérdida personal. Podemos investigar causas, reconocer responsabilidades y llamar al arrepentimiento general sin afirmar que conocemos el juicio particular de Dios sobre una víctima.
¿Creó Dios a Satanás malvado?
Las Escrituras presentan a Dios como creador de todo y declaran buena su creación. No describen exhaustivamente el origen de la rebelión angelical, pero atribuyen el pecado a la desviación de la criatura, no a una maldad creada por Dios. Satanás no constituye un principio eterno opuesto al Señor; es una criatura rebelde, limitada y finalmente juzgada.
Esto significa que Satanás no explica una región de la realidad que Dios no controla. Puede tentar, acusar y destruir, pero actúa como criatura limitada y no como contraparte eterna del Señor. La responsabilidad de su rebelión le pertenece; su actividad tiene límites y su derrota final está asegurada por la obra del Mesías.
¿Puede Dios utilizar una acción mala sin aprobarla?
Sí. José, Asiria y la crucifixión muestran que Dios puede limitar y encaminar una acción cuyos agentes poseen intenciones perversas. La acción sigue siendo moralmente mala en relación con ellos, mientras el propósito divino permanece justo. Esta verdad no justifica cometer pecado con la excusa de que Dios producirá un bien. Pablo rechaza expresamente la idea de hacer males para que vengan bienes (Romanos 3:8).
Conviene distinguir la naturaleza física del acto y su intención moral. La fuerza, la inteligencia o la palabra empleadas en una injusticia dependen de dones creados; la orientación egoísta que los pervierte pertenece al agente. Dios puede impedir, limitar o redirigir el resultado sin transformar en buena la intención. Por eso la providencia nunca funciona como absolución moral del pecador.
¿Por qué no impide Dios inmediatamente todo mal?
La Biblia no ofrece una única respuesta aplicable a cada caso. Habla de paciencia que concede tiempo para arrepentirse, de pruebas que producen perseverancia, de consecuencias de la libertad creada, de juicio, de solidaridad con quienes sufren y de una redención que todavía espera consumación. Sobre todo, revela que Dios no permanece distante: en Yeshúa entra en el sufrimiento humano, carga con el pecado y vence mediante la resurrección.
Que Dios pueda sacar bien del mal no convierte el mal en necesario o deseable. La esperanza bíblica no consiste en aceptar eternamente el sufrimiento, sino en esperar el día cuando Dios elimine muerte, llanto y dolor (Apocalipsis 21:4).
La pregunta conserva una dimensión de misterio que ninguna teoría elimina. Las respuestas cristianas no pretenden demostrar que cada dolor sea comprensible desde nuestra perspectiva presente. Afirman algo más modesto y, a la vez, más esperanzador: el mal no procede de un poder igual a Dios, no puede separar definitivamente al creyente de su amor y no sobrevivirá a la consumación de su reino.
¿Debemos decir a una persona afligida que «Dios hizo esto»?
Una afirmación doctrinal verdadera puede utilizarse de manera pastoralmente cruel. Isaías 45:7 sostiene que la adversidad no escapa del gobierno de Dios, pero no nos concede conocimiento exhaustivo de sus propósitos en cada tragedia. Job necesitaba presencia y lamento; sus amigos agravaron su dolor cuando pretendieron explicar con seguridad lo que ignoraban.
La providencia debe comunicarse como fundamento de esperanza: el sufrimiento no es soberano, Dios no abandona a quien llora y el mal no tendrá la última palabra. No debe convertirse en una respuesta fría que silencie el duelo o atribuya culpabilidad sin revelación bíblica.
También importan el momento y el tono. En las primeras horas del duelo puede ser más fiel guardar silencio, escuchar y prestar ayuda que pronunciar una explicación doctrinal. Más adelante, la providencia puede ofrecer consuelo si se presenta junto con la santidad, la compasión y las promesas de Dios. Nunca debe utilizarse para impedir preguntas, investigación, justicia o acompañamiento profesional.
¿Es lo mismo decir que Dios causa, permite u ordena algo?
No siempre. «Causar» puede referirse a producir directamente un efecto; «permitir», a no impedir la acción de una criatura; y «ordenar» o «encaminar», a establecer límites y dirigir un acontecimiento hacia un fin. Las tradiciones cristianas distribuyen estos términos de manera diferente, pero todas necesitan especificar de qué aspecto hablan. Dios causa el ser y los bienes creados; la voluntad pecadora causa el desorden moral; Dios puede permitir ese desorden y gobernar sus consecuencias sin aprobarlo.
Por eso no basta con repetir una sola palabra. Decir que Dios «quiso» la crucifixión requiere distinguir su propósito redentor de la envidia, la cobardía y la violencia mediante las cuales actuaron los seres humanos. La Biblia puede atribuir el acontecimiento al consejo divino y, al mismo tiempo, acusar de iniquidad a sus ejecutores.
¿Puede una calamidad tener causas naturales o humanas y permanecer bajo la providencia?
Sí. La providencia no compite con la meteorología, la medicina, la política o las decisiones personales. Una inundación puede estudiarse mediante causas físicas; su daño puede aumentar por negligencia urbanística; y la respuesta puede depender de autoridades, comunidades y profesionales. Reconocer estas causas secundarias no expulsa a Dios del mundo, del mismo modo que afirmar su providencia no hace innecesaria la investigación.
Esta convicción permite orar y actuar a la vez. El creyente puede pedir protección, apoyar medidas preventivas, denunciar negligencias y socorrer a las víctimas. Los medios ordinarios forman parte del gobierno providencial de Dios.
¿Resuelve esta distinción todo el problema del mal?
No. Distinguir entre maldad moral y calamidad evita atribuir pecado al carácter de Dios y aclara Isaías 45:7, pero no responde por sí solo por qué existe cada sufrimiento ni por qué Dios no lo impide antes. La respuesta cristiana no consiste en una frase aislada, sino en el conjunto de la historia bíblica: creación buena, caída, pactos, encarnación, cruz, resurrección, presencia del Espíritu y nueva creación.
Por eso la teología debe dejar espacio al lamento y al misterio. La Escritura ofrece razones para confiar sin convertir al ser humano en observador omnisciente del plan divino. La respuesta final al mal no es únicamente una explicación, sino la victoria de Dios que juzga la injusticia, resucita a los muertos y restaura la creación.
Implicaciones para la vida del creyente
Isaías 45:7 no fue escrito para alimentar especulación sobre la causa secreta de cada desgracia, sino para sostener la fe de un pueblo que vivía bajo un imperio. Sus implicaciones pastorales nacen de una confesión: el Dios santo gobierna la historia, juzga la opresión, utiliza instrumentos inesperados y conduce a su pueblo hacia la restauración.
Estas implicaciones deben vivirse juntas. La soberanía separada de la santidad puede transformarse en fatalismo; la responsabilidad separada de la gracia puede producir desesperación; y la esperanza futura separada de la misericordia presente puede volverse evasión. El pasaje llama a confiar en el Señor mientras discernimos, lamentamos, resistimos la injusticia y servimos al prójimo.
No debemos pensar de manera dualista
El mal no es un dios rival que compite en igualdad de condiciones con el Señor. Satanás, los imperios y las fuerzas destructivas son limitados. Esta verdad no elimina la lucha espiritual, pero impide conceder al enemigo una soberanía que no posee. El creyente puede resistir sin desesperar porque el resultado final no está abierto entre dos poderes equivalentes.27
Esta confesión también corrige una espiritualidad dominada por el temor. No todo obstáculo constituye una victoria definitiva del enemigo ni toda crisis demuestra que Dios haya perdido el control. La lucha espiritual es real, pero se desarrolla dentro de la creación de Dios y bajo el señorío del Mesías.
La soberanía no convierte el pecado en bien
Que Dios gobierne un acontecimiento no significa que apruebe todas las intenciones presentes en él. Debemos llamar mentira a la mentira, abuso al abuso e injusticia a la injusticia. La providencia nunca debe utilizarse para excusar al opresor, impedir la denuncia o exigir pasividad a la víctima.
Esta distinción exige prácticas concretas de responsabilidad. Una comunidad que confía en la providencia debe investigar los abusos, proteger a las víctimas y aplicar disciplina justa. Decir «Dios lo permitió» nunca reemplaza la obligación de preguntar quién actuó, qué daño causó y cómo puede detenerse.
Podemos lamentarnos sin perder la fe
Los salmos y Lamentaciones muestran que confiar en la soberanía de Dios no exige fingir que la adversidad carece de dolor. Precisamente porque Dios gobierna, el creyente puede protestar ante él, pedir justicia y preguntar «¿hasta cuándo?». El lamento es fe que se niega a buscar un soberano alternativo.
El lamento bíblico no es incredulidad disfrazada. Lleva el dolor hacia Dios porque espera que él escuche y actúe. Puede convivir con tratamiento médico, terapia, denuncia pública y búsqueda de justicia. Orar «¿hasta cuándo?» es negarse tanto a negar el sufrimiento como a concederle la última palabra.
Debemos evitar juicios apresurados sobre quien sufre
No conocemos por qué una calamidad concreta alcanza a una persona. A veces la Escritura revela un juicio; otras veces muestra prueba, persecución, consecuencias naturales o misterios no explicados. El deber inmediato de la comunidad es llorar con quienes lloran, proteger al vulnerable y servir con misericordia.
La prudencia distingue entre causas comprobables y significados secretos. Podemos identificar una enfermedad, una imprudencia o una decisión injusta sin afirmar que conocemos toda la razón providencial del acontecimiento. Esta humildad protege a la persona herida de acusaciones religiosas y permite ofrecer ayuda basada en la verdad.
Dios puede utilizar agentes inesperados
Ciro no pertenecía al pacto ni conocía al Señor como Israel, pero Dios lo utilizó para abrir un camino de libertad. Esto invita a reconocer que la providencia puede operar mediante gobiernos, médicos, científicos, vecinos o instituciones que no comparten nuestra fe. Utilizar un instrumento no equivale a aprobar todo lo que ese instrumento cree o hace.
Reconocer un instrumento providencial tampoco exige idealizarlo. Ciro pudo cumplir una función histórica sin convertirse por ello en modelo de fe, y Asiria pudo servir como vara sin quedar exenta de juicio. La comunidad debe agradecer el bien recibido y, al mismo tiempo, evaluar justamente las ideas y acciones del agente.
La cruz redefine nuestra comprensión del poder
En la cruz, Dios no contempla el mal desde una distancia segura. El Mesías justo sufre la violencia humana y, por su entrega, desarma sus pretensiones. La resurrección declara que Dios puede llevar la historia desde la oscuridad hacia la luz sin llamar buena a la oscuridad.
Por eso el poder cristiano no debe imitar la lógica de Babilonia. La cruz llama a proteger al débil, decir la verdad, absorber el costo del amor y confiar la vindicación a Dios. La providencia se reconoce no solo en la caída de imperios, sino también en la fidelidad silenciosa mediante la cual el Espíritu forma una humanidad semejante al Mesías.
Nuestra esperanza no termina en la explicación
La fe no recibe siempre una respuesta detallada a la pregunta «¿por qué?». Recibe una promesa y una presencia. El mismo Dios que gobierna luz y tinieblas promete hacer nuevas todas las cosas. La meta de la providencia no es mantener eternamente un equilibrio entre paz y calamidad28, sino consumar un reino de justicia donde el mal sea juzgado y la creación restaurada.
La esperanza escatológica evita dos extremos. Impide resignarnos ante la injusticia, porque Dios promete juzgarla; e impide exigir que toda herida sea reparada plenamente en el presente, porque esperamos la resurrección. Mientras llega esa consumación, la comunidad se convierte en señal anticipada del reino mediante consuelo, justicia, reconciliación y cuidado.
Debemos emplear los medios que Dios provee
La doctrina de las causas secundarias enseña que acudir a medios humanos no demuestra falta de fe. La medicina, la prevención, la justicia, la educación, la planificación y la solidaridad pueden ser instrumentos de la providencia. Confiar en Dios no significa ignorar una alerta, permanecer en una situación abusiva o rechazar la ayuda competente.
En la Escritura, la confianza y la acción obediente caminan juntas. José administra alimento ante el hambre; Nehemías ora y organiza guardias; Pablo confía en la promesa divina y pide a los soldados que permanezcan en la nave. Dios puede ordenar tanto el fin como los medios mediante los cuales lo realiza.
La oración forma parte de la providencia
La oración no intenta informar a un Dios distraído ni competir con un destino inmutable. Es uno de los medios mediante los cuales Dios relaciona a su pueblo con su obra. Al orar pedimos liberación, recibimos sabiduría, somos movidos a actuar y aprendemos a someter nuestros deseos al bien revelado de Dios.
Esta visión evita el fatalismo. Si la providencia incluye decisiones, medios y oraciones reales, entonces nuestra respuesta importa. No controlamos el resultado final, pero somos responsables de obedecer, socorrer, resistir el mal y hacer el bien mientras confiamos en el Señor de la historia.
Conclusión
Isaías 45:7 no enseña que Dios cree la maldad moral. El término ra‘ puede significar pecado, pero su sentido concreto depende del contexto. Al estar contrapuesto con shalóm, designa adversidad, calamidad o juicio: la pérdida del bienestar que Babilonia experimentará cuando Ciro avance y que, al mismo tiempo, abrirá para Israel un camino de liberación.
El verbo bará intensifica la afirmación de soberanía. La caída de los imperios no sorprende al Señor ni depende de otra divinidad. Él forma la luz, crea las tinieblas, concede paz y trae juicio. Isaías destruye la ilusión de un universo dividido entre poderes últimos rivales.
Esta soberanía debe confesarse junto con la santidad divina. Dios no tienta a pecar, no posee injusticia y no aprueba el mal. Las criaturas actúan con intenciones propias y son responsables. Sin embargo, sus acciones no pueden frustrar definitivamente el propósito de Dios. José, Asiria y, de manera suprema, la cruz muestran que una intención humana perversa puede quedar incluida en un designio divino justo sin que ambos compartan la misma calidad moral.
La respuesta bíblica evita dos extremos. No convierte a Dios en autor del pecado, pero tampoco entrega la calamidad a un poder independiente. El creyente puede lamentarse, resistir la injusticia y ayudar al que sufre sabiendo que el mal es real pero no soberano. El Dios de Isaías 45 puede hacer surgir luz en las tinieblas, liberar al cautivo mediante instrumentos inesperados y conducir la historia hacia la restauración prometida en el Mesías.
Preguntas para el estudio y la reflexión
- ¿Qué impresión produce Isaías 45:7 cuando se lee aislado del contexto?
- ¿Qué cambia cuando se examina el contraste entre shalóm y ra‘?
- ¿Qué significados puede poseer la palabra hebrea ra‘?
- ¿Por qué no debe asignarse el mismo sentido a ra‘ en todos los pasajes?
- ¿Qué función cumplen los pares luz/tinieblas y paz/adversidad?
- ¿Qué comunica el verbo bará dentro de Isaías 40–55?
- ¿Por qué «crear calamidad» no equivale a crear una sustancia llamada pecado?
- ¿Qué papel desempeña Ciro en Isaías 44–45?
- ¿Cómo puede el avance de Ciro significar paz para Israel y calamidad para Babilonia?
- ¿Qué error acerca de los ídolos combate la confesión de Isaías 45:5–7?
- ¿Qué dificultades existen para interpretar el pasaje exclusivamente como polémica contra el zoroastrismo?
- ¿Cómo traducen ra‘ la Septuaginta y las diferentes versiones modernas?
- ¿Qué aportan Rashi y Radak a la interpretación del pasaje?
- ¿Cómo ayudan Job 2:10, Amós 3:6 y Lamentaciones 3:37–38 a entender la calamidad?
- ¿Qué diferencia establece Isaías 10 entre la intención de Dios y la intención de Asiria?
- ¿Qué enseña Génesis 50:20 acerca de dos propósitos presentes en un mismo acontecimiento?
- ¿Cómo mantiene Hechos 2:23 la soberanía divina y la responsabilidad humana?
- ¿Qué significa afirmar que Dios no es autor del pecado?
- ¿Cómo funcionan las causas secundarias dentro de la providencia?
- ¿Qué aporta la explicación agustiniana del mal como privación del bien?
- ¿En qué coinciden y en qué difieren las interpretaciones reformada y arminiana?
- ¿Por qué no debemos interpretar cada desastre como juicio por un pecado concreto?
- ¿Cómo podemos hablar de la providencia con una persona que está sufriendo?
- ¿Qué diferencia existe entre confianza en la providencia y fatalismo?
- ¿De qué maneras puede Dios utilizar instrumentos que no comparten nuestra fe?
- ¿Cómo impide la soberanía de Dios que concedamos al mal una autoridad absoluta?
- ¿Por qué la providencia no debe utilizarse para justificar la injusticia?
- ¿Cómo permite el lamento mantener unida la confianza con el dolor?
- ¿Qué revela la cruz acerca de la capacidad de Dios para vencer el mal?
- ¿Cómo transforma la esperanza de la nueva creación nuestra experiencia presente de la adversidad?
Bibliografía
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- Tomás de Aquino. Suma teológica, I, q. 22; I–II, q. 79, a. 1.
- Entre los testimonios antiguos, la Septuaginta utiliza ktízōn kaká, «creando males», y la Vulgata creans malum. En castellano, las Sagradas Escrituras 1569 y la Reina-Valera 1909 dicen «crío el mal», mientras la Biblia Jubileo 2000 conserva «creo el mal». En inglés emplean create evil, entre otras, la King James Version, la English Revised Version, la American Standard Version, la Douay-Rheims y la JPS de 1917. En cambio, versiones como RVR1960, LBLA, NBLA y NVI prefieren «adversidad», «calamidades» o «calamidad». La diferencia refleja una decisión semántica sobre ra‘, no un texto hebreo distinto. ↩︎
- Mencionar dos extremos puede funcionar como merismo: una manera de abarcar la totalidad. Como «cielos y tierra» puede significar el universo, luz/tinieblas y paz/adversidad proclaman que toda la historia permanece bajo la autoridad de YHWH. ↩︎
- Los léxicos hebreos atribuyen a ra‘ sentidos morales y no morales: maldad, daño, desgracia, calamidad y aquello que resulta perjudicial. John N. Oswalt insiste en que el antónimo shalóm determina aquí el sentido de infortunio o desastre, no de decisión moral pecaminosa. ↩︎
- Si Isaías hubiera querido construir la oposición moral habitual, podía haber utilizado el par tov/ra‘, «bien/mal». La elección de shalóm/ra‘ orienta el versículo hacia bienestar frente a calamidad, paz frente a guerra e integridad frente a quebranto. ↩︎
- Bará subraya una acción peculiar de Dios, pero no exige en cada pasaje la idea filosófica de creación material desde la nada. Isaías lo emplea para la creación del mundo, la formación de Israel y la producción de una nueva situación redentora. ↩︎
- Isaías 45:1 llama a Ciro mashíaj, «ungido», no porque el rey persa sea el Mesías escatológico, sino porque ha sido apartado como instrumento histórico. Es el único gobernante extranjero que recibe este título explícito en el Tanaj. ↩︎
- La relación con el dualismo iranio ha sido defendida con frecuencia, pero su reconstrucción histórica es insegura. Tina Dykesteen Nilsen concluye que el lenguaje de Isaías 40–55 responde mejor al entorno religioso babilónico; no considera que el dualismo iranio sea el objetivo directo del versículo. ↩︎
- La Septuaginta dice poiōn eirēnēn kai ktizōn kaka, «haciendo paz y creando males». Kaká puede designar cosas moralmente malas, pero también males sufridos, daños o desgracias. El griego conserva la ambigüedad léxica del hebreo. ↩︎
- Rashi aplica la luz a los justos y la oscuridad a Babilonia; entiende de modo paralelo la paz y el mal. Su lectura sitúa ra‘ en el juicio que cae sobre el opresor, no en una maldad moral creada dentro de la persona. ↩︎
- Radak explica que ra‘ se opone a shalóm porque la guerra, la enfermedad y la pérdida del bienestar son experimentadas como mal o desgracia. También relaciona el versículo con la confesión de un solo Dios frente a concepciones dualistas. ↩︎
- El prólogo de Job atribuye acciones inmediatas a los sabeos, al fuego, al viento y a Satanás, mientras Job confiesa que ha recibido la aflicción bajo el gobierno de Dios. El libro no ofrece una explicación simple del sufrimiento, pero niega que el adversario sea soberano. ↩︎
- Asiria es llamada vara de la ira divina, pero su rey no pretende servir humildemente al Señor; desea destruir y se gloría en su fuerza. Dios juzga al instrumento por la arrogancia de su corazón. El pasaje es fundamental para distinguir gobierno providencial e intención moral. ↩︎
- Esta distinción no presenta a Dios y a las criaturas como dos agentes que compiten en el mismo nivel. La Confesión de Fe de Westminster 5.2 afirma que Dios, como causa primera, ordena los acontecimientos conforme a la naturaleza de las causas secundarias, que pueden actuar necesaria, libre o contingentemente. El Catecismo de la Iglesia Católica 306–307 expresa una intuición semejante desde otra tradición: Dios concede a sus criaturas la dignidad de actuar por sí mismas y de ser causas reales. La dependencia de Dios no elimina la agencia creada; la hace posible. ↩︎
- El hebreo atribuye al mismo acontecimiento dos propósitos: los hermanos lo planearon para mal y Dios lo planeó o encaminó para bien. El bien divino no convierte en inocente la traición humana, y la maldad humana no frustra la preservación divina. ↩︎
- La Confesión de Westminster 5.2–4 enseña que la providencia ordena los acontecimientos conforme a la naturaleza de las causas secundarias y se extiende incluso a actos pecaminosos, pero declara que la pecaminosidad procede de la criatura y que Dios no es autor ni aprobador del pecado. ↩︎
- Este consenso puede observarse en documentos que discrepan entre sí acerca del decreto y la libertad. Westminster 5.4 declara que Dios no es autor ni aprobador del pecado; la Confesión de Augsburgo XIX atribuye el pecado a la voluntad creada y falible; Jacobo Arminio insiste en conservar simultáneamente la providencia y la libertad sin convertir a Dios en autor del pecado; el Catecismo de la Iglesia Católica 311 niega que Dios sea causa directa o indirecta del mal moral; y Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa 4.19, distingue la permisión divina de la elección culpable de la criatura. El desacuerdo se refiere al modo de la providencia, no a si Dios se complace en la maldad. ↩︎
- Los discursos de Hechos mantienen juntas determinación divina y culpabilidad humana. No describen una mera reacción posterior de Dios: la entrega del Mesías pertenece a su propósito, mientras quienes lo condenan actúan injustamente. ↩︎
- En el Enquiridión 10–12, Agustín afirma que toda naturaleza creada es buena en cuanto existe y que el mal es corrupción o privación de un bien debido. Esta explicación rechaza que el mal sea una sustancia eterna o creada por un dios rival. ↩︎
- La diferencia no suele estar en si Dios es santo o si el ser humano es responsable, sino en cómo se relacionan decreto, permiso, conocimiento previo, gracia y libertad. Conviene representar estas tradiciones por sus mejores formulaciones y no mediante caricaturas. ↩︎
- Oswalt compara ra‘ con el uso amplio de «malo»: una persona mala y un día malo no son malos en el mismo sentido. El contraste con shalóm demuestra que Isaías habla de fortuna adversa o calamidad. ↩︎
- J. Alec Motyer entiende luz y oscuridad como imágenes de experiencias agradables y dolorosas. El texto afirma que el Señor dirige el curso de la historia. Motyer señala que traducir ra‘ como «desastre» evita una confusión innecesaria sin debilitar la soberanía divina. ↩︎
- Louis Berkhof distingue preservación, concurrencia y gobierno. Su concepto de concurrencia intenta expresar que el poder divino sostiene la acción de la criatura sin borrar el carácter propio ni la responsabilidad moral de esa acción. ↩︎
- Tomás de Aquino desarrolla esta relación en Suma teológica I, q. 22, a. 3, donde la providencia no elimina la contingencia de las causas creadas, y en I–II, q. 79, a. 1, donde niega que Dios sea causa del pecado en cuanto defecto moral. El Catecismo de la Iglesia Católica 306 y 311 retoma ambas afirmaciones: las criaturas reciben la dignidad de actuar como causas reales, mientras Dios no es causa directa ni indirecta del mal moral. ↩︎
- La Confesión de Augsburgo XIX afirma que Dios no es autor del pecado y sitúa su causa en la voluntad creada y falible. La Fórmula de la Concordia, Declaración Sólida I.7, distingue igualmente la naturaleza que Dios crea y conserva de la corrupción heredada, que no procede de él. Esta cautela confesional no niega la providencia; limita las inferencias que convertirían a Dios en fuente moral de la rebelión. ↩︎
- Juan Damasceno, Exposición de la fe ortodoxa 4.19, observa que la Escritura puede expresar la permisión divina con lenguaje de acción. Sin embargo, insiste en que Dios no produce la condición honorable o deshonrosa de la persona: esta se relaciona con la elección y la orientación voluntaria de la criatura. Su formulación constituye un testimonio clásico, aunque la tradición oriental posterior desarrolla el tema con acentos diversos. ↩︎
- Yeshúa no niega la necesidad universal de arrepentimiento, pero rechaza convertir la muerte trágica de ciertas personas en prueba de una culpa superior. El texto impide utilizar la providencia como instrumento de acusación contra las víctimas. ↩︎
- El fatalismo considera inútiles la oración, la acción y la responsabilidad. La providencia bíblica incluye medios: orar, huir del peligro, corregir la injusticia, utilizar medicina y ayudar al prójimo forman parte de la manera en que Dios obra en el mundo. ↩︎
- La alternancia histórica entre shalóm y calamidad no es la condición definitiva. La visión bíblica culmina en una creación donde muerte, dolor y maldición son eliminados. La providencia avanza hacia restauración, no hacia un equilibrio eterno entre bien y mal. ↩︎




