Pocas afirmaciones bíblicas poseen tantas consecuencias como la declaración de que Dios creó al ser humano «a su imagen» y «conforme a su semejanza». De ella dependen cuestiones relacionadas con la dignidad humana, la igualdad entre las personas, el propósito del trabajo, la relación entre varón y mujer, el cuidado de la creación, el uso de la autoridad, el valor del cuerpo, la realidad del pecado y la esperanza de la renovación en el Mesías.
Sin embargo, la expresión «imagen de Dios» ha sido interpretada de muchas maneras. Algunos la han identificado principalmente con la razón, la voluntad o la conciencia moral. Otros han destacado la capacidad relacional, la diferenciación entre varón y mujer, la representación de Dios o el gobierno sobre la creación. También se ha discutido si el pecado destruyó, dañó o simplemente distorsionó el ejercicio de la imagen.
Para responder adecuadamente no basta con aislar Génesis 1:26–27. Debemos estudiar su vocabulario, su contexto literario, el mundo del antiguo Cercano Oriente y el desarrollo posterior del tema desde la creación hasta Yeshúa y la nueva creación.
Respuesta breve
Ser creado a imagen de Dios significa que todo ser humano recibe de Dios una dignidad inviolable, una identidad relacional y una vocación representativa. La humanidad fue creada para vivir ante Dios con dependencia y obediencia, reflejar su carácter y ejercer bajo su autoridad un gobierno responsable sobre la creación.
La imagen no debe reducirse a una sola capacidad —como la razón, la conciencia o la libertad— ni identificarse únicamente con la función de gobernar. Es una condición concedida por Dios que pertenece a la persona completa y de la cual procede una misión: representar al Creador mediante una vida de fidelidad, santidad, justicia, creatividad, comunión y cuidado del mundo.
El pecado no eliminó esta condición ni la dignidad que procede de ella, pero corrompió profundamente la relación del ser humano con Dios y su manera de ejercer la vocación recibida. Yeshúa, imagen perfecta del Dios invisible y verdadero ser humano, manifiesta aquello para lo que fue creada la humanidad. Por medio de la unión con él, el Espíritu renueva a los creyentes conforme a la imagen divina, proceso que alcanzará su plenitud en la resurrección.
Textos bíblicos principales
Los pasajes fundamentales para estudiar este tema son:
- Génesis 1:26–28: creación de la humanidad a imagen y semejanza de Dios.
- Génesis 5:1–3: relación entre imagen, semejanza, generación y filiación.
- Génesis 9:5–6: la imagen como fundamento del valor de la vida humana después de la caída.
- Salmo 8:4–8: dignidad y gobierno de la humanidad sobre las obras de Dios.
- Éxodo 4:22 y 19:5–6: Israel como hijo y reino sacerdotal.
- Salmo 115:4–8: el adorador llega a parecerse a aquello que adora.
- Colosenses 1:15: Yeshúa como imagen del Dios invisible.
- 2 Corintios 3:18: transformación progresiva conforme a la imagen divina.
- 2 Corintios 4:4–6: la gloria de Dios revelada en el rostro del Mesías.
- Romanos 8:29: conformidad con la imagen del Hijo.
- Efesios 4:22–24: nueva humanidad creada en justicia y santidad.
- Colosenses 3:9–11: renovación conforme a la imagen del Creador.
- 1 Corintios 15:45–49: Adán, el último Adán y la futura imagen celestial.
- Santiago 3:9–10: la imagen como fundamento del respeto debido a toda persona.
- Hebreos 1:1–3: el Hijo como resplandor de la gloria de Dios y expresión exacta de su ser.
La imagen de Dios en el contexto de Génesis 1
Génesis 1 presenta a Dios como Creador soberano. Él habla, ordena, separa, llena, bendice y declara buena su creación. El mundo no surge de una lucha entre divinidades rivales ni del cuerpo de un dios vencido. Todo existe por la voluntad del único Creador.
La creación del ser humano constituye el clímax del relato. Antes de crear a las demás criaturas, Dios simplemente ordena que aparezcan. Antes de crear a la humanidad, en cambio, aparece una deliberación divina: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza».
Se han propuesto diferentes explicaciones para el plural «hagamos». Algunos lo entienden como un plural deliberativo; otros, como una referencia a la corte celestial. La lectura cristiana posterior lo ha relacionado también con la revelación trinitaria. Génesis 1 no ofrece por sí solo una exposición completa de la Trinidad, pero la revelación posterior permite reconocer que la creación es obra del Padre, mediante el Hijo y por el Espíritu.
El término hebreo ’adam (אָדָם) puede designar al individuo llamado Adán, pero en Génesis 1:26–27 funciona colectivamente: se refiere a la humanidad. El texto pasa del singular colectivo —«lo creó»— al plural —«los creó»— y explica que esta humanidad existe como varón y mujer.
La imagen pertenece, por tanto, a toda la humanidad. No se limita al primer varón, a los gobernantes, a los israelitas, a los creyentes, a quienes poseen determinadas capacidades intelectuales ni a quienes alcanzan cierto grado de madurez moral.1
Tsélem y demut: imagen y semejanza
La palabra hebrea traducida como «imagen» es tsélem (צֶלֶם). En otros pasajes puede referirse a una estatua, figura, representación o imagen visible. Se emplea, por ejemplo, para imágenes idolátricas, aunque en Génesis no tiene sentido negativo. Su idea fundamental es la representación de un original.
La palabra traducida como «semejanza» es demut (דְּמוּת). Puede expresar parecido, correspondencia, comparación o semejanza. No afirma que el ser humano sea idéntico a Dios, sino que existe una correspondencia real entre Dios y la criatura que lo representa.
La construcción hebrea de Génesis 1:26 dice betsalménu kidmuténu: «en nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Las preposiciones no tienen por qué señalar dos componentes separados de la naturaleza humana. En Génesis 1:27 aparece únicamente «imagen», mientras que Génesis 5:1 emplea «semejanza». Esto indica que ambos términos se superponen considerablemente.
Algunos padres de la Iglesia distinguieron entre la «imagen» como una capacidad natural conservada y la «semejanza» como una perfección moral que debía alcanzarse. Esa diferenciación puede expresar una reflexión teológica legítima, pero resulta difícil demostrar que Génesis esté estableciendo dos etapas distintas de la vida humana.
Peter J. Gentry sostiene, sin embargo, que la superposición no excluye una diferencia de énfasis. En su propuesta, demut destaca la relación del ser humano con su original y puede relacionarse con la filiación, mientras que tsélem acentúa la representación pública y real de Dios en el mundo. Esta distinción es sugerente, especialmente al comparar Génesis 1 con Génesis 5, pero continúa siendo discutida entre los especialistas.2
La Septuaginta tradujo estos términos mediante eikōn (εἰκών, «imagen») y homoíōsis (ὁμοίωσις, «semejanza»). El Nuevo Testamento empleará eikōn para hablar de Yeshúa como imagen de Dios y de la renovación de los creyentes conforme a esa imagen.3
El trasfondo del antiguo Cercano Oriente
En el antiguo Cercano Oriente, las imágenes representaban la presencia y autoridad de una divinidad.4 Una estatua colocada en un templo no era considerada una simple decoración: hacía visible al dios y señalaba el territorio de su dominio. También algunos reyes podían ser descritos como imágenes de una divinidad, pues ejercían autoridad en su nombre.5
Este trasfondo ayuda a comprender la fuerza de Génesis. El relato bíblico no presenta únicamente al rey, al sacerdote o a una élite como imagen de Dios. Declara que toda la humanidad —varón y mujer— posee esta condición. Lo que otras culturas reservaban a determinados gobernantes, Génesis lo extiende a cada ser humano.
Daniel I. Block insiste en que la expresión debe entenderse dentro de este contexto. A su juicio, la imagen tiene una dimensión primordialmente representativa y funcional: el ser humano es delegado de Dios, colocado en el mundo para administrar la creación bajo su autoridad. Block subraya además que ese estatus pertenece a toda la humanidad y continúa fundamentando su dignidad después de la caída.
David J. A. Clines y J. Richard Middleton también han destacado el carácter real de la imagen. Middleton habla de una dignidad y vocación real democratizadas: cada persona recibe el encargo que las culturas antiguas atribuían especialmente a sus monarcas.
Catherine L. McDowell relaciona la imagen con dos ideas presentes en el antiguo Cercano Oriente: el rey como hijo de la divinidad y la estatua como representación visible de su gobierno. La humanidad puede entenderse así como familia creada por Dios y como conjunto de imágenes vivientes colocadas en su templo cósmico.6
La inscripción bilingüe de Tell Fakhariyeh, procedente del siglo IX a. C.7, resulta especialmente importante porque emplea los equivalentes arameos de tsélem y demut para una misma estatua real. Algunos investigadores consideran que esto confirma el carácter prácticamente sinónimo de los dos términos. Gentry, en cambio, argumenta que sus funciones dentro de la inscripción permiten distinguir matices: «semejanza» se relacionaría con el rey como suplicante ante su dios, mientras que «imagen» destacaría su autoridad ante sus súbditos.
No existe, por tanto, unanimidad absoluta sobre cada detalle léxico. Sin embargo, sí existe una convergencia considerable: Génesis concede a toda la humanidad una condición representativa, una relación especial con Dios y una responsabilidad real sobre la creación.8
Identidad, relación y representación
La imagen de Dios no debe entenderse únicamente como algo que la humanidad hace. Antes de recibir la orden de gobernar, el ser humano es creado a imagen de Dios. La identidad antecede a la tarea.9
Gentry llama la atención sobre la relación sintáctica entre Génesis 1:26 y el mandato de gobernar. Según su análisis, el dominio es resultado o propósito de haber sido creado a imagen de Dios, no la definición completa de la imagen. La humanidad representa el gobierno de Dios porque Dios le ha concedido previamente una condición real y relacional.
Esta precisión evita dos reducciones. La primera consistiría en identificar la imagen únicamente con ciertas capacidades internas. La segunda la convertiría solamente en una función. Si la imagen dependiera exclusivamente del ejercicio efectivo del dominio, quienes no pueden gobernar, trabajar o comunicarse plenamente parecerían poseerla en menor grado.
Una formulación más completa reconoce que la imagen es un estatus e identidad recibidos, que establecen al ser humano en relación con Dios, con las demás personas y con el mundo. De esa identidad procede la vocación representativa.
Gentry resume estas relaciones mediante las expresiones «filiación obediente»10 y «realeza servicial». Verticalmente, la humanidad debe vivir ante Dios como criatura dependiente, receptiva y obediente. Horizontalmente, debe gobernar la creación como representante y sierva del verdadero Rey.11
Una vocación real y sacerdotal
La relación entre imagen y gobierno aparece inmediatamente en Génesis 1:26–28. Dios encarga a la humanidad fructificar, multiplicarse, llenar la tierra, sojuzgarla y gobernar sobre las criaturas.
Estos verbos no autorizan la explotación ilimitada. El gobierno humano es derivado y debe corresponderse con el carácter del Rey al que representa.12 Dios ordena la creación, proporciona vida, establece límites y procura el florecimiento de sus criaturas. Quienes representan su gobierno deben ejercer una autoridad justa, responsable y vivificadora.
Block describe a la humanidad como delegada de Dios. Gentry recalca que esta misión procede de su estatus. Ambas aportaciones pueden integrarse: Dios concede a la humanidad una identidad representativa y, sobre esa base, le confía una vocación real.
Génesis 2:15 afirma que Dios colocó al ser humano en el jardín para «labrarlo» y «guardarlo». Los verbos ‘avad (עָבַד) y shamar (שָׁמַר) pueden designar trabajo y protección13, pero también aparecen posteriormente en contextos de servicio y custodia sacerdotal. Esto ha llevado a muchos intérpretes a considerar el Edén como un santuario primitivo14 y a Adán como una figura real-sacerdotal.15
La vocación humana consiste así en extender el orden del jardín, cultivar la tierra, proteger el espacio confiado y convertir la existencia creada en un ámbito de comunión, servicio y alabanza. El trabajo, el arte, la agricultura, el conocimiento, la construcción de comunidades y el desarrollo cultural pueden formar parte de esta tarea cuando se realizan bajo la autoridad de Dios.16
Varón y mujer como imagen de Dios
Génesis 1:27 relaciona expresamente la imagen divina con la creación de la humanidad como varón y mujer. El texto excluye cualquier idea de que uno de los sexos posea la imagen en mayor grado que el otro. Ambos comparten la misma dignidad y reciben conjuntamente la comisión de llenar la tierra y gobernarla.
Andreas J. y Margaret E. Köstenberger destacan que Génesis mantiene unidas la igualdad de varón y mujer como portadores de la imagen y la realidad positiva de su diferenciación corporal. La igualdad no exige borrar la diferencia, y la diferencia no establece una desigualdad de valor. Dentro de su interpretación complementaria, entienden que esta diferenciación forma parte del diseño creador y se orienta hacia la colaboración y el cumplimiento compartido de la misión humana.
Las conclusiones de los Köstenberger sobre las funciones particulares del varón y de la mujer no son compartidas de la misma manera por todas las tradiciones cristianas. Sin embargo, el fundamento exegético debe preservarse: varón y mujer son igualmente imagen de Dios, ninguno representa una humanidad de segunda categoría y la diferenciación sexual pertenece a la bondad de la creación.17
La imagen tampoco debe identificarse exclusivamente con el matrimonio o la procreación. Las personas solteras, viudas, célibes o que no pueden tener hijos poseen plenamente la imagen divina. Yeshúa, el ser humano perfecto, no contrajo matrimonio ni engendró descendencia física. La diferenciación sexual forma parte de nuestra existencia corporal, pero el valor personal no depende del estado civil ni de la capacidad reproductiva.
La persona completa como imagen
Algunas interpretaciones han situado la imagen casi exclusivamente en el alma o en las facultades intelectuales. La razón, la voluntad, el lenguaje, la creatividad y la conciencia moral son indudablemente importantes para la vocación humana, pero Génesis no afirma que una sola de estas capacidades constituya la imagen.18
La antropología bíblica contempla al ser humano como una unidad corporal y viviente. Dios forma al ser humano del polvo y le comunica aliento de vida (Génesis 2:7). El cuerpo no es una envoltura accidental ni una prisión del alma. Mediante el cuerpo trabajamos, servimos, hablamos, amamos, engendramos, cuidamos y ejercemos nuestra responsabilidad en el mundo.
Afirmar que la persona completa participa de la imagen no significa que Dios posea necesariamente una forma corporal semejante a la nuestra. Significa que la existencia humana corporal forma parte del modo en que Dios quiso hacerse representar en la creación.
Carmen Joy Imes destaca que la imagen constituye la identidad humana y que la humanidad fue designada para gobernar en nombre de Dios. De ahí se derivan consecuencias para el trabajo, las relaciones entre los sexos, el cuidado de la creación, la comunidad y el destino final del ser humano.
La esperanza bíblica confirma el valor del cuerpo. La meta final no es escapar de la existencia corporal, sino la resurrección. Dios redime a la persona completa y prepara una creación renovada en la que la humanidad cumplirá plenamente su vocación.
Capacidades que expresan la imagen
Aunque ninguna capacidad aislada define por completo la imagen, varias facultades humanas permiten expresarla:
- La razón permite conocer, ordenar y discernir.
- El lenguaje hace posible responder a Dios y comunicarse con los demás.
- La conciencia moral permite reconocer responsabilidades.
- La voluntad permite actuar intencionalmente.
- La creatividad desarrolla las posibilidades de la creación.
- La capacidad relacional permite amar, servir, prometer y vivir en comunidad.
- La espiritualidad permite responder conscientemente al Creador.
- La corporalidad permite representar a Dios dentro del mundo material.
Estas capacidades no son la base del valor humano, sino instrumentos mediante los cuales se desarrolla la vocación recibida. Pueden crecer, disminuir o quedar seriamente limitadas sin que desaparezca la dignidad de la persona.
Un niño pequeño, una persona con una discapacidad intelectual profunda, alguien inconsciente o un anciano que ha perdido la memoria no son imágenes incompletas de Dios. Pertenecen plenamente a la humanidad que Dios creó a su imagen.
La imagen después de la caída
Génesis 3 relata el rechazo de la dependencia filial. La humanidad pretende decidir autónomamente lo bueno y lo malo. En vez de recibir sabiduría de Dios, procura apropiarse de ella; en vez de gobernar bajo su autoridad, busca ocupar su lugar.
La caída afecta todas las relaciones vinculadas con la imagen. La comunión con Dios se convierte en temor y ocultamiento; la relación entre las personas se llena de acusación y dominio; el trabajo queda marcado por frustración; y la relación con la tierra experimenta conflicto.
Sin embargo, la imagen no desaparece. Génesis 5:1–3 vuelve a emplear el lenguaje de imagen y semejanza después de la expulsión del Edén. Génesis 9:6 fundamenta la gravedad del homicidio en que Dios hizo al ser humano a su imagen. Santiago 3:9 reprende la maldición contra personas hechas a semejanza de Dios.
La teología cristiana ha hablado frecuentemente de una imagen «dañada», «deformada» o «desfigurada». Estas expresiones pueden ser útiles si se entiende que describen nuestra incapacidad moral para reflejar correctamente a Dios. No deben sugerir que algunas personas poseen menos dignidad o que han dejado de pertenecer a la humanidad creada a su imagen.19
John F. Kilner propone una formulación más precisa: el pecado no daña el estatus de la imagen, sino nuestra capacidad para reflejar fielmente a Dios. Distingue entre la dignidad que procede de haber sido creados conforme a la imagen y el destino de ser renovados para reflejarla plenamente.
Podemos resumirlo así: la imagen permanece como condición y vocación, pero el pecado corrompe profundamente su ejercicio. El ser humano continúa representando a Dios, aunque lo representa de manera rebelde, contradictoria y distorsionada.
Imagen e idolatría
La idolatría representa una inversión de la vocación humana. Dios creó al ser humano como su imagen viviente, pero el ser humano fabrica imágenes de criaturas y se inclina ante ellas. Quien debía representar al Creador termina sometiéndose a la creación.
Romanos 1:21–25 describe este intercambio: la gloria del Dios incorruptible es sustituida por imágenes de seres creados. La idolatría no es solamente un error intelectual; es una desorientación de la adoración que transforma la conducta y desordena la vida humana.
Salmo 115:4–8 afirma que quienes confían en ídolos terminan asemejándose a ellos. Los ídolos poseen boca, ojos y oídos, pero no hablan, ven ni oyen. Sus adoradores experimentan una insensibilidad semejante.
G. K. Beale ha desarrollado esta dinámica: el ser humano tiende a convertirse en aquello que adora.20 La idolatría deforma al portador de la imagen, mientras que contemplar la gloria de Dios revelada en el Mesías produce renovación (2 Corintios 3:18).
La relación puede expresarse así:
Nos convertimos en aquello que contemplamos
La adoración nunca es neutral: orienta el corazón, forma los afectos y moldea progresivamente la vida del adorador.
El camino de la adoración verdadera
2 Corintios 3:18; Colosenses 3:10La contemplación de Dios revelado en el Mesías produce, por la obra del Espíritu, renovación, sensibilidad y vida.
El camino de la idolatría
Salmo 115:4–8; Romanos 1:21–25El ídolo transmite su esterilidad al adorador y produce ceguera, sordera espiritual y deshumanización.
La imagen dentro de la historia de los pactos
Peter J. Gentry y Stephen J. Wellum sitúan la creación de la humanidad dentro de la estructura pactual de la historia bíblica. Aunque Génesis 1–3 no utiliza explícitamente la palabra berit para describir la relación con Adán, contiene elementos pactuales: Dios establece al ser humano en su mundo, le concede vida y vocación, le comunica su voluntad y advierte acerca de las consecuencias de la desobediencia.
No todos los especialistas consideran necesario llamar «pacto» a esta relación. Sin embargo, la categoría resulta útil si no se impone artificialmente sobre el texto. Adán aparece como representante, hijo bajo autoridad y cabeza de una humanidad llamada a extender el orden del Edén.
Gentry aporta especialmente el análisis exegético de la imagen como filiación obediente y realeza servicial. Wellum integra esa propuesta dentro de la teología de los pactos. Las alianzas con Noé, Abraham, Israel y David preservan y desarrollan el propósito creador hasta conducirlo al Mesías. Su obra conjunta dedica una sección importante al pacto con la creación y después examina su relación con los restantes pactos y con la cristología.
El movimiento bíblico puede resumirse así:
De la creación a la nueva creación
El propósito creador de Dios avanza mediante los pactos hasta alcanzar su cumplimiento en Yeshúa y en la humanidad renovada.
Esta lectura impide tratar la imagen como una doctrina aislada. El propósito de Dios al redimir no es abandonar su proyecto creador, sino restaurarlo, desarrollarlo y llevarlo a su consumación en el Mesías.21
La Torá y la vocación de la imagen
La Torá no introduce un propósito contrario a la creación. Instruye a un pueblo redimido acerca de cómo vivir bajo el gobierno de Dios. Sus mandamientos protegen la vida, limitan el poder, ordenan el trabajo, defienden al vulnerable, regulan la justicia y enseñan a amar al prójimo.
La prohibición del homicidio se relaciona expresamente con la imagen divina en Génesis 9:6. La prohibición de maldecir, explotar o mostrar parcialidad desarrolla el 22mismo principio ético, aunque no siempre emplee la expresión «imagen de Dios».
La Torá ordena amar al prójimo (Levítico 19:18) y al extranjero (Levítico 19:33–34); exige justicia imparcial; protege al pobre, al huérfano y a la viuda; y extiende el descanso del Shabat a hijos, siervos, extranjeros y animales. Estas instrucciones enseñan a ejercer autoridad de una manera que refleje el carácter justo y compasivo del Creador.
La prohibición de fabricar imágenes para representar a Dios también resulta significativa. Israel no debía reducir a Dios a un objeto creado.23 Algunos estudiosos consideran que existe aquí una relación teológica con Génesis: Dios ya había colocado en el mundo sus imágenes vivientes. Esta conexión no se presenta explícitamente como la razón del segundo mandamiento, pero armoniza con el contraste bíblico entre las imágenes muertas fabricadas por el ser humano y la humanidad viviente creada por Dios.
El Nuevo Pacto no elimina este propósito moral. Dios promete escribir su instrucción en el corazón (Jeremías 31:31–34) y conceder su Espíritu para producir obediencia (Ezequiel 36:26–27). La renovación de la imagen no significa liberación de la voluntad de Dios, sino transformación interior para vivir conforme a ella.
Israel y la vocación humana
El Tanaj no llama expresamente a Israel «imagen de Dios» en el mismo sentido que Génesis 1. Sin embargo, la vocación de Israel desarrolla corporativamente aspectos del encargo confiado a Adán.
Dios llama a Israel su hijo primogénito (Éxodo 4:22), lo constituye reino de sacerdotes (Éxodo 19:5–6) y lo llama a manifestar su justicia entre las naciones. La combinación de filiación, realeza, sacerdocio y misión recuerda la vocación humana original.
El tabernáculo y el templo también evocan el orden de la creación y del Edén. Israel debía convertirse en una comunidad donde la presencia, santidad y sabiduría de Dios fueran visibles. Su obediencia tenía una finalidad misionera: las naciones debían reconocer la sabiduría y justicia de Dios (Deuteronomio 4:5–8).
Israel, sin embargo, participa del fracaso adámico. La idolatría, la injusticia y la infidelidad al pacto deforman su testimonio. Los profetas anuncian entonces la llegada de un Siervo fiel, un rey justo y un nuevo acto creador del Espíritu. Yeshúa no aparece como sustituto ajeno a Israel, sino como el Mesías de Israel que cumple la vocación de Adán, de Israel y del rey davídico. En él, las promesas hechas a Israel alcanzan su centro y se extienden a las naciones.
La imagen en el judaísmo del Segundo Templo
La literatura judía del Segundo Templo continuó relacionando la imagen con dignidad, dominio, inmortalidad y responsabilidad moral.24
Eclesiástico 17:1–4 retoma Génesis y afirma que Dios creó al ser humano de la tierra, le concedió poder sobre las criaturas y lo hizo conforme a su imagen. El dominio humano se entiende como don derivado de Dios.25
Sabiduría 2:23 relaciona la imagen con el propósito de incorruptibilidad. Aunque este libro refleja desarrollos helenísticos, conserva la convicción de que la vocación humana se orienta hacia una vida que supera el dominio de la muerte.26
Filón de Alejandría acentuó la dimensión racional, considerando la mente como aspecto principal de la imagen. Esta interpretación influiría profundamente en ciertas formas posteriores de antropología cristiana.27
Algunos escritos de Qumrán describen la salvación futura mediante la recuperación de «toda la gloria de Adán». La Regla de la Comunidad declara que Dios ha escogido a los fieles para un pacto eterno y que les pertenecerá esa gloria (1QS 4:22–23). Expresiones semejantes aparecen en el Documento de Damasco y en los Himnos de Acción de Gracias. Aunque la interpretación exacta de la expresión es debatida, estos textos muestran que ciertos grupos judíos concebían la redención como restauración de la condición y vocación humanas dañadas por el pecado. La salvación no consistía solamente en recibir perdón, sino también en recuperar la gloria para la cual la humanidad había sido creada.
La tradición rabínica también utilizó la imagen para afirmar el valor universal de la humanidad. Pirkei Avot 3:14 declara amada a la humanidad por haber sido creada a imagen de Dios. La Mishná, en Sanedrín 4:5, relaciona la creación de un solo Adán con el valor de cada vida, la responsabilidad personal y la unidad de la familia humana.
Estas fuentes muestran que la imagen no fue entendida únicamente como una doctrina abstracta. Servía como fundamento para hablar de vida, justicia, responsabilidad, igualdad y esperanza.28
Yeshúa como imagen perfecta
El Nuevo Testamento concentra el tema de la imagen en Yeshúa. Colosenses 1:15 lo llama «imagen del Dios invisible». 2 Corintios 4:4 habla de la gloria del Mesías, que es imagen de Dios. Hebreos 1:3 lo presenta como resplandor de la gloria divina y expresión exacta de su ser.
Pablo presenta a Yeshúa como «el último Adán» (1 Corintios 15:45). El primer Adán recibió la vocación de representar a Dios, pero introdujo el pecado y la muerte mediante su desobediencia. Yeshúa recorre el camino contrario: obedece al Padre, vence la tentación, entrega su vida y resucita como cabeza de una humanidad renovada. La salvación no consiste únicamente en reparar individuos aislados, sino en ser incorporados al Mesías y participar de la nueva humanidad que comienza en él. Quienes llevaron la imagen del hombre terrenal llevarán también la imagen del celestial (1 Corintios 15:49).
Estas afirmaciones abarcan más que la antropología. Yeshúa no es simplemente otro ser humano creado a imagen de Dios. Como Hijo eterno, revela perfectamente al Padre. Quien lo contempla conoce de manera definitiva el carácter de Dios. Sin embargo, Yeshúa también manifiesta la humanidad conforme al propósito creador. Vive como Hijo obediente, representa fielmente al Padre, resiste la tentación, sirve a los demás y ejerce autoridad mediante la entrega de sí mismo.29
Los Evangelios muestran que su realeza no reproduce los modelos opresivos de las naciones. Yeshúa gobierna sanando, enseñando, sirviendo, liberando y entregando su vida. En él contemplamos tanto la verdadera imagen de Dios como el verdadero modelo de humanidad.
La comparación entre Adán y Yeshúa confirma este punto. Adán desobedece buscando exaltarse; Yeshúa se humilla obedientemente. Adán introduce pecado y muerte; Yeshúa inaugura justicia y vida. Adán fracasa ante la tentación; Yeshúa vence. Adán entrega el mundo al desorden; Yeshúa comienza su restauración.30
Gentry y Wellum sitúan esta obra dentro de la historia pactual: el Mesías cumple la vocación del hijo obediente, del rey justo, del Siervo, del verdadero Israel y del último Adán. El propósito creador no es abandonado, sino llevado a cumplimiento en él.
La renovación de la imagen en el Nuevo Pacto
La salvación no consiste únicamente en recibir perdón, aunque el perdón es indispensable. Dios reconcilia consigo a los pecadores y comienza a renovar en ellos la humanidad que Yeshúa encarna.
2 Corintios 3:18 describe a los creyentes contemplando la gloria del Señor y siendo transformados de gloria en gloria en la misma imagen. La transformación es obra del Espíritu y posee una dirección claramente mesiánica.
Romanos 8:29 afirma que el propósito de Dios es conformar a su pueblo a la imagen de su Hijo. La elección no tiene como meta final el privilegio sin transformación, sino la formación de una familia cuya vida se parezca a la del Primogénito.
Colosenses 3:9–11 relaciona la renovación de la imagen con abandonar la mentira, la ira, la malicia y las divisiones que establecen superioridad entre personas. Efesios 4:22–24 describe la nueva humanidad como creada según Dios en justicia y santidad de la verdad.
La renovación posee, por tanto, varias dimensiones:
- Es moral, porque produce justicia y santidad.
- Es relacional, porque transforma la manera de tratar a los demás.
- Es comunitaria, porque forma una nueva humanidad en el Mesías.
- Es misional, porque hace visible el carácter de Dios.
- Es corporal, porque culminará en la resurrección.
- Es escatológica, porque anticipa la nueva creación.
Esta renovación no significa que los no creyentes hayan dejado de ser imágenes de Dios. Todos conservan la dignidad creacional. Los unidos al Mesías, sin embargo, participan anticipadamente de la humanidad renovada y son transformados conforme al modelo del Hijo.
Principales interpretaciones cristianas
A lo largo de la historia se han desarrollado varias interpretaciones. No todas son mutuamente excluyentes, pero cada una acentúa un aspecto distinto.
| Interpretación | Énfasis principal | Aportación | Riesgo si se aísla |
|---|---|---|---|
| Sustantiva o estructural | Razón, voluntad, conciencia y capacidades espirituales | Reconoce facultades que distinguen la vida humana y permiten responder a Dios | Puede vincular la dignidad al grado de capacidad intelectual |
| Relacional | Comunión con Dios y con los demás | Destaca que la humanidad fue creada para la relación | Puede dejar en segundo plano la misión sobre la creación |
| Funcional o real | Representación y gobierno | Toma en serio Génesis 1:26–28 y el contexto del antiguo Cercano Oriente | Puede reducir la imagen a una tarea o rendimiento |
| Corporativa y sexual | Humanidad como varón y mujer | Afirma la igualdad, complementariedad y carácter comunitario de la humanidad | Puede convertir la diferenciación sexual en la definición total |
| Filial-pactual | Filiación obediente y realeza servicial | Integra identidad, relación, obediencia y misión | Algunas distinciones léxicas propuestas siguen siendo debatidas |
| Cristológica | Yeshúa como imagen perfecta y destino humano | Sitúa la imagen dentro de la historia de la redención | Puede pasar demasiado rápido sobre el sentido original de Génesis |
| Integral | Estatus, relación, corporalidad, capacidades, representación y destino | Reúne el conjunto del testimonio bíblico | Requiere explicar cuidadosamente cómo se relacionan sus elementos |
Evaluación y síntesis
Ninguna capacidad humana particular aparece en Génesis como definición exclusiva de la imagen. La razón, la conciencia, el lenguaje y la libertad forman parte del modo en que desempeñamos nuestra vocación, pero no determinan quién merece dignidad.
La interpretación funcional acierta al relacionar la imagen con el dominio. Sin embargo, el dominio parece proceder de la imagen y no agotarla. Gentry tiene razón al advertir que Génesis 5:3 y 9:6 emplean el lenguaje de imagen sin referirse directamente al gobierno sobre los animales.
La interpretación relacional también resulta necesaria. La imagen presupone una relación vertical con Dios y horizontal con las criaturas. No obstante, la relación debe incluir obediencia y misión, no limitarse a la sociabilidad.
La corporalidad tampoco puede excluirse. Dios no creó almas desencarnadas para representarlo, sino seres humanos vivientes colocados en un mundo material. Al mismo tiempo, la imagen no implica que Dios posea una anatomía humana.
La formulación más equilibrada sería la siguiente:
La imagen de Dios es la condición, identidad y vocación concedida por Dios a toda la humanidad, por la cual el ser humano completo y corporal vive ante él como criatura filial y dependiente, representa su autoridad en el mundo, se relaciona responsablemente con los demás y es llamado a reflejar su carácter mediante una realeza servicial. Esta vocación se revela y cumple perfectamente en Yeshúa el Mesías.
Implicaciones para la vida humana
La doctrina de la imagen de Dios no pertenece únicamente al terreno de la reflexión abstracta. Si cada persona ha sido creada para representar al Creador, esta verdad debe transformar nuestra manera de comprender la dignidad, el cuerpo, el trabajo, la autoridad, las relaciones y el cuidado del mundo. No podemos confesar que el ser humano es imagen de Dios y después valorar a las personas solamente por su capacidad, productividad, apariencia, origen o posición social.
Al mismo tiempo, la imagen no solo explica el valor que poseemos, sino también la responsabilidad que hemos recibido. Fuimos creados para reflejar el carácter de Dios en la vida cotidiana y ejercer una autoridad que sirva, proteja y haga florecer. Aunque el pecado ha distorsionado profundamente esta vocación, Yeshúa manifiesta la humanidad conforme al propósito divino y el Espíritu comienza a restaurarla en quienes pertenecen a él. Por eso, las implicaciones siguientes no son simples consecuencias sociales de una doctrina, sino expresiones concretas de lo que significa vivir como imágenes renovadas de Dios.
Dignidad universal
Toda persona posee una dignidad que no depende de su etnia, sexo, edad, salud, inteligencia, fe, productividad, nacionalidad o condición económica. La sociedad puede reconocer esa dignidad o violarla, pero no puede concederla ni eliminarla.
Esto exige proteger la vida humana, rechazar el racismo, resistir la deshumanización y tratar con respeto incluso a quienes consideramos enemigos. La imagen no significa que toda conducta sea correcta, sino que incluso quien debe ser corregido o juzgado continúa siendo una persona y no un objeto.
Personas con discapacidad
Una antropología basada únicamente en capacidades conduce fácilmente a clasificar seres humanos según su independencia o utilidad. La imagen de Dios impide hacerlo. Una persona con discapacidad profunda no posee una fracción de humanidad. Su valor descansa en la decisión creadora de Dios.
La comunidad mesiánica debe convertirse en un lugar donde las personas vulnerables no sean meramente toleradas, sino recibidas como miembros cuya presencia, sufrimiento, dones y necesidades forman parte de la vida común.
El uso de la palabra
Santiago considera contradictorio bendecir a Dios y maldecir a personas hechas a su semejanza. La doctrina de la imagen debe gobernar las conversaciones familiares, las discusiones teológicas, las redes sociales y el trato hacia quienes piensan de manera diferente.
Defender la verdad no requiere ridiculizar, deshumanizar o destruir verbalmente al otro. La corrección bíblica debe preservar la conciencia de que hablamos con una criatura a la que Dios ha concedido dignidad.
Trabajo y creatividad
El trabajo no comienza como consecuencia del pecado. Forma parte de la vocación creadora. Cultivar, organizar, diseñar, enseñar, investigar, fabricar, reparar, cuidar, escribir y producir belleza pueden ser maneras de desarrollar responsablemente el mundo de Dios.
El pecado introduce fatiga, explotación, frustración e idolatría del rendimiento, pero no convierte el trabajo en algo intrínsecamente malo. La redención reorienta el trabajo hacia el servicio a Dios y al prójimo.
Cuidado de la creación
Gobernar no significa consumir sin límites. El propietario último de la tierra es Dios. La humanidad actúa como administradora y debe procurar el florecimiento de aquello que se le ha confiado.
El cuidado ambiental no convierte a la naturaleza en una divinidad ni coloca a las criaturas por encima del ser humano. Reconoce que el Rey valora su creación y exige responsabilidad a quienes la administran.
Autoridad y liderazgo
Padres, maestros, ancianos, gobernantes y responsables comunitarios ejercen una autoridad limitada y derivada. Su propósito no es engrandecerse, sino servir al bien de quienes están bajo su cuidado.
Yeshúa redefine la grandeza mediante el servicio. Cuanto mayor sea la autoridad, mayor será la responsabilidad de reflejar la justicia, paciencia, verdad y misericordia de Dios.
Varón, mujer, matrimonio y soltería
La igualdad como imágenes de Dios excluye cualquier concepción de la mujer como ser humano inferior. La diferenciación sexual tampoco debe considerarse un accidente irrelevante. La Escritura invita a recibir el cuerpo como parte del buen don creador.
El matrimonio puede expresar alianza, comunión, fecundidad y colaboración. La soltería, por su parte, no constituye una humanidad incompleta. Yeshúa y Pablo muestran que la vocación hacia Dios no depende de contraer matrimonio.
Adoración y transformación
La humanidad refleja aquello hacia lo que orienta su adoración. El dinero produce seres humanos que valoran todo según su precio; el poder forma personas dominadoras; el reconocimiento público genera dependencia de la aprobación; los ídolos religiosos producen insensibilidad.
Contemplar al Mesías en las Escrituras, responderle en oración, obedecer su enseñanza y participar en la comunidad del pacto son medios por los cuales el Espíritu reorienta nuestros afectos y forma en nosotros su carácter.
Cuerpo y esperanza futura
La resurrección confirma que el cuerpo importa. La esperanza bíblica no consiste en abandonar para siempre la materialidad, sino en recibir una existencia corporal incorruptible.
1 Corintios 15:49 anuncia que, así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos la imagen del celestial. La obra de Dios conduce desde la creación corporal hasta la humanidad glorificada en la nueva creación.31
Preguntas frecuentes
¿La imagen de Dios significa que nos parecemos físicamente a Dios?
No en el sentido de que Dios posea necesariamente una anatomía humana. Sin embargo, tampoco debe excluirse el cuerpo de la imagen. Dios creó a la persona corporal completa para representarlo dentro del mundo material.
¿El pecado eliminó la imagen?
No. Génesis 9:6 y Santiago 3:9 aplican la imagen a la humanidad caída. El pecado corrompe nuestra relación con Dios y nuestro modo de reflejarlo, pero no elimina la dignidad creacional.
¿Solo los creyentes son imágenes de Dios?
No. Toda persona lo es por creación. Los creyentes experimentan una renovación particular conforme a la imagen del Mesías, pero esa renovación no significa que los demás hayan perdido su condición humana.
¿Ser imagen de Dios significa ser divino?
No. La imagen representa al original, pero no comparte su esencia de manera igual. El ser humano continúa siendo criatura dependiente.
¿Los ángeles son imágenes de Dios?
La Escritura describe a los ángeles como seres celestiales y servidores de Dios, pero no les aplica directamente la declaración de Génesis 1. La vocación de gobernar corporalmente la tierra se confía específicamente a la humanidad.
¿La razón es la imagen de Dios?
La razón es una capacidad importante mediante la cual desarrollamos nuestra vocación, pero no constituye por sí sola la imagen. Si así fuera, la dignidad variaría según el desarrollo cognitivo.
¿La imagen se encuentra igualmente en varón y mujer?
Sí. Génesis 1:27 lo afirma expresamente. Ninguno posee mayor dignidad, cercanía al Creador o humanidad que el otro.
¿El dominio humano permite explotar la creación?
No. La autoridad pertenece a Dios y es confiada al ser humano para el cuidado y florecimiento del mundo. El dominio que contradice el carácter de Dios traiciona la representación recibida.
¿Toda persona es automáticamente hija de Dios en sentido salvador?
Toda la humanidad procede de Dios y fue creada para una relación filial. Sin embargo, el Nuevo Testamento también habla de la adopción redentora concedida a quienes están unidos al Mesías. La dignidad creacional universal y la adopción salvadora no deben confundirse.
¿La imagen determina cómo ocurrió biológicamente el origen humano?
La doctrina afirma quién es el Creador, qué condición concedió a la humanidad y cuál es su vocación. Por sí sola no responde a todas las preguntas científicas relacionadas con los procesos materiales del origen humano. Cualquier propuesta deberá preservar la unidad, dignidad y vocación particular de la humanidad ante Dios.
Aplicaciones pastorales
La doctrina de la imagen debe transformar nuestra manera de mirar a las personas. Antes de clasificarlas por su utilidad, conducta, ideología, apariencia o posición social, debemos reconocerlas como criaturas de Dios.
También exige examinar el uso que hacemos del poder. En el hogar, la congregación, el trabajo y la sociedad, la autoridad debe ejercerse como servicio responsable. El abuso contradice directamente la vocación de representar al Dios justo.
La imagen nos llama a recibir nuestra condición corporal sin desprecio. El cuerpo necesita cuidado, disciplina y esperanza, pero no debe convertirse en ídolo. No somos menos espirituales por ser corporales; fuimos creados como seres corporales y esperamos la resurrección. Asimismo, debemos revisar nuestra adoración. Aquello a lo que entregamos nuestra confianza y atención moldea nuestra personalidad. La renovación requiere volver continuamente la mirada hacia Yeshúa.
Finalmente, la enseñanza ofrece esperanza a quienes sienten que han perdido su valor. La dignidad no depende del éxito, la belleza, la salud, el empleo, la aprobación social ni la ausencia de fracaso. Dios creó al ser humano a su imagen y en el Mesías ofrece renovación, reconciliación y un destino glorioso.
Conclusión
Ser creado a imagen de Dios significa mucho más que poseer inteligencia o conciencia moral. Significa haber recibido de Dios una condición y vocación únicas: vivir ante él, representar su gobierno, relacionarnos responsablemente con los demás y cuidar el mundo que nos ha confiado.
La imagen pertenece a toda la humanidad. El pecado no la elimina, pero corrompe nuestra relación con Dios y distorsiona nuestra manera de reflejarlo. Por eso, la humanidad necesita algo más que educación o progreso cultural: necesita reconciliación, renovación interior y resurrección.
Yeshúa es la imagen perfecta del Dios invisible y el ser humano verdaderamente fiel. En él contemplamos al Padre, descubrimos nuestra vocación y vemos anticipado nuestro destino. El Espíritu forma en quienes pertenecen al Mesías una humanidad renovada que aprende a vivir en justicia, santidad, comunión y servicio.
La historia bíblica avanza desde la imagen concedida en la creación hasta la imagen manifestada en el Mesías y finalmente compartida en la nueva creación:
Preguntas para el estudio y la reflexión
- ¿Qué elementos del contexto de Génesis 1 ayudan a comprender la imagen de Dios?
- ¿Por qué no debemos reducir la imagen a la razón o a otra capacidad particular?
- ¿Qué diferencia existe entre la imagen como identidad y el dominio como misión?
- ¿Cómo se complementan las propuestas de Block, Gentry, Wellum y Middleton?
- ¿Qué enseña Génesis 1:27 acerca de la dignidad de varón y mujer?
- ¿Qué textos demuestran que la imagen continúa después de la caída?
- ¿Cómo deforma la idolatría al ser humano?
- ¿En qué sentido Yeshúa es la imagen perfecta de Dios y el último Adán?
- ¿Cómo renueva el Espíritu la imagen en la comunidad del Nuevo Pacto?
- ¿Qué consecuencias tiene esta doctrina para las personas con discapacidad?
- ¿Cómo debería influir en nuestro uso de la autoridad y de las palabras?
- ¿Qué relación existe entre la imagen, Israel y la incorporación de las naciones?
- ¿Qué aspectos de nuestra cultura miden el valor humano por la productividad?
- ¿Qué hábitos de adoración pueden ayudarnos a ser conformados al Mesías?
- ¿Cómo transforma la esperanza de la resurrección nuestra comprensión del cuerpo?
Bibliografía
Exégesis de Génesis y antiguo Cercano Oriente
- Bird, Phyllis A. «Male and Female He Created Them: Genesis 1:27b in the Context of the Priestly Account of Creation». Harvard Theological Review 74.2 (1981): 129–159.
- Clines, David J. A. «The Image of God in Man». Tyndale Bulletin 19 (1968): 53–103.
- Collins, C. John. Genesis 1–4: A Linguistic, Literary, and Theological Commentary. P&R Publishing, 2006.
- Gentry, Peter J. «Humanity as the Divine Image in Genesis 1:26–28». Eikon: A Journal for Biblical Anthropology 2.1 (2020): 56–70.
- Hamilton, Victor P. The Book of Genesis: Chapters 1–17. New International Commentary on the Old Testament. Eerdmans, 1990.
- McDowell, Catherine L. The Image of God in the Garden of Eden: The Creation of Humankind in Genesis 2:5–3:24 in Light of the mīs pî, pīt pî, and wpt-r Rituals of Mesopotamia and Ancient Egypt. Eisenbrauns, 2015.
- Middleton, J. Richard. The Liberating Image: The Imago Dei in Genesis 1. Brazos Press, 2005.
- Walton, John H. Genesis. NIV Application Commentary. Zondervan, 2001.
- Wenham, Gordon J. Genesis 1–15. Word Biblical Commentary 1. Word Books, 1987.
- Westermann, Claus. Genesis 1–11: A Commentary. Augsburg, 1984.
Teología bíblica, pactos e imagen
- Beale, G. K. We Become What We Worship: A Biblical Theology of Idolatry. IVP Academic, 2008.
- Block, Daniel I. Covenant: The Framework of God’s Grand Plan of Redemption. Baker Academic, 2021.
- Block, Daniel I. «Image of God». Lección 3 de A Guide to the Old Testament. BiblicalTraining.org.
- Gentry, Peter J., y Stephen J. Wellum. Kingdom through Covenant: A Biblical-Theological Understanding of the Covenants. 2.ª ed. Crossway, 2018, especialmente el capítulo 6.
- Imes, Carmen Joy. Being God’s Image: Why Creation Still Matters. IVP Academic, 2023.
- Lints, Richard. Identity and Idolatry: The Image of God and Its Inversion. IVP Academic, 2015.
- McConville, J. Gordon. Being Human in God’s World: An Old Testament Theology of Humanity. Baker Academic, 2016.
- Ortlund, Gavin. «Image of God, Son of God: Genesis 5:3 and Luke 3:38 in Intercanonical Dialogue». Journal of the Evangelical Theological Society 57.4 (2014): 673–688.
Varón, mujer y corporalidad
- Köstenberger, Andreas J., y Margaret E. Köstenberger. God’s Design for Man and Woman: A Biblical-Theological Survey. Crossway, 2014, especialmente el capítulo 1.
- Loader, William. The New Testament on Sexuality. Eerdmans, 2012.
- Thiselton, Anthony C. The First Epistle to the Corinthians. New International Greek Testament Commentary. Eerdmans, 2000.
Antropología teológica, dignidad y destino
- Barth, Karl. Church Dogmatics. Vol. III/1. T&T Clark, 1958.
- Berkhof, Louis. Teología sistemática. Libros Desafío.
- Cortez, Marc. Theological Anthropology: A Guide for the Perplexed. T&T Clark, 2010.
- Cortez, Marc. ReSourcing Theological Anthropology: A Constructive Account of Humanity in the Light of Christ. Zondervan Academic, 2017.
- Grenz, Stanley J. The Social God and the Relational Self: A Trinitarian Theology of the Imago Dei. Westminster John Knox Press, 2001.
- Hoekema, Anthony A. Created in God’s Image. Eerdmans, 1986.
- Kilner, John F. Dignity and Destiny: Humanity in the Image of God. Eerdmans, 2015.
- McFarland, Ian A. The Divine Image: Envisioning the Invisible God. Fortress Press, 2005.
Yeshúa, nueva humanidad y nueva creación
- Beale, G. K. A New Testament Biblical Theology: The Unfolding of the Old Testament in the New. Baker Academic, 2011.
- Gorman, Michael J. Inhabiting the Cruciform God: Kenosis, Justification, and Theosis in Paul’s Narrative Soteriology. Eerdmans, 2009.
- Hafemann, Scott J. Paul, Moses, and the History of Israel. Mohr Siebeck, 1995.
- Schreiner, Thomas R. Paul, Apostle of God’s Glory in Christ. 2.ª ed. IVP Academic, 2020.
- Wright, N. T. Paul and the Faithfulness of God. Fortress Press, 2013.
- Wright, N. T. The Resurrection of the Son of God. Fortress Press, 2003.
- La humanidad no alcanza la imagen mediante conocimiento, cultura, poder, religión o buen comportamiento. Dios la concede al crear. Su fundamento no se encuentra en el rendimiento de la persona, sino en la voluntad del Creador. ↩︎
- El ser humano no es una reproducción material de Dios ni una divinidad menor. «Imagen» expresa correspondencia y representación, no igualdad de esencia. La distancia entre el Creador y la criatura permanece. ↩︎
- La traducción de tsélem mediante eikōn creó un importante puente lingüístico entre Génesis y la enseñanza apostólica. Yeshúa es llamado «imagen del Dios invisible» (Colosenses 1:15) y «imagen de Dios» (2 Corintios 4:4); los creyentes, por su parte, son transformados en esa misma imagen (2 Corintios 3:18), renovados conforme a la imagen de su Creador (Colosenses 3:10) y destinados a ser conformados a la imagen del Hijo (Romanos 8:29). El término homoíōsis aparece en Santiago 3:9, donde la «semejanza de Dios» fundamenta la prohibición de maldecir a otras personas. De este modo, el vocabulario de la Septuaginta permite que el Nuevo Testamento conecte creación, dignidad humana, revelación del Mesías y renovación espiritual. ↩︎
- En el antiguo Cercano Oriente, una imagen cultual no se consideraba simplemente un retrato del dios. Tras determinados rituales de consagración, podía entenderse como una representación autorizada de su presencia y autoridad. Este trasfondo ayuda a comprender que «imagen» no describe solamente parecido, sino representación: la humanidad fue colocada en el mundo para hacer visible el gobierno del Dios invisible, aunque sin compartir su naturaleza divina. ↩︎
- En Egipto y Mesopotamia, la condición de imagen divina se asociaba especialmente con el rey y, en algunos textos, con sacerdotes o miembros de la élite. Génesis transforma radicalmente este lenguaje al aplicarlo a toda la humanidad. Daniel I. Block y J. Richard Middleton destacan esta «democratización» de la dignidad real: cada ser humano, y no solamente el gobernante, recibe la condición y responsabilidad de representar a Dios. ↩︎
- En relatos como Atrahasis y Enuma Elish, los seres humanos son creados para asumir el trabajo pesado de los dioses y permitirles descansar. Génesis ofrece una visión muy distinta: Dios no crea por necesidad, no depende del alimento humano y no entrega el trabajo a la humanidad para librarse de una carga. Él mismo prepara un mundo bueno, proporciona alimento y bendice a sus criaturas. El trabajo humano constituye una participación digna en el gobierno divino, no una explotación destinada a satisfacer las necesidades del Creador. ↩︎
- La estatua de Tell Fakhariyeh, fechada en el siglo IX a. C., contiene una inscripción bilingüe en acadio y arameo dedicada al gobernante Hadad-yith‘i. La versión aramea emplea los términos tsélem y demut, equivalentes a las palabras de Génesis 1:26. La inscripción demuestra que ambos términos pertenecían al lenguaje real y representativo de la región. Los especialistas discuten si poseen allí matices diferentes: algunos los consideran prácticamente sinónimos, mientras Peter J. Gentry relaciona demut con filiación y tsélem con representación real. ↩︎
- Las semejanzas con el antiguo Cercano Oriente no significan que Génesis copie sin más sus concepciones religiosas. El texto emplea un vocabulario comprensible dentro de su ambiente cultural, pero modifica su significado: existe un solo Creador soberano; el mundo no nace de una lucha entre dioses; la humanidad no fue creada para alimentar a divinidades necesitadas; y todos los seres humanos comparten la dignidad representativa que otras culturas reservaban a sus reyes. El contexto antiguo ilumina la afirmación bíblica precisamente porque permite apreciar su carácter distintivo. ↩︎
- El ser humano no llega a ser imagen de Dios cuando gobierna correctamente, trabaja, razona o alcanza determinada madurez. Primero recibe de Dios esa condición y después es enviado a cumplir su vocación. Esta prioridad protege la dignidad de quienes, por edad, enfermedad o discapacidad, no pueden ejercer de manera visible todas las capacidades humanas. ↩︎
- Hablar de la humanidad como descendencia o familia creada por Dios no significa que toda persona disfrute automáticamente de la adopción salvadora. Todos reciben vida, dignidad y vocación del Creador; pero el Nuevo Testamento reserva también un sentido redentor de la filiación para quienes son unidos al Mesías y reciben el Espíritu de adopción (Romanos 8:14–17). La filiación creacional explica nuestro origen y responsabilidad; la adopción mesiánica describe reconciliación, herencia y comunión restaurada. ↩︎
- Una persona no deja de ser imagen de Dios cuando duerme, enferma, envejece o pierde determinadas capacidades. La dignidad procede del acto creador de Dios, no de la productividad, independencia o utilidad social. ↩︎
- El dominio humano no es independiente ni absoluto. La tierra continúa perteneciendo a Dios y la humanidad administra algo recibido. Por eso, radá («gobernar») y kabásh («someter») no pueden interpretarse como autorización para explotar sin límites. El representante debe gobernar conforme al carácter del Rey: procurando orden, justicia, protección y florecimiento. ↩︎
- Los verbos ‘avad (עָבַד, «trabajar», «servir») y shamar (שָׁמַר, «guardar», «custodiar») describen la tarea de Adán en el jardín. Ambos reaparecen juntos en pasajes relacionados con el servicio y la custodia de los levitas en el santuario (Números 3:7–8; 8:25–26; 18:5–6). Esta correspondencia no demuestra por sí sola que Adán fuera sacerdote en sentido levítico, pero refuerza la lectura del Edén como espacio sagrado que debía servir y proteger. ↩︎
- La interpretación del Edén como santuario se apoya en varios elementos: la presencia inmediata de Dios, la orientación hacia el este, la tarea de guardar el espacio, los querubines que protegen su entrada y el río que comunica vida al mundo. Muchos estudiosos consideran que el tabernáculo y el templo retoman simbólicamente estos rasgos. La misión humana consistía así en cuidar el espacio de la presencia divina y extender su orden hacia el resto de la tierra. ↩︎
- Génesis no llama expresamente a Adán «rey» o «sacerdote». Estas categorías surgen al leer su comisión a la luz del desarrollo posterior de las Escrituras. El gobierno sobre las criaturas posee carácter real, mientras que el servicio y la custodia del jardín poseen resonancias sacerdotales. Por eso, «vocación real y sacerdotal» es una síntesis teológica del conjunto bíblico, no una traducción literal de Génesis 1–2. ↩︎
- La autoridad bíblica nunca es propiedad absoluta del gobernante. Es una responsabilidad recibida. Toda autoridad humana debe rendir cuentas al Dios cuya justicia afirma representar. ↩︎
- Toda interpretación de las responsabilidades del varón y de la mujer debe comenzar por su igualdad fundamental como imágenes de Dios. Ninguna diferencia puede utilizarse para justificar desprecio, abuso, violencia o inferioridad ontológica. ↩︎
- La Biblia no presenta la imagen de Dios como un elemento escondido únicamente en el alma, separado del cuerpo. Es la persona completa quien fue creada para representar a Dios: formada del polvo, vivificada por el aliento divino, situada en relación con los demás y enviada a actuar dentro del mundo material. La razón, la voluntad, el lenguaje, la conciencia, las relaciones y la corporalidad participan conjuntamente en esta vocación. Esto no significa que Dios posea necesariamente una forma humana, sino que eligió al ser humano corporal como su representante en la creación. La resurrección confirma esta visión integral: Dios no abandona el cuerpo, sino que redime y glorifica a la persona completa. ↩︎
- La caída no convirtió a los pecadores en seres sin valor. Precisamente porque continúan perteneciendo a la humanidad creada a imagen de Dios, la violencia, la opresión, la calumnia y la explotación constituyen ofensas contra el Creador. ↩︎
- Véase G. K. Beale, We Become What We Worship: A Biblical Theology of Idolatry (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2008), 16, 46–49, 268–283. La pregunta antropológica no puede separarse de la pregunta litúrgica. Para saber en qué nos estamos convirtiendo debemos preguntar qué ocupa nuestra atención, confianza, amor y obediencia. ↩︎
- Los pactos y la restauración de la imagen – Aunque Génesis 1–2 no denomina explícitamente «pacto» a la relación establecida en la creación, la identidad y vocación otorgadas allí a la humanidad constituyen el fundamento de la historia posterior de los pactos. Después de la caída, Dios no elimina la imagen ni abandona su propósito original. El pacto con Noé reafirma tanto la dignidad de toda vida humana como el mandato de llenar la tierra (Génesis 9:1–7); las promesas a Abraham orientan esa vocación hacia la bendición de todas las naciones (Génesis 12:1–3); Israel es llamado a representar a Dios como un reino de sacerdotes (Éxodo 19:5–6); y el pacto davídico concentra la esperanza en un rey que gobierne bajo la autoridad divina. Sin embargo, Adán, Israel y los reyes davídicos ejercieron esa vocación de manera imperfecta. Yeshúa aparece entonces como la imagen perfecta de Dios, el Hijo obediente, el último Adán y el Rey mesiánico que cumple fielmente la misión humana (Colosenses 1:15; 1 Corintios 15:45–49). Mediante el Nuevo Pacto, el Espíritu renueva a quienes están unidos al Mesías conforme a esa imagen (2 Corintios 3:18; Colosenses 3:10). Por tanto, los pactos no sustituyen el propósito de la creación: lo preservan, lo desarrollan y finalmente lo llevan a su cumplimiento en el Mesías y en la nueva creación. ↩︎
- La Torá relaciona repetidamente la conducta de Israel con el carácter de Dios: «Santos seréis, porque santo soy yo» (Levítico 19:2). De manera semejante, Israel debía amar al extranjero porque Dios ama al extranjero y hace justicia al huérfano y a la viuda (Deuteronomio 10:17–19). La obediencia no consistía solamente en cumplir normas aisladas, sino en manifestar dentro de la vida comunitaria la santidad, justicia, misericordia y fidelidad del Dios del pacto. En este sentido, la Torá forma al portador de la imagen para que su conducta corresponda al carácter de Aquel a quien representa. ↩︎
- En el Sinaí, Israel oyó la voz de Dios, pero «ninguna figura» vio; por eso no debía fabricar una representación visible de él (Deuteronomio 4:12–18). Varios estudiosos han observado la relación teológica entre esta prohibición y la creación de la humanidad como imagen divina. Dios no debe ser reducido a un objeto fabricado y controlado por manos humanas. Ha colocado en el mundo representantes vivientes, llamados a reflejar su gobierno mediante una vida de obediencia. Cuando el pueblo practica la idolatría, no solamente adora una imagen falsa: también deforma su propia vocación como imagen del Dios verdadero. ↩︎
- Una tradición interpretativa diversa – El judaísmo del Segundo Templo no desarrolló una única definición de la imagen de Dios. Algunos escritos la relacionaron principalmente con el gobierno de la creación y el discernimiento moral; otros, con la incorruptibilidad, la sabiduría, la razón o la esperanza de recuperar la gloria de Adán. Estas interpretaciones no necesariamente se excluyen entre sí, pero sí muestran que la expresión de Génesis continuó siendo objeto de reflexión. Por tanto, no debemos hablar de «la interpretación judía» como si todos los autores del período hubieran sostenido exactamente la misma postura. ↩︎
- Sirácida 17:1–14 desarrolla ampliamente el lenguaje de Génesis. Dios crea a los seres humanos de la tierra, los hace conforme a su imagen, les concede dominio sobre los animales y los dota de sentidos, entendimiento, lenguaje y capacidad para discernir entre el bien y el mal. Después les entrega «la ley de vida» y establece con ellos un pacto. La imagen aparece así vinculada con la existencia corporal, el gobierno responsable, el conocimiento moral, la adoración y la obediencia. Ben Sira no la reduce a una sola facultad aislada, sino que presenta al ser humano completo como criatura responsable ante Dios. ↩︎
- La Sabiduría de Salomón afirma que Dios creó al ser humano «para la incorruptibilidad» y lo hizo imagen de su propia eternidad, pero que la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (Sabiduría 2:23–24). Este texto relaciona la imagen no solamente con el origen de la humanidad, sino también con su destino. No es necesario interpretarlo como una afirmación de que el ser humano posea inmortalidad independiente; la vida incorruptible continúa siendo un don de Dios. La imagen expresa aquí la vocación humana hacia la comunión, la vida y la participación en la bondad del Creador. ↩︎
- Filón de Alejandría interpretó la imagen principalmente en relación con la mente, entendida como la facultad rectora del ser humano. Puesto que Dios no posee forma corporal, Filón consideraba que la semejanza no debía buscarse en la apariencia física, sino en la capacidad racional que gobierna a la persona, así como Dios gobierna el universo (Sobre la creación, 69). Esta lectura muestra la interacción entre la exégesis judía de Génesis y las categorías filosóficas del mundo helenístico. Sin embargo, representa una corriente concreta y no debe proyectarse sobre todo el judaísmo del período. ↩︎
- La creación de la humanidad a partir de un origen común contradice toda pretensión de superioridad racial. Las diferencias étnicas, nacionales y culturales son reales, pero ninguna establece grados distintos de humanidad. ↩︎
- La cruz no constituye una interrupción de la vocación real de Yeshúa, sino su expresión más profunda. El Mesías ejerce autoridad entregándose por otros, reconciliando y venciendo el mal mediante la obediencia y el amor. En el mismo himno que lo llama imagen de Dios, Pablo declara que hizo la paz mediante la sangre de su cruz (Colosenses 1:15–20). Yeshúa muestra así que dominar conforme a Dios no significa explotar, imponerse o buscar privilegios, sino servir, proteger y dar la vida. La imagen perfecta de Dios se manifiesta en un reinado de amor sacrificial. ↩︎
- En Yeshúa descubrimos simultáneamente quién es Dios y qué debía llegar a ser la humanidad. La cristología y la antropología bíblica se encuentran en la persona del Mesías. ↩︎
- La imagen explica tanto de dónde procede nuestra dignidad como hacia dónde se dirige nuestra existencia. Fuimos creados por Dios y estamos llamados a ser conformados plenamente al Mesías. ↩︎




