¿Sigue vigente el diezmo para los creyentes del Nuevo Pacto? ¿Que enseña el diezmo?

¿Es obligatorio que los creyentes entreguen el diez por ciento de sus ingresos? Este estudio examina los diezmos de Abraham y Jacob, la Torá, Malaquías 3, las palabras de Yeshúa, Hebreos 7, la enseñanza apostólica y el *ma‘aser kesafim*. Además, desarrolla principios prácticos y morales como la generosidad, la planificación, la proporcionalidad, el cuidado de los necesitados y la administración transparente de los recursos.

El diezmo ocupa un lugar importante en la Torá y continúa siendo una práctica habitual en muchas comunidades cristianas y mesiánicas. Sin embargo, existe un debate acerca de si los creyentes del Nuevo Pacto están obligados a entregar exactamente el diez por ciento de sus ingresos.

Para responder adecuadamente debemos distinguir entre los diezmos establecidos para Israel, las prácticas anteriores al Sinaí y las instrucciones apostólicas sobre el sostenimiento de los ministros, la ayuda a los necesitados y la generosidad de la comunidad mesiánica.

Respuesta breve

Los escritos apostólicos no imponen a los creyentes un diezmo obligatorio del diez por ciento de sus ingresos. Los diezmos ordenados en la Torá estaban relacionados con la tierra de Israel, el sostenimiento de los levitas, las celebraciones ante el santuario y la atención de los necesitados.

Esto no significa que la Torá carezca de autoridad ni que el creyente pueda desentenderse del sostenimiento de la comunidad y de los pobres. Los propósitos del diezmo continúan, pero su aplicación se desarrolla dentro del Nuevo Pacto. Los discípulos de Yeshúa deben dar de manera voluntaria, regular, proporcional, generosa y, cuando las circunstancias lo requieran, sacrificial.

El diez por ciento puede ser una referencia útil o una disciplina voluntaria, pero no debe presentarse como una condición de salvación, una medida universal de fidelidad ni un impuesto religioso cuya omisión coloca automáticamente al creyente bajo la maldición de Malaquías.

¿Qué significa la palabra «diezmo»?

La palabra hebrea ma‘aser (מַעֲשֵׂר) significa literalmente «décima parte».1 En griego, el sustantivo correspondiente es dekatē (δεκάτη), mientras que el verbo apodekatoō (ἀποδεκατόω) significa «dar o recibir el diezmo».

Por tanto, bíblicamente, el diezmo no significa simplemente «hacer una ofrenda». Designa una décima parte destinada a una función determinada dentro de un orden pactual concreto.

Esta distinción es importante. Una persona puede practicar la generosidad sin calcular exactamente el diez por ciento, mientras que otra podría entregar el diez por ciento y, aun así, descuidar la justicia, la misericordia y las necesidades reales de su prójimo.

¿Existía el diezmo antes de la Torá entregada en el Sinaí?

Antes del Sinaí, Génesis menciona dos entregas de una décima parte: Abraham dio a Melquisedec el diezmo del botín (Génesis 14:18–20) y Jacob prometió dar a Dios el diezmo de lo que recibiera (Génesis 28:20–22) 2.

Estos relatos parecen demostrar que la práctica era conocida, pero debemos examinar si describen actos voluntarios y particulares o un mandamiento universal anterior a la legislación mosaica.

Abraham y Melquisedec

Después de rescatar a Lot y derrotar a los reyes invasores, Abraham entregó a Melquisedec «los diezmos de todo» (Génesis 14:18–20). El contexto muestra que se trataba del botín recuperado en la guerra, no necesariamente de los ingresos ordinarios de Abraham.

El relato describe una acción concreta mediante la cual Abraham honró a Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo. No encontramos en el pasaje un mandamiento universal que ordene a todos sus descendientes entregar periódicamente el diez por ciento de sus ingresos.

El voto de Jacob

Jacob prometió a Dios:

«De todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti» (Génesis 28:20–22).

También en este caso se trata de un voto voluntario formulado en una circunstancia particular. El pasaje demuestra que la práctica de entregar una décima parte era conocida antes del Sinaí, pero no establece por sí mismo una obligación universal para todos los creyentes.3

Los diezmos establecidos en la Torá

La legislación de la Torá presenta el diezmo dentro de la vida agrícola, social, litúrgica y territorial de Israel. Estaba relacionado con los frutos de la tierra y el ganado, el sostenimiento de los levitas, la celebración delante de YHWH y el cuidado de los necesitados.

Por ello, no debe reducirse a la simple entrega del diez por ciento. Para comprenderlo es necesario examinar sus productos, destinatarios y finalidades, así como distinguir entre su forma institucional en Israel y los principios que pueden extraerse para los creyentes del Nuevo Pacto.

El diezmo de la producción y del ganado

La legislación más explícita sobre los bienes sujetos al diezmo se encuentra en Levítico 27:30–33. El pasaje menciona «el diezmo de la tierra», particularmente la semilla y el fruto de los árboles, y añade el diezmo del ganado vacuno y ovino. El sistema estaba, por tanto, estrechamente relacionado con la producción agrícola y ganadera de Israel dentro de la tierra que Dios le había concedido. 4

El texto declara que ese diezmo era «cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30).5 La décima parte no adquiría carácter sagrado porque Dios necesitara alimentos, sino porque había sido apartada para los propósitos establecidos por él. Al separar parte de la cosecha y del ganado, Israel reconocía que la fertilidad de la tierra, la lluvia, las estaciones y el crecimiento de los animales dependían finalmente de la provisión divina.

El diezmo de la tierra incluía la semilla producida por los campos y el fruto de los árboles. Otros pasajes mencionan de forma representativa el grano, el vino y el aceite (Deuteronomio 14:23; Nehemías 10:37). Estos productos constituían elementos esenciales de la economía y la alimentación de Israel.

La Torá permitía que una persona rescatara parte de este diezmo, es decir, que conservara el producto y entregara su valor equivalente. Sin embargo, debía añadir una quinta parte a su valoración (Levítico 27:31). Este recargo impedía que el rescate se convirtiera en un medio habitual de retener para beneficio propio aquello que ya había sido consagrado.6

Este procedimiento no debe confundirse con la conversión en dinero descrita en Deuteronomio 14:24–26. Cuando el santuario se encontraba demasiado lejos para transportar la producción, el israelita podía venderla, llevar el dinero consigo y, al llegar al lugar elegido por Dios, comprar nuevamente alimentos para la celebración. El dinero funcionaba como medio de transporte del valor; no convertía necesariamente el diezmo bíblico en un pago monetario depositado en una institución.7

El procedimiento aplicado al ganado era diferente. Los animales pasaban uno por uno «bajo la vara», probablemente mientras el pastor los contaba al salir del redil, y cada décimo animal quedaba consagrado (Levítico 27:32). La selección no dependía de que el propietario escogiera voluntariamente el animal que menos le convenía entregar.

El texto añade que no debía examinarse si el animal era bueno o malo ni sustituirse por otro. Si el propietario intentaba cambiarlo, tanto el animal seleccionado como su sustituto quedaban consagrados y no podían rescatarse (Levítico 27:33). Esta norma protegía el proceso contra la manipulación: el dueño no podía reemplazar el décimo animal por otro de inferior calidad después de haber sido contado.8

Estos detalles muestran que el diezmo mosaico no se presenta originalmente como una deducción general del diez por ciento de cualquier ingreso monetario. Sus formas principales estaban vinculadas a los frutos de la tierra y al aumento del ganado dentro de la economía de Israel. Por ello, trasladar directamente estas disposiciones a los salarios modernos exige una argumentación adicional; no basta con afirmar que «diezmo» significa simplemente el diez por ciento de todo dinero recibido.

Esto tampoco significa que comerciantes, artesanos o trabajadores asalariados quedaran exentos de toda responsabilidad económica hacia Dios y el prójimo. La Torá contiene otras obligaciones relacionadas con las ofrendas, la justicia, los préstamos, los jornales, el descanso, la remisión de deudas y el cuidado de los pobres. Significa, más concretamente, que los textos que regulan el diezmo deben interpretarse según los bienes, destinatarios y propósitos que ellos mismos especifican.

La naturaleza agrícola del diezmo también explica su estrecha relación con las bendiciones y maldiciones del pacto. Cuando Israel era fiel, Dios prometía lluvia y abundancia; cuando quebrantaba el pacto, la tierra podía sufrir sequía, plagas y pérdida de sus frutos (Deuteronomio 28:1–24). Entregar el diezmo era así una confesión práctica de dependencia: el pueblo devolvía parte de lo producido porque reconocía que toda la cosecha y todo aumento procedían de la generosidad de Dios.9

El diezmo destinado a los levitas

El propósito principal del diezmo descrito en Números 18:21–24 era sostener a los levitas por el servicio que realizaban en el tabernáculo. A diferencia de las demás tribus, Leví no recibió una región tribal como heredad agrícola. Aunque los levitas disponían de ciudades y terrenos de pastoreo (Números 35:1–8), no poseían un territorio comparable al de Judá, Efraín o las demás tribus. Su vocación estaba vinculada al cuidado del santuario, al transporte de sus objetos y a la asistencia en las funciones sagradas. 10

Por esta razón, Dios declaró:

«Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión» (Números 18:21).

El diezmo funcionaba, por tanto, como la heredad de los levitas y como provisión por su servicio. No era simplemente una donación voluntaria entregada a cualquier dirigente religioso, sino una parte determinada de la producción de Israel asignada por la Torá a una tribu concreta, que desempeñaba responsabilidades concretas dentro del orden del santuario. Su fundamento se encontraba en la estructura territorial, sacerdotal y pactual de Israel.

Conviene distinguir, además, entre levitas y sacerdotes. Todos los sacerdotes descendían de Leví, pero no todos los levitas eran sacerdotes. El sacerdocio pertenecía específicamente a Aarón y a sus descendientes, mientras que los demás levitas desempeñaban funciones auxiliares relacionadas con el santuario. Los israelitas entregaban el diezmo a los levitas y estos, a su vez, separaban la décima parte de lo recibido para los sacerdotes:

«Así ofreceréis también vosotros ofrenda a Jehová de todos vuestros diezmos que recibáis de los hijos de Israel; y daréis de ellos la ofrenda de Jehová al sacerdote Aarón» (Números 18:28).

Esta contribución era conocida posteriormente como el diezmo del diezmo.11 Los levitas no quedaban excluidos de la responsabilidad de consagrar a Dios lo recibido. Debían entregar lo mejor de su diezmo (Números 18:29–32), mostrando que quienes vivían del servicio sagrado también eran administradores responsables delante de Dios.

Deuteronomio añade una dimensión comunitaria. Israel no debía desamparar al levita que vivía dentro de sus ciudades, precisamente porque este carecía de una porción territorial propia (Deuteronomio 12:12; 14:27). En el año del diezmo destinado a las necesidades locales, los levitas compartían la provisión con los extranjeros, los huérfanos y las viudas (Deuteronomio 14:28–29; 26:12–13). Así, el sistema unía el sostenimiento del ministerio con la protección de quienes carecían de seguridad económica.

La importancia de esta provisión aparece nuevamente después del exilio. En tiempos de Nehemías, la comunidad se comprometió a llevar los diezmos a los levitas, mientras estos debían entregar la décima parte en las dependencias del templo (Nehemías 10:37–39). Cuando el pueblo dejó de aportar, los levitas abandonaron sus funciones y regresaron a sus campos para poder mantenerse (Nehemías 13:10–13). El descuido del diezmo afectaba, por consiguiente, al funcionamiento del culto y a quienes habían sido apartados para servir. 12

Este trasfondo ayuda a comprender la analogía que Pablo establece en 1 Corintios 9:13–14: así como quienes servían en el templo recibían sustento del sistema sagrado, quienes proclaman el evangelio tienen derecho a vivir de su ministerio. Sin embargo, Pablo extrae el principio del sostenimiento, no reproduce íntegramente la organización levítica ni ordena expresamente que los ministros cristianos reciban el diez por ciento. La comunidad del Nuevo Pacto no posee un sacerdocio levítico, un sistema tribal de tierras ni un templo que funcione conforme al orden mosaico. 13

Por tanto, no debe afirmarse sencillamente que «el pastor sustituye al levita» o que el diezmo levítico se ha convertido automáticamente en el salario pastoral. La continuidad se encuentra en el principio: quienes se benefician de un ministerio espiritual deben contribuir materialmente a su sostenimiento (Gálatas 6:6; 1 Timoteo 5:17–18). La forma concreta de esa contribución debe estudiarse a la luz del Nuevo Pacto, sin perder de vista la enseñanza permanente de la Torá acerca de sostener el servicio de Dios y no abandonar a quienes dedican su trabajo a la comunidad.

El diezmo festivo

Deuteronomio 14:22–27 describe un diezmo que las familias israelitas consumían delante de Dios en el lugar escogido para su Nombre. Su propósito era enseñar al pueblo a temer a Adonai y permitir que celebrara delante de él.

Este diezmo no funcionaba solamente como sostenimiento institucional. También financiaba una comida sagrada y comunitaria en la que debía incluirse al levita.

Daniel I. Block interpreta el diezmo festivo de Deuteronomio 14:22–27 como parte de la adoración comunitaria de Israel. La familia llevaba el producto de la bendición divina al lugar elegido por YHWH y lo consumía allí con alegría. De este modo, el diezmo expresaba gratitud, dependencia y reverencia, pero también comunión: el Dios que había bendecido al pueblo lo invitaba a celebrar en su presencia.

Block observa que el pasaje no presenta a una divinidad necesitada de alimentos, sino a YHWH como anfitrión de su pueblo. En palabras del comentarista, el adorador presenta su ofrenda y Dios le dice figuradamente: «Siéntate; déjame servirte». El diezmo era, por tanto, una respuesta de adoración a la gracia previamente recibida, no un medio para comprar el favor divino.

En el tercer año, esta adoración adquiría además una dimensión social: el diezmo se depositaba en las ciudades para alimentar al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda (Deuteronomio 14:28–29). Para Block, la actitud de la comunidad hacia las personas marginadas constituye un indicador de su auténtica espiritualidad. Adorar a Dios y cuidar al necesitado no podían separarse.

Esta lectura permite extraer un principio para el Nuevo Pacto sin afirmar automáticamente que todo creyente esté obligado a entregar exactamente el diez por ciento: la entrega generosa puede ser un acto de adoración cuando reconoce la provisión de Dios, se realiza con alegría y contribuye al sostenimiento de su obra y al cuidado del prójimo.14

El diezmo para los necesitados

Cada tercer año, el diezmo debía almacenarse localmente para alimentar al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda (Deuteronomio 14:28–29; 26:12–15).

Por tanto, el sistema protegía tanto el culto como la justicia social.15

En el séptimo año (shemitá) no se separaban los diezmos agrícolas ordinarios de los productos sujetos al año sabático. Los ingresos procedentes de la pesca, los salarios o el comercio no pertenecían al sistema bíblico de diezmos agrícolas. La práctica de apartar una décima parte de los ingresos monetarios (ma‘aser kesafim) surgió posteriormente como una forma de caridad y podía practicarse también durante el séptimo año. 16

¿Qué significa Malaquías 3:8–10?

Uno de los pasajes más utilizados para enseñar el diezmo obligatorio es:

«Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa» (Malaquías 3:10).

Malaquías 3:8–10 forma parte de una disputa profética entre Dios y el pueblo. Dios llama a Israel a volver a él, pero el pueblo responde: «¿En qué hemos de volvernos?». La respuesta divina señala una manifestación concreta de su infidelidad: estaban reteniendo «los diezmos y las ofrendas» que la Torá había destinado al culto, al sostenimiento de los levitas y a la atención de los necesitados.17

«¿Robará el hombre a Dios?»

La acusación de robo no significa simplemente que el pueblo entregaba menos dinero del esperado. Los diezmos pertenecían a Dios y debían administrarse según sus instrucciones. Al retenerlos, Israel se apropiaba de aquello que había sido consagrado para el servicio divino. Por ello, el problema era tanto económico como espiritual: su manera de utilizar los bienes revelaba una ruptura en su relación con Dios.

La expresión «diezmos y ofrendas» probablemente abarca más de una contribución. Los diezmos comprendían las porciones de la producción establecidas en la Torá, mientras que las ofrendas incluían otras contribuciones sagradas destinadas al santuario y al sacerdocio. Malaquías no está introduciendo un sistema nuevo, sino reclamando el cumplimiento de obligaciones ya conocidas.18

«Traed todos los diezmos al alfolí»

El término «alfolí» traduce una palabra hebrea que puede designar un almacén o depósito. En el contexto del templo, se refiere a las cámaras donde se guardaban productos como grano, vino y aceite. Por tanto, el pasaje no describe principalmente la entrega de dinero a una institución religiosa moderna, sino el ingreso de productos agrícolas en los depósitos relacionados con el templo.

La finalidad aparece en la frase «para que haya alimento en mi casa». Los levitas dependían de estas provisiones porque no habían recibido una heredad territorial comparable a la de las demás tribus. Cuando los diezmos dejaron de llegar, el servicio del templo quedó afectado. Nehemías 13:10–13 presenta una situación semejante: los levitas tuvieron que abandonar sus funciones y regresar a sus campos porque no recibían las porciones correspondientes.

La orden de traer «todos» los diezmos indica que la restauración no debía ser parcial. El pueblo no podía ofrecer solamente aquello que le resultara conveniente mientras descuidaba el resto de sus responsabilidades pactuales.19

«Probadme ahora en esto»

La invitación a probar a Dios es excepcional. En otros textos, Israel recibe la advertencia de no ponerlo a prueba, como en Deuteronomio 6:16. Aquí, sin embargo, es Dios mismo quien invita al pueblo a comprobar su fidelidad. Israel debía abandonar su desobediencia, cumplir las disposiciones del pacto y observar cómo Dios restauraría su provisión.

Esto no significa que el ser humano pueda controlar a Dios mediante una contribución económica. El pasaje no enseña: «entrega dinero y Dios estará obligado a enriquecerte». La prueba consistía en volver a la obediencia y confiar en que Dios cumpliría las promesas que había vinculado a su pacto.

«Abriré las ventanas de los cielos»

Las «ventanas de los cielos» representan la provisión de lluvia. En una sociedad agrícola, la lluvia en su debido tiempo era indispensable para producir grano, vino y aceite. La bendición prometida posee, por tanto, un sentido territorial y agrícola concreto.

La expresión se relaciona con las bendiciones pactuales de la Torá. Deuteronomio 28:12 promete que Dios abriría su buen tesoro, el cielo, para enviar lluvia a la tierra si Israel obedecía. Por el contrario, la desobediencia traería sequía y pérdida de las cosechas. Malaquías aplica ese mismo marco pactual a la comunidad posterior al exilio.20

La promesa de derramar «bendición hasta que sobreabunde» describe la restauración de la fertilidad de la tierra y de la suficiencia comunitaria. No constituye necesariamente una promesa de enriquecimiento individual ni garantiza que cada persona obediente recibirá una multiplicación inmediata de su patrimonio.

«Reprenderé también por vosotros al devorador»

El «devorador» probablemente designa una plaga que destruía las cosechas, posiblemente langostas u otros agentes agrícolas. Dios promete proteger el fruto de la tierra y evitar que la vid pierda prematuramente su producción. Nuevamente, el vocabulario confirma que el contexto inmediato es agrícola.21

La bendición tendría además una dimensión pública. Según Malaquías 3:12, las demás naciones reconocerían a Israel como una tierra deseable. La restauración de las cosechas mostraría que Dios no había abandonado a su pueblo y que permanecía fiel a su pacto.

Significado para el creyente

El pasaje se dirige originalmente a Israel dentro del pacto mosaico, en relación con el templo, el sacerdocio, la tierra y los diezmos agrícolas. Por ello, no debería trasladarse automáticamente a la Iglesia como si ordenara que todo creyente entregue exactamente el diez por ciento de su salario a una congregación.22

No obstante, el texto vuelve a revelar principios permanentes que vemos en los contextos donde aparece el Diezmo: Dios es dueño de los bienes, la adoración incluye su administración y el no administrarse es una neglijencia clara en el creyente, el sostenimiento de su obra no debe descuidarse y la infidelidad económica puede expresar una infidelidad espiritual más profunda. El principio no consiste en utilizar la ofrenda como mecanismo para comprar prosperidad, sino en reconocer el señorío de Dios mediante una obediencia confiada, íntegra y generosa.

¿Yeshúa ordenó dar el diezmo?

Yeshúa habló explícitamente del diezmo en Mateo 23:23 y su paralelo en Lucas 11:42. Al reprender a los escribas y fariseos, declaró:

«Diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello».23

Estas palabras requieren una respuesta matizada. Yeshúa no condenó el diezmo ni afirmó que fuera contrario a la verdadera espiritualidad. Por el contrario, dijo que «era necesario» practicar la justicia, la misericordia y la fidelidad «sin dejar de hacer» lo relacionado con el diezmo. En ese contexto, confirmó que sus interlocutores judíos debían cumplir correctamente sus responsabilidades dentro de la Torá.

El contexto de la reprensión

Yeshúa estaba hablando a escribas y fariseos que vivían en la tierra de Israel mientras el templo permanecía en funcionamiento. El sacerdocio levítico y el sistema de diezmos agrícolas todavía formaban parte de la vida religiosa de Israel. Por tanto, sus palabras se sitúan dentro de ese orden histórico y pactual.24

Los dirigentes religiosos diezmaban incluso pequeñas plantas aromáticas como la menta, el eneldo, el comino y la ruda. Esta precisión mostraba su preocupación por observar minuciosamente las disposiciones relativas al diezmo. El problema no era su atención a estos detalles, sino que habían convertido esa exactitud externa en sustituto de una obediencia más profunda.25

Yeshúa denuncia así una espiritualidad desproporcionada: eran escrupulosos en lo pequeño, pero descuidaban «lo más importante de la ley».26 La justicia, la misericordia y la fidelidad27 no anulaban los mandamientos particulares; expresaban la clase de carácter que debía orientar toda obediencia.

«Sin dejar de hacer aquello»

La frase «sin dejar de hacer aquello» indica que Yeshúa no ordenó abandonar el diezmo.28 Para los destinatarios inmediatos, la solución no consistía en dejar de diezmar, sino en integrar esa práctica dentro de una vida caracterizada por la justicia y la misericordia.

Sin embargo, el texto tampoco establece por sí solo un nuevo mandamiento universal según el cual todo discípulo, judío o gentil, deba entregar exactamente el diez por ciento de sus ingresos monetarios a una congregación. Yeshúa estaba evaluando la conducta de maestros judíos sujetos a la Torá y hablando de productos agrícolas concretos, no formulando instrucciones administrativas para las comunidades gentiles del Nuevo Pacto.

Por tanto, el pasaje no debería utilizarse aisladamente ni para abolir el diezmo ni para trasladar sin explicación todo el sistema levítico a la economía moderna.

El diezmo del fariseo

El diezmo aparece también en la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo afirma: «doy diezmos de todo lo que gano» (Lucas 18:12). Esta declaración no constituye una orden de Yeshúa, sino parte de la descripción de un hombre que confiaba en su propia justicia.29

La parábola tampoco condena el acto de diezmar. Condena la autosuficiencia espiritual, la comparación orgullosa y la confianza en las propias obras como fundamento de aceptación delante de Dios. Una práctica correcta podía ser utilizada de manera incorrecta cuando se convertía en motivo de superioridad religiosa.

La enseñanza más amplia de Yeshúa

Aunque Yeshúa no estableció repetidamente un porcentaje para sus discípulos, habló con frecuencia sobre el uso de las posesiones. Enseñó a dar limosna sin buscar reconocimiento humano (Mateo 6:1–4), a acumular tesoros en el cielo (Mateo 6:19–21), a ayudar al necesitado y a evitar que las riquezas ocupen el lugar de Dios.

Su encuentro con el joven rico muestra que el problema espiritual puede encontrarse más allá del cumplimiento de un porcentaje determinado (Mateo 19:16–24). Asimismo, el relato de Zaqueo presenta la generosidad y la restitución como frutos visibles del arrepentimiento (Lucas 19:1–10).

En esta enseñanza, la pregunta fundamental no es únicamente cuánto entrega una persona, sino qué relación mantiene con sus posesiones. Es posible dar una décima parte y continuar dominado por la codicia, el orgullo o la injusticia. También es posible practicar una generosidad que exceda ampliamente el diez por ciento como respuesta voluntaria a la gracia de Dios.

Entonces, ¿lo ordenó?

La respuesta depende de qué se entiende por «ordenar»:

  1. A sus interlocutores judíos sujetos al sistema de la Torá, Yeshúa no les ordenó abandonar el diezmo. Reconoció que debían practicarlo, pero sin descuidar la justicia, la misericordia y la fidelidad.
  2. Para la comunidad del Nuevo Pacto, estos textos no presentan una nueva legislación que convierta automáticamente el diez por ciento del salario en una obligación universal destinada a una congregación local.
  3. Para todos sus discípulos, Yeshúa sí enseñó claramente la generosidad, el cuidado de los pobres, la integridad económica y la libertad frente al dominio de las riquezas.

Por tanto, Yeshúa confirmó el diezmo dentro de su contexto israelita y levítico, pero situó la práctica bajo una exigencia moral más amplia. El diezmo nunca debía utilizarse para compensar la injusticia, sustituir la misericordia o producir una apariencia de fidelidad. La verdadera obediencia debía integrar tanto las responsabilidades concretas como los asuntos de mayor peso de la Torá.30

¿Hebreos 7 enseña que debemos diezmar?

Hebreos 7 menciona repetidamente el diezmo, pero su propósito principal no es establecer una norma económica para la comunidad mesiánica. El capítulo utiliza el encuentro entre Abraham y Melquisedec para demostrar la grandeza del sacerdocio del Mesías y su superioridad respecto al sacerdocio levítico.31

Por tanto, el pasaje es importante para comprender el significado teológico del diezmo entregado por Abraham, pero no contiene una orden explícita para que los creyentes entreguen el diez por ciento de sus ingresos a una congregación, ministro o institución religiosa.

Abraham y Melquisedec

El argumento comienza con el relato de Génesis 14:17–20. Después de rescatar a Lot y derrotar a los reyes invasores, Abraham fue recibido por Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo.32 Melquisedec bendijo a Abraham, y Abraham le entregó «los diezmos de todo».

Hebreos destaca dos acciones:

  1. Melquisedec bendijo a Abraham.
  2. Abraham le entregó la décima parte del botín.

Estas acciones muestran la posición superior de Melquisedec dentro del argumento: quien recibe los diezmos y pronuncia la bendición aparece como mayor que quien los entrega. Hebreos 7:7 declara que «el menor es bendecido por el mayor».

El autor no está ofreciendo aquí instrucciones sobre cómo calcular una donación. Está construyendo un argumento acercaológico acerca de la dignidad de Melquisedec y, por extensión, del sacerdocio de Yeshúa.

¿Qué entregó Abraham?

Hebreos 7:4 especifica que Abraham entregó «los diezmos del botín». La palabra griega akrothinia se refiere a la porción principal o selecta de los despojos obtenidos en la guerra. Por tanto, no se trató necesariamente del diezmo periódico de todos los ingresos de Abraham.33

El relato de Génesis describe un acontecimiento particular después de una victoria militar. No afirma que Abraham entregara anualmente una décima parte de toda su riqueza a Melquisedec, ni presenta una legislación general sobre el diezmo. Tampoco se dice que Dios le hubiera ordenado hacerlo en esa ocasión.

Esto no elimina el valor ejemplar de su acción. Abraham reconoció la grandeza de Dios y la dignidad sacerdotal de Melquisedec. Sin embargo, convertir este acontecimiento particular en una obligación económica universal requiere conclusiones que el relato y Hebreos no formulan expresamente.34

El propósito del diezmo dentro del argumento

Hebreos 7:5–10 compara a Melquisedec con los descendientes de Leví. Los sacerdotes levíticos poseían, conforme a la Torá, el mandamiento de recibir diezmos del pueblo. Melquisedec, en cambio, recibió el diezmo de Abraham antes del nacimiento de Leví y sin pertenecer a su genealogía.

La afirmación de Hebreos 7:7 forma parte de una comparación de rango. Melquisedec recibe el diezmo y bendice a Abraham, el portador de las promesas.35 Estas acciones establecen su superioridad argumentativa y, por extensión, apoyan la superioridad del sacerdocio de Yeshúa sobre el orden levítico.

El autor razona corporativamente: Leví todavía estaba «en los lomos» de Abraham cuando este entregó los diezmos. 36En ese sentido representativo, puede decirse que el propio Leví, quien posteriormente recibiría diezmos, los entregó por medio de Abraham a Melquisedec.

El razonamiento puede representarse así:

  • Abraham entregó el diezmo a Melquisedec.
  • Leví descendía de Abraham.
  • Leví estaba representado en su antepasado.
  • Por tanto, el sacerdocio levítico reconoce figuradamente la superioridad del orden representado por Melquisedec.

El diezmo funciona como evidencia dentro de esa comparación; no es el tema principal de la enseñanza.

«Aquí reciben los diezmos hombres mortales»

Hebreos 7:8 afirma:

«Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales; pero allí, uno de quien se da testimonio de que vive».

Algunos intérpretes entienden que este versículo enseña que Yeshúa continúa recibiendo los diezmos de los creyentes. Según esta lectura, así como Melquisedec recibió el diezmo de Abraham, el Mesías, sacerdote según el orden de Melquisedec, recibe hoy los diezmos entregados por sus discípulos.

Sin embargo, el contraste entre «aquí» y «allí» pertenece principalmente al argumento literario. «Aquí» se refiere a los sacerdotes levíticos, cuya mortalidad era evidente; «allí» dirige la atención a Melquisedec tal como aparece en el relato bíblico, sin que allí se registre su muerte. Esta presentación permite que Melquisedec funcione como figura literaria del sacerdocio permanente del Mesías.37

El versículo no indica quién debería recibir actualmente el diezmo, cómo debería calcularse ni a qué institución tendría que entregarse. Tampoco identifica a los dirigentes de una congregación con Melquisedec. Por consiguiente, no debería utilizarse como prueba directa de que entregar dinero a una iglesia equivale automáticamente a entregárselo al Mesías.

¿Establece el sacerdocio de Melquisedec un nuevo diezmo?

Hebreos enseña claramente que Yeshúa es sumo sacerdote según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:15–17). No obstante, no deduce de ello que las congregaciones deban reproducir económicamente la relación entre Abraham y Melquisedec.

Si el autor hubiera pretendido establecer un nuevo sistema obligatorio, sería razonable esperar indicaciones sobre sus destinatarios, administración y propósito. Pero el capítulo no manda entregar el diezmo a los apóstoles, ancianos, maestros o ministros. Su atención permanece centrada en la identidad y permanencia del sacerdocio del Mesías.

Además, el sacerdocio de Yeshúa no se define principalmente por recibir bienes materiales, sino por ofrecerse a sí mismo, interceder permanentemente y proporcionar acceso definitivo a Dios (Hebreos 7:24–27).

«Cambiado el sacerdocio»

Hebreos 7:12 afirma que, al cambiar el sacerdocio, acontece también un cambio relacionado con la ley. Esto debe interpretarse en función del asunto que el capítulo está tratando: la regulación genealógica del sacerdocio.

El término metáthesis en Hebreos 7:12 puede expresar cambio, transferencia o reordenamiento. El contexto delimita su aplicación: al aparecer un sacerdote procedente de Judá, debe producirse una transformación en la regulación que vinculaba el sacerdocio con la descendencia de Leví y Aarón. El versículo no desarrolla aquí una abolición indiscriminada de toda la Torá. 38

La Torá asignaba el servicio sacerdotal levítico a la descendencia de Aarón. Yeshúa, en cambio, procedía de Judá (Hebreos 7:13–14). Su sacerdocio no depende de genealogía levítica, sino del juramento divino expresado en Salmo 110:4:

«Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec».39

El pasaje muestra así una transformación en la administración sacerdotal y en el acceso a Dios. No es necesario entenderlo como una declaración de que toda la Torá perdió su autoridad. Más bien, las instituciones sacerdotales alcanzan su finalidad y plenitud en el ministerio superior y permanente del Mesías.

Esta transformación también impide trasladar mecánicamente el sistema levítico a los dirigentes de la Iglesia. Los pastores no se convierten automáticamente en levitas, las congregaciones no son almacenes del templo y las contribuciones cristianas no pueden identificarse sin más con los diezmos agrícolas de Israel.

¿Puede utilizarse como principio?

Hebreos 7 puede aportar un principio general: la entrega de Abraham expresó reconocimiento, gratitud y honor hacia el sacerdote del Dios Altísimo. En ese sentido, el relato puede inspirar una respuesta generosa al señorío de Dios.

Pero existe una diferencia entre extraer un principio y establecer un mandamiento:

  • Como principio, Abraham ofrece voluntariamente una parte de lo recibido y reconoce que su victoria procedía de Dios.
  • Como mandamiento, Hebreos 7 no ordena a todos los creyentes entregar una décima parte de sus ingresos.
  • Como argumento teológico, el diezmo demuestra la superioridad de Melquisedec sobre Leví y prepara la exposición del sacerdocio superior de Yeshúa.

El creyente puede elegir el diez por ciento como una medida práctica, disciplinada y bíblicamente informada de generosidad. Sin embargo, no debería afirmar que Hebreos 7 convierte ese porcentaje en una condición de salvación, una deuda con el pastor o una norma explícita del Nuevo Pacto.

Conclusión

Hebreos 7 no fue escrito para ordenar el diezmo, sino para demostrar que el sacerdocio de Yeshúa es superior, anterior en su modelo al levítico y permanente. El diezmo de Abraham funciona como parte de esa demostración.40

Por tanto, el capítulo no establece directamente que todos los creyentes deban entregar el diez por ciento de sus salarios a una iglesia. Sí muestra que Abraham honró al sacerdote del Dios Altísimo mediante una entrega significativa y que Melquisedec ocupa una posición superior a Leví dentro del argumento. La aplicación económica debe formularse como un principio de honra y generosidad, no como si el pasaje contuviera una legislación congregacional que nunca llega a expresar.

¿Qué enseñaron los apóstoles sobre las ofrendas?

Aunque los escritos apostólicos no establecen un porcentaje obligatorio, enseñan claramente que los creyentes deben compartir sus bienes.

Los apóstoles enseñaron que los creyentes debían contribuir al sostenimiento de quienes servían en la enseñanza (1 Corintios 9:13–14; Gálatas 6:6; 1 Timoteo 5:17–18), ayudar a los necesitados (Hechos 4:34–35; Gálatas 2:10; Santiago 2:15–17) y participar en las necesidades de otras comunidades (Romanos 15:25–27; 2 Corintios 8:1–4). Sin embargo, al regular estas contribuciones, no establecieron expresamente un porcentaje obligatorio ni utilizaron normalmente el término «diezmo». Su énfasis recae en una generosidad voluntaria (2 Corintios 9:7), planificada y regular (1 Corintios 16:1–2), proporcional a los recursos disponibles (2 Corintios 8:11–12) y administrada responsablemente (2 Corintios 8:19–21).

Compartir con quienes tenían necesidad

La primera comunidad de discípulos en Jerusalén practicó una solidaridad económica extraordinaria. Hechos 2:44–45 relata que algunos vendían posesiones y repartían los recursos según la necesidad de cada persona. Hechos 4:32–35 añade que no había entre ellos necesitados porque quienes poseían tierras o casas podían venderlas y poner el importe a disposición de los apóstoles.41

Estos pasajes no describen necesariamente la abolición de toda propiedad privada ni establecen que cada creyente estuviera obligado a venderlo todo. Hechos 5:4 indica que la propiedad de Ananías continuaba siendo suya y que, después de venderla, el dinero permanecía bajo su autoridad. Su pecado no consistió en conservar una parte, sino en mentir acerca de la cantidad entregada.

La generosidad era, por tanto, voluntaria, pero no superficial. Surgía de la convicción de que los bienes debían ponerse al servicio de los hermanos cuando existía una necesidad real.42

Una ofrenda regular y proporcional

Pablo dio instrucciones prácticas sobre la colecta destinada a los creyentes necesitados de Jerusalén:

«Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado» (1 Corintios 16:2).

Este texto contiene varios principios. La participación debía ser personal —«cada uno»—, planificada —«ponga aparte»— y proporcional —«según haya prosperado»—. La ofrenda no debía depender exclusivamente de una reacción emocional producida cuando Pablo llegara, sino prepararse con anticipación.

No obstante, el apóstol no define la proporción mediante un porcentaje determinado. «Según haya prosperado» reconoce que la capacidad económica varía entre las personas y a lo largo del tiempo. Quien había recibido más podía contribuir más; quien atravesaba necesidad no debía ser colocado bajo una carga que no pudiera soportar.43

Voluntad y ausencia de coerción

La exposición más extensa de Pablo aparece en 2 Corintios 8–9. Allí presenta a las comunidades de Macedonia como ejemplo: a pesar de su pobreza, participaron voluntariamente y con generosidad en la ayuda destinada a los santos.

Pablo insiste en que la entrega debía ser libre:

«Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad» (2 Corintios 9:7).

La expresión «como propuso en su corazón» no significa dar de manera improvisada o irresponsable. Se refiere a una decisión consciente y deliberada. La persona debía considerar su capacidad y resolver delante de Dios cuánto entregar.

«No por necesidad» indica que la contribución no debía obtenerse mediante coacción, presión psicológica o manipulación religiosa. La alegría del dador no surge de esperar enriquecerse mediante una transacción con Dios, sino de participar voluntariamente en una obra de gracia.44

Conforme a lo que uno tiene

Pablo también establece un principio de proporcionalidad:

«Si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene» (2 Corintios 8:12).

Dios no exige a una persona entregar recursos que no posee. La generosidad apostólica no pretende empobrecer al dador para enriquecer a otros. Pablo aclara que su propósito no es que unos tengan alivio y otros sufran estrechez, sino que exista cierta igualdad o reciprocidad (2 Corintios 8:13–14).

La generosidad cristiana, por tanto, no debe medirse solamente por la cantidad entregada, sino también por los recursos disponibles y el sacrificio que representa para quien da.

Esta igualdad no exige que todos posean exactamente la misma cantidad. Describe una comunidad en la cual la abundancia de unos responde a la necesidad de otros. En el futuro, quienes fueron ayudados también podrían sostener a quienes anteriormente los ayudaron.

La ofrenda como acto de gracia y comunión

En 2 Corintios 8–9, Pablo emplea varias palabras para describir la colecta: «gracia», «servicio», «generosidad» y «comunión». La ofrenda no es presentada solamente como una transferencia económica. Constituye una expresión visible de la unidad entre comunidades judías y gentiles.

Pablo emplea repetidamente la palabra griega cháris, «gracia» en estos versos. El término puede referirse a la gracia de Dios, al privilegio de participar en la colecta y a la propia contribución. Este vocabulario muestra que la ofrenda no era concebida meramente como una transacción económica, sino como una respuesta concreta a la gracia divina.

Los creyentes de las naciones habían participado de las bendiciones espirituales relacionadas con Israel; por eso, Pablo consideraba apropiado que ayudaran materialmente a los creyentes necesitados de Jerusalén (Romanos 15:25–27). La colecta tenía así un significado social, teológico y mesiánico: demostraba que judíos y gentiles pertenecían a una misma comunidad redimida.45

El sostenimiento de quienes enseñan

Los apóstoles también enseñaron que quienes dedican su trabajo al anuncio del evangelio y a la enseñanza pueden recibir sostenimiento material. En 1 Corintios 9:7–14, Pablo recurre a diversos ejemplos46:

  • El soldado recibe sustento por su servicio.
  • Quien planta una viña come de su fruto.
  • Quien apacienta un rebaño participa de su leche.
  • El buey que trilla no debe llevar bozal.
  • Quienes sirven en el templo participan de lo ofrecido allí.

Pablo emplea Deuteronomio 25:4 para demostrar que quien trabaja debe recibir sustento. Finalmente, recuerda que el Señor dispuso que quienes anuncian el evangelio vivan de él. Esta enseñanza establece el derecho al sostenimiento, pero no identifica directamente a los ministros con los levitas ni ordena entregarles los diezmos agrícolas de Israel.

Gálatas 6:6 añade que quien recibe enseñanza debe compartir «toda cosa buena» con quien le instruye. Asimismo, 1 Timoteo 5:17–18 afirma que los ancianos que trabajan en la predicación y enseñanza son dignos de una consideración especial, apoyándose nuevamente en el principio de que el trabajador merece su salario.

El cuidado de los pobres

La ayuda a los pobres ocupa un lugar central en la enseñanza apostólica. Pablo recuerda que los dirigentes de Jerusalén le pidieron que continuara acordándose de ellos, algo que afirma haber procurado hacer con diligencia (Gálatas 2:10).

Santiago denuncia una fe que ofrece palabras religiosas sin suplir las necesidades materiales del hermano (Santiago 2:14–17). Juan expresa el mismo principio: quien posee bienes, ve a su hermano necesitado y le cierra su corazón no está manifestando el amor de Dios (1 Juan 3:16–18).

La generosidad apostólica, por tanto, no se limita al sostenimiento institucional. Incluye de manera esencial el cuidado de viudas, pobres, extranjeros, hermanos en crisis y comunidades afectadas por hambre o persecución.47

Administración responsable y transparente

Pablo no solamente enseñó a recoger ofrendas; también procuró administrarlas con transparencia. En 2 Corintios 8:18–21, explica que otros hermanos participarían en el traslado y supervisión de la colecta. Su propósito era evitar sospechas y hacer lo correcto tanto delante de Dios como delante de los seres humanos.

Este principio adquiere especial importancia ante los abusos económicos que pueden presentarse en algunas comunidades. En ciertos sectores relacionados con la llamada «teología de la prosperidad», la ofrenda se presenta como una especie de inversión espiritual: se promete al creyente que, si entrega determinada cantidad —a veces denominada «semilla»—, Dios estará obligado a devolverle una suma mayor, concederle salud o resolver sus dificultades económicas. Al mismo tiempo, el dirigente puede acumular una riqueza considerable mientras muchos miembros continúan dando desde situaciones de necesidad, movidos por la esperanza de recibir una prosperidad semejante.

Esta enseñanza transforma peligrosamente la generosidad en una transacción y a Dios en garante de un rendimiento financiero. Pablo afirma que Dios puede proveer abundantemente para que el creyente tenga lo necesario y pueda continuar haciendo el bien (2 Corintios 9:8–11); sin embargo, el propósito de esa provisión es producir generosidad, justicia y acción de gracias, no asegurar el enriquecimiento personal. La «cosecha» de la que habla Pablo incluye frutos de justicia y recursos para compartir, no una promesa de riqueza proporcional a la cantidad entregada.

El Nuevo Testamento reconoce que quienes trabajan en la enseñanza pueden recibir sustento como mencionamos anteriormente (1 Corintios 9:13–14; 1 Timoteo 5:17–18). No obstante, condena el uso de la piedad como medio de ganancia (1 Timoteo 6:5–10), advierte contra quienes explotan a los creyentes mediante palabras engañosas (2 Pedro 2:1–3) y exige que los dirigentes no sean codiciosos ni amantes del dinero (1 Timoteo 3:2–3; Tito 1:7).

Por tanto, la prosperidad visible de un pastor no constituye por sí misma una prueba de infidelidad, como tampoco la pobreza demuestra fidelidad. La cuestión decisiva es si existe moderación, transparencia, supervisión independiente y correspondencia entre los recursos recibidos y los fines anunciados. Resulta contrario al modelo apostólico que una sola persona controle las ofrendas, determine su propia remuneración y no rinda cuentas a la comunidad.

Esta práctica establece un principio importante: las ofrendas no deben quedar bajo el control opaco de una sola persona. La administración económica de una comunidad requiere integridad, rendición de cuentas y procedimientos que protejan tanto a los donantes como a los responsables.

¿Establecieron los apóstoles el diez por ciento?

Ninguno de los pasajes apostólicos que regula las ofrendas comunitarias prescribe expresamente el diez por ciento. Los apóstoles enseñan una contribución:

  • voluntaria, pero responsable;
  • planificada y regular;
  • proporcional a los recursos recibidos;
  • orientada al sostenimiento de quienes sirven;
  • sensible a las necesidades de los pobres;
  • libre de manipulación;
  • administrada con transparencia.

El diez por ciento puede utilizarse como referencia bíblica o disciplina personal. Para algunas personas será un punto inicial útil; otras, conforme a su prosperidad y convicción, podrán entregar más. Quienes atraviesan pobreza pueden necesitar recibir ayuda antes que soportar una exigencia económica rígida.

La ausencia de un porcentaje apostólico no significa ausencia de responsabilidad. En ciertos aspectos, el llamado a dar conforme a la gracia puede resultar más exigente que una norma fija, porque coloca todos los recursos del creyente bajo el señorío de Dios. La pregunta apostólica no es solamente «¿he entregado el porcentaje requerido?», sino «¿estoy utilizando lo recibido para honrar a Dios, sostener su obra y servir a quienes tienen necesidad?».48

Las principales interpretaciones

1. El diezmo continúa como mandamiento obligatorio

Esta postura sostiene que el diezmo es anterior a Moisés, fue confirmado por Yeshúa y expresa un principio moral permanente. Según esta interpretación, todos los creyentes deben entregar por lo menos el diez por ciento, generalmente a su congregación local.

Entre sus argumentos principales se encuentran:

  • Abraham y Jacob diezmaron antes del Sinaí.
  • Yeshúa dijo que el diezmo no debía descuidarse.
  • Los ministros del evangelio reemplazan funcionalmente a los levitas como receptores del sostenimiento comunitario.
  • El diez por ciento ofrece una medida objetiva que evita que la generosidad quede indefinida.

R. T. Kendall es uno de los defensores modernos más conocidos de esta posición. Algunas tradiciones evangélicas, pentecostales y adventistas también enseñan el diezmo como obligación continua.

Su fortaleza consiste en afirmar claramente la responsabilidad económica de todos los creyentes. Su dificultad es que combina distintos textos sin demostrar que los apóstoles transfirieran formalmente el sistema levítico a la comunidad del Nuevo Pacto.

2. El diezmo no es obligatorio para los creyentes

Esta interpretación sostiene que los diezmos formaban parte del orden pactual de Israel y que los apóstoles nunca ordenaron su observancia a las congregaciones.

Andreas J. Köstenberger y David A. Croteau concluyen que «ningún texto bíblico ordena un porcentaje determinado como requisito mínimo de las ofrendas».[1] Para ellos, el modelo apostólico no elimina la responsabilidad de dar, sino que la fundamenta en la gracia, el amor, la capacidad económica y las necesidades existentes.

Craig L. Blomberg también observa que la ética económica del Nuevo Testamento no puede reducirse a un porcentaje. El discipulado de Yeshúa afecta la totalidad de las posesiones, no solamente una décima parte.

La fortaleza de esta posición es que respeta la ausencia de un mandamiento apostólico explícito. Su peligro aparece cuando la libertad se convierte en excusa para dar menos, ignorar a los pobres o abandonar a quienes sirven a la comunidad.49

3. El diezmo como principio transformado y referencia orientativa

Una tercera interpretación distingue entre la forma legal del diezmo y sus propósitos permanentes. El sistema territorial, levítico y ceremonial no se reproduce literalmente, pero continúa instruyendo a la comunidad mesiánica acerca del sostenimiento del ministerio, la adoración comunitaria y la atención de los necesitados.

Desde esta perspectiva, el diez por ciento puede servir como:

  • Punto de partida para aprender disciplina.
  • Referencia para organizar las finanzas.
  • Práctica voluntaria de gratitud.
  • Forma contemporánea de ma‘aser kesafim, siempre que no se presente como un impuesto divino universal.

Sin embargo, no constituye necesariamente el punto de llegada. Una persona con abundantes recursos puede estar llamada a dar mucho más. Otra que atraviesa pobreza, enfermedad o endeudamiento grave puede necesitar recibir ayuda antes que soportar una exigencia porcentual.

Esta interpretación procura conservar la autoridad instructiva de la Torá y, al mismo tiempo, reconocer el desarrollo introducido por el Mesías y la enseñanza apostólica.

El ma‘aser kesafim en la tradición judía

El ma‘aser kesafim —literalmente, «diezmo del dinero»— es la práctica judía de separar una décima parte de los ingresos para fines caritativos. No debe confundirse directamente con los diezmos agrícolas establecidos en la Torá.

Su condición jurídica ha sido debatida. Algunos la han considerado una obligación bíblica, otros una disposición rabínica y muchos una costumbre piadosa que adquiere fuerza para quien la adopta regularmente. Su desarrollo muestra cómo la tradición judía buscó aplicar el principio del diezmo después de la destrucción del templo y fuera de una economía predominantemente agrícola.

Para un creyente mesiánico, esta práctica puede ser una disciplina legítima de tzedaká —justicia y caridad—, pero no debe imponerse como si fuera idéntica a los diezmos entregados a los levitas en la tierra de Israel.50

Me gustaria para completar esta practica Judía de benevolencia y caridad parafrasear al Spurgeon del judaísmo, el Jafetz Jaim51 famoso por sus grandes ilustraciones, parabolas y ejemplos:

El Jafetz Jaim reproduce una parábola tradicional acerca de un hombre llamado inesperadamente ante el rey. Atemorizado, busca la ayuda de sus tres amigos. El primero, a quien amaba más, se niega a acompañarlo. El segundo camina con él solamente hasta la entrada del palacio. El tercero, a quien había estimado poco, entra con él y habla en su defensa.

El primer amigo representa las riquezas: por mucho que una persona las ame, la abandonan al morir. El segundo representa a sus familiares, quienes pueden acompañarla hasta la sepultura, pero no más allá. El tercero representa la Torá, la tzedaká y las buenas obras, las cuales permanecen vinculadas con la persona.

La aplicación al ma‘aser kesafim es poderosa: paradójicamente, el dinero que alguien retiene termina dejándolo, mientras que el dinero empleado en justicia y misericordia adquiere una significación duradera. El Jafetz Jaim relaciona esta idea con Números 5:10: lo consagrado y lo entregado para el servicio de Dios es lo que verdaderamente permanece como posesión de la persona.52

¿Ha sido abolida la enseñanza de la Torá sobre el diezmo?

No. La Torá continúa siendo revelación divina y enseña principios fundamentales acerca de:

  • El reconocimiento de que todo pertenece a Dios.
  • El sostenimiento de quienes sirven y enseñan.
  • La celebración comunitaria delante de Dios.
  • La responsabilidad hacia los pobres y vulnerables.
  • La administración fiel de los recursos.
  • La relación entre adoración, justicia y economía.

Lo que cambia es la aplicación pactual de sus instituciones. Actualmente no existe un sacerdocio levítico que oficie en el templo de Jerusalén y reciba los productos de las tribus dentro de la tierra. Tampoco los apóstoles organizaron las congregaciones gentiles como una reproducción del sistema territorial de Israel.

La continuidad de la Torá no exige aplicar todos sus mandamientos de manera idéntica, sin considerar sus destinatarios, instituciones y desarrollo mesiánico. La Torá alcanza su propósito en el Mesías y continúa instruyendo al pueblo de Dios desde la realidad del Nuevo Pacto.

Algunas objeciones frecuentes

«Si no existe un porcentaje, cada persona dará lo que quiera»

Pablo permite que cada persona decida en su corazón, pero esa decisión debe estar formada por la gracia, el amor y la responsabilidad comunitaria. La libertad apostólica no es autonomía egoísta.

Quien utiliza la ausencia de un porcentaje para no compartir nada contradice el propósito de la enseñanza apostólica.

«El diez por ciento es el mínimo; la ofrenda comienza después»

Esta fórmula puede ser una disciplina útil, pero no aparece expresada como mandamiento apostólico. Además, podría llevar a pensar que una persona ha cumplido toda su responsabilidad simplemente porque alcanzó una cifra.

El Nuevo Pacto no limita la generosidad al excedente después del diez por ciento. Todo pertenece a Dios y debe administrarse bajo el señorío de Yeshúa.

«Quien no diezma está robando a Dios»

Malaquías dirigió esa acusación a Israel por retener los recursos del sistema levítico. Aplicarla directamente a todo creyente que no entrega el diez por ciento a una congregación ignora el contexto del pasaje.

Esto no significa que sea imposible robar a Dios en un sentido moral más amplio. Una persona que explota al pobre, defrauda a sus trabajadores o se niega a ayudar pudiendo hacerlo manifiesta una grave infidelidad. Pero Malaquías 3 no debe utilizarse como instrumento de presión financiera.

«Como Yeshúa no abolió el diezmo, permanece exactamente igual»

Yeshúa tampoco abolió el sacerdocio, los sacrificios o las peregrinaciones. Sin embargo, su muerte, resurrección y sacerdocio celestial transforman la manera en que esas instituciones se relacionan con la comunidad del Nuevo Pacto.

La pregunta no es solamente si una enseñanza continúa, sino cómo alcanza su propósito en el Mesías y cómo la aplicaron los apóstoles.

¿Cómo debería dar un creyente del Nuevo Pacto?

La enseñanza bíblica que hemos analizado puede resumirse mediante siete principios:

  1. Regularmente: haciendo de la generosidad una práctica estable.
  2. Proporcionalmente: conforme a los recursos recibidos.
  3. Voluntariamente: sin manipulación ni compulsión.
  4. Generosamente: evitando convertir la libertad en avaricia.
  5. Sacrificialmente: cuando el amor y las necesidades lo requieran.
  6. Responsablemente: sin abandonar obligaciones familiares legítimas.
  7. Con propósitos concretos: sostener la enseñanza, la misión, la comunidad y especialmente a los necesitados.

La congregación local puede ser una destinataria legítima e importante, pero no es necesariamente la única. El modelo bíblico incluye el sostenimiento de quienes enseñan, la ayuda entre comunidades, la misión y la atención directa de los pobres.

También es razonable exigir transparencia a quienes administran las ofrendas. La generosidad de los creyentes no debe utilizarse para enriquecer dirigentes, mantener estructuras innecesarias o manipular a personas vulnerables.

Conclusión de los principios que el diezmo nos enseña

Aunque los escritos apostólicos no imponen a todos los creyentes un diezmo obligatorio del diez por ciento, la legislación bíblica del diezmo continúa ofreciendo una enseñanza moral y espiritual importante. Distinguir entre la forma pactual del mandamiento y los principios que manifiesta nos permite valorar la Torá sin trasladar mecánicamente a la comunidad del Nuevo Pacto todas las instituciones agrícolas, territoriales y levíticas de Israel.

Por tanto habiendo analizado el diezmo saquemos 12 principios clave sobre tal:

1. Todo cuanto poseemos procede de Dios

El diezmo enseñaba a Israel que la tierra, las cosechas y los animales no eran posesiones absolutamente independientes de Dios. David expresó este principio al reconocer:

«Pues todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos» (1 Crónicas 29:14).

Separar una parte de los bienes impedía que el israelita considerara su prosperidad como el resultado exclusivo de su esfuerzo. El creyente del Nuevo Pacto también debe reconocer que su vida, capacidades, tiempo y recursos proceden de Dios.

La mayordomía bíblica53, por tanto, no comienza preguntando qué porcentaje pertenece a Dios, como si el resto fuera completamente nuestro. Comienza reconociendo que todo pertenece a Dios y que nosotros somos administradores de lo recibido.

En el Nuevo Testamento, el oikonómos (οἰκονόμος) era el administrador de una casa: gestionaba bienes que le habían sido confiados, pero de los cuales no era propietario absoluto. Por eso, Pablo declara que «se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel» (1 Corintios 4:2). La mayordomía bíblica no se limita al diezmo ni a las ofrendas. Comprende el empleo del dinero, el tiempo, las capacidades, el cuerpo, la tierra y las oportunidades recibidas. Yeshúa enseña que el administrador deberá rendir cuentas por la manera en que trató a las personas y utilizó los recursos puestos bajo su responsabilidad (Lucas 12:42–48). Pedro amplía el principio a los dones espirituales:

«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pedro 4:10).

Por tanto, la pregunta fundamental no es solamente cuánto entregamos, sino si administramos fielmente para Dios todo cuanto hemos recibido.

2. La generosidad forma el carácter

Dar regularmente combate la avaricia, debilita el dominio de las posesiones y educa el corazón para compartir. El valor moral de la práctica no reside solamente en la cantidad recogida, sino también en lo que produce en quien da.

Desde la tradición adventista, Elena G. de White expresó esta dimensión formativa:

«Este sistema de diezmar desarrollaría el carácter y manifestaría la verdadera condición del corazón».54

En otro lugar relacionó la beneficencia con llegar a ser de carácter «generoso y desinteresado».55 Estas afirmaciones representan la comprensión adventista del diezmo como obligación vigente, postura que no compartimos necesariamente en todos sus detalles56. Sin embargo, expresan correctamente un principio bíblico: la forma en que administramos nuestros bienes revela y moldea nuestro carácter. Las citas se encuentran verificadas en las ediciones oficiales de sus escritos.

Yeshúa enseñó que «donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:21). No solamente damos donde está nuestro corazón; con frecuencia, nuestro corazón también aprende a dirigirse hacia aquello que sostenemos con nuestros bienes.

3. La generosidad expresa lealtad a Dios

El diezmo funcionaba como una confesión práctica de la soberanía divina. Israel no reconocía a Dios solamente mediante palabras, sino apartando una parte concreta de la producción recibida.

Algunos autores cristianos han descrito esta práctica como una prueba de lealtad.57 Esta formulación puede conservarse si evitamos convertirla en una medida absoluta de espiritualidad. La lealtad a Dios no puede reducirse al cumplimiento de un porcentaje, pero sí debe manifestarse en la administración de los recursos.

Una persona puede afirmar que Dios es Señor de su vida y, al mismo tiempo, organizar todas sus finanzas sin considerar la voluntad divina, el sostenimiento de la comunidad o las necesidades de su prójimo. La generosidad convierte la confesión de fe en una acción visible.

4. La gratitud debe expresarse de manera concreta

Los diezmos y las ofrendas recordaban que la gratitud bíblica no es únicamente un sentimiento. Debe adquirir una expresión material.

Abraham entregó una décima parte del botín después de que Melquisedec bendijera al Dios Altísimo, quien había puesto a sus enemigos en sus manos (Génesis 14:18–20). Aunque aquel acontecimiento no establece un diezmo periódico obligatorio, muestra una respuesta de reconocimiento ante la provisión divina.

De igual manera, Pablo enseña que la generosidad produce «acciones de gracias a Dios» (2 Corintios 9:11–12). Dar convierte la gratitud interior en adoración visible.

5. La generosidad necesita disciplina y regularidad

El establecimiento de una proporción ayudaba a que la responsabilidad económica no dependiera exclusivamente de impulsos ocasionales. El diezmo introducía orden, previsión y constancia.

Este principio reaparece en la instrucción de Pablo:

«Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado» (1 Corintios 16:2).58

Aunque Pablo no establece el diez por ciento, sí enseña tres elementos presentes en la lógica del diezmo:

  • Regularidad: «cada primer día de la semana».
  • Participación personal: «cada uno de vosotros».
  • Proporcionalidad: «según haya prosperado».

El diez por ciento puede servir como disciplina voluntaria para algunas personas, pero el principio más amplio es que la generosidad debe ser planificada y proporcional, no meramente accidental.

6. La adoración no puede separarse de la justicia

El sistema bíblico de los diezmos no sostenía solamente el santuario. También incluía al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda (Deuteronomio 14:28–29; 26:12–13).

Esto explica la reprensión de Yeshúa a los fariseos. Ellos calculaban cuidadosamente el diezmo de las hierbas, pero descuidaban «la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). El error no consistía en diezmar, sino en convertir una observancia cuantificable en sustituto de una obediencia más profunda.

Por tanto, ninguna comunidad puede presumir de fidelidad porque recauda diezmos mientras desatiende a los pobres, tolera abusos o administra los recursos sin justicia y transparencia.

7. Los necesitados poseen una responsabilidad sobre nuestra abundancia

El ma‘aser ‘aní, o diezmo para los pobres que señalamos anteriormente, enseñaba que la abundancia de unos debía contribuir al sostenimiento de otros. La viuda, el huérfano y el extranjero no dependían exclusivamente de una emoción caritativa ocasional; estaban incluidos en la estructura económica del pacto.

La tradición judía conservó esta preocupación mediante la tzedaká,59 término que no expresa solamente compasión, sino también justicia y rectitud. Posteriormente surgió el ma‘aser kesafim, la práctica de separar una décima parte de los ingresos para fines caritativos. La mayoría de las interpretaciones judías no considera esta práctica idéntica al diezmo agrícola de la Torá, pero la valora como una disciplina ordenada de generosidad.

Maimónides sostuvo que el grado más elevado de tzedaká consiste en fortalecer al necesitado hasta que ya no dependa de la ayuda de otros. Esta ayuda puede adoptar la forma de un regalo, un préstamo, una asociación o un empleo.

Esta perspectiva amplía el propósito de la generosidad: no se trata solamente de aliviar momentáneamente el sufrimiento, sino de restaurar la dignidad y favorecer la autosuficiencia de la persona.

8. La comunidad debe sostener a quienes sirven y enseñan

El ma‘aser rishón garantizaba el sostenimiento de los levitas, quienes no poseían una heredad territorial como las demás tribus (Números 18:21–24).

El Nuevo Testamento no identifica simplemente a los pastores con los levitas ni ordena transferirles el diezmo levítico. Sin embargo, conserva el principio de que quienes sirven y enseñan deben recibir sustento:

  • «Los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:14).
  • «El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye» (Gálatas 6:6).
  • Los ancianos que trabajan en la predicación y la enseñanza son dignos de apoyo (1 Timoteo 5:17–18).

La obra comunitaria requiere recursos: enseñanza, misión, atención pastoral, ayuda a los necesitados y administración responsable. La ausencia de un porcentaje obligatorio no elimina esta responsabilidad.

9. Dar permite participar en la misión de Dios

Las contribuciones de las congregaciones apostólicas permitieron enviar ayuda, sostener obreros y extender el anuncio del evangelio. Los filipenses participaron en el ministerio de Pablo mediante sus aportaciones económicas (Filipenses 4:14–18).

Por eso, dar no debe verse solamente como una pérdida o una cuota institucional. Es una forma de participar en aquello que la comunidad realiza en nombre del Mesías.

No obstante, «la obra de Dios» no debe limitarse al mantenimiento de edificios o estructuras administrativas. Bíblicamente incluye la proclamación del evangelio, la enseñanza, el cuidado comunitario, la hospitalidad y la atención de los vulnerables.

10. La generosidad supera el cumplimiento de un mínimo

Uno de los peligros de convertir el diez por ciento en una medida absoluta es pensar que, una vez entregada esa cantidad, el resto puede utilizarse sin considerar a Dios ni al prójimo.

La enseñanza apostólica conduce hacia una mayordomía más profunda. Los creyentes de Macedonia dieron «conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas» (2 Corintios 8:3). Su generosidad no surgió de una exigencia porcentual, sino de haberse entregado primeramente al Señor.

John Wesley resumió su enseñanza sobre el dinero mediante tres exhortaciones: «Gana todo lo que puedas; ahorra todo lo que puedas; da todo lo que puedas».[3] Su propósito no era promover la acumulación, sino subordinar la totalidad de los recursos al amor de Dios y del prójimo.

Juan Crisóstomo también relacionó la generosidad con la esencia de la vida cristiana, llamando a la limosna «madre del amor». Para él, compartir los bienes era una manifestación visible del amor por el cual debían ser reconocidos los discípulos del Mesías.

Estas perspectivas muestran que la ética cristiana histórica no se ha limitado siempre a preguntar si el diez por ciento es obligatorio. Con frecuencia ha planteado una cuestión más exigente: ¿qué uso de nuestras posesiones corresponde a una vida gobernada por el amor?

11. La bendición no debe convertirse en una transacción comercial

Malaquías 3:10–12 prometía a Israel lluvia, protección de las cosechas y fertilidad de la tierra si volvía a la fidelidad pactual. El texto demuestra que Dios honra la obediencia y cuida de su pueblo, pero no debe transformarse en una fórmula para comprar prosperidad.

El Nuevo Testamento también relaciona la generosidad con la bendición:

«Más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20:35).

Pablo afirma que Dios provee para que el creyente pueda abundar «para toda buena obra» (2 Corintios 9:8–11). La finalidad de la provisión divina no es alimentar la codicia, sino multiplicar la capacidad de servir.

Por eso, no sería correcto decir que el creyente entrega dinero para obligar a Dios a devolverle una cantidad mayor. Damos porque ya hemos recibido su gracia, confiando en su cuidado y deseando que su provisión alcance también a otros.60

12. La administración de los recursos exige transparencia

Los recursos apartados para Dios no dejan de necesitar una administración responsable. Pablo procuró que la colecta para Jerusalén fuera gestionada por representantes reconocidos de las congregaciones:

«Evitando que nadie nos censure en cuanto a esta ofrenda abundante que administramos» (2 Corintios 8:20–21).

La confianza espiritual no elimina la rendición de cuentas. Las congregaciones que solicitan contribuciones deben explicar cómo se utilizan, evitar el enriquecimiento de sus dirigentes y establecer procedimientos que protejan tanto a los donantes como a los destinatarios.

Maimónides aplicó un principio semejante a la tzedaká: recomendó entregar los recursos comunitarios solamente cuando los administradores fueran fieles, sabios y capaces de gestionarlos correctamente (Mishné Torá, Dones para los pobres 10:8).

Síntesis

El diezmo nos enseña que:

  1. Dios es dueño y dador de todo.
  2. La generosidad expresa gratitud, adoración y lealtad.
  3. Dar regularmente disciplina el corazón y combate el egoísmo.
  4. La adoración debe estar unida a la justicia y la misericordia.
  5. Los necesitados tienen un lugar prioritario en la economía del pueblo de Dios.
  6. Quienes sirven y enseñan deben recibir un sostenimiento digno.
  7. Los recursos permiten participar activamente en la misión divina.
  8. La generosidad del Nuevo Pacto no debe reducirse al cumplimiento de un porcentaje mínimo.
  9. Las bendiciones de Dios no pueden comprarse mediante contribuciones económicas.
  10. Toda ofrenda comunitaria requiere integridad, transparencia y rendición de cuentas.

Estos principios permiten recibir la enseñanza moral de la Torá sin confundirla con la imposición automática del sistema territorial y levítico a todos los creyentes. El diez por ciento puede ser una disciplina voluntaria y valiosa; pero el objetivo final es formar una comunidad generosa, justa y fiel, en la que todos los bienes sean administrados bajo el señorío del Mesías.

Conclusión

Los creyentes del Nuevo Pacto no reciben un mandamiento apostólico que los obligue a entregar exactamente el diez por ciento de sus ingresos. Los diezmos de la Torá pertenecían a un sistema relacionado con la tierra de Israel, el sacerdocio levítico, el santuario, las celebraciones y el cuidado de los necesitados.

Sin embargo, sus propósitos no han desaparecido. En el Mesías, el pueblo de Dios continúa llamado a sostener a quienes sirven, compartir con los necesitados y administrar sus bienes como pertenencia de Dios.

Por tanto, el diez por ciento puede ser una práctica sabia y una referencia voluntaria, pero no una medida universal de espiritualidad. Algunos creyentes podrán comenzar con menos mientras ordenan responsablemente su situación; otros, especialmente quienes han recibido mayor abundancia, deberían preguntarse si limitarse al diez por ciento refleja realmente la generosidad enseñada por Yeshúa.

La pregunta del Nuevo Pacto no es simplemente: «¿He entregado mi diez por ciento?», sino: «¿Estoy administrando todo lo que Dios me ha confiado con justicia, generosidad y fidelidad al Mesías y a su obra?»

Vease para mas información tambien nuestro artículo de a analisís sobre el diezmo:


Bibliografía selecta

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  1. La palabra hebrea ma‘aser deriva de ‘eser (עֶשֶׂר), «diez», y designa específicamente una décima parte. La Septuaginta emplea normalmente el término griego dekatē, también relacionado con el número diez. Por tanto, en sentido estricto, no toda contribución es un diezmo: el diezmo posee una proporción definida y, en la Torá, destinatarios y propósitos determinados. Las ofrendas, en cambio, podían adoptar cantidades y formas diversas. Esta precisión ayuda a entender la reprensión de Yeshúa en Mateo 23:23: los fariseos calculaban escrupulosamente la décima parte de sus hierbas, pero descuidaban la justicia, la misericordia y la fidelidad. El porcentaje podía cumplirse exteriormente sin expresar la generosidad y la obediencia integral que Dios requería. ↩︎
  2. También encontramos antes una referencia que algunos sitúan a Abel dando una especie de diezmo, pero como señala Andreas J. Köstenberger, y David A. Croteau. el texto dice que ofreció de los primogénitos de sus ovejas, pero no menciona que entregara un diezmo como tal. ↩︎
  3. Algunos defensores del diezmo obligatorio argumentan que, como Abraham y Jacob diezmaron antes de la entrega de la Torá, el principio pertenece al orden de la creación y continúa para todos los tiempos. Entre los defensores modernos de esta postura destaca R. T. Kendall. La dificultad es que Génesis describe estas acciones, pero no las presenta como mandamientos universales. Que una práctica sea anterior al Sinaí no demuestra, por sí solo, que constituya una obligación permanente. ↩︎
  4. La formulación de Levítico 27:30–33 delimita el diezmo mediante categorías productivas concretas: «semilla de la tierra», «fruto de los árboles» y animales de la manada o del rebaño. David A. Croteau concluye que, en la legislación mosaica, estaban sujetos al diezmo los productos relacionados con la tierra, no indiscriminadamente todas las formas de ingreso. Esta observación exegética no resuelve por sí sola su aplicación cristiana, pero impide identificar sin argumentación adicional el diezmo bíblico con el diez por ciento de cualquier salario moderno — Para profundizar: David A. Croteau, A Biblical and Theological Analysis of Tithing (PhD diss., Southeastern Baptist Theological Seminary, 2005); Andreas J. Köstenberger y David A. Croteau, «Will a Man Rob God?», Bulletin for Biblical Research 16.1 (2006): 53–77. ↩︎
  5. Cuando Levítico 27:30 declara que el diezmo es «santo para YHWH», el término hebreo qódesh (קֹדֶשׁ) indica que ha sido retirado del uso común y sometido a una disposición sagrada. No significa necesariamente que el producto debiera quemarse sobre el altar. Su santidad se manifestaba en que no podía emplearse libremente, sino conforme al destino establecido por la Torá. En este contexto, «santo» expresa principalmente un cambio de condición y pertenencia — Jacob Milgrom, Leviticus 23–27, Anchor Bible 3B (Nueva York: Doubleday, 2001), comentario a Levítico 27:30–33; Gordon J. Wenham, The Book of Leviticus, NICOT (Grand Rapids: Eerdmans, 1979), comentario a Levítico 27. ↩︎
  6. El verbo hebreo ga’al (גָּאַל), traducido aquí como «rescatar», describe la recuperación de algo consagrado mediante el pago de su valor. Levítico 27:31 exige añadir una quinta parte, es decir, un veinte por ciento sobre la valoración original. El recargo pertenece al sistema de valoraciones y rescates desarrollado en todo el capítulo y funcionaba como protección jurídica de aquello que ya había sido dedicado. No se trataba de comprar por primera vez el producto, sino de recuperar para uso ordinario algo que había adquirido condición sagrada. —Baruch A. Levine, Leviticus, JPS Torah Commentary (Filadelfia: Jewish Publication Society, 1989), comentario a Levítico 27; Jacob Milgrom, Leviticus 23–27, comentario a 27:31. ↩︎
  7. Debe distinguirse el rescate de Levítico 27:31 de la conversión en plata permitida en Deuteronomio 14:24–26. En Levítico, el propietario conserva el producto pagando su valor más un recargo; en Deuteronomio, vende los productos debido a la distancia, transporta la plata hasta el santuario y la emplea allí para adquirir alimentos destinados a la celebración. Daniel I. Block destaca que esta segunda disposición responde a una dificultad logística y preserva el carácter festivo del diezmo. — Daniel I. Block, Deuteronomy, NIV Application Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2012), 356–360; Jeffrey H. Tigay, Deuteronomy, JPS Torah Commentary (Filadelfia: Jewish Publication Society, 1996), comentario a 14:22–29. ↩︎
  8. La fórmula de Levítico 27:32, «todo lo que pasa bajo la vara», refleja una práctica de conteo pastoril: los animales salían del recinto uno por uno mientras eran contados, y cada décimo ejemplar quedaba consagrado. El procedimiento reduce la intervención selectiva del propietario. La prohibición posterior de examinar si el animal era «bueno o malo» y de sustituirlo confirma que no se trataba de escoger deliberadamente el mejor o el peor ejemplar, sino de respetar el resultado del conteo. —Gordon J. Wenham, The Book of Leviticus, comentario a 27:32–33; Jacob Milgrom, Leviticus 23–27, comentario al mismo pasaje. ↩︎
  9. Afirmar que el diezmo mosaico recaía principalmente sobre productos agrícolas y ganaderos constituye una observación histórico-exegética. Concluir de ello que los creyentes deben —o no deben— entregar el diez por ciento de sus ingresos constituye una decisión teológica posterior. Es necesario distinguir ambos niveles. Algunos intérpretes trasladan el porcentaje como principio normativo; otros conservan los propósitos de gratitud, sostenimiento y solidaridad sin imponer la misma proporción. El debate no debe resolverse alterando la descripción del sistema israelita, sino explicando cómo se relaciona la legislación de la Torá con el Nuevo Pacto. Vease: David A. Croteau, ed., Perspectives on Tithing: Four Views (Nashville: B&H Academic, 2011); Andreas J. Köstenberger y David A. Croteau, «Will a Man Rob God?», 53–77. ↩︎
  10. La afirmación de que los levitas «no tenían heredad» no significa que carecieran de vivienda o de toda propiedad. Recibieron cuarenta y ocho ciudades distribuidas entre las demás tribus, junto con terrenos de pastoreo (Números 35:1–8); lo que no recibieron fue un territorio tribal agrícola comparable al de Judá, Benjamín o Efraín. Por eso dependían en buena medida de los diezmos de la producción de Israel.
    Tampoco deben confundirse levitas y sacerdotes. La tribu de Leví comprendía diferentes familias dedicadas al servicio del santuario, pero únicamente Aarón y sus descendientes ejercían el sacerdocio. Los israelitas entregaban el diezmo a los levitas y estos separaban «el diezmo del diezmo» para los sacerdotes (Números 18:26–28). Esta estructura muestra que el diezmo levítico pertenecía a un sistema pactual específico, relacionado con la distribución de la tierra, el santuario y el sacerdocio aarónico. Por ello, aunque proporciona un principio válido para el sostenimiento de quienes sirven a la comunidad, no permite identificar automáticamente al pastor moderno con el levita ni trasladar sin modificaciones todo el sistema al Nuevo Pacto. ↩︎
  11. Los levitas no podían considerar todo el diezmo recibido como propiedad disponible exclusivamente para su beneficio. Debían separar la décima parte y entregarla a los sacerdotes descendientes de Aarón (Números 18:26–28). Esta contribución debía proceder de «lo mejor» de los bienes recibidos (Números 18:29–30). El principio es significativo: quienes recibían el sustento de la comunidad también permanecían bajo la autoridad de Dios y debían administrar responsablemente sus recursos. El ministerio sagrado no otorgaba libertad para apropiarse de las contribuciones sin rendición de cuentas. Aunque el «diezmo del diezmo» pertenecía específicamente al orden levítico, revela un principio aplicable a toda comunidad de fe: las aportaciones destinadas al ministerio deben administrarse con integridad, transparencia y respeto por el propósito para el cual fueron entregadas. Quienes enseñan fidelidad económica a otros deben practicarla también en el uso de los recursos que reciben. ↩︎
  12. Nehemías 13:10–13 muestra las consecuencias prácticas de descuidar el sostenimiento de los levitas. Como no estaban recibiendo las porciones que les correspondían, tuvieron que abandonar sus responsabilidades en el templo y regresar a sus campos para obtener alimento. Nehemías no interpretó el problema únicamente como una dificultad económica, sino como un abandono de la casa de Dios. El episodio muestra que el sistema del diezmo no fue establecido para enriquecer a una clase religiosa, sino para permitir que determinadas personas pudieran dedicarse al servicio encomendado sin quedar desamparadas. También revela que la fidelidad de la comunidad y la integridad de sus administradores eran igualmente necesarias: Nehemías restableció las contribuciones, pero también nombró responsables considerados fieles para distribuirlas correctamente. Aunque la organización levítica no se traslada directamente al Nuevo Pacto, permanece el principio de que una comunidad debe sostener responsablemente los ministerios que reconoce como necesarios y administrar sus aportaciones de manera transparente. La falta de apoyo puede impedir el servicio; la mala administración, por su parte, puede desvirtuar el propósito de las contribuciones. ↩︎
  13. En 1 Corintios 9:13–14, Pablo compara a quienes anuncian el evangelio con quienes servían en el templo y recibían su alimento de las cosas sagradas. Sin embargo, su argumento no identifica a los ministros cristianos con los levitas ni ordena reproducir todo el sistema mosaico. La comparación se concentra en un principio: quien dedica su trabajo al servicio espiritual tiene derecho a recibir sustento material de la comunidad beneficiada.
    Esto se confirma en el argumento anterior: «Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?» (1 Corintios 9:11). Pablo defiende el derecho al sostenimiento, pero no menciona un porcentaje obligatorio ni llama «diezmo» a las contribuciones cristianas. Además, el apóstol renunció voluntariamente a ejercer ese derecho en determinadas circunstancias para no poner obstáculo al evangelio (1 Corintios 9:12,15). Por tanto, el principio apostólico combina tres elementos: el deber comunitario de sostener a quienes sirven, el derecho legítimo del ministro a recibir ese apoyo y la disposición personal a renunciar a él cuando el bien del evangelio lo requiera. La enseñanza de Pablo conserva la finalidad moral de la provisión levítica, pero la aplica dentro de una estructura nueva. Existe continuidad en el principio del sostenimiento, aunque no necesariamente identidad en sus destinatarios, instituciones o forma de recaudación. ↩︎
  14. Daniel I. Block, Deuteronomy, NIV Application Commentary (Grand Rapids: Zondervan, 2012), 354–360; véase también Daniel I. Block, «The Joy of Worship: The Mosaic Invitation to the Presence of God», Bibliotheca Sacra 162 (2005): 131–149. ↩︎
  15. Los intérpretes no están completamente de acuerdo. La armonización judía tradicional distingue un primer diezmo para los levitas, un segundo diezmo festivo y, en determinados años, un diezmo para los pobres. Otros estudiosos entienden algunos de estos textos como formulaciones diferentes o desarrollos del mismo sistema. En cualquier caso, reducir toda la legislación a «entregar el diez por ciento del salario al dirigente de una congregación» no representa adecuadamente la diversidad de los textos de la Torá. ↩︎
  16. El ma‘aser kesafim, entendido como la práctica de destinar a la caridad una décima parte de los ingresos monetarios, se desarrolló principalmente entre los judíos asquenazíes de Alemania y Francia desde finales del siglo XII. Aunque poseía antecedentes en la literatura rabínica, no formaba parte del sistema agrícola de diezmos establecido expresamente en la Torá, un rabino influyente el Jafetz Jaim recomendaba por ejemplo adoptar el ma‘aser kesafim «sin voto», llevar un registro especial de las ganancias y hacer cuentas periódicamente. Para él, la generosidad debía practicarse de manera constante, consciente y ordenada. (Ahavat Jésed, segunda parte, cap. 18, §§2–3). ↩︎
  17. Malaquías utiliza repetidamente una estructura de disputa: Dios formula una acusación, el pueblo responde con una pregunta y el profeta presenta la explicación divina. En Malaquías 3:7–8, las preguntas «¿En qué hemos de volvernos?» y «¿En qué te hemos robado?» manifiestan la incapacidad del pueblo para reconocer su propia infidelidad. ↩︎
  18. La expresión hebrea hamma‘aser wehatterumah distingue entre «el diezmo» y «la contribución». El diezmo correspondía a una décima parte de determinados productos, mientras que terumah designaba una porción separada y consagrada para usos sacerdotales. La acusación de Malaquías abarca, por tanto, más que una sola entrega. ↩︎
  19. El «alfolí» —hebreo bet ha’otsar, literalmente «casa del tesoro o depósito»— no era una caja destinada exclusivamente a monedas. Las cámaras del templo almacenaban grano, vino, aceite y otras provisiones. Nehemías 10:37–39 y 13:12 describen el ingreso de estos productos en los depósitos. ↩︎
  20. En un contexto agrícola, abrir «las ventanas de los cielos» significa principalmente enviar lluvia abundante. La imagen también aparece en el relato del diluvio, en Génesis 7:11, aunque en Malaquías expresa bendición y fertilidad. Su trasfondo inmediato se encuentra en las promesas pactuales de Deuteronomio 28:12. ↩︎
  21. El término hebreo ’okel, «el que come» o «devorador», puede referirse genéricamente a una plaga destructora de cosechas. No es necesario identificarlo con una especie concreta. La promesa consiste en impedir que agentes naturales destruyan el fruto de la tierra y la producción de las viñas. ↩︎
  22. Malaquías no promete que cada donante recibirá una cantidad mayor de dinero. La promesa se dirige corporativamente a Israel y se expresa mediante lluvia, cosechas protegidas y fertilidad territorial. Su aplicación no debe convertirse en una transacción por la cual una contribución económica obligaría a Dios a producir prosperidad individual. ↩︎
  23. Los elementos mencionados en Mateo 23:23 —menta, eneldo y comino— muestran que la discusión se desarrolla dentro del sistema agrícola de diezmos. El texto no trata directamente del diezmo de salarios o ganancias monetarias, práctica conocida posteriormente como ma‘aser kesafim, vease tambien R. T. France, The Gospel of Matthew, NICNT (Grand Rapids: Eerdmans, 2007), 872–873. ↩︎
  24. La enseñanza se pronuncia en un contexto en el que el templo, el sacerdocio y las instituciones levíticas seguían funcionando. Este dato es esencial: Yeshúa evalúa la conducta de maestros judíos dentro de la vida pactual de Israel; no está describiendo todavía un sistema financiero para comunidades cristianas posteriores a la destrucción del templo en el año 70, c.f. David Instone-Brewer, Traditions of the Rabbis from the Era of the New Testament, vol. 1 (Grand Rapids: Eerdmans, 2004); France, Matthew, 872–873. ↩︎
  25. La literatura rabínica posterior discute qué hierbas estaban sujetas al diezmo y bajo qué condiciones. La práctica descrita por Yeshúa refleja una aplicación escrupulosa del mandamiento: los fariseos separaban incluso la décima parte de pequeñas plantas aromáticas para evitar consumir productos no diezmados. Vease Mishná Ma‘aserot 4:5; Craig S. Keener, The Gospel of Matthew: A Socio-Rhetorical Commentary (Grand Rapids: Eerdmans, 2009), 546. ↩︎
  26. La expresión griega ta barytera tou nomou significa literalmente «los asuntos más pesados de la ley». No implica que los demás mandamientos carezcan de importancia, sino que existe una jerarquía moral: la observancia de detalles rituales no puede utilizarse para justificar el abandono de la justicia, la misericordia y la fidelidad, vease para mas información el analisis de W. D. Davies y Dale C. Allison Jr., A Critical and Exegetical Commentary on the Gospel According to Saint Matthew, vol. 3, ICC (Edinburgh: T&T Clark, 1997), 293–294.. ↩︎
  27. En Mateo 23:23, el sustantivo griego pistis puede traducirse como «fe», pero en esta enumeración ética probablemente expresa «fidelidad» o «lealtad». La tríada describe así la justicia hacia el prójimo, la misericordia hacia el necesitado y la fidelidad en la relación con Dios y con los demás, c.f. Ulrich Luz, Matthew 21–28, Hermeneia (Minneapolis: Fortress Press, 2005), 138–139. ↩︎
  28. La declaración «doy diezmos de todo lo que gano» en Lucas 18:12 pertenece al discurso del fariseo de la parábola. Su presencia narrativa no convierte la afirmación en una orden de Yeshúa. La parábola contrasta la confianza en los propios méritos con la súplica humilde del recaudador. ↩︎
  29. Este ejemplo de textos como muchos otros en los evangelios como: “generación de viboras, sepulcros blanqueados…” llevaron a la “iglesia” a asignar a los fariseos con este tipo de adjetivos y en globalizar a todos y crear una raíz de antisemitismo… El erudito judío Menahem Mansoor, escribiendo en la Enciclopedia Judaica , también reconoce esto: “Mientras que los fariseos, en conjunto, establecen un alto estándar ético para sí mismos, no todos están a la altura. Se sostiene erróneamente que las referencias del Nuevo Testamento a ellos como «hipócritas» o «descendientes de víboras» (Mat. 3: 7; Lucas 18: 9, etc.) son aplicables a todo el grupo. Sin embargo, los líderes eran muy conscientes de la presencia de la falta de sinceridad entre sus números, descritos por los propios fariseos en el Talmud como ‘puntos dolorosos’ o ‘plagas del partido farisaico’ (Sot. 3: 4 y 22b). ”( Enciclopedia Judaica 13: 366) La Mishna señala que las «plagas» (o «golpes» o «heridas autoinfligidas») «de los fariseos … arruinan el mundo» (Sotah 3: 4). Los Talmuds de Jerusalén y Babilonia comentan esto en pasajes famosos que delinean siete tipos de fariseos (J. B’rakhot 14b, Sotah 20c; B. Sotah 22b). Lo siguiente es un híbrido que combina elementos de ambos Talmuds con exposiciones rabínicas; menciona ocho tipos: Hay siete clases de fariseos: el fariseo «hombro», que lleva ostentosamente sus buenas obras en su hombro para que todos puedan verlos; el fariseo «espera un momento», que quiere que esperes mientras realiza una mitzvá; el fariseo magullado, que corre hacia una pared mientras mira el suelo para evitar ver a una mujer; el fariseo «que cuenta», que comete un pecado, entonces hace una buena acción yequilibra el uno contra el otro; el fariseo «mortero», cuya cabeza está inclinada en falsa humildad, como un mortero en un mortero; el fariseo que pregunta: «¿Cuál es mi deber, para que pueda hacerlo?», como si pensara que ya había cumplido con todas las obligaciones (compárese con Pp 3: 5–6 y NN); el fariseo por temor a las consecuencias si no cumple los mandamientos; y el fariseo del amor, ya sea el amor por las recompensas que Dios promete por cumplir los mandamientos, o el amor por la Torá [no importa cuál, se entiende aquí como el único buen tipo de fariseo]. Continuando con B. Sotah 22b: «Abaye y Raba le dijeron al maestro [del pasaje anterior], ‘No mencionen al fariseo del amor y al fariseo del miedo, porque Rav Y’hudah citó a Rav diciendo:» Una persona siempre debe comprometerse con la Torá y mitzvot incluso si no es por su propio bien [es decir, incluso si está motivado por el miedo al castigo o el amor a la recompensa; véase más arriba]; porque de no hacerlo por ellos mismos, vendrá a hacerlos por ellos mismos «. El Rabino Nachman ben-Yitzchak dijo:» Lo que está oculto estáoculto, y lo que se revela se revela: el Gran Tribunal castigará a los que frotarse contra las paredes, simulando la humildad [es decir, Dios penetra en la hipocresía, lee los corazones y juzga con verdad; compare Lk 16: 15 & N, Yn2: 25]. ‘» El pasaje concluye con esta cita de Alexander Yannai, el gobernante hasmoneano de Judea (103–76 aC), quien odiaba a los fariseos: “El rey Yannai le dijo a su esposa: ‘No temas a los fariseos ni a los que no son fariseos; más bien, teme a los tsvu’in que se asemejan a los fariseos, porque sus acciones son como las de Zimri (Números 25:14) pero esperan una recompensa como la de Pinchas (Números 25:11) «. El sentido literal de la palabra aramea » tsvu’in » es «teñido, coloreado», de donde proviene el significado metafórico, «hipócritas»; también significa «hienas». ↩︎
  30. En los Evangelios, la enseñanza económica de Yeshúa no se organiza principalmente alrededor de un porcentaje, sino alrededor del señorío de Dios, el cuidado del necesitado y la libertad frente a las riquezas. El diezmo podía formar parte de una vida obediente, pero no sustituía la justicia ni agotaba las exigencias de la generosidad, c.f. Christopher J. H. Wright, Old Testament Ethics for the People of God (Downers Grove: IVP Academic, 2004), 169–180; Craig L. Blomberg, Neither Poverty nor Riches (Downers Grove: InterVarsity Press, 1999), 132–145.. ↩︎
  31. El tema central de Hebreos 7 no es la financiación de la comunidad, sino la superioridad del sacerdocio de Yeshúa. El autor menciona el diezmo porque la entrega de Abraham a Melquisedec demuestra la preeminencia de este último y prepara la comparación entre el sacerdocio melquisedeciano y el levítico, vease el analisis introductorio a Hebreos 7 por William L. Lane, Hebrews 1–8, WBC 47A (Dallas: Word Books, 1991), 159–185; Gareth Lee Cockerill, The Epistle to the Hebrews, NICNT (Grand Rapids: Eerdmans, 2012), 303–328. ↩︎
  32. ¿Quién era Melquisedec?, Génesis 14:18–20 presenta a Melquisedec como «rey de Salem» y «sacerdote del Dios Altísimo». Su nombre puede interpretarse como «rey de justicia», mientras que Salem es relacionado por Hebreos con la paz (Hebreos 7:2). Probablemente fue un personaje histórico que reunió funciones reales y sacerdotales antes del establecimiento del sacerdocio levítico. Génesis no registra su ascendencia, nacimiento ni muerte. Hebreos utiliza ese silencio narrativo para presentarlo como figura del sacerdocio permanente del Mesías. La expresión «hecho semejante al Hijo de Dios» (Hebreos 7:3) sugiere una comparación tipológica: Melquisedec se asemeja al Hijo dentro de la presentación bíblica, pero no es identificado explícitamente como Yeshúa. En la historia de la interpretación también se lo ha identificado con Sem, con un ser celestial o con una aparición preencarnada del Mesías. Sin embargo, Hebreos no depende de estas identificaciones: su argumento se apoya en la manera singular en que Melquisedec aparece en Génesis y en el sacerdocio eterno anunciado en Salmo 110:4. ↩︎
  33. Hebreos 7:4 identifica lo entregado por Abraham como akrothinia, término griego relacionado con la mejor porción o las primicias del botín. Esta precisión favorece la interpretación de que Abraham entregó una décima parte de los despojos obtenidos en la batalla, no necesariamente de todos sus ingresos o posesiones, vease Walter Bauer et al., A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, 3.ª ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2000), s.v. «ἀκροθίνιον»; Paul Ellingworth, The Epistle to the Hebrews, NIGTC (Grand Rapids: Eerdmans, 1993), 358–359. ↩︎
  34. Génesis 14 relata una acción concreta de Abraham, pero no contiene un mandato divino que le ordene diezmar ni establece la frecuencia con que debía hacerlo. Hebreos tampoco transforma expresamente ese acontecimiento en una norma económica para todos los creyentes. Utilizarlo como legislación universal requiere una deducción que el texto no formula, c.f. David A. Croteau, You Mean I Don’t Have to Tithe? (Eugene: Pickwick, 2010), 47–61. ↩︎
  35. Craig R. Koester, Hebrews, Anchor Yale Bible 36 (New Haven: Yale University Press, 2001), 343–348. ↩︎
  36. Cuando Hebreos afirma que Leví entregó diezmos «por medio de Abraham», emplea un razonamiento representativo: el descendiente estaba contenido figuradamente en su antepasado. El autor no describe una acción histórica realizada personalmente por Leví, sino que utiliza la solidaridad genealógica para subordinar simbólicamente el sacerdocio levítico a Melquisedec, c.f. David A. deSilva, Perseverance in Gratitude: A Socio-Rhetorical Commentary on the Epistle “to the Hebrews” (Grand Rapids: Eerdmans, 2000), 270–273; Lane, Hebrews 1–8, 167–169. ↩︎
  37. En Hebreos 7:8, el referente inmediato de «allí» es Melquisedec tal como aparece en el relato de Génesis. Puesto que el texto no registra su muerte, funciona literariamente como figura de permanencia. El versículo prepara la comparación con el Mesías, pero no afirma explícitamente que Yeshúa reciba actualmente diezmos mediante dirigentes congregacionales, c.f. Attridge, Hebrews, 197–198; Cockerill, Hebrews, 317–319. ↩︎
  38. Vease el analisis de Ellingworth, Hebrews, 369–371; David M. Moffitt, Atonement and the Logic of Resurrection in the Epistle to the Hebrews (Leiden: Brill, 2011), 194–199. ↩︎
  39. Hebreos fundamenta el sacerdocio de Yeshúa en Salmo 110:4, no en su genealogía tribal. A diferencia del sacerdocio levítico, recibido por descendencia, el sacerdocio mesiánico es confirmado mediante el juramento divino: «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec», vease Richard Bauckham, «The Divinity of Jesus Christ in the Epistle to the Hebrews», en The Epistle to the Hebrews and Christian Theology, ed. Richard Bauckham et al. (Grand Rapids: Eerdmans, 2009), 15–36; Cockerill, Hebrews, 321–327.. ↩︎
  40. Las referencias al diezmo en Hebreos 7 son descriptivas y argumentativas: narran lo que hizo Abraham y explican lo que recibían los levitas. El capítulo no contiene un imperativo dirigido a los lectores para que entreguen el diez por ciento, ni identifica al ministro cristiano como sucesor económico de Melquisedec, Andreas J. Köstenberger y David A. Croteau, «Will a Man Rob God? A Study of Tithing in the Old and New Testaments», Bulletin for Biblical Research 16.1 (2006): 53–77. ↩︎
  41. Los verbos griegos traducidos «vendían» y «repartían» están en tiempo imperfecto, lo que puede expresar una práctica repetida o continua. El texto no describe necesariamente una venta colectiva y simultánea de todas las propiedades, sino la disposición constante de vender bienes cuando aparecían necesidades dentro de la comunidad. ↩︎
  42. Muchos de los primeros creyentes habían llegado a Jerusalén como peregrinos para Pentecostés (Hechos 2:5–11). Es posible que algunos permanecieran allí para recibir la enseñanza apostólica y necesitaran alojamiento y sustento. Esta reconstrucción resulta históricamente plausible, pero debe presentarse como una inferencia, pues Lucas no afirma expresamente que todos permanecieran en la ciudad, vease : F. F. Bruce, The Book of the Acts, NICNT, ed. rev. (Grand Rapids: Eerdmans, 1988), 73–74; Craig S. Keener, Acts: An Exegetical Commentary, vol. 1 (Grand Rapids: Baker Academic, 2012), 1013–1018. ↩︎
  43. La instrucción de 1 Corintios 16:1–2 combina regularidad, planificación y proporcionalidad. Cada creyente debía apartar algo «cada primer día de la semana» y hacerlo «según haya prosperado». De este modo, la ofrenda no debía depender únicamente de una reacción emocional cuando Pablo llegara. La expresión griega hó ti eàn euodōtai se refiere a lo que cada persona pudiera reunir conforme a su prosperidad. El texto establece proporcionalidad económica, pero no determina un porcentaje uniforme. Quien había recibido más podía aportar más, mientras que la contribución de quien poseía menos debía corresponder a sus posibilidades reales, vease Gordon D. Fee, The First Epistle to the Corinthians; Anthony C. Thiselton, The First Epistle to the Corinthians; David E. Garland, 1 Corinthians. ↩︎
  44. En 2 Corintios 9:7, Pablo afirma que cada creyente debe dar según haya decidido en su corazón, «no con tristeza, ni por necesidad». El término griego anánkē puede expresar presión, compulsión u obligación impuesta desde fuera. Esto no elimina la responsabilidad moral de compartir, pero sí excluye la manipulación como método para obtener la ofrenda. La decisión del corazón tampoco equivale a una donación impulsiva. En el contexto de 2 Corintios 8–9, los corintios habían asumido previamente un compromiso y debían completarlo responsablemente. La libertad apostólica no es ausencia de compromiso, sino una obediencia nacida de la gracia y no de la coerción. ↩︎
  45. Pablo también llama a la colecta koinōnía, «comunión» o «participación» (2 Corintios 8:4; Romanos 15:26). La ayuda enviada a Jerusalén expresaba la comunión entre creyentes judíos y gentiles: quienes participaban de las bendiciones espirituales vinculadas con Israel respondían compartiendo sus bienes materiales (Romanos 15:27). ↩︎
  46. En 1 Corintios 9:7–14, Pablo recurre a ejemplos militares, agrícolas, pastorales, sacerdotales y a Deuteronomio 25:4 para defender el derecho de quienes anuncian el evangelio a recibir sustento. También señala que Yeshúa dispuso que quienes proclaman el evangelio vivan de él. Este derecho no se convierte en un enriquecimiento ilimitado ni en una tarifa sacramental. Pablo mismo podía renunciar voluntariamente a recibir sustento cuando consideraba que aceptarlo perjudicaría su misión (1 Corintios 9:15–18). Gálatas 6:6 y 1 Timoteo 5:17–18 confirman, sin embargo, la responsabilidad comunitaria de compartir bienes con quienes trabajan fielmente en la enseñanza. ↩︎
  47. El cuidado de los pobres ocupó un lugar central en la misión apostólica. Pablo recuerda que los dirigentes de Jerusalén le pidieron que no olvidara a los pobres, algo que él declara haber procurado con diligencia (Gálatas 2:9–10). Posteriormente organizó entre las comunidades gentiles una colecta destinada a los creyentes necesitados de Judea.
    La pobreza de Jerusalén probablemente tuvo varias causas: hambre (Hechos 11:27–30), persecución, desplazamiento, vulnerabilidad social y dificultades económicas. No existe base suficiente para atribuirla exclusivamente a las ventas narradas en Hechos 2. La respuesta apostólica fue una cooperación sostenida entre comunidades, no solamente un acto aislado de caridad. ↩︎
  48. Los escritos apostólicos mencionan el diezmo al describir prácticas judías o interpretar acontecimientos anteriores: Yeshúa se refiere al diezmo de los fariseos (Mateo 23:23), y Hebreos recuerda el diezmo que Abraham entregó a Melquisedec (Hebreos 7:1–10). Sin embargo, las instrucciones dirigidas a las comunidades acerca de sus contribuciones no establecen expresamente un diez por ciento universal. Esta ausencia no demuestra que el diez por ciento carezca de todo valor orientador. Puede emplearse como punto de referencia, disciplina personal o mínimo voluntariamente asumido. No obstante, es importante distinguir entre una aplicación prudencial y un mandato apostólico explícito. Los criterios expresamente formulados son regularidad, proporcionalidad, disposición voluntaria, atención a la necesidad y administración responsable. Además, el diezmo de la Torá pertenecía a una estructura pactual concreta y estaba relacionado principalmente con los productos de la tierra, el sostenimiento levítico, las celebraciones y el cuidado de los vulnerables. Por eso, no debe identificarse automáticamente con una única contribución monetaria del diez por ciento destinada a una congregación local. ↩︎
  49. Que los apóstoles no establezcan un porcentaje obligatorio no significa que las ofrendas sean opcionales. El Nuevo Testamento no pregunta solamente cuánto puede conservar el creyente después de cumplir un mínimo, sino cómo debe administrar todo lo que posee bajo el señorío del Mesías. ↩︎
  50. El creyente puede comprometerse voluntariamente a entregar el diez por ciento. Ese compromiso merece ser tomado en serio, pero su decisión personal no autoriza a convertir el mismo porcentaje en una ley para toda la comunidad. ↩︎
  51. El Jafetz Jaim fue el rabino Israel Meir HaKohen Kagan (ca. 1838–1933), una de las autoridades más influyentes del judaísmo ortodoxo asquenazí de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Vivió principalmente en Radin —entonces parte del Imperio ruso y actualmente en Bielorrusia—, donde estableció una importante yeshivá. Fue reconocido como maestro del Talmud, moralista y autoridad en halajá, es decir, en la interpretación y aplicación práctica de la ley judía. El nombre «Jafetz Jaim» —también escrito Chafetz Chaim o Jafetz Jayim— significa «el que desea la vida». Procede de Salmos 34:12–13: «¿Quién es el hombre que desea vida…? Guarda tu lengua del mal». Llegó a ser conocido por este título debido a su obra Jafetz Jaim, publicada en 1873, en la cual sistematizó las normas relativas al lashón hará, el habla difamatoria o perjudicial. Su obra jurídica más influyente es la Mishná Berurá, comentario en seis volúmenes sobre la sección Óraj Jaim del Shulján Aruj, dedicada a cuestiones como la oración, el Shabat, las festividades y la vida religiosa cotidiana. Esta obra se convirtió en una referencia normativa fundamental para amplios sectores del judaísmo asquenazí. Para el estudio del ma‘aser kesafim resulta especialmente importante su libro Ahavat Jésed —«Amor a la misericordia»—, publicado en 1888. La obra examina la tzedaká, los préstamos sin interés, el cuidado de los necesitados y otras formas de guemilut jasadim. En su segunda parte, capítulos 18–20, el Jafetz Jaim desarrolla orientaciones prácticas sobre el diezmo monetario: calcularlo sobre la ganancia después de descontar los gastos, llevar un registro especial, realizar balances periódicos y distribuir los recursos según prioridades definidas. Debe tenerse presente que el Jafetz Jaim no fue una autoridad del período bíblico ni del judaísmo del Segundo Templo. Es un maestro moderno de la tradición rabínica. Por tanto, sus enseñanzas no demuestran por sí mismas que el ma‘aser kesafim fuera un mandamiento bíblico originalmente aplicado al salario. Su importancia consiste en mostrar cómo una destacada autoridad judía de la época moderna entendió, organizó y aplicó esta práctica dentro de la ética de la tzedaká. ↩︎
  52. Adaptado y parafraseado de: Jafetz Jaim, Ahavat Jésed, tercera parte, 4; cf. Pirqué de-Rabí Eliezer 34. ↩︎
  53. Recursos recomendados sobre mayordomía, riqueza y generosidad: Craig L. Blomberg, Neither Poverty nor Riches: A Biblical Theology of Possessions. Estudio académico de la riqueza, la pobreza y las posesiones a través de toda la historia bíblica. Es especialmente útil para evitar tanto la teología de la prosperidad como la idea de que las posesiones son moralmente indiferentes. Información editorial. David A. Croteau, You Mean I Don’t Have to Tithe? Examina el diezmo en la Biblia y propone una reconstrucción de las ofrendas del Nuevo Pacto. Defiende que el diez por ciento no constituye una obligación universal, pero insiste en una generosidad regular, proporcional y responsable. Información editorial. Andreas J. Köstenberger y David A. Croteau, «“Will a Man Rob God?”» y «Reconstructing a Biblical Model for Giving». Estos dos artículos ofrecen, respectivamente, el estudio exegético de los textos sobre el diezmo y una propuesta positiva acerca de las ofrendas cristianas. R. T. Kendall, Tithing. Presenta una defensa evangélica de la continuidad del diezmo. Es conveniente leerlo junto con Croteau para comparar directamente los argumentos a favor y en contra de su obligatoriedad. Información editorial. John Wesley, «The Use of Money». Sermón clásico sobre la administración cristiana del dinero. Wesley enseña que la mayordomía supera cualquier porcentaje: todo debe ganarse, ahorrarse y utilizarse bajo el señorío de Dios. Texto completo. Meir Tamari, With All Your Possessions: Jewish Ethics and Economic Life. Presenta la ética económica judía relacionada con la propiedad, el trabajo, el comercio, la justicia social y la tzedaká. Resulta particularmente valioso para estudiar la administración de los bienes desde categorías judías. Información editorial. Maimónides, Mishné Torá, “Dones para los pobres”, capítulos 7–10. Fuente judía clásica sobre la responsabilidad hacia los necesitados. Su conocida clasificación de los niveles de tzedaká culmina en ayudar a la persona a recuperar su independencia económica. Texto bilingüe ↩︎
  54. Elena G. de White, Testimonios para la Iglesia, t. 1, p. 216. ↩︎
  55. Elena G. de White, Testimonios para la Iglesia, t. 9, p. 205; reproducido también en Consejos sobre mayordomía cristiana. La frase citada se ha abreviado para respetar su contexto y destacar únicamente su afirmación sobre la formación del carácter. ↩︎
  56. Creemos en la función bíblica social y cooperativa del diezmo y las ofrendas. ↩︎
  57. Esta idea aparece en diferentes momentos de la tradición cristiana. Juan Crisóstomo se lamentaba de que dar el diezmo, algo ordinario entre los judíos, hubiera llegado a considerarse extraordinario entre los cristianos; para él, la gracia debía producir una generosidad aún mayor. Agustín de Hipona empleó una comparación semejante: si los escribas y fariseos entregaban la décima parte, el creyente debía examinar cuánto dedicaba a la misericordia y cuánto reservaba para el lujo. Charles Spurgeon describió las contribuciones para la obra de Dios como una «señal de amor» que protege al creyente de la avaricia. En su pensamiento, dar alegremente a Cristo constituía un privilegio y una manifestación práctica de gratitud. En época contemporánea, Randy Alcorn ha presentado el diezmo como un punto de partida que reconoce que Dios es dueño de todo, aunque rechaza convertirlo en el límite de la generosidad cristiana. Estos autores no coinciden completamente acerca de la obligatoriedad del diez por ciento. Sin embargo, comparten un principio: la administración de los bienes pone de manifiesto nuestras prioridades y puede revelar si nuestro reconocimiento del señorío de Dios es solamente verbal o también práctico. Por tanto, no se trata de convertir una cantidad determinada en prueba infalible de espiritualidad, sino de reconocer que la fidelidad también alcanza nuestra relación con el dinero.
    Referencias: Juan Crisóstomo, Homilías sobre Efesios, homilía 4; Agustín de Hipona, Sermón 35 sobre el Nuevo Testamento; Charles H. Spurgeon, «A Cheerful Giver Beloved of God»; Randy Alcorn, Money, Possessions and Eternity y The Treasure Principle. ↩︎
  58. La expresión griega par’ heautō tithétō thēsaurízōn puede traducirse «que ponga aparte consigo, acumulándolo». Por ello, algunos intérpretes entienden que cada creyente debía guardar el dinero en su propia casa; otros consideran que se depositaba progresivamente en un fondo comunitario. La frase no permite determinar con absoluta seguridad dónde se conservaba la contribución. Sin embargo, la intención es clara: debía acumularse con anticipación para evitar una recaudación apresurada durante la visita de Pablo. También es posible que se escogiera el primer día porque los creyentes se reunían ese día para recordar la resurrección de Yeshúa, como podría sugerir Hechos 20:7. No obstante, 1 Corintios 16:2 no menciona una reunión litúrgica ni presenta el domingo como un nuevo sábado. Por tanto, no conviene utilizar este versículo, aisladamente, para demostrar la sustitución del Shabat. Su enseñanza explícita se refiere a la planificación semanal de una ofrenda, no a la regulación del día de reposo. El énfasis apostólico recae así en tres elementos: regularidad —«cada primer día»—, participación personal —«cada uno de vosotros»— y proporcionalidad —«según haya prosperado»—. Pablo no establece aquí un porcentaje fijo, sino una disciplina mediante la cual la generosidad deja de depender de la improvisación o de la presión ejercida en el momento de la colecta, Es posible que la elección del primer día de la semana tuviera relación con el ritmo judío de la semana. El Shabat estaba consagrado al descanso y al Señor; además, las Escrituras condenan expresamente el comercio realizado durante ese día (Nehemías 10:31; Nehemías 13:15–22; Amós 8:5). En la tradición judía también se desarrollaron restricciones sobre la compraventa, el transporte y determinadas formas de manejar dinero en sábado. Desde esta perspectiva, el primer día ofrecía una ocasión natural para retomar las actividades ordinarias, evaluar lo recibido durante la semana anterior y separar la cantidad destinada a los necesitados. Si la expresión «ponga aparte consigo» indica que cada creyente debía reservar la contribución en su casa, Pablo podría estar describiendo una práctica privada de contabilidad realizada después del Shabat, no necesariamente una colecta efectuada durante un culto dominical. Sin embargo, esta explicación debe presentarse como una posibilidad histórica, no como una afirmación explícita del texto. Pablo no dice que eligiera el primer día porque manejar dinero en sábado constituyera una transgresión. Además, ayudar a una persona necesitada no era en sí mismo contrario al Shabat; lo que podía plantear problemas eran las operaciones comerciales, la transferencia de objetos entre determinados espacios o las actividades ordinarias asociadas con la administración del dinero.
    También debe recordarse que Pablo escribió a una comunidad de Corinto compuesta mayoritariamente por creyentes procedentes de las naciones. Por eso, aunque el calendario semanal utilizado conserva la nomenclatura judía —«primer día de la semana»—, no podemos asegurar que todos sus destinatarios observaran las mismas normas sabáticas. La explicación más segura continúa siendo la que ofrece el propio versículo: Pablo quería que la ofrenda se preparara gradual y regularmente, «para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas» (1 Corintios 16:2). La posible relación con el final del Shabat puede enriquecer el trasfondo histórico, pero no debe convertirse en la conclusión principal.. ↩︎
  59. La tzedaká judía recuerda que ayudar al necesitado no debe entenderse únicamente como un acto opcional de benevolencia. Quien posee recursos adquiere una responsabilidad moral hacia quien carece de ellos. La generosidad bíblica procura aliviar la necesidad sin humillar al receptor y, cuando sea posible, ayudarlo a recuperar su independencia. ↩︎
  60. La generosidad bíblica no es una inversión destinada a manipular a Dios. Las promesas de Malaquías pertenecen al contexto agrícola del pacto con Israel. El principio permanente es que Dios honra la fidelidad y provee para las buenas obras, pero esto no garantiza riqueza individual ni ausencia de sufrimiento. ↩︎

Daniel López
Daniel López

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad 2 Timoteo 2:15

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