Cuando Noaj salió del arca, el mundo que encontró debió de parecerse muy poco al que había dejado atrás. Durante meses había escuchado el sonido de las aguas, había vivido encerrado entre animales, madera y oscuridad, esperando una palabra de Dios que indicara que era posible comenzar de nuevo. Ahora la tierra estaba otra vez bajo sus pies. El juicio había pasado. Las aguas habían descendido. Había cielo sobre su cabeza y suelo firme bajo sus pies. Y lo primero que hace Noaj no es construir una casa, sembrar una viña ni asegurar su futuro.
«Edificó Noé un altar a YHWH» (Gn 8:20).
La primera construcción del mundo después del diluvio fue un altar. Hay algo profundamente hermoso en ese gesto. Noaj comienza de nuevo reconociendo que, si todavía existe un futuro, es porque ha recibido misericordia.
Pero precisamente en ese momento aparece una de las afirmaciones más sorprendentes de toda la narración. Dios recibe el sacrificio de Noaj y declara:
«No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud» (Gn 8:21).
Podríamos haber esperado exactamente lo contrario. Antes del diluvio, Dios había visto «que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Gn 6:5). Aquello formaba parte de la explicación del juicio. Sin embargo, después del diluvio Dios vuelve a mirar el corazón humano y el diagnóstico continúa siendo inquietantemente parecido. Las aguas han desaparecido, pero el corazón no ha cambiado.
Aquí encontramos una de las grandes sorpresas de la Parashá Noaj. El diluvio puede limpiar la tierra, pero no puede limpiar el corazón humano.
El mundo ha comenzado de nuevo, pero el ser humano sigue siendo el mismo.
Noaj ha salido del arca a una creación renovada, pero lleva consigo una humanidad que todavía necesita redención. El problema que comenzó en Edén, que vimos agazapado a la puerta de Caín y que finalmente llenó la tierra de violencia no desapareció bajo las aguas. El juicio pudo detener una generación, pero no pudo arrancar del corazón aquello que hacía posible que otra generación volviera a pecar. Y, sin embargo, es precisamente en ese momento cuando Dios hace una promesa extraordinaria. No dice: «Ahora que el corazón humano ha cambiado, preservaré la tierra». Dice, en esencia, que aun conociendo la inclinación del corazón humano, no volverá a herir de esa manera a todo ser viviente. Mientras la tierra permanezca, «la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche» no cesarán (Gn 8:22).
Esto cambia nuestra manera de comprender el pacto que aparece a continuación. La promesa no nace de una visión ingenua de la humanidad. Dios sabe perfectamente con quién está haciendo pacto. Conoce aquello que hay en el corazón humano y, aun así, decide preservar el mundo. La estabilidad de la creación no descansará sobre la estabilidad moral del hombre, sino sobre la fidelidad de Dios. Las estaciones seguirán llegando, habrá siembra y cosecha, amanecerá después de la noche y la historia podrá continuar no porque la humanidad haya demostrado ser digna de confianza, sino porque Dios ha decidido ser fiel a su palabra.
Hay algo profundamente consolador en esto. A veces pensamos que la fidelidad de Dios depende de nuestra capacidad para mantenernos siempre fieles. Pensamos que su paciencia tiene aproximadamente la misma longitud que la nuestra y que, después de suficientes fracasos, inevitablemente terminará cansándose de nosotros. Noaj contempla un mundo que acaba de pasar por el juicio y escucha a Dios comprometerse con una creación cuyo problema más profundo todavía no ha sido solucionado. Esto no convierte el pecado en algo pequeño. El diluvio acaba de demostrar precisamente lo contrario. Pero nos muestra que el propósito de Dios es más persistente que la rebelión humana.
Cuando llegamos a Génesis 9, esa promesa recibe un nombre: בְּרִית (berit), «pacto». La palabra se repite una y otra vez, como si Dios quisiera que Noaj comprendiera que el futuro de la tierra ya no debía contemplarse solamente a través del recuerdo de las aguas, sino a través de una promesa. Y hay algo más: este pacto no se limita a Noaj. Dios lo establece con sus hijos, con sus descendientes, «con todo ser viviente» y finalmente «con toda carne que hay sobre la tierra» (Gn 9:9-17). Es difícil imaginar una promesa más amplia. Antes de que la historia bíblica concentre su atención en Abraham, Israel y las promesas particulares que conducirán la historia de la redención, encontramos aquí un compromiso de Dios con la humanidad y con la creación misma.
La tradición judía percibió con mucha fuerza esta dimensión universal del pacto de Noaj. De ahí surgirá posteriormente la reflexión rabínica sobre los mandamientos dados a los hijos de Noaj y sobre una responsabilidad moral que alcanza a toda la humanidad.1 Antes de que exista Israel como pueblo, Génesis presenta al ser humano como criatura responsable delante de Dios. Y en el centro de esa responsabilidad aparece de nuevo la vida del prójimo: «El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre» (Gn 9:6). Después de Caín, después de la violencia que llenó la tierra y después de las aguas del diluvio, Dios vuelve a recordar a la humanidad que no podemos tratar una vida humana como algo desechable porque cada ser humano lleva una dignidad que no procede de su utilidad, de su posición ni de aquello que pueda ofrecer a la sociedad, sino de haber sido creado a imagen de Dios.
Pero Dios sabe también que Noaj necesitará algo que pueda ver. Por eso la promesa recibe una señal: «Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mí y la tierra» (Gn 9:13).
Estamos tan acostumbrados a leer este texto pensando inmediatamente en el arco iris que podemos perder algo de la fuerza de la palabra hebrea. El término utilizado es קֶשֶׁת (qéšet), la palabra ordinaria para un arco, también el arco utilizado como arma.2 El texto no emplea una palabra que signifique exclusivamente «arco iris». Lo que Dios coloca en las nubes es su qéšet. Esto ha llevado a numerosos intérpretes a percibir una imagen extraordinariamente sugerente: después de las aguas del juicio, el arco del Guerrero queda suspendido en el cielo.
Peter Gentry y Stephen Wellum expresan esta imagen de una manera especialmente gráfica al interpretar el arco como una representación física de que Dios ha «depuesto sus armas».3 No significa que Génesis esté afirmando que Dios jamás volverá a juzgar el mal. El propio desarrollo posterior de la Escritura impediría esa conclusión. La promesa es concreta: nunca más las aguas se convertirán en un diluvio para destruir toda carne (Gn 9:15). Pero precisamente por eso la imagen posee tanta fuerza. El mismo objeto que podía representar guerra aparece ahora convertido en señal de paz y preservación. El arco está en el cielo, pero no aparece tensado contra la tierra.

Noaj había visto caer el juicio desde el cielo. Ahora levanta los ojos y ve allí una señal de que Dios ha decidido preservar. Y quizá lo más hermoso sea el lugar donde Dios decide colocarla. No coloca el arco en un cielo permanentemente despejado. Lo coloca en las nubes.
«Y sucederá que cuando haga venir nubes sobre la tierra, se dejará ver entonces mi arco en las nubes» (Gn 9:14).
Las nubes no desaparecerán. Volverá a llover. Habrá tormentas. El cielo volverá a oscurecerse. Podemos imaginar lo que las primeras nubes debieron de significar para Noaj y su familia. Quien ha sobrevivido a un diluvio no contempla la lluvia de la misma manera que quien nunca ha conocido uno. Tal vez cada cielo oscuro pudiera despertar la memoria de aquellas aguas. Tal vez el sonido de una tormenta pudiera hacer regresar un temor que parecía enterrado. Y precisamente allí, en el lugar donde podía renacer el miedo, Dios coloca la señal de su promesa.
Dios no elimina las nubes; coloca su arco en medio de ellas.
Hay momentos en nuestra vida en los que quisiéramos que la fidelidad de Dios se demostrara precisamente haciendo desaparecer todas las nubes. Si Dios está conmigo, pensamos, esto debería resolverse. Si Dios me escucha, esta enfermedad debería desaparecer, esta puerta debería abrirse, esta relación debería restaurarse, esta incertidumbre debería terminar. Queremos cielos despejados como prueba de que Dios permanece cerca. Pero el pacto con Noaj nos enseña otra manera de mirar. La señal de la fidelidad divina no aparece porque hayan dejado de existir nubes; aparece precisamente cuando las nubes llegan.
Tal vez la fe no consista siempre en recibir un cielo sin tormentas, sino en aprender a mirar las tormentas sin olvidar el pacto.
La tradición judía se detuvo también ante una expresión curiosa del pasaje. Dios dice:
«Estará el arco en las nubes, y lo veré, y me acordaré del pacto perpetuo» (Gn 9:16).
¿Necesita Dios una señal para no olvidar?
Evidentemente, el lenguaje bíblico del «recordar» divino no puede reducirse a nuestra experiencia de olvidar información y recuperarla después. Cuando Génesis dice al comienzo del capítulo 8 que «se acordó Dios de Noé», no significa que durante algunos meses Noaj hubiera desaparecido de la memoria divina. Significa que Dios actúa fielmente en favor de aquel con quien se ha comprometido. El recuerdo de Dios es un recuerdo que actúa.
Rashi observa en su comentario a este pasaje la función del arco como señal del pacto cuando el atributo de juicio pudiera presentarse contra la humanidad.4 Ramban, por su parte, se detiene ampliamente en la naturaleza de la señal y en el lenguaje de «poner» el arco en las nubes.5 Más allá de las diferencias entre las interpretaciones, ambas nos ayudan a percibir algo que podemos pasar por alto: el arco no está allí principalmente para recordarnos nuestras promesas a Dios, sino para señalar la promesa de Dios hacia su creación. Nosotros miramos el arco y recordamos porque Dios ha declarado primero: «me acordaré de mi pacto».
Esto resulta especialmente significativo cuando recordamos lo que Noaj acaba de vivir. Durante una parte considerable de la narración, Noaj no recibe nuevas instrucciones. Está dentro del arca y fuera solamente hay agua. No puede acelerar el descenso de las aguas, no puede producir tierra seca, no puede abrir una puerta hacia el futuro. Tiene que esperar. Y en medio de esa espera aparece una de las frases más sencillas y hermosas de la parashá:
«Y se acordó Dios de Noé» (Gn 8:1).
Quizá haya personas que conocen bien esa clase de espera. No necesariamente dudamos de que Dios exista; lo que nos preguntamos es si se ha acordado de nosotros. Oramos y no cambia nada. Esperamos y las aguas parecen seguir en el mismo nivel. Sabemos intelectualmente que Dios es fiel, pero emocionalmente sentimos que nuestra historia ha quedado suspendida dentro de un arca. La Parashá Noaj no responde a esa experiencia diciendo que la espera será corta. No lo fue para Noaj. Responde recordándonos algo más profundo: el silencio de Dios no significa el olvido de Dios.6
Las aguas pueden tardar en descender y Dios seguir acordándose de Noaj. Las nubes pueden volver y el pacto seguir vigente. El cielo puede oscurecerse sin que Dios haya cambiado de parecer.
Y, sin embargo, permanece una tensión que el arco no resuelve. El mundo ha sido preservado, pero el corazón humano sigue inclinado al mal. Génesis no nos permite salir del relato pensando que todo ha quedado solucionado. De hecho, muy poco después veremos al propio Noaj desnudo y vulnerable en su tienda, y posteriormente veremos a la humanidad reunida en Babel intentando hacerse un nombre. El agua ha producido un nuevo comienzo, pero no una nueva humanidad.
El diluvio pudo comenzar de nuevo el mundo, pero no pudo comenzar de nuevo el corazón humano.
Esta quizá sea una de las afirmaciones teológicas más importantes que surgen de toda la parashá. Si después de un juicio de semejante magnitud Génesis todavía puede decir que «el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud», entonces nuestra necesidad es más profunda de lo que solemos imaginar. No basta cambiar las circunstancias. No basta empezar otra vez. No basta trasladarnos a otro lugar, entrar en un nuevo año, comenzar una nueva relación o prometernos que esta vez lo haremos mejor. Podemos salir de muchas arcas y seguir llevando dentro el mismo corazón.
Por eso el pacto con Noaj es tan importante dentro de la historia bíblica. Dios preserva un mundo que todavía no ha terminado de redimir. Gentry y Wellum subrayan precisamente esta función del pacto noájida dentro del desarrollo de los pactos bíblicos: la creación queda preservada y la historia puede continuar hacia el cumplimiento del propósito de Dios.7 El arco no significa que la redención haya terminado. Significa que Dios ha decidido mantener el escenario abierto mientras lleva adelante su propósito.
Después de Noaj vendrá Abraham. Después vendrá Israel. Vendrán la Torá, el sacerdocio, los profetas y las promesas de David. Y llegará un momento en el que los profetas comenzarán a hablar no simplemente de una tierra preservada, sino de algo que el diluvio nunca pudo producir. Jeremías hablará de una Torá escrita en el corazón (Jer 31:31-34). Ezequiel anunciará:
«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» (Ez 36:26).
La historia de la redención avanza desde un mundo lavado por agua hacia la promesa de seres humanos renovados desde dentro.
Desde nuestra lectura mesiánica, aquí comienza a percibirse con mayor claridad por qué necesitamos algo más que otro Noaj y algo más que otro nuevo comienzo. Necesitamos que Dios haga en nosotros aquello que las aguas no pudieron hacer. Necesitamos un corazón renovado.
Los escritos apostólicos volverán significativamente a Noaj. Pedro recuerda a aquellos que fueron salvados «por agua» en los días del arca y conecta aquella historia con la inmersión, aclarando que no se trata simplemente de quitar «las inmundicias de la carne», sino de una realidad vinculada con una buena conciencia delante de Dios y con la resurrección de Yeshúa el Mesías (1 Pe 3:20-21). La conexión resulta profundamente apropiada: el agua exterior, por sí sola, nunca fue suficiente. La salvación hacia la que apunta la historia bíblica necesita alcanzar aquello que está dentro del ser humano.8
El agua alcanzó la tierra. Pero no podía transformar el corazón.
El diluvio produjo un nuevo comienzo para el mundo, pero Génesis revela que el problema más profundo de la humanidad seguía estando dentro del ser humano.
Antes del diluvio
Dios contempla una humanidad cuyo corazón está inclinado al mal. El problema no está solamente alrededor del ser humano; está también dentro de él.
La tierra es lavada
Las aguas juzgan la violencia de aquella generación y abren la posibilidad de un nuevo comienzo. El mundo exterior ha cambiado.
Pero el corazón permanece
Después del diluvio, Dios vuelve a hablar de la inclinación del corazón humano. La tierra ha sido lavada, pero la raíz interior del problema permanece.
El diluvio pudo comenzar de nuevo el mundo, pero no pudo comenzar de nuevo el corazón humano.
Si el agua no podía llegar al corazón, ¿qué podía hacerlo?
La Torá escrita en el corazón
La esperanza profética no apunta simplemente hacia mejores circunstancias, sino hacia una obra de Dios en lo más profundo del ser humano.
Un corazón nuevo y un espíritu nuevo
Dios promete hacer aquello que ninguna transformación meramente exterior puede conseguir: renovar al ser humano desde dentro.
No solamente un mundo nuevo. Una humanidad renovada.
Pedro vuelve a los días de Noaj cuando habla de la inmersión y aclara que no se trata simplemente de quitar la suciedad del cuerpo (1 Pe 3:20–21). La conexión es profundamente apropiada: el agua exterior, por sí sola, nunca fue suficiente. La salvación hacia la que avanza la historia bíblica necesita alcanzar aquello que está dentro del ser humano.
Por eso la esperanza mesiánica no consiste simplemente en ofrecer otra oportunidad a la misma humanidad antigua. En Yeshúa, la historia avanza hacia la obra de Dios en la conciencia y en el corazón: aquello que las aguas del diluvio no pudieron transformar, Dios promete renovarlo desde dentro.
Y quizá por eso el arco en las nubes sea una señal tan hermosa para quienes conocemos el resto de la historia. Nos recuerda que Dios decidió preservar un mundo que todavía necesitaba ser redimido. Cada amanecer después del diluvio, cada época de siembra y cosecha, cada generación que nació después de Noaj fue posible dentro del espacio abierto por aquella paciencia divina. Dios no había terminado con la humanidad.
Tampoco había terminado su propósito.
El arco aparece, entonces, no solamente como memoria de una tormenta pasada, sino como promesa de una historia que todavía continúa. Abraham todavía tiene que ser llamado. Israel todavía tiene que nacer. David todavía tiene que recibir una promesa. Los profetas todavía tienen que anunciar un corazón nuevo. El Mesías todavía tiene que venir.
Dios depone el arco y deja que la historia continúe.
Tal vez eso sea también lo que necesitamos recordar cuando miramos nuestra propia historia y solamente vemos aquello que todavía no está terminado. Hay aspectos de nuestro carácter que continúan necesitando transformación, oraciones que todavía no han recibido la respuesta que esperábamos, heridas que siguen sanando lentamente y promesas cuyo cumplimiento aún no alcanzamos a ver. Podemos sentirnos tentados a interpretar lo incompleto como evidencia de que Dios ha abandonado su obra. Noaj nos enseña a pensar de otra manera. El mundo que encontró al salir del arca no era todavía el mundo plenamente restaurado que Dios finalmente desea, pero era un mundo sobre el que Dios había colocado una promesa.
Quizá nosotros también vivimos muchas veces en ese espacio: entre la tormenta que pasó y la restauración que todavía no ha llegado por completo.
Y allí aparece el arco.
No para decirnos que nunca volverá a haber nubes. No para prometernos que no volveremos a llorar, que no tendremos que esperar o que nunca conoceremos otra tormenta. El arco dice algo diferente: las nubes no tienen la última palabra.
Cuando vuelvan, mira otra vez.
Puede que aquello que inicialmente despierte temor termine convirtiéndose en el lugar donde recuerdes la fidelidad de Dios.
Noaj miró hacia un cielo que alguna vez había traído destrucción y encontró allí una señal de pacto. Nosotros miramos una historia humana que sigue mostrando las cicatrices del pecado y, sin embargo, confesamos que Dios no ha abandonado su creación. El diluvio no cambió el corazón humano, pero Dios siguió adelante con su propósito hasta prometer un corazón nuevo. El juicio no terminó con la historia; la misericordia abrió espacio para que la redención continuara.
Por eso quizá la pregunta que deja esta parashá no sea simplemente si creemos en el pacto de Dios cuando el cielo está despejado. La pregunta es si somos capaces de recordarlo cuando vuelven las nubes.
¿Qué hacemos cuando aparece aquello que nos recuerda antiguas tormentas? ¿Interpretamos inmediatamente la oscuridad como abandono? ¿Pensamos que el silencio significa olvido? ¿O hemos aprendido a buscar, incluso allí, las señales de una fidelidad que no depende de nuestras circunstancias?
Hay días en los que veremos el sol. Y habrá días en los que solamente veremos nubes. Pero el Dios del pacto sigue siendo el mismo.
El arco de Noaj nos recuerda que la fidelidad de Dios no consiste en ofrecernos una existencia sin tormentas, sino en sostener su propósito incluso en un mundo donde todavía existen tormentas. Las aguas pueden subir y bajar; las generaciones pueden venir y marcharse; el corazón humano puede demostrar una y otra vez cuánto necesita ser renovado. Pero Dios no abandona la historia que ha decidido redimir.
Así que, cuando vuelvan las nubes, no las mires solamente recordando el diluvio.
Busca también el arco.
Porque algunas nubes nos recuerdan aquello que hemos perdido, pero en esas mismas nubes Dios puede enseñarnos a recordar aquello que Él ha prometido.
Bibliografía breve
Gentry, Peter J., y Stephen J. Wellum. Kingdom through Covenant: A Biblical-Theological Understanding of the Covenants. 2.ª ed. Wheaton, IL: Crossway, 2018.
Hamilton, Victor P. The Book of Genesis: Chapters 1–17. NICOT. Grand Rapids: Eerdmans, 1990.
Leibowitz, Nehama. New Studies in Bereshit (Genesis). Jerusalem: World Zionist Organization, Department for Torah Education and Culture in the Diaspora.
Sacks, Jonathan. Covenant & Conversation: Genesis—The Book of the Beginnings. Jerusalem/New Milford: Maggid Books, 2009.
Sarna, Nahum M. Genesis. JPS Torah Commentary. Philadelphia: Jewish Publication Society, 1989.
Wenham, Gordon J. Genesis 1–15. Word Biblical Commentary 1. Waco: Word Books, 1987.
Fuentes judías clásicas: Rashi y Ramban sobre Génesis 8–9; Tosefta Avodah Zarah 8:4; Talmud Bavli, Sanhedrín 56a–b.
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- La tradición rabínica desarrolló posteriormente los llamados preceptos noájidas como obligaciones universales de los descendientes de Noaj. Véase, entre otros textos, Tosefta Avodah Zarah 8:4 y Talmud Bavli, Sanhedrín 56a–b. Conviene distinguir este desarrollo rabínico posterior de la exégesis inmediata de Génesis 9, aunque muestra la importancia que la tradición judía concedió a la dimensión universal de Noaj. ↩︎
- קֶשֶׁת (qešet) es el término hebreo normal para «arco» y puede designar el arma de guerra; véanse, por ejemplo, Gn 27:3; 48:22; 49:24. El contexto de Gn 9 permite identificar el fenómeno celeste que denominamos arco iris, pero la elección léxica hace posible la asociación literaria con el arco como arma. La imagen del arco divino también posee paralelos y contrastes interesantes en el antiguo Cercano Oriente, aunque la teología de Génesis debe explicarse prioritariamente desde el propio relato. ↩︎
- Peter J. Gentry y Stephen J. Wellum interpretan la señal en este sentido en Kingdom through Covenant: A Biblical-Theological Understanding of the Covenants (Wheaton, IL: Crossway, 2012), 170–171. Su formulación presenta el arco iris como imagen física de que Dios ha «laid his weapons down». La expresión del cuerpo del artículo es una paráfrasis pastoral de su argumento. La discusión aparece en el capítulo dedicado al pacto con Noaj. ↩︎
- Rashi, comentario a Gn 9:14–16. La tradición interpretativa vinculada al pasaje reflexiona sobre la aparición del arco en relación con el juicio y el recuerdo del pacto. ↩︎
- Ramban (Najmánides), comentario a Gn 9:12–17, discute extensamente la naturaleza del arco como señal y la cuestión de si el fenómeno comenzó entonces o recibió entonces una nueva función como señal del pacto. ↩︎
- La expresión «se acordó Dios de Noé» (Gn 8:1) utiliza זכר (zākar). En este tipo de lenguaje pactual, el «recordar» divino no implica pérdida y recuperación de información, sino la acción fiel de Dios conforme a su compromiso. Compárese Gn 19:29; Ex 2:24; 6:5. ↩︎
- Gentry y Wellum sitúan el pacto con Noaj dentro del desarrollo progresivo de los pactos bíblicos y destacan su función de preservación del orden creado. Su obra entiende los pactos como parte estructural de la trama de la Escritura y dedica un capítulo específico al pacto noájida. La segunda edición revisada de Kingdom through Covenant fue publicada por Crossway en 2018. ↩︎
- La conexión mesiánica con Noaj no depende de convertir cada elemento del relato en una alegoría. 1 Pe 3:18–22 establece explícitamente una relación entre los días de Noaj, las aguas, la inmersión y la obra salvífica de Yeshúa, mientras que Mt 24:37–39 utiliza «los días de Noé» en el contexto de la venida del Hijo del Hombre. ↩︎




