Después de preguntarnos qué es el pecado (Véase el estudio anterior aquí), aparece inevitablemente una segunda pregunta: ¿de dónde vino? La pregunta parece sencilla hasta que comenzamos a considerar sus implicaciones. Si Dios es bueno, si todo cuanto existe depende de él y si Génesis declara que la creación era «buena en gran manera», ¿cómo pudo aparecer el pecado? Si el ser humano fue creado a imagen de Dios, ¿cómo pudo rebelarse contra su Creador? Y existe una dificultad todavía anterior: cuando comienza Génesis 3 encontramos ya en el jardín una serpiente que contradice deliberadamente la palabra de Dios.
¿De dónde procede su rebelión? ¿Existía, por tanto, pecado antes de que Adán y Eva pecaran? ¿Cómo se relaciona esta serpiente con Satanás? ¿Qué podemos saber acerca de su caída? ¿Y cómo podemos afirmar simultáneamente la soberanía de Dios y la responsabilidad de sus criaturas sin convertir a Dios en autor del pecado?
Nos encontramos ante uno de los problemas más profundos de la teología bíblica. Conviene distinguir desde el principio entre dos preguntas relacionadas, pero no idénticas: una cosa es preguntar cómo entró el pecado en la experiencia humana y otra preguntar por el origen último del mal. Génesis 3 responde ampliamente a la primera; acerca de la segunda, la Escritura proporciona datos importantes, pero no una explicación exhaustiva.
Poseemos una narración bíblica del origen del pecado, pero no una explicación última de ese origen. La Escritura nos muestra cómo pecó la humanidad, pero permanece el misterio de cómo criaturas originalmente rectas llegaron a actualizar la posibilidad de pecar. Esta limitación debe ser respetada. Una doctrina bíblica no debería responder menos de lo que dice la Escritura, pero tampoco más. Cuando la revelación afirma algo con claridad, debemos afirmarlo; cuando deja una cuestión abierta, la prudencia exige reconocerlo. De otro modo corremos el peligro de transformar reconstrucciones teológicas posibles en afirmaciones bíblicas seguras.
Hay, sin embargo, algunas verdades que podemos establecer desde el principio. Dios es bueno. La creación original es buena. El pecado no pertenece necesariamente a la condición humana. Satanás no constituye un principio eterno del mal enfrentado a Dios, sino una criatura. Adán y Eva son responsables de su transgresión. Dios no los obliga a pecar ni los seduce hacia el mal. Y, al mismo tiempo, la caída no sucede fuera del gobierno soberano de Dios.
Pero para comprender adecuadamente todo esto debemos comenzar antes de Génesis 3. La historia bíblica del pecado no empieza realmente con la serpiente. Antes de la serpiente está Dios; antes de la tentación está su palabra; antes de la prohibición está su generosidad; y antes de la caída existe una creación que el propio Creador contempla y declara «buena en gran manera».
De la buena creación a la desconfianza
Génesis 1 está atravesado por una afirmación repetida de la bondad de la obra creadora. Dios crea, contempla lo creado y declara que es bueno. Finalmente, después de la creación de la humanidad, el relato culmina diciendo:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Gn 1:31).
El hebreo utiliza טוֹב מְאֹד (ṭôb meʾōd), «muy bueno», «bueno en gran manera».1 Esta declaración constituye uno de los fundamentos de cualquier doctrina bíblica del pecado. El mundo no salió defectuoso de las manos de Dios. El mal moral no es una sustancia creada por él ni el pecado constituye una propiedad necesaria de aquello que significa ser humano.
Podríamos describir por ello el pecado como un intruso en la experiencia humana: la creación, la humanidad, la relación y la presencia divina anteceden al pecado; posteriormente Pablo dirá que el pecado «entró» en el mundo por un hombre. Llamar al pecado «intruso» no significa que haya sorprendido a Dios o escapado a su soberanía. Significa que no pertenece al buen diseño original de la creación.2
Esta afirmación resulta especialmente importante porque nuestra experiencia puede engañarnos. Estamos tan acostumbrados al egoísmo, la violencia, la mentira, el conflicto, la enfermedad y la muerte que podemos terminar considerándolos componentes inevitables de la existencia humana. Génesis protesta contra esa normalización. Antes del pecador está la criatura hecha a imagen de Dios; antes de la corrupción está una vocación; antes de la vergüenza está la desnudez sin vergüenza; antes del exilio está el jardín; antes de la muerte está la vida.
El pecado llegará a afectar radicalmente al ser humano, pero el pecado no constituye aquello para lo que el ser humano fue creado.
Génesis 2 profundiza esta imagen. Dios forma al hombre del polvo, sopla en él aliento de vida, planta un jardín, hace brotar árboles «deliciosos a la vista, y buenos para comer», le proporciona una vocación y finalmente crea a la mujer como ayuda correspondiente a él. Solo dentro de este contexto de extraordinaria generosidad aparece la prohibición. Esto es importante, porque si recordamos Edén principalmente como «el lugar donde Dios prohibió un árbol», ya hemos comenzado a mirar el jardín de una manera semejante a como la serpiente quiere que sea contemplado.
El mandamiento comienza precisamente con una declaración de abundancia: «De todo árbol del huerto podrás comer» (Gn 2:16). El hebreo utiliza la construcción intensificada אָכֹל תֹּאכֵל (ʾāḵōl tōʾḵēl), que comunica la libertad de comer.3 Solo después aparece la excepción: «mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (2:17). Dios no coloca al ser humano en un universo de prohibiciones con una pequeña zona permitida; lo coloca en un mundo de abundancia acompañado de un límite.
Ese límite revela algo fundamental acerca de la condición humana. Adán posee verdadera autoridad, pero su autoridad es derivada. Puede cultivar, guardar, nombrar y ejercer dominio, pero no es la autoridad última. Es imagen, no original; representante, no Rey supremo. Podríamos expresarlo así: Adán es señor dentro de la creación, pero no es el Señor de la creación.4
Por eso la prohibición acerca del árbol no debería caricaturizarse como una prueba caprichosa. El mandamiento expresa la estructura misma de la relación Creador-criatura. Dios habla y la criatura recibe su palabra; Dios establece el orden y el ser humano vive dentro de él. La libertad bíblica original no consiste en independencia absoluta, sino en poder vivir plenamente dentro del buen orden establecido por Dios.
Génesis 2:15 añade que Dios colocó al hombre en el jardín «para que lo labrara y lo guardase». Los verbos hebreos son עָבַד (ʿābad),5 trabajar o servir, y שָׁמַר (šāmar),6 guardar o custodiar. Puesto que posteriormente ambos aparecen asociados con funciones sacerdotales y debido a otras conexiones bíblicas entre Edén y el santuario, una importante línea de interpretación ha entendido el jardín también como un espacio de presencia divina.
Matthew Harmon entre otros desarrolla esta lectura y contempla a Adán en una función real y sacerdotal: debía ejercer dominio bajo Dios y guardar el lugar encomendado. La propuesta debe manejarse con cuidado —Génesis 2 no llama explícitamente «sacerdote» a Adán—, pero las conexiones canónicas resultan significativas. En cualquier caso, cuando llegamos a Génesis 3 encontramos una profunda inversión: aparece dentro del espacio que debía ser guardado una criatura que contradice a Dios, y Adán no la expulsa ni permanece fiel a la palabra recibida. Harmon observa que, en vez de ejercer dominio sobre la serpiente, Adán permite que la serpiente ejerza dominio sobre él.
La caída incluirá así no solamente comisión, hacer lo que Dios prohibió, sino también omisión, dejar de cumplir la vocación recibida.
Es dentro de este escenario donde debemos situar el árbol del conocimiento del bien y del mal. La expresión hebrea דַּעַת טוֹב וָרָע (daʿat ṭôb wā-rāʿ) ha recibido distintas interpretaciones7:
- Discernimiento moral, madurez.
- Sabiduría.
- Conocimiento total expresado mediante dos extremos.
- Incluso una prerrogativa relacionada con el gobierno.
No podemos resolver toda la cuestión simplemente diciendo que antes de comer Adán y Eva ignoraban por completo la diferencia entre bien y mal, porque ya conocían un mandamiento y sabían que podían obedecerlo o quebrantarlo. Tampoco podemos decir que la promesa de la serpiente fuera una falsedad absoluta, porque después de la caída Dios mismo afirma:
«He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal» (Gn 3:22).
La tentación combina, por tanto, verdad y falsedad. Existe una adquisición real, pero el camino hacia ella es rebelión. Una interpretación plausible consiste en entender que la criatura intenta apropiarse de una sabiduría o prerrogativa moral fuera de la dependencia obediente del Creador. El problema no consiste en conocer, pensar, discernir o decidir; todas estas capacidades pertenecen a la humanidad responsable. El problema aparece cuando la criatura pretende ejercerlas independientemente de la autoridad de Dios.
El árbol fue puesto por Dios, no por Satanás; no contradice el «bueno en gran manera» de Génesis 1:31; el árbol/fruto no es presentado como intrínsecamente malo; y la maldad está en comer contra el mandamiento divino, no en la existencia del árbol. Terminaríamos mostrando que el árbol hace visible el límite entre Creador y criatura.8
Esto plantea inevitablemente una pregunta todavía más difícil: si Dios puso el árbol, conocía lo que sucedería y permitió posteriormente la tentación de la serpiente, ¿qué relación tiene Dios con la entrada del pecado? La cuestión no puede responderse simplemente observando el árbol; nos obliga a considerar conjuntamente la libertad de la criatura, la responsabilidad moral y la soberanía divina. Volveremos sobre ella cuando abordemos el misterio del origen del mal.
Entonces entra la serpiente. Génesis la denomina נָחָשׁ (nāḥāš)9 y la describe como עָרוּם (ʿārûm), «astuta»10. Existe un interesante juego literario con el versículo anterior, donde el hombre y la mujer aparecen עֲרוּמִּים (ʿărummîm), «desnudos». La semejanza sonora une la inocente desnudez de la pareja con la astucia del personaje que está a punto de intervenir.
Génesis 3 no llama todavía «Satanás» a la serpiente.11 Sin embargo, la revelación posterior identifica expresamente a «la serpiente antigua» con «el diablo y Satanás» (Ap 12:9; 20:2). Esto nos permite reconocer legítimamente a Satanás detrás de la serpiente, siempre que respetemos el desarrollo progresivo de la revelación y no introduzcamos retrospectivamente en Génesis todos los detalles que conocemos por textos posteriores.
Una cuestión, sin embargo, queda inmediatamente abierta: cuando la serpiente entra en escena ya está enfrentada a Dios. Génesis 3 explica cómo entra el pecado en la experiencia humana, pero no relata el momento en que aquella criatura se rebeló. Volveremos sobre este problema más adelante.
Por ahora debemos observar cómo actúa. La serpiente no comienza diciendo: «Desobedece a Dios». Comienza preguntando: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» (Gn 3:1)12. La primera batalla de Génesis 3 se libra alrededor de la palabra de Dios.
La comparación con Génesis 2 es extraordinariamente reveladora. Dios había dicho: «De todo árbol del huerto podrás comer». La serpiente reformula la realidad: «¿No comáis de todo árbol?». Dios había presentado abundancia con un límite; la serpiente consigue que el límite eclipse la abundancia. El Dios que había dado vida, jardín, alimento, vocación, compañía y libertad comienza a ser reinterpretado fundamentalmente como el Dios que prohíbe.13
La mujer responde que pueden comer del fruto de los árboles, pero respecto del árbol situado en medio del jardín dice:
«No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis» (3:3).
La expresión «ni le tocaréis» no aparece en el mandamiento registrado en Génesis 2. No sabemos por qué aparece aquí y sería imprudente construir sobre este detalle una psicología completa de Eva. Más importante es observar lo que sucede con la advertencia acerca de la muerte. Dios había dicho מוֹת תָּמוּת (môt tāmût)14, «ciertamente morirás». La serpiente responde לֹא־מוֹת תְּמֻתוּן (lōʾ-môt temutûn), «ciertamente no moriréis».
La insinuación se ha convertido ahora en contradicción abierta. Existen dos palabras incompatibles. Dios afirma que la transgresión conduce a la muerte; la serpiente afirma que no. La cuestión fundamental pasa entonces a ser a quién creerá la criatura.
Pero la serpiente avanza todavía más: «sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal» (3:5). Ya no solamente contradice lo que Dios ha dicho; pretende explicar por qué lo ha dicho. La insinuación es devastadora: Dios conoce los beneficios del fruto y precisamente por eso lo ha prohibido. La prohibición deja de parecer la palabra sabia de un Creador bueno y comienza a parecer el mecanismo mediante el cual Dios retiene algo deseable.
La estrategia sigue así una progresión:
Aquí encontramos una de las raíces más profundas de la caída. Antes de que la criatura desobedezca a Dios, comienza a desconfiar de él.15 La mano todavía no ha tomado el fruto, pero la interpretación de Dios ya está cambiando. La criatura comienza a considerar posible que la palabra divina sea falsa, que la advertencia pueda ignorarse y que aquello que Dios ha prohibido sea precisamente aquello que necesita para alcanzar su plenitud.16
El pecado comienza a parecer razonable cuando Dios deja de parecer plenamente digno de confianza.
De la desconfianza a la transgresión
Génesis 3:6 describe el momento decisivo con una extraordinaria concentración narrativa:
«Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella».
La secuencia avanza mediante acciones: vio, tomó, comió, dio, comió.17 Pero antes de tomar existe una valoración. La mujer «vio que el árbol era bueno». Esto produce una profunda ironía dentro de Génesis. Durante el relato de la creación había sido Dios quien veía y declaraba buena su obra; ahora la criatura contempla aquello que Dios había delimitado mediante su palabra y emite su propia evaluación. No significa que ver belleza o reconocer algo deseable sea pecado. Génesis 2:9 ya había dicho que los árboles eran agradables a la vista y buenos para comer. El problema es que ahora la evaluación de la mujer está siendo gobernada por una palabra rival.

Llama la atención sobre esta paradoja: el jardín ya estaba lleno de árboles agradables a la vista y buenos para comer; la humanidad poseía abundantemente aquello que ahora comienza a parecer insuficiente.
El árbol prohibido aparece como bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar sabiduría. La tentación no se presenta como algo repulsivo. Se presenta como bueno, hermoso y prometedor. Esa es precisamente una de las razones por las que el pecado seduce. Si cada pecado apareciera mostrando desde el principio toda su destrucción final, muchas tentaciones perderían su fuerza. Pero el pecado suele ofrecer algún bien aparente: placer, seguridad, reconocimiento, poder, sabiduría, alivio o realización.
Esto nos ayuda a comprender por qué Santiago 1:14–15, aunque no sea un comentario directo de Génesis 3, resulta teológicamente iluminador:
«cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte».
Génesis muestra narrativamente una dinámica semejante: una palabra rival modifica la percepción, la nueva percepción alimenta el deseo y el deseo aceptado desemboca en transgresión.
Aquí podemos utilizar con provecho la categoría de autonomía18, siempre que la definamos cuidadosamente. Pensar por uno mismo no es pecado. Razonar, evaluar y decidir pertenecen a la responsabilidad humana. La autonomía pecaminosa aparece cuando la criatura convierte su propio juicio en el tribunal último ante el cual incluso la palabra del Creador debe justificarse.
La tentación de Génesis 3 podría formularse así: no te limites a recibir de Dios la definición de aquello que conduce a la vida; decide tú si Dios tiene razón. No aceptes simplemente su evaluación del árbol; realiza la tuya. No confíes en su advertencia; determina por ti mismo si las consecuencias son reales.19
En este sentido, antes de que la mujer tome el fruto ya se ha producido una profunda alteración de la relación Creador-criatura.
La mujer come y da también a su marido. Pablo recordará posteriormente que Eva fue engañada (1 Ti 2:14; 2 Co 11:3), pero esto no convierte a Adán en inocente. Génesis afirma sencillamente que él comió. Existe discusión acerca de cuánto debemos deducir de la expresión que sitúa al marido «con ella» en Génesis 3:6 y si implica que estuvo presente durante toda la conversación. No es necesario resolver esa cuestión para reconocer lo esencial: cuando llega el momento decisivo, Adán no resiste.
Podemos por tanto ver el fracaso de Adán es una inversión de la vocación recibida. En vez de vivir bajo la autoridad de YHWH y ejercer dominio sobre la serpiente, permite que la serpiente lo domine. La caída puede ser descrita, por tanto, simultáneamente como desobediencia, incredulidad, rebelión, infidelidad e idolatría.
Aquí debemos evitar adelantarnos demasiado al siguiente estudio. Romanos 5 otorgará a Adán una importancia representativa extraordinaria: por un hombre entra el pecado y por el pecado la muerte. Pero la relación entre la transgresión de Adán y sus descendientes —culpa, corrupción, solidaridad, imputación y las diferentes interpretaciones históricas— pertenece al Estudio 3: El pecado original.
Génesis 3 se concentra por ahora en lo que sucede inmediatamente después de la transgresión. La serpiente había prometido: «serán abiertos vuestros ojos». Y Génesis 3:7 responde:
«Entonces fueron abiertos los ojos de ambos».20
La promesa parece cumplirse, pero de manera profundamente irónica. ¿Qué es lo primero que descubren con sus ojos abiertos? «Conocieron que estaban desnudos».
La primera experiencia no es exaltación. Es vergüenza.
Génesis 2:25 había terminado diciendo que ambos estaban desnudos «y no se avergonzaban». Después de la transgresión, la misma desnudez resulta intolerable y cosen hojas de higuera para cubrirse. El primer movimiento después del pecado consiste en cubrirse. Cuando posteriormente oyen la presencia de Dios en el jardín, se esconden. El segundo movimiento consiste en ocultarse. Cuando finalmente son confrontados, comienzan a desplazar la responsabilidad. El tercer movimiento consiste en culpar.21
Cubrirse, esconderse y culpar: tres movimientos que revelan que el pecado nunca permanece encerrado dentro del acto mediante el cual se comete. Inmediatamente comienza a reorganizar la relación de la criatura consigo misma, con los demás y con Dios.
Cuando Dios pregunta «¿Dónde estás tú?»,22 no debemos imaginar que desconoce la localización física de Adán. La pregunta funciona narrativamente como una confrontación. Dios llama al ser humano escondido a comparecer. Adán responde: «Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí». Aparece ahora otra consecuencia: miedo. La presencia divina, que pertenecía al bien del jardín, se ha convertido para el pecador en una presencia de la que quiere huir.
Dios pregunta entonces si ha comido del árbol prohibido. Adán podría simplemente confesar. En cambio responde: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí». La frase termina reconociendo el acto, pero antes ha distribuido la responsabilidad. «La mujer». Y todavía más significativamente: «la mujer que me diste». La acusación apunta horizontalmente hacia Eva, pero indirectamente también hacia Dios. Aquella que en Génesis 2 había provocado la exclamación «hueso de mis huesos y carne de mi carne» aparece ahora dentro de la explicación del fracaso de Adán.
La mujer responde: «La serpiente me engañó, y comí». Su afirmación acerca del engaño es verdadera; la Escritura posterior la confirma. Pero haber sido engañada no elimina su responsabilidad. Así aparecen muy pronto dos características que continuarán acompañando al pecado humano: autojustificación y desplazamiento de responsabilidad.23
La serpiente había prometido una existencia superior. Lo que encontramos inmediatamente después de la transgresión es vergüenza, miedo, ocultamiento y acusación.
El pecado había prometido ampliar el mundo humano.
En realidad comienza a destruirlo.
Del pecado al juicio y al exilio
Dios se dirige primero a la serpiente, después a la mujer y finalmente al hombre. Las palabras pronunciadas sobre cada uno afectan precisamente las dimensiones fundamentales de la existencia humana. La serpiente recibe maldición y humillación; la experiencia de la mujer queda marcada por dolor y conflicto; la tierra es maldecida por causa del hombre, y el trabajo mediante el cual este debía desarrollar su vocación queda ahora sometido a resistencia, fatiga, espinos y cardos.
La creación continúa siendo creación de Dios, pero la relación humana con ella ha sido profundamente alterada. La fecundidad continúa, pero acompañada de dolor; la relación entre hombre y mujer continúa, pero bajo desorden; el trabajo continúa, pero la tierra resiste; la vida continúa durante un tiempo, pero bajo la sentencia de muerte.
Finalmente Dios dice al hombre:
«polvo eres, y al polvo volverás» (Gn 3:19).
La frase nos devuelve a Génesis 2. El hombre había sido formado del polvo; ahora su destino consiste en volver al polvo. La serpiente había dicho: «No moriréis». Dios había dicho: «Ciertamente morirás». El desarrollo del relato muestra quién decía la verdad.
A veces se plantea la dificultad de que Adán y Eva no mueren físicamente en el mismo instante en que comen. Una respuesta tradicional distingue entre muerte espiritual inmediata y muerte física posterior. Existe verdad teológica en esa distinción, pero conviene comenzar por el movimiento del propio Génesis: desde el momento de la transgresión, la humanidad queda bajo sentencia de muerte, pierde el acceso al árbol de la vida y tiene como destino regresar al polvo. La muerte ha entrado en el horizonte humano.
Romanos 5 formulará posteriormente la conexión de manera explícita: «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte» (Ro 5:12). Pablo desarrolla esta relación: por la transgresión de uno muchos mueren, una transgresión conduce a condenación, la muerte reina y mediante la desobediencia de uno muchos son constituidos pecadores. Una vez más, debemos detenernos antes de desarrollar cómo la caída de Adán afecta a todos sus descendientes, porque ese será precisamente el problema central del siguiente estudio.
Pero en medio del juicio aparece una afirmación inesperada. Dios dice a la serpiente: «Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Gn 3:15).
La tradición cristiana ha llamado frecuentemente a este versículo protoevangelium, «primer evangelio».24 Sin embargo, debemos distinguir cuidadosamente entre su sentido inmediato y su desarrollo canónico. En su contexto, el texto anuncia una enemistad establecida por Dios entre la serpiente y la mujer y entre sus respectivas descendencias. El término hebreo זֶרַע (zeraʿ), «simiente» o «descendencia», puede funcionar colectivamente, aunque dentro de la historia bíblica una descendencia colectiva puede también llegar a concentrarse en un representante particular.25
Por eso no necesitamos afirmar que Adán y Eva comprendieron en Génesis 3:15 toda la cristología que posteriormente desarrollará el Nuevo Testamento. Pero tampoco debemos leer el versículo como si el resto de Génesis y el resto del canon nunca hubieran sido escritos. La cuestión de la «descendencia» continuará recorriendo Génesis, y la Escritura terminará volviendo a «la serpiente antigua». Vemos por tanto este texto como una esperanza de que el aparente triunfo de la serpiente no será definitivo: un descendiente de la mujer la vencerá, aunque esa victoria implicará sufrimiento.
La importancia teológica del versículo se encuentra también en el momento en que aparece. La esperanza no comienza después de que la humanidad encuentre un camino de regreso. Aparece dentro del propio juicio. Dios toma la iniciativa.
Algo semejante ocurre en Génesis 3:21:
«Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió».
Las túnicas de pieles de Génesis 3:21 han sido interpretadas en ocasiones como una posible anticipación del sacrificio y de la muerte sustitutiva, puesto que la cobertura de la desnudez humana implicaría la muerte de un animal.26 Sin embargo, el texto no menciona sangre, altar, sacrificio ni expiación, por lo que esta lectura debe entenderse como una posible interpretación tipológica posterior y no como una afirmación explícita del relato. Lo que sí afirma claramente el relato es que Dios continúa proveyendo para las criaturas que se han rebelado contra él. Incluso dentro del juicio aparece misericordia.
El capítulo termina, sin embargo, con la expulsión. Dios coloca querubines y una espada encendida para guardar el camino al árbol de la vida. La humanidad abandona el lugar de presencia y vida.27
El pecado conduce al exilio.
Esta categoría es especialmente importante en la teología bíblica. El patrón que comienza en Edén —rebelión, juicio y expulsión— reaparecerá en la historia posterior. Caín pecará y saldrá de la presencia de YHWH. Babel terminará en dispersión. Israel repetirá el patrón a escala nacional cuando su infidelidad conduzca finalmente al exilio.
Si recordamos además la vocación de Adán de «guardar» el jardín, la imagen final resulta especialmente dramática. Quien debía guardar el espacio encomendado ya no puede entrar en él. Ahora son los querubines quienes guardan el camino.
La historia humana comenzará a desarrollarse al este de Edén.28 Pero precisamente ahí comienza también una de las grandes trayectorias de la Escritura. Si el pecado produce exilio, la redención tendrá que incluir regreso. Si el camino al árbol de la vida ha quedado cerrado, la historia bíblica deberá responder a la pregunta de si volverá a abrirse. Si la humanidad ha perdido la presencia de Dios, la restauración deberá conducir nuevamente hacia esa presencia.
Génesis 3 no es solamente la historia de cómo se perdió un jardín. Es el comienzo de un movimiento que atravesará toda la Escritura:
El misterio del origen del mal
Al considerar el árbol del conocimiento del bien y del mal dejamos pendiente una pregunta inevitable: si Dios creó todo bueno, puso el árbol en el huerto, conocía lo que sucedería y permitió que la serpiente tentara al ser humano, ¿qué relación tiene Dios con la entrada del pecado?
La dificultad es mayor de lo que inicialmente parece. Génesis no presenta el mal como una realidad eterna que existiera junto a Dios, como si el bien y el mal fueran dos principios rivales. Tampoco presenta una creación defectuosa de la que necesariamente tuviera que surgir el pecado. Por el contrario, al concluir su obra creadora, «vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Gn 1:31). El mal, por tanto, no puede explicarse suponiendo que Dios introdujo alguna sustancia maligna dentro de su creación.
Esto nos obliga a hacer una distinción fundamental: la posibilidad de pecar no es todavía pecado. El árbol no era malo; el mandamiento no era malo; el límite establecido por Dios tampoco era malo. El pecado aparece cuando la criatura quebranta voluntariamente ese límite y pretende relacionarse con el bien creado independientemente de la voluntad de su Creador.
Pero esto hace surgir una pregunta todavía más profunda: ¿cómo puede una criatura creada buena querer por primera vez aquello que es malo?
El mal no necesita haber sido «creado»
Agustín de Hipona ofrece una de las respuestas más influyentes de la tradición cristiana mediante su comprensión del mal como privatio boni,29 una privación, corrupción o desorden del bien.30 El mal no es una sustancia positiva que Dios tuviera que crear para que posteriormente pudiera aparecer el pecado. Si así fuera, tendríamos que buscar su origen en el acto creador de Dios. Para Agustín, en cambio, todo cuanto posee ser procede de Dios y, en cuanto creado por él, es bueno; el mal aparece cuando un bien creado se corrompe o cuando la voluntad abandona el orden que le corresponde.31
Esta perspectiva resulta especialmente sugerente al leer Génesis 3. El fruto pertenece a la creación de Dios. El deseo de sabiduría tampoco es malo en sí mismo. Incluso el lenguaje de «ser como Dios» adquiere una profunda ironía, porque el ser humano ya había sido creado «a imagen de Dios» (Gn 1:26–27). El problema no consiste simplemente en desear algo absolutamente malo, sino en buscar un bien de una manera contraria a Dios.32
El pecado es, en este sentido, parasitario. Necesita del bien para corromperlo. La criatura no puede crear un bien alternativo frente a Dios; únicamente puede tomar los bienes recibidos, desordenarlos y utilizarlos contra el propósito del Dador. El deseo, la sabiduría, la libertad, el alimento y el dominio son bienes creados. La rebelión aparece cuando esos bienes dejan de recibirse bajo la autoridad de Dios y son apropiados autónomamente.
Esto ayuda a comprender por qué Génesis no necesita introducir un árbol malo para explicar la caída. El mal no estaba dentro del fruto; aparece en la voluntad que toma el fruto contra la palabra de Dios.
Antes de Adán: la rebelión de la serpiente
La dificultad se hace todavía mayor porque Génesis 3 introduce a la serpiente como una realidad ya opuesta a la palabra de Dios. Cuando Adán y Eva pecan, la rebelión ya está presente fuera de la humanidad.
La revelación bíblica posterior identifica a «la serpiente antigua» con «el diablo y Satanás» (Ap 12:9; 20:2), y otros textos hablan de seres angélicos que pecaron (2 P 2:4; Jud 6). Esto permite afirmar que la caída humana no constituye el origen absoluto de toda rebelión creada, aunque Génesis 3 sí describe la entrada del pecado en la experiencia humana.33

Sin embargo, debemos evitar reconstruir una cronología de la caída de Satanás con mayor precisión de la que proporciona la Escritura. Isaías 14 tiene como referente inmediato al rey de Babilonia, mientras que Ezequiel 2834 dirige su lamento contra el rey de Tiro.35 La tradición cristiana ha encontrado en ambos pasajes patrones y resonancias aplicables a la rebelión satánica, pero sería excesivo tratarlos como si fueran una biografía directa e inequívoca de Satanás.
Y esto significa que trasladar la pregunta desde Adán36 hasta Satanás no resuelve el problema del origen del mal; simplemente lo desplaza hacia atrás.37
La pregunta permanece: si también los seres angélicos proceden del Creador, ¿cómo pudo una criatura originalmente buena producir una primera voluntad rebelde?
La Escritura afirma la realidad de la rebelión y atribuye la responsabilidad a la criatura, pero no nos proporciona una explicación psicológica o metafísica exhaustiva del instante en que una voluntad creada buena quiso por primera vez apartarse de Dios. Allí debemos reconocer un límite de nuestra investigación.
La soberanía de Dios y la responsabilidad de la criatura
Reconocer ese límite no significa, sin embargo, que la Escritura no diga nada más. Hay dos afirmaciones que aparecen reiteradamente en el testimonio bíblico y que debemos mantener juntas: Dios es soberano sobre la historia y las criaturas son moralmente responsables de sus acciones.38
La historia de José ofrece un ejemplo extraordinariamente claro. Después de todo el mal que sus hermanos habían cometido contra él, José puede decir:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Gn 50:20).
El mismo acontecimiento puede ser contemplado desde dos intenciones diferentes. Los hermanos actuaron con una intención mala; Dios, sin compartir ni producir su maldad moral, condujo esos acontecimientos hacia un propósito bueno.
El ejemplo supremo aparece en la cruz. Pedro afirma que Jesús fue «entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios», y en la misma frase atribuye responsabilidad a quienes lo crucificaron (Hch 2:23). Hechos 4:27–28 vuelve a mantener juntas ambas realidades: Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y los pueblos de Israel actuaron contra Jesús, y, sin embargo, sus acciones no escaparon al propósito soberano de Dios.39
La Biblia, por tanto, no identifica soberanía con culpabilidad moral. Que un acontecimiento se encuentre dentro de la providencia de Dios no significa que Dios comparta la intención pecaminosa de quienes lo realizan.
Esto nos protege de dos extremos igualmente problemáticos. Si convertimos a Dios en autor moral del pecado, comprometemos su santidad. Pero si convertimos el mal en una fuerza que aparece y actúa fuera de la soberanía divina, comprometemos su señorío. La Escritura no resuelve la tensión sacrificando uno de estos polos: mantiene simultáneamente la absoluta santidad de Dios, su soberanía sobre la historia y la responsabilidad real de las criaturas.40
Entonces, ¿por qué permitió Dios el pecado?
Llegamos finalmente a la pregunta que habíamos dejado pendiente.
La Biblia no responde diciendo que Dios fuera incapaz de impedir la caída. Tampoco presenta el pecado como algo que Dios necesitara porque su creación original fuera insuficiente. Mucho menos permite imaginar a Dios seduciendo a sus criaturas hacia el mal: «él no tienta a nadie» (Stg 1:13).
Plantinga nos ayuda a ver que la existencia de criaturas significativamente libres que pueden hacer el mal no constituye por sí misma una contradicción con la omnipotencia y bondad de Dios.41 Pero esto es una defensa, no una demostración de que conocemos la razón concreta por la cual Dios permitió la caída.
La Escritura nos permite avanzar en otra dirección. Una vez que el mal entra en la historia, Dios demuestra que puede permitirlo sin ser vencido por él y gobernar soberanamente una historia en la que incluso las acciones malas de las criaturas terminan sirviendo a propósitos que ellas nunca pretendieron.
La cruz constituye la demostración culminante. El acontecimiento de mayor injusticia de la historia bíblica —el rechazo y la muerte del Mesías inocente— se convierte, precisamente bajo la soberanía divina, en el medio de redención. La traición continúa siendo traición; la injusticia continúa siendo injusticia; quienes actúan siguen siendo responsables. Dios no necesita llamar bueno al mal para vencerlo. Lo vence haciendo que incluso aquello que se levanta contra su propósito termine subordinado a su propósito redentor.
Esto no significa que podamos afirmar que conocemos exhaustivamente por qué Dios decidió permitir el primer pecado. Debemos distinguir cuidadosamente entre lo que la revelación nos permite afirmar y aquello que permanece oculto.
- Podemos afirmar que Dios creó todo bueno.
- Podemos afirmar que el mal no es una sustancia creada por Dios, sino corrupción y desorden del bien.
- Podemos afirmar que la posibilidad de desobedecer no equivale todavía al pecado.
- Podemos afirmar que las criaturas que pecan son verdaderamente responsables.
- Podemos afirmar que Dios no tienta al mal y que su santidad permanece incontaminada.
- Y podemos afirmar que incluso la entrada del pecado no escapó finalmente a su soberanía.
Pero la Escritura no nos ofrece una explicación exhaustiva de por qué una criatura originalmente buena quiso por primera vez aquello que Dios había prohibido, ni nos revela todos los motivos por los que Dios decidió permitir que esa rebelión se actualizara en la historia.
En ese punto, una teología responsable debe reconocer el misterio en lugar de llenarlo con especulación.
El misterio del origen del pecado no consiste en que ignoremos quién es responsable: la Escritura responsabiliza a la criatura. El misterio está en cómo una voluntad creada buena llegó por primera vez a querer el mal y por qué el Dios soberano decidió permitirlo sin ser Él mismo su autor moral.
Génesis está más interesado en mostrarnos qué hizo la criatura con la palabra y los dones recibidos que en satisfacer toda nuestra curiosidad acerca de la metafísica del primer mal. El ser humano escuchó una palabra distinta de la palabra de Dios, sospechó de la bondad de su Creador y tomó para sí aquello que Dios había reservado. El resultado fue vergüenza, ruptura, juicio, muerte y exilio.
Pero el pecado no tendrá la última palabra. El mismo relato que anuncia enemistad, sufrimiento y muerte contiene también una promesa (Gn 3:15). Por eso, después de preguntarnos cómo entró la rebelión en una creación buena, debemos seguir el movimiento de la historia bíblica hacia aquel que enfrentará al tentador allí donde Adán cayó y que, mediante su obediencia, comenzará a revertir las consecuencias de aquella primera rebelión.
Ese movimiento nos conduce de Adán al Mesías, de la rebelión a la restauración.
Excursus: La libertad y la posibilidad del mal
En la filosofía contemporánea de la religión, Alvin Plantinga ha desarrollado una reflexión particularmente influyente sobre este problema. Conviene precisar desde el principio qué pretende demostrar y qué no. Su conocida Defensa del Libre Albedrío (Free Will Defense) no pretende descubrir la razón histórica exacta por la que Dios permitió el pecado.42 Plantinga distingue precisamente entre una teodicea, que intenta explicar cuáles son realmente las razones de Dios para permitir el mal, y una defensa, cuyo objetivo más limitado consiste en mostrar que es posible que Dios tenga una razón moralmente suficiente para permitirlo.
La pregunta de Plantinga es, por tanto, fundamentalmente lógica: ¿son incompatibles la existencia de un Dios omnipotente y perfectamente bueno y la existencia del mal moral?
Su respuesta es negativa. Plantinga parte de lo que denomina libertad moralmente significativa. Si una criatura es libre en sentido libertario respecto de una acción moral, debe existir una posibilidad real de realizar el bien o apartarse de él. Dios puede crear criaturas libres, pero no puede determinar causalmente que realicen siempre el bien y mantener simultáneamente que esas mismas acciones son libres en ese sentido. No se trata de una deficiencia de la omnipotencia divina: hacer que una elección sea al mismo tiempo determinada y no determinada, en el mismo sentido, constituiría una contradicción lógica.
Esta reflexión puede iluminar la situación de Edén. Dios coloca al ser humano dentro de una creación abundante, le concede una extraordinaria autoridad y, al mismo tiempo, establece un límite. El mandamiento hace visible que Adán y Eva son criaturas responsables ante Dios. Su obediencia no consiste simplemente en ejecutar mecánicamente aquello que no podrían dejar de hacer; deben reconocer voluntariamente la autoridad de quien los creó.
Sin embargo, debemos mantener una importante cautela exegética: Génesis nunca afirma que Dios pusiera el árbol con el propósito de hacer posible el libre albedrío. Plantinga puede ayudarnos filosóficamente a pensar la compatibilidad entre la bondad divina, la responsabilidad de la criatura y la posibilidad del pecado, pero su argumento no debe convertirse retroactivamente en una afirmación del texto bíblico.
Su razonamiento incluye además una propuesta más técnica conocida como «depravación transmundana» (transworld depravity).43 Simplificando mucho el argumento, podría ser que cualquier criatura significativamente libre que Dios creara terminara realizando al menos alguna acción moralmente mala en cualquier mundo factible en el que se dieran determinadas circunstancias. Plantinga no necesita demostrar que esto ocurrió realmente; para responder al problema lógico del mal le basta con que semejante situación sea posible. Su propósito es mostrar que no podemos asumir sin más que, si Dios es omnipotente, necesariamente debe estar en su poder actualizar un mundo en el que criaturas libertariamente libres elijan siempre libremente el bien.
Pero aquí encontramos también el límite de la explicación de Plantinga para nuestro estudio.
Decir que Adán podía pecar no explica todavía por qué quiso pecar.
La libertad puede explicar la posibilidad de la caída; no proporciona por sí sola una causa suficiente de la actualización de esa posibilidad.44 Y precisamente aquí reaparece el misterio del primer pecado. Si explicáramos la primera elección pecaminosa apelando a una naturaleza pecaminosa anterior, solo habríamos trasladado el problema un paso hacia atrás: ¿de dónde procedía esa naturaleza pecaminosa? Pero si atribuyéramos directamente a Dios la producción moral del primer deseo malo, entraríamos en conflicto con su santidad y con la afirmación de Santiago:
«Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Stg 1:13).
Por eso, «tenían libre albedrío» es una parte de la respuesta, pero no una explicación exhaustiva del origen del pecado.
De Adán al Mesías: de la rebelión a la restauración
Génesis 3 no constituye un episodio aislado. Los patrones que aparecen allí comienzan inmediatamente a reproducirse. En Génesis 4, Caín vuelve a enfrentarse a una palabra divina. Dios le advierte que «el pecado está a la puerta» y que debe dominarlo. Caín no lo domina; asesina a Abel. Cuando Dios lo confronta, responde evasivamente:
«¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?».
Y nuevamente la historia termina en alejamiento: Caín sale de la presencia de YHWH y habita al oriente de Edén.
El pecado comienza a extenderse. Génesis 6 describe una humanidad cuya maldad se ha multiplicado hasta el punto de que:
«todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal» (Gn 6:5).
El diluvio juzga aquella corrupción, pero después del diluvio descubrimos que el problema no ha desaparecido. Finalmente Babel muestra una humanidad que busca hacerse un nombre y cuya rebelión termina nuevamente en dispersión.
Génesis 3 funciona así como una especie de gramática narrativa del pecado. La criatura escucha una palabra rival, desconfía de Dios, desea, toma, se avergüenza, se esconde, acusa, recibe juicio y termina fuera del lugar de bendición.
Cuando el ser humano retrocede,
Dios comienza a acercarse
Pero junto a esta gramática del pecado aparece desde el comienzo otra secuencia.
Por eso Génesis 3 no es solamente el comienzo de la historia del pecado humano. Es también el comienzo visible de la historia de la restauración.
El Nuevo Testamento nos permitirá contemplar esta historia mediante un contraste extraordinario entre Adán y el Mesías. Podemos ver las tentaciones de Jesús como un escenario en el que el Mesías permanece fiel allí donde otros habían fracasado. Frente al tentador, Jesús se niega a desconfiar de la provisión de Dios, rechaza poner a Dios a prueba y se niega a obtener los reinos mediante idolatría. Su respuesta repetida es: «Escrito está».
Adán y el Mesías:
dos respuestas ante la prueba
El contraste con Génesis 3 resulta poderoso. Donde Adán desobedece, el Mesías permanece fiel.
Este contraste prepara el camino para la teología paulina de Romanos 5 y 1 Corintios 15, pero todavía no debemos desarrollarla completamente. Antes necesitamos comprender precisamente qué relación existe entre Adán y nosotros, que será el tema del próximo estudio.
Mientras tanto, Génesis 3 tiene una enorme fuerza práctica. La antigua pregunta de la serpiente continúa resonando:
«¿Conque Dios os ha dicho…?».
No toda pregunta acerca de la palabra de Dios es tentación. Preguntar, investigar, estudiar el contexto y revisar nuestras interpretaciones son actividades necesarias. El problema aparece cuando dejamos de preguntar para comprender mejor la palabra y comenzamos a preguntar buscando una manera de situar nuestra voluntad por encima de ella.
La estrategia continúa siendo reconocible. ¿Realmente Dios ha dicho eso? ¿Será verdaderamente malo? ¿Seguro que habrá consecuencias? ¿Por qué Dios te negaría algo que deseas? ¿No sabes tú mejor lo que necesitas? ¿No será ese mandamiento simplemente una limitación innecesaria?
La tentación resulta especialmente poderosa cuando consigue transformar nuestra percepción del carácter de Dios.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en Edén. Adán y Eva ya poseían vida, alimento, dignidad, vocación, comunión, matrimonio y presencia divina. La serpiente consiguió que interpretaran toda aquella abundancia desde lo único que no poseían.
Ese mecanismo continúa funcionando. Podemos estar rodeados de los dones de Dios y permitir que aquello que no tenemos se convierta en la lente mediante la cual juzgamos su bondad. Entonces la gratitud se transforma en sospecha; la obediencia comienza a parecernos privación; el límite parece opresión y la transgresión comienza a parecer libertad.
Por eso, frente a la tentación, quizá no sea suficiente preguntarnos:
«¿Qué estoy a punto de hacer?»
Debemos formular una pregunta anterior:
«¿Qué estoy creyendo acerca de Dios para que desobedecerlo me parezca ahora una buena decisión?»
Tal vez creemos que Dios no proveerá y por eso codiciamos. Quizá creemos que decir la verdad nos costará demasiado y por eso mentimos. Tal vez creemos que perdonar nos hará débiles y por eso alimentamos resentimiento. Quizá creemos que la pureza nos privará de felicidad y por eso reinterpretamos los límites. Podemos confesar doctrinalmente que Dios es Señor y, sin embargo, organizar determinadas áreas de nuestra existencia como si nuestro propio juicio fuera una autoridad más segura que su palabra.
Génesis 3 nos enseña que la batalla contra el pecado comienza antes de que la mano tome el fruto. Debemos identificar la mentira que precede al deseo y la desconfianza que precede a la desobediencia.

También debemos observar nuestra reacción después de pecar. Adán y Eva muestran movimientos que continúan siendo profundamente humanos: cubrirse, esconderse y culpar. Nos cubrimos construyendo una imagen que nos proteja de ser conocidos realmente. Nos escondemos evitando aquello que podría exponer nuestra culpa. Y culpamos explicando nuestra conducta exclusivamente mediante las acciones de otros, nuestras circunstancias, nuestra historia o nuestras tentaciones.
Las circunstancias pueden ser reales. Eva fue realmente engañada. Adán recibió realmente el fruto de su mujer. Pero ninguna circunstancia elimina automáticamente la responsabilidad personal.
El arrepentimiento comienza cuando dejamos de utilizar la verdad acerca de nuestras circunstancias para evitar la verdad acerca de nuestro pecado.
Y, sin embargo, Génesis 3 tampoco nos deja encerrados en nuestra culpa. El pecador se esconde y Dios lo llama. El pecador intenta cubrirse y Dios lo viste. La serpiente introduce rebelión y Dios anuncia que su triunfo no será definitivo. La humanidad sale del jardín, pero sale llevando consigo una promesa.
Así podemos responder finalmente a la pregunta con la que comenzamos.
¿De dónde vino el pecado?
El pecado no procede del carácter de Dios ni pertenece a la bondad original de su creación. Dios creó un mundo bueno y una humanidad destinada a reflejar su imagen, vivir bajo su autoridad, disfrutar de sus dones y desarrollar su vocación dentro del orden establecido por él. Antes de la caída humana encontramos, sin embargo, una criatura rebelde que Génesis presenta como serpiente y que la revelación posterior identifica con Satanás. La Escritura afirma la realidad de esa rebelión, pero no nos proporciona una explicación exhaustiva de su primer origen.
El pecado entra en la experiencia humana cuando la criatura acepta una palabra rival acerca de Dios. La serpiente cuestiona primero lo que Dios ha dicho, después niega su veracidad y finalmente pone bajo sospecha su bondad. La criatura comienza entonces a mirar la realidad desde esa palabra alternativa. Ve, evalúa, desea, toma y come.
Por eso la caída es mucho más que la ingestión de un fruto. Es incredulidad, porque la palabra de Dios deja de considerarse plenamente digna de confianza; es rebelión, porque la criatura rechaza la autoridad del Creador; es orgullo, porque eleva su propio juicio; es idolatría, porque un bien creado recibe una confianza y un deseo superiores a la obediencia debida a Dios; y es infidelidad, porque rompe la relación dentro de la cual Dios había colocado al ser humano.
Sus consecuencias aparecen inmediatamente: vergüenza, miedo, ocultamiento, acusación, relaciones desordenadas, frustración, muerte y exilio.
Pero la serpiente no tendrá la última palabra.
La historia que comienza junto a un árbol terminará también con un árbol. Génesis 3 termina con el camino al árbol de la vida cerrado; Apocalipsis 22 presenta nuevamente el árbol de la vida, ya no inaccesible, dentro de una creación en la que «no habrá más maldición» y donde los siervos de Dios «verán su rostro».
Entre ambos árboles se extiende la historia de la redención.
En el centro de la historia
está el Mesías
Donde el pecado introdujo muerte y exilio, Dios llevará finalmente su propósito hacia vida y restauración.
Sin embargo, Génesis 3 ha dejado ante nosotros una cuestión que todavía no hemos resuelto. No basta con saber por qué pecaron Adán y Eva. Debemos preguntarnos:
¿Qué tiene que ver el pecado de Adán conmigo?
¿Por qué una transgresión cometida en el principio de la historia aparece en Romanos 5 relacionada con la condición de toda la humanidad? ¿Nacemos pecadores o simplemente llegamos a serlo cuando pecamos? ¿Heredamos corrupción, culpa o ambas? ¿Qué significa que «por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores»? ¿Y por qué Pablo coloca frente a Adán a otro hombre, el Mesías?
Estas preguntas nos conducirán directamente al siguiente capítulo de nuestro recorrido:
ESTUDIO 3EL PECADO ORIGINAL
Adán y la humanidad caída.
Preguntas para el estudio y la reflexión
- ¿Por qué es indispensable comenzar con Génesis 1:31 antes de estudiar la entrada del pecado?
- ¿Qué significa afirmar que el pecado no pertenece al diseño original de la creación?
- ¿Qué revela Génesis 2 acerca de la relación entre libertad humana y autoridad divina?
- ¿Qué importancia tienen los verbos ʿābad y šāmar para comprender la vocación de Adán?
- ¿Qué puede significar «el conocimiento del bien y del mal» y qué interpretaciones debemos evitar simplificar?
- ¿Qué podemos afirmar con seguridad acerca de la serpiente y su identificación posterior con Satanás?
- ¿Cómo transforma la serpiente la abundancia de Génesis 2 en una percepción de privación?
- ¿Por qué el contraste entre «ciertamente morirás» y «ciertamente no moriréis» convierte la tentación en una crisis de confianza?
- ¿Cómo pasa la serpiente de cuestionar la palabra de Dios a cuestionar el carácter de Dios?
- ¿Qué nos enseña Génesis 3:6 acerca de la relación entre percepción, deseo y acción?
- ¿En qué sentido resulta útil hablar de autonomía para explicar la caída?
- ¿Qué responsabilidades diferentes aparecen en el relato respecto de Eva y Adán?
- ¿Qué revelan la vergüenza, el ocultamiento y la acusación acerca de los efectos inmediatos del pecado?
- ¿Por qué el exilio constituye una categoría importante para comprender las consecuencias del pecado?
- ¿Hasta dónde podemos llegar bíblicamente al reconstruir la caída de Satanás?
- ¿Qué precauciones debemos tener al interpretar Isaías 14 y Ezequiel 28?
- ¿Cómo ayuda la concepción del mal como corrupción o privación del bien a comprender el pecado?
- ¿Cómo podemos mantener juntas la soberanía de Dios y la responsabilidad de la criatura sin convertir a Dios en autor moral del pecado?
- ¿Qué podemos afirmar de Génesis 3:15 en su contexto y qué añade posteriormente la lectura canónica?
- Cuando somos tentados, ¿qué mentira acerca de Dios necesitamos creer para que la desobediencia comience a parecernos deseable?
Texto para meditar durante la semana
«sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte».
Génesis 3 nos enseña que la desobediencia no comienza únicamente en el momento en que se realiza el acto prohibido. Antes de tomar el fruto, la palabra de Dios había sido cuestionada, su veracidad negada y su bondad puesta bajo sospecha. Santiago nos obliga igualmente a mirar más profundamente: detrás del acto pecaminoso existen deseos que atraen y seducen al corazón.
Bibliografía utilizada y recomendada
Para esta revisión, las dos fuentes modernas del proyecto utilizadas de manera más directa han sido Matthew S. Harmon, Rebels and Exiles: A Biblical Theology of Sin and Restoration, especialmente para la vocación de Adán, rebelión, idolatría, exilio, Génesis 3:15 y la trayectoria de restauración; y Christopher W. Morgan y Robert A. Peterson (eds.), Fallen: A Theology of Sin, especialmente para la bondad original de la creación, el pecado como intruso, la dificultad del origen último del mal, Satanás como criatura caída, la responsabilidad de Adán y el contraste entre Adán y Cristo.
La obra de Harmon relaciona particularmente la caída con el patrón de rebelión que conduce al exilio, mientras Fallen reconoce expresamente que poseer una narración de la entrada del pecado no equivale a disponer de una explicación exhaustiva de su origen último.
Como interlocutor histórico es especialmente importante Agustín de Hipona, particularmente La ciudad de Dios, libros XI–XIV, y De libero arbitrio, por su reflexión sobre voluntad, orgullo y el mal como privación del bien.
Para profundizar exegéticamente en Génesis conviene consultar Gordon J. Wenham, Genesis 1–15; Victor P. Hamilton, The Book of Genesis: Chapters 1–17; Kenneth A. Mathews, Genesis 1–11:26; Claus Westermann, Genesis 1–11 y John H. Walton, Genesis.
Para Edén y santuario resulta relevante G. K. Beale, The Temple and the Church’s Mission.
Para la doctrina del pecado y de la caída deben añadirse Wayne Grudem, Teología sistemática, 2.ª ed.; Herman Bavinck, Reformed Dogmatics, vol. 3; Joel R. Beeke y Paul M. Smalley, Reformed Systematic Theology, vol. 2; Henri Blocher, Original Sin: Illuminating the Riddle; y el volumen XVIII Semana Bíblica Española, Teología bíblica sobre el pecado.
Otros estudios de la Serie
- La expresión de Génesis 1:31 significa «muy bueno». No describe únicamente belleza o funcionalidad: funciona como la valoración divina de la creación terminada. Esto resulta fundamental para una doctrina bíblica del pecado. El pecado no pertenece a la estructura original de lo creado ni constituye una sustancia que Dios haya introducido en el mundo. Aparece posteriormente como corrupción de una creación que Dios había declarado buena. ↩︎
- La Biblia no presenta el bien y el mal como dos principios eternos enfrentados. Antes de la rebelión existe Dios y existe su buena creación. El pecado, por tanto, es secundario y parasitario: necesita algo bueno que pueda desordenar, corromper o dirigir hacia un fin indebido. Esta diferencia separa radicalmente la cosmovisión bíblica de cualquier forma de dualismo metafísico. ↩︎
- אָכֹל תֹּאכֵל — ʾĀḴŌL TŌʾḴĒL, Antes de mencionar el árbol prohibido, Dios declara que el ser humano puede comer de los árboles del jardín. La construcción hebrea intensifica el verbo y puede expresarse como «ciertamente podrás comer» o «podrás comer libremente». Esto modifica nuestra percepción del mandamiento: Génesis 2 comienza con abundancia, no con privación. La serpiente invertirá posteriormente esa perspectiva haciendo que la única restricción domine la percepción de todos los dones. ↩︎
- La existencia de una prohibición no significa que hubiese algo defectuoso en la creación. El límite recordaba al ser humano una verdad fundamental: era criatura y no Creador. La libertad bíblica no consiste en carecer de límites, sino en vivir correctamente dentro del orden bueno establecido por Dios. ↩︎
- En Génesis 2:15, ʿābad puede significar «trabajar», «servir» o «cultivar». Adán no es colocado en Edén para una existencia pasiva. Recibe una vocación. La obediencia humana debía expresarse precisamente dentro de esa vocación: vivir, trabajar y administrar el mundo recibido de Dios. ↩︎
- El segundo verbo de Génesis 2:15, šāmar, significa «guardar», «custodiar», «vigilar». La combinación de ʿābad y šāmar aparece posteriormente en contextos relacionados con el servicio levítico, razón por la que numerosos intérpretes han observado resonancias sacerdotales en la descripción de Edén. Es una conexión canónica sugerente, aunque Génesis 2 no llama explícitamente «sacerdote» a Adán. ↩︎
- La expresión daʿat ṭôb wā-rāʿ, «conocimiento del bien y del mal», ha recibido diversas explicaciones: madurez, sabiduría, discernimiento moral, conocimiento totalizante o prerrogativa de determinar lo bueno y lo malo. Debemos evitar una conclusión demasiado simple: el texto no exige pensar que Adán y Eva carecieran previamente de toda conciencia moral. En el contexto de Génesis 3, el problema parece estar relacionado con buscar sabiduría y prerrogativa moral al margen de la dependencia obediente de Dios. ↩︎
- Génesis 2:9 incluye el árbol del conocimiento entre los árboles que Dios hizo brotar de la tierra. El problema, por tanto, no reside en una supuesta maldad física del árbol o del fruto. El árbol era bueno; la transgresión era mala. Una realidad creada puede ser buena y, al mismo tiempo, estar sometida a una prohibición divina respecto de su uso. ↩︎
- Génesis 3 presenta al personaje como nāḥāš, «serpiente». El capítulo no utiliza los términos «Satanás» ni «diablo». Por eso conviene respetar primero el nivel narrativo de Génesis. Es la revelación posterior, especialmente Apocalipsis 12:9 y 20:2, la que identifica explícitamente a «la serpiente antigua» con el Diablo y Satanás. La identificación cristiana es, por tanto, canónica, aunque no se encuentre formulada todavía dentro de Génesis 3. ↩︎
- La serpiente es descrita como ʿārûm, «astuta». Existe un juego de palabras con ʿărummîm, «desnudos», utilizado para el hombre y la mujer en Génesis 2:25. La pareja está desnuda y no siente vergüenza; inmediatamente aparece la serpiente «astuta». Después del pecado, precisamente su desnudez se convertirá en motivo de vergüenza. El narrador ha tejido lingüísticamente el final de Génesis 2 con el comienzo de Génesis 3. ↩︎
- La serpiente aparece en Génesis 3 dentro del mundo creado, no como una divinidad rival capaz de competir con YHWH en igualdad de condiciones. Incluso cuando la revelación posterior identifica a la serpiente antigua con Satanás, el conflicto bíblico nunca se convierte en una lucha entre dos dioses equivalentes. El adversario sigue siendo criatura; Dios continúa siendo Creador y Señor. ↩︎
- La tentación comienza con una pregunta acerca de la palabra de Dios. Antes de producirse el acto externo, se abre una disputa hermenéutica: ¿qué dijo realmente Dios?, ¿es verdadero?, ¿puede confiarse en él? Génesis presenta así el pecado no simplemente como comportamiento incorrecto, sino como una crisis de confianza en la revelación divina. ↩︎
- Dios había permitido comer ampliamente y había prohibido un árbol. La formulación de la serpiente desplaza la atención desde la abundancia hacia la restricción. Esta inversión es teológicamente importante: la tentación hace que la generosidad divina parezca privación y que la prohibición parezca evidencia de que Dios retiene algo bueno. ↩︎
- מוֹת תָּמוּת — MÔT TĀMÛT, La advertencia de Génesis 2:17 utiliza una construcción enfática: môt tāmût, tradicionalmente traducida «ciertamente morirás». En Génesis 3:4 la serpiente reproduce precisamente esta construcción para negarla: lōʾ-môt temutûn, «ciertamente no moriréis». El narrador establece así una confrontación deliberada entre la palabra de Dios y la palabra de la serpiente. ↩︎
- El movimiento de Génesis 3 puede resumirse así: cuestionamiento → negación → sospecha → desobediencia. Primero se problematiza la palabra de Dios; después se contradice su advertencia; finalmente se insinúa que Dios posee motivos ocultos para limitar al ser humano. La tentación no ataca solamente la veracidad divina. Ataca también el carácter y la bondad de Dios. ↩︎
- La ironía es profunda porque el hombre y la mujer ya habían sido creados a imagen de Dios (Gn 1:26–27). La tentación promete alcanzar mediante rebelión algo relacionado con una dignidad que ya habían recibido como don. El pecado convierte así el don en objeto de apropiación: en lugar de recibir de Dios, la criatura intenta tomar para sí. ↩︎
- Génesis 3:6 ralentiza narrativamente la caída mediante una secuencia de acciones: la mujer ve, toma, come y da; el hombre también come. La transgresión no queda descrita como accidente involuntario. La narración conduce desde una nueva valoración del árbol hasta la apropiación concreta de aquello que Dios había prohibido. ↩︎
- En este estudio, «autonomía» no significa meramente poseer voluntad o capacidad de elección. Se utiliza en un sentido teológico: la criatura pretende hacer de su propio juicio el tribunal último frente a la palabra del Creador. El problema no es que Adán y Eva razonen, sino que su razonamiento deja de permanecer subordinado a la palabra de Dios. ↩︎
- La dinámica de Génesis 3 contiene un movimiento característico: algo es visto, evaluado como deseable y finalmente tomado en contra de la palabra divina. Este patrón reaparecerá de diversas maneras en la Escritura. El deseo desordenado no se limita a querer algo malo; puede consistir en querer algo bueno de una manera, en un momento o bajo unas condiciones contrarias a Dios. ↩︎
- La serpiente había prometido que sus ojos serían abiertos (Gn 3:5), y Génesis 3:7 afirma irónicamente que efectivamente «fueron abiertos los ojos de ambos». Pero el primer resultado mencionado no es gloriosa elevación, sino conciencia de su desnudez. La promesa de autonomía produce una forma de conocimiento cuyo fruto inmediato es vergüenza y necesidad de cubrirse. ↩︎
- La ruptura producida por el pecado aparece rápidamente en tres movimientos: se cubren entre sí, se esconden de Dios y desplazan la responsabilidad hacia otro. El pecado altera simultáneamente la relación con uno mismo, con el prójimo y con el Creador. Génesis 3 presenta así las consecuencias del pecado mucho antes de ofrecer una formulación sistemática sobre ellas. ↩︎
- La pregunta divina de Génesis 3:9 no debe entenderse necesariamente como falta de información por parte de Dios. Dentro de la narración funciona como una interpelación que obliga al ser humano escondido a comparecer ante su Creador. La primera respuesta divina al escondimiento humano comienza, significativamente, con Dios buscando y preguntando. ↩︎
- Adán responde: «La mujer que me diste por compañera…». La frase desplaza la responsabilidad hacia la mujer, pero indirectamente alcanza también a Dios. Eva, a su vez, señala a la serpiente. Una consecuencia inmediata del pecado es, por tanto, la dificultad de confesar la propia responsabilidad sin transferirla a otro. ↩︎
- Desde antiguo, la tradición cristiana ha denominado Génesis 3:15 protoevangelium, «primer evangelio», porque ha visto en la promesa de victoria sobre la serpiente una anticipación de la obra de Cristo. Exegéticamente conviene distinguir dos niveles: Génesis 3:15 no ofrece todavía una cristología desarrollada; la lectura mesiánica adquiere su fuerza dentro de la trayectoria canónica que culmina en Cristo y en la derrota final de la serpiente. ↩︎
- El sustantivo hebreo zeraʿ puede significar «semilla» o «descendencia» y puede funcionar colectivamente. Génesis 3:15 habla de la descendencia de la mujer y la descendencia de la serpiente dentro de un conflicto prolongado. La lectura cristiana percibe posteriormente una concentración representativa de este conflicto en el Mesías; pero conviene permitir primero que el término conserve su dimensión colectiva dentro del propio relato. ↩︎
- Génesis 3:21 afirma que Dios hizo túnicas de pieles y vistió al hombre y a la mujer. Algunos intérpretes cristianos han visto aquí una anticipación del sacrificio sustitutivo, suponiendo la muerte de un animal. La asociación es posible como reflexión tipológica, pero debe formularse con cautela: el versículo no menciona sangre, sacrificio, altar ni expiación. Lo que sí afirma explícitamente es que Dios mismo proporciona vestido a la pareja culpable. ↩︎
- Los querubines de Génesis 3:24 guardan el camino hacia el árbol de la vida. Más adelante, los querubines aparecerán vinculados al espacio de la presencia divina, particularmente en el tabernáculo y el templo. Esta correspondencia contribuye a la lectura de Edén como espacio de presencia sagrada. El movimiento de Génesis 3 es entonces dramático: el ser humano pasa de habitar en la presencia de Dios a quedar fuera del espacio al que ya no puede regresar por sus propias fuerzas. ↩︎
- El motivo del desplazamiento hacia el oriente continúa en Génesis. Después de asesinar a Abel, Caín habita «al oriente de Edén» (Gn 4:16); posteriormente, la humanidad de Babel vuelve a desarrollar su rebelión dentro de esta geografía narrativa. El movimiento espacial expresa una realidad teológica: el pecado aleja de la presencia y conduce al exilio. La historia bíblica de la salvación podrá leerse, en sentido amplio, como la historia del camino de regreso a la presencia de Dios. ↩︎
- La expresión latina privatio boni significa «privación del bien». En la tradición agustiniana, el mal carece de existencia sustancial propia: es corrupción, pérdida o desorden de un bien que debería estar presente. Una voluntad mala continúa siendo una voluntad —y, como realidad creada, depende de Dios—, pero se encuentra moralmente desordenada. Esta concepción permite afirmar simultáneamente que Dios creó todo bueno y que el mal es verdaderamente real sin convertirlo en una sustancia creada por Dios. En forma breve: el mal no crea; corrompe el bien. ↩︎
- Agustín de Hipona tuvo que enfrentarse especialmente a la pregunta de cómo puede existir el mal si todo cuanto Dios crea es bueno. Su respuesta rechaza entender el mal como una sustancia independiente. El mal surge cuando una voluntad creada se aparta del bien superior e inmutable —Dios— y dirige desordenadamente su amor hacia bienes inferiores. De este modo, el pecado no requiere que Dios haya creado una «cosa mala»; requiere que una criatura buena use desordenadamente bienes que también son buenos. ↩︎
- La teología occidental desarrolló varias fórmulas latinas para describir diferentes estados de la voluntad humana. Adán antes de la caída suele caracterizarse como posse peccare y posse non peccare: capaz de pecar y capaz de no pecar. Esto distingue su condición original tanto de la humanidad caída como de la condición final de los glorificados. La bondad original de Adán no implicaba todavía una impecabilidad confirmada. ↩︎
- Aquí aparece una de las dificultades más profundas de la doctrina del pecado. Decir que Adán podía pecar explica la posibilidad de la transgresión, pero no explica plenamente por qué quiso pecar. Si intentamos encontrar una causa mala anterior que determine necesariamente esa primera voluntad mala, simplemente trasladamos la pregunta un paso atrás. Por eso buena parte de la tradición cristiana ha reconocido aquí un límite explicativo: podemos identificar al agente responsable sin disponer de una explicación causal exhaustiva de cómo surgió por primera vez una voluntad pecaminosa en una criatura creada buena. ↩︎
- Anselmo de Canterbury planteó una pregunta extraordinariamente penetrante: si el ángel que cayó había recibido bienes de Dios, ¿qué podía desear que no tuviera? Su reflexión en De casu diaboli intenta explicar cómo una criatura puede querer algo bueno —felicidad, excelencia, exaltación— de una manera desordenada, queriéndolo por voluntad propia y fuera del orden establecido por Dios. El problema no tiene que comenzar con el deseo de una sustancia mala; puede comenzar con querer incorrectamente algo que, considerado en sí mismo, es bueno. ↩︎
- Ezequiel 28 resulta especialmente interesante porque describe al rey de Tiro mediante imágenes extraordinarias relacionadas con Edén, querubines, perfección, orgullo y expulsión. Precisamente esa imaginería ha favorecido una lectura satánica en la tradición cristiana. Sin embargo, el referente explícito del oráculo sigue siendo el gobernante de Tiro. Una lectura responsable debe distinguir entre referente histórico inmediato y una posible lectura tipológica que vea en su orgullo un patrón de rebelión que trasciende al rey histórico. ↩︎
- Isaías 14:4 identifica explícitamente el objeto inmediato de la sátira como el rey de Babilonia. El lenguaje de 14:12–15 —ascenso al cielo, exaltación y posterior caída— ha llevado a una larga tradición cristiana a relacionar el pasaje con Satanás. Esa lectura puede entenderse tipológicamente, viendo en el orgulloso rey humano un patrón de rebelión más profundo. Sin embargo, exegéticamente conviene no presentar Isaías 14 como si fuese, sin más, una narración directa y explícita de la caída original de Satanás. ↩︎
- La tradición asociada con Lutero popularizó la imagen del ser humano incurvatus in se, «curvado sobre sí mismo». La expresión capta una dimensión importante de Génesis 3: la criatura deja de recibir su identidad y su bien desde Dios y se vuelve sobre sí misma como centro de referencia. El pecado no consiste solamente en infringir una norma externa; implica una reorientación del amor, la confianza y el deseo. ↩︎
- Tomás de Aquino continúa en gran medida la tradición agustiniana: el mal no posee una naturaleza positiva independiente, sino que consiste en la privación de un bien debido. Aplicado al pecado, esto significa que una acción puede contener muchos elementos ontológicamente buenos —existencia, capacidad, inteligencia, deseo— y ser, sin embargo, moralmente mala porque la voluntad se encuentra desordenada respecto de su fin y de la regla divina. Esto ayuda a comprender por qué el pecado utiliza facultades buenas creadas por Dios sin que Dios sea por ello autor de su desorden moral. ↩︎
- La teología cristiana clásica ha procurado sostener simultáneamente dos afirmaciones: nada queda fuera de la soberanía divina y, sin embargo, Dios no es el autor moral del pecado. Santiago 1:13 declara que Dios no tienta a nadie al mal. A la vez, textos como Génesis 50:20 y Hechos 2:23 pueden describir un mismo acontecimiento bajo la intención pecaminosa de agentes humanos y bajo el propósito soberano de Dios. La Escritura no resuelve esta relación eliminando uno de los dos polos. ↩︎
- Cuando la teología habla de que Dios «permite» el pecado, el término necesita precisión. No significa indiferencia moral, impotencia o aprobación. Pretende expresar que Dios puede decidir no impedir una acción pecaminosa de la criatura y, sin convertirse en autor de su maldad, incorporarla dentro de una providencia que finalmente cumple sus propósitos. El concepto intenta preservar conjuntamente soberanía, santidad y responsabilidad creada. ↩︎
- La expresión felix culpa, «feliz culpa», aparece en la tradición cristiana para celebrar que la redención en Cristo manifiesta bienes extraordinarios en respuesta a la caída. Debe entenderse cuidadosamente: el pecado no se convierte en bueno ni necesario por producir Dios bien a partir de él. La maravilla reside precisamente en que Dios puede vencer el mal y hacer que su propósito redentor culmine en una gloria que el pecado no puede frustrar. ↩︎
- Véase Alvin Plantinga, The Nature of Necessity (Oxford: Clarendon Press, 1974), cap. IX, esp. pp. 165–167; véase también God, Freedom, and Evil (Grand Rapids: Eerdmans, 1974), en su exposición de la Free Will Defense. ↩︎
- La conocida Free Will Defense de Alvin Plantinga responde principalmente a un problema lógico: ¿son incompatibles la existencia de un Dios omnipotente y perfectamente bueno y la existencia del mal moral? Plantinga argumenta que no existe contradicción si es posible que Dios tenga buenas razones para crear criaturas significativamente libres cuya libertad incluya la posibilidad de actuar mal. Esto constituye una defensa de la coherencia del teísmo, no una afirmación de que conocemos la razón histórica exacta por la que Dios permitió la caída. ↩︎
- Plantinga introduce el concepto de transworld depravity —aproximadamente, «depravación transmundana»— como parte de su defensa lógica. La idea no afirma que sabemos que todas las criaturas posibles pecarían en todos los mundos posibles. Su argumento necesita algo más limitado: que sea posible que, para ciertas criaturas libres, cualquier mundo factible en el que Dios actualizara determinadas circunstancias de libertad significativa incluyera alguna elección incorrecta. Es un instrumento de lógica modal, no una doctrina bíblica sobre Adán. ↩︎
- Plantinga puede ayudarnos a explicar por qué la existencia de libertad significativa y mal moral no produce necesariamente una contradicción lógica. Pero eso no resuelve automáticamente el problema histórico de Génesis 3. Que Adán pudiera pecar no nos dice todavía por qué quiso hacerlo. Esta distinción evita utilizar la defensa del libre albedrío como si Génesis hubiese explicado mediante ella el origen efectivo del primer pecado. ↩︎




