Hay decisiones que parecen buenas precisamente porque todavía no podemos ver adónde conducen. Algunas de las elecciones más importantes de nuestra vida no se presentan ante nosotros como una alternativa evidente entre obedecer o pecar. Si así fuera, muchas decisiones serían relativamente sencillas. Con frecuencia tenemos delante posibilidades razonables, atractivas, incluso legítimas, y es precisamente entonces cuando necesitamos algo más profundo que la capacidad de distinguir entre lo permitido y lo prohibido: necesitamos aprender a mirar.
Génesis 13 nos introduce en una situación de ese tipo. Abram y Lot han prosperado. Sus rebaños han crecido hasta el punto de que la tierra ya no puede sostenerlos juntos y comienzan las disputas entre sus pastores. Resulta significativo que el conflicto no nazca de la escasez, sino de la abundancia. También las bendiciones pueden producir tensiones cuando no sabemos administrarlas. La prosperidad no elimina automáticamente los problemas del corazón; a veces simplemente nos proporciona escenarios nuevos en los que esos problemas pueden manifestarse.
Abram podría haber hecho valer su posición. Él es quien recibió el llamado divino, a él se le prometió la tierra y Lot está viajando como parte de su entorno familiar. Sin embargo, cuando surge el conflicto, Abram no comienza defendiendo sus derechos, sino protegiendo la relación:
«No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos» (Gn 13:8).
La palabra «hermanos» resulta importante1. Lot es sobrino de Abram, pero el hebreo אָח (ʾāḥ) puede emplearse para relaciones de parentesco más amplias. Daniel Rickett ha llamado particularmente la atención sobre esta dimensión de Génesis 13. Frente a interpretaciones que leen el capítulo casi exclusivamente en términos de Lot como posible heredero o como contrapunto moral del justo Abram, Rickett sostiene que la categoría de fraternidad desempeña un papel narrativo mucho más importante de lo que normalmente se reconoce.2
Esto cambia ligeramente nuestra manera de leer la escena. Antes de ser una historia acerca de cómo escoger correctamente, es también una historia acerca de cómo gestionar el conflicto sin destruir al hermano. Abram prefiere separarse antes que permitir que la prosperidad recibida termine convirtiéndose en causa de enemistad. Thomas L. Brodie ha observado que Génesis 12–13 puede leerse como una secuencia de dos pruebas relacionadas:
- Primero, una prueba vinculada con la belleza de Sarai.
- Después, otra relacionada con la riqueza.
Abram fracasa en la primera al intentar protegerse a sí mismo en Egipto, pero ante el conflicto con Lot responde de manera diferente: pone la fraternidad por encima de la riqueza.3 Resulta significativo que, precisamente después de renunciar a convertir los bienes en causa de ruptura con su hermano, la promesa divina sea nuevamente reafirmada.
Hay aquí una primera lección pastoral que fácilmente podemos perder si corremos demasiado deprisa hacia Sodoma.
La espiritualidad de Abram no se manifiesta solamente cuando construye altares o escucha la voz de Dios. También se manifiesta cuando tiene que resolver una disputa económica. Es mucho más sencillo hablar de confianza en Dios cuando estamos delante de un altar que cuando nuestros intereses chocan con los de otra persona. Sin embargo, Génesis no establece esa separación entre lo espiritual y lo cotidiano. La fe de Abram debe tomar forma en la manera en que maneja sus bienes, sus derechos y sus relaciones.
Abram le ofrece a Lot la posibilidad de escoger. Entonces el narrador ralentiza la escena y dirige nuestra atención hacia sus ojos:
«Y alzó Lot sus ojos, y vio toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego… como el huerto de YHWH, como la tierra de Egipto» (Gn 13:10).
Jeffrey J. Niehaus llama la atención sobre lo sorprendente de este gesto: siendo Abram el receptor de la promesa de la tierra, concede a Lot libertad para escoger primero entre las regiones disponibles. Para Niehaus, esta renuncia no nace de indiferencia respecto de la promesa, sino precisamente de la confianza en ella. Abram, como hombre bendecido que cree en la fidelidad de Dios, puede bendecir a Lot y renunciar a asegurarse personalmente la mejor porción de la tierra. Niehaus interpreta así el episodio como la primera manifestación narrativa del llamado «serás bendición» (Gn 12:2): Abram puede dejar de aferrarse a la tierra porque confía en que Dios cumplirá su palabra y dispondrá providencialmente de ella.4
Lot mira, y lo que contempla es hermoso. La llanura está bien regada. Para alguien que posee numerosos rebaños, difícilmente podría imaginarse una región más apropiada. El propio narrador la compara con el jardín de YHWH. Parece Edén.5
Esto es importante porque una lectura pastoral demasiado rápida puede convertir a Lot en un hombre codicioso que contempla Sodoma y deliberadamente decide escoger el pecado. El texto es bastante más interesante. De hecho, la investigación de Rickett sobre la historia de la interpretación de Génesis 13 advierte que la caracterización de Lot como simple contrapunto moral negativo de Abram debe manejarse con cautela: esa lectura debe más a determinados desarrollos interpretativos posteriores que a algo inequívocamente establecido en cada acción del propio capítulo.
Lot no mira algo aparentemente perverso. Mira algo aparentemente bueno. Y precisamente ahí comienza el problema que el texto nos obliga a considerar.
Porque inmediatamente después de describir la fertilidad de aquella región, el narrador añade una información que modifica nuestra percepción:
«Mas los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra YHWH en gran manera» (Gn 13:13).
Lot ve una llanura fértil; el lector sabe algo más. Y esa diferencia entre lo que Lot puede ver y lo que el narrador nos permite saber crea la tensión teológica de la escena. La cuestión ya no consiste simplemente en preguntar qué puede ofrecerle aquella tierra a Lot. Tenemos que preguntarnos también en qué puede convertirlo aquella tierra.6
Aquí la narración comienza a acercarse peligrosamente a nuestra propia experiencia. Cuando tomamos decisiones solemos preguntarnos: ¿me conviene?, ¿qué puedo ganar?, ¿qué oportunidades me ofrece?, ¿me dará mayor estabilidad?, ¿será bueno para mi familia?, ¿me permitirá crecer? Son preguntas legítimas. La Escritura no nos enseña a despreciarlas. Pero Génesis 13 introduce una pregunta adicional que quizá hacemos con mucha menor frecuencia: ¿qué clase de persona puedo llegar a ser si comienzo a orientar mi vida en esta dirección?
Esa pregunta pertenece de lleno a la teología práctica. No todo lo que es económicamente conveniente es espiritualmente saludable; pero tampoco todo lo económicamente conveniente es pecaminoso. El discernimiento cristiano o mesiánico no puede reducirse a buscar una prohibición explícita para cada decisión. Hay situaciones en las que tendremos que preguntarnos no solamente «¿puedo hacerlo?», sino «¿qué está haciendo esto conmigo?». No solamente «¿qué voy a conseguir?», sino «¿en quién me estoy convirtiendo mientras intento conseguirlo?».
La Escritura parece interesada precisamente en la dirección que comienza a tomar Lot. En Génesis 13 escoge la llanura y coloca sus tiendas hacia Sodoma. En Génesis 14:12 ya encontramos que vive en Sodoma. Finalmente, en Génesis 19:1 aparece sentado a la puerta de la ciudad. No deberíamos convertir esta progresión en una especie de esquema psicológico rígido que el narrador nunca formula explícitamente, pero literariamente el desplazamiento es difícil de ignorar. La historia va acercando progresivamente a Lot a Sodoma.
Una tienda orientada hacia Sodoma
La narración no describe explícitamente una secuencia psicológica de caída, pero sí construye un desplazamiento literario que merece ser observado.
“Hay decisiones que no nos llevan inmediatamente a Sodoma; simplemente hacen que orientemos nuestra tienda en esa dirección.”
La pregunta pastoral no es únicamente ¿dónde estoy?, sino también ¿hacia dónde estoy orientando mi vida? Un pequeño desplazamiento no es todavía el destino, pero una dirección mantenida puede terminar llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos.
Y ahí aparece una imagen pastoral poderosa: hay decisiones que no nos llevan inmediatamente a Sodoma; simplemente hacen que orientemos nuestra tienda en esa dirección.7
Ese es precisamente el peligro de determinadas decisiones. Sus consecuencias no son inmediatas. Movemos la tienda un poco y aparentemente no sucede nada. Normalizamos una conversación y no sucede nada. Alimentamos una ambición y no sucede nada. Hacemos una pequeña concesión y no sucede nada. Permitimos que una relación vaya desplazando nuestros límites y aparentemente no sucede nada. Pero la pregunta bíblica no es solamente qué ocurrió hoy; también es qué dirección hemos comenzado a tomar.
La tradición rabínica percibió esa dimensión espiritual y la expresó incluso con mayor intensidad. Rashi, siguiendo una lectura midráshica de Génesis 13:11, interpreta el alejamiento de Lot como un apartamiento no solamente de Abram, sino del «Anciano del mundo», es decir, de Dios.8 Es importante decirlo con precisión: esa no es simplemente la traducción literal del versículo, sino una interpretación rabínica que profundiza teológicamente en el movimiento narrativo. Su intuición, sin embargo, resulta sugerente: puede existir una distancia espiritual que comienza mucho antes de que nosotros mismos reconozcamos cuánto nos hemos alejado.
Pero entonces el narrador hace algo extraordinario. Lot ya ha levantado sus ojos. Ha contemplado la llanura y ha escogido. Después de que se marcha, Dios habla a Abram:
«Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente» (Gn 13:14).
Lot levanta los ojos en el versículo 10. Abram recibe la orden de levantar los suyos en el versículo 14. La repetición invita a comparar las dos escenas. El contraste ha sido advertido desde hace mucho tiempo en la interpretación de Génesis 13: ambos miran la tierra, pero el contexto y el resultado de sus miradas son diferentes.

No debemos simplificarlo diciendo que Lot mira con los ojos mientras Abram mira solamente con fe. Ambos utilizan sus ojos y ambos observan una tierra real. La diferencia es más profunda: Lot mira y después escoge; Abram mira después de que Dios le dice que mire.
Uno contempla lo que tiene delante y organiza su futuro a partir de aquello que parece más conveniente. El otro ha renunciado al derecho de escoger primero y ahora descubre que su futuro no depende de haberse asegurado la mejor parcela. Depende de una promesa.
Aquí encontramos una teología de la providencia que puede resultar profundamente liberadora. Abram puede abrir la mano porque no cree que su futuro dependa exclusivamente de aquello que consiga retener. Puede permitir que Lot escoja porque la promesa de Dios no necesita ser protegida mediante ansiedad. No significa que el creyente deba ser pasivo, irresponsable o incapaz de defender legítimamente aquello que le corresponde. Significa algo más profundo: hay una diferencia entre administrar responsablemente nuestra vida y vivir aterrorizados pensando que, si no controlamos todas las variables, perderemos el futuro que Dios tiene para nosotros.
Gran parte de nuestra ansiedad nace precisamente ahí. Pensamos que todo depende de nosotros: que debemos conseguir esa oportunidad, conservar esa posición, ganar esa discusión, demostrar nuestro valor, impedir que otro avance antes que nosotros. La vida termina convirtiéndose en una competición permanente porque interpretamos la bendición del otro como una amenaza para la nuestra.
- Abram comienza a descubrir otra manera de vivir.
- Lot puede escoger primero y Dios continuar siendo fiel.
Eso es teológicamente importante. La promesa divina libera a Abram de la necesidad de convertir al hermano en rival. El Dios que lo llamó de Ur no dejará de ser fiel porque Lot haya elegido una llanura más fértil. Abram no necesita empobrecer al otro para que Dios pueda bendecirlo a él.
Aquí la historia de Abraham toca uno de los grandes problemas que Génesis viene desarrollando desde Caín. ¿Qué hacemos cuando parece que el otro recibe aquello que nosotros deseábamos? Caín no supo vivir ante la aceptación de Abel. Abram, en esta escena, puede decirle a Lot: escoge tú primero. La diferencia es inmensa. Cuando creemos que la bendición es un recurso escaso, el hermano termina convirtiéndose en competidor. Cuando comenzamos a confiar en el Dios de la promesa, podemos descubrir que la bendición del otro no significa necesariamente nuestra pérdida.
Ramban, al comentar Génesis 13:14–17, presta atención a la renovación de la promesa de la tierra después de la separación de Lot. Dios ordena a Abram mirar hacia todas las direcciones y posteriormente le dice que se levante y recorra la tierra. Abram no la posee todavía de la manera en que la poseerán posteriormente sus descendientes; camina sobre aquello que conoce mediante promesa. Esa tensión entre promesa y posesión es fundamental para comprender su historia.9
Y aquí aparece una paradoja extraordinaria: Lot escoge una tierra que puede disfrutar; Abram recibe una tierra que todavía debe creer.
Desde fuera, Lot parece haber hecho el mejor negocio. Tiene agua, pastos y proximidad a ciudades. Abram tiene una palabra. Sin embargo, Génesis nos obliga a esperar antes de decidir quién ganó realmente.
Esto no significa que la prosperidad material sea sospechosa. Abram también es rico. Tampoco significa que la opción económicamente menos favorable sea automáticamente la más espiritual. Esa sería una conclusión ascética que el texto no exige. El problema no está en que la llanura sea fértil; el problema aparece cuando la fertilidad de la llanura se convierte en criterio suficiente para decidir dónde debemos plantar nuestra tienda.
Una oportunidad puede hacer crecer nuestros bienes y disminuir nuestra integridad. Una relación puede satisfacer una necesidad y alejarnos silenciosamente de nuestros valores. Un ministerio puede crecer mientras nuestra vida interior se deteriora. Podemos conseguir aquello por lo que orábamos y descubrir, demasiado tarde, que aquello que recibimos comenzó a ocupar el lugar de Aquel a quien orábamos.
Por eso, en la vida espiritual, no todo crecimiento es necesariamente bendición y no toda renuncia es necesariamente pérdida.
Thomas Brodie ha propuesto leer esta parte de Génesis dentro de una secuencia en la que Abram, después de su comportamiento problemático en Egipto, afronta una nueva prueba relacionada con la riqueza. Su conclusión es especialmente sugerente: en el conflicto con Lot, Abram pone la fraternidad por encima de la riqueza, y la promesa divina emerge fortalecida al final del episodio.
Esa observación tiene una aplicación pastoral particularmente necesaria. Podemos evaluar nuestra madurez espiritual no solamente por aquello que estamos dispuestos a creer, sino también por aquello a lo que estamos dispuestos a renunciar para no destruir al hermano. Hay victorias espirituales que consisten en ganar; otras consisten precisamente en decidir que una relación vale más que ganar.
Mucho tiempo después, Pablo expresará una lógica semejante al exhortar a la comunidad de Filipos:
«Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Fil 2:3–5).
La conexión es particularmente sugerente. Pablo no dice que el creyente deje de tener intereses propios; dice que no debe mirar solamente por ellos. El término que utiliza en 2:4, σκοπέω (skopeō), comunica la idea de prestar atención, considerar, fijar la mirada en algo. El problema, por tanto, no es simplemente poseer derechos o intereses, sino vivir con una mirada encerrada sobre ellos. Y es precisamente aquí donde Génesis 13 adquiere una resonancia especial: Lot y Abram tienen intereses legítimos —ambos poseen rebaños, ambos necesitan tierra—, pero Abram es capaz de mirar más allá de su propia ventaja inmediata porque delante de él hay algo que considera más importante: «somos hermanos».
Pablo lleva esa disposición hasta su fundamento más profundo: el Mesías mismo. La exhortación de Filipenses 2 no termina en una regla de buena convivencia, sino que conduce a Yeshúa, quien no convirtió su posición en ocasión para buscar su propio beneficio, sino que «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Fil 2:7). La humildad cristológica se convierte así en el fundamento de la vida comunitaria. Pablo no presenta la renuncia como debilidad, sino como una forma de existencia configurada por el Mesías.
Desde esa perspectiva, el gesto de Abram adquiere una fuerza pastoral extraordinaria. Abram podría haber comenzado preguntando: ¿qué me corresponde?, ¿qué parte me conviene?, ¿qué derecho tengo como receptor de la promesa? Pero comienza por otra realidad: «somos hermanos». La pregunta deja de ser solamente cuánto puedo conservar y pasa a ser cuánto estoy dispuesto a ceder para que la fraternidad no sea destruida.
Y quizá ahí se encuentre una de las pruebas más exigentes de nuestra madurez. No siempre se parece al Mesías quien consigue imponer su derecho; a veces se parece más a él quien, pudiendo aferrarse a lo suyo, descubre que no necesita hacerlo. La fe de Abram le permite abrir la mano porque su futuro no depende de quedarse con la mejor parcela. Y la mente del Mesías de la que habla Pablo nos enseña que la verdadera grandeza puede manifestarse precisamente cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué podemos reclamar para comenzar a preguntarnos qué podemos entregar por amor al otro.
Así, la frase de Abram —«somos hermanos»— deja de ser un detalle incidental de la negociación. Se convierte en una pregunta dirigida también a nosotros: cuando mis intereses y la comunión con mi hermano entran en tensión, ¿qué revela mi manera de actuar acerca de la mente que gobierna mi vida?
Eso debería resonar con fuerza en nuestras comunidades. Podemos defender una doctrina correcta y tratar incorrectamente al hermano. Podemos tener razón en una discusión y perder algo mucho más importante que la discusión. Podemos estar tan obsesionados con demostrar que nuestra parcela nos pertenece que terminemos destruyendo la fraternidad que Dios esperaba que preserváramos. La teología práctica comienza cuando aquello que confesamos acerca de Dios modifica nuestra manera de discutir, administrar nuestros derechos, utilizar nuestros recursos y tratar a quienes podrían competir con nosotros.
Y precisamente después de que Abram abre la mano, Dios ensancha su mirada. Lot había visto una llanura. Dios le dice a Abram que mire al norte, al sur, al este y central oeste. Hay algo espiritualmente hermoso en esa secuencia: Abram renuncia a controlar una parte y Dios le muestra un horizonte mucho mayor.
Quizá nosotros también podemos quedar tan concentrados en aquello que tememos perder que terminamos viendo solamente una pequeña parcela de nuestra existencia. Esa oportunidad. Ese puesto. Esa persona. Ese reconocimiento. Ese proyecto. Nos convencemos de que si lo perdemos, todo habrá terminado. Pero quizá algunas veces necesitamos soltar antes de descubrir que nuestro horizonte era mucho más grande que aquello a lo que nos estábamos aferrando.
La teología de la promesa no significa que Dios nos dará siempre algo materialmente mejor cuando renunciemos a algo. Génesis 13 no debe convertirse en una fórmula de prosperidad: «cede algo y Dios te dará más». Eso destruiría precisamente la lógica de la historia. La fe no renuncia para negociar una recompensa superior. Renuncia cuando es necesario porque ha descubierto que Dios mismo es más seguro que aquello que intentamos controlar.
Y eso nos lleva a la dimensión mesiánica de la reflexión. La recepción apostólica de Abraham profundizará precisamente en esa capacidad de vivir entre promesa y cumplimiento. Hebreos dice:
«Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena… porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Heb 11:9–10)10.
La mirada de Abraham tuvo que ser educada. No solamente para contemplar Canaán, sino para aprender a vivir sin confundir lo inmediatamente visible con la totalidad de lo prometido. La esperanza mesiánica continúa educando nuestros ojos de la misma manera. Yeshúa enseñará:
«Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt 6:21).
Poco después hablará del ojo como lámpara del cuerpo. No necesitamos afirmar que Mateo 6 sea un comentario directo de Génesis 13 para reconocer una profunda afinidad teológica: la manera en que miramos está relacionada con aquello que nuestro corazón aprende a desear.11
Por eso la fe bíblica no nos pide cerrar los ojos. Nos pide aprender a mirar. La espiritualidad no consiste en despreciar la belleza de la llanura ni en fingir que no vemos sus posibilidades. Consiste en poder verla y, aun así, preguntar algo más: «¿Hacia dónde me llevará esto? ¿Qué producirá en mí? ¿Qué está despertando en mi corazón? ¿Podré acercarme a Dios mientras camino en esa dirección?».
Quizá esa sea una de las preguntas pastorales más necesarias que podemos llevarnos de Lej Lejá. No solamente «¿es pecado?», sino «¿hacia dónde me está llevando?».
Porque puede que todavía estemos muy lejos de Sodoma. Puede que no haya ocurrido nada dramático. Puede que nadie vea ningún problema. Pero quizá nuestra tienda ya está mirando en aquella dirección.
La historia de Lot nos recuerda que una dirección mantenida durante suficiente tiempo puede terminar convirtiéndose en un destino. Y la historia de Abram nos recuerda que existe otra manera de mirar: levantar los ojos no solamente para encontrar aquello que más nos atrae, sino para aprender a reconocer aquello que Dios quiere mostrarnos.
Al final del capítulo, Abram llega a los encinares de Mamre, en Hebrón, y construye allí un altar a YHWH (Gn 13:18). Lot ha orientado su tienda hacia lo que ha escogido; Abram termina levantando un altar al Dios que lo llamó. No deberíamos convertir ese contraste en una caricatura —Abram todavía cometerá errores y Lot no debe reducirse a un villano unidimensional—, pero la disposición narrativa nos deja una imagen difícil de olvidar.
- Dos hombres levantaron los ojos.
- Uno vio una tierra que parecía un jardín.
- Al otro Dios tuvo que enseñarle dónde mirar.
Y quizá esa sea la oración que necesitamos antes de algunas de nuestras decisiones más importantes: no simplemente
«Señor, dame lo que estoy mirando», sino «Señor, enséñame a mirar».
Porque no todo lo atractivo es malo, pero tampoco todo lo atractivo es bueno para nosotros. No toda oportunidad es un llamado. No toda puerta abierta indica la dirección que debemos tomar. Y no todo lo que se parece al Edén conduce hacia Dios. A veces la cuestión decisiva no es dónde estamos hoy, sino hacia dónde estamos orientando silenciosamente nuestra tienda.
Bibliografía
Brodie, Thomas L. Genesis as Dialogue: A Literary, Historical, and Theological Commentary. Oxford: Oxford University Press, 2001.
Hamilton, Victor P. The Book of Genesis: Chapters 1–17. New International Commentary on the Old Testament. Grand Rapids: Eerdmans, 1990.
Leibowitz, Nehama. New Studies in Bereshit (Genesis). Jerusalem: World Zionist Organization, Department for Torah Education and Culture in the Diaspora.
Rickett, Daniel J. Separating Abram and Lot: The Narrative Role and Early Reception of Genesis 13. Themes in Biblical Narrative 26. Leiden: Brill, 2019. Google Books
Sacks, Jonathan. Covenant & Conversation: Genesis—The Book of the Beginnings. Jerusalem: Maggid Books, 2009.
Sarna, Nahum M. Genesis. JPS Torah Commentary. Philadelphia: Jewish Publication Society, 1989.
Wenham, Gordon J. Genesis 1–15. Word Biblical Commentary 1. Waco: Word Books, 1987.
Fuentes judías clásicas: Rashi y Ramban sobre Génesis 13; Bereshit Rabbah sobre Abram y Lot.
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- El término hebreo empleado es אַחִים (ʾaḥîm), plural de אָח (ʾāḥ), «hermano». Aunque Lot era sobrino de Abram (Gn 11:27, 31; 12:5), אָח posee un campo semántico más amplio que el castellano «hermano» y puede designar también a un pariente cercano o miembro del mismo grupo familiar. Por ello, cuando Abram declara כִּי־אֲנָשִׁים אַחִים אֲנָחְנוּ (kî-ʾănāšîm ʾaḥîm ʾănáḥnû), «porque somos hermanos» (Gn 13:8), no existe contradicción genealógica. Sin embargo, la elección del término resulta significativa dentro de la escena: Abram no define a Lot como competidor ni enfatiza la jerarquía tío-sobrino, sino que apela al vínculo que los une como fundamento para evitar la contienda. La expresión adquiere así una fuerza ética: la relación debe pesar más que la disputa por los recursos. Véanse HALOT, s.v. אָח; BDB, s.v. אָח; y Daniel J. Rickett, Separating Abram and Lot: The Narrative Role and Early Reception of Genesis 13 (Leiden: Brill, 2019). ↩︎
- Dan Rickett, Separating Abram and Lot: The Narrative Role and Early Reception of Genesis 13, Themes in Biblical Narrative 26 (Leiden: Brill, 2019). ↩︎
- Thomas L. Brodie, Genesis as Dialogue: A Literary, Historical, and Theological Commentary (Oxford: Oxford University Press, 2001), 209–219, esp. cap. 22, «Abram Journeys and Sees the Land (Chaps. 12–13): The Trial of Seeing Beyond Beauty (12:1–13:1); The Trial of Seeing Beyond Wealth (13:2–10)». Brodie estructura Gn 12–13 como dos secciones equilibradas en torno a las pruebas de la belleza y la riqueza. Mientras Abram fracasa en la primera, en el conflicto con Lot «puts brotherhood before wealth», y el episodio concluye con una reafirmación de la promesa divina ↩︎
- Véase Jeffrey J. Niehaus, Teología Bíblica: Los pactos de gracia especial en el Antiguo Testamento, vol. 2, Suite de Teología (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2024), sección «La elección de Lot». ↩︎
- La descripción de Gn 13:10 está cuidadosamente construida: Lot contempla כִּכַּר הַיַּרְדֵּן (kikkar hayyardēn), «la llanura/región del Jordán», y observa que era כֻלָּהּ מַשְׁקֶה (kullāh mašqeh), «toda ella bien regada». El narrador intensifica el atractivo del territorio comparándolo כְּגַן־יְהוָה (kegan-YHWH), «como el huerto de YHWH», expresión que remite naturalmente al jardín de Edén de Gn 2–3. La comparación no significa que Lot creyera estar contemplando literalmente Edén ni constituye por sí misma una censura de su elección; en su contexto inmediato destaca la extraordinaria fertilidad y abundancia de agua de la región. Precisamente por eso la escena posee tanta fuerza narrativa: lo que atrae la mirada de Lot es realmente bueno a los ojos. Sin embargo, el lector recibe inmediatamente una información que la apariencia del paisaje no puede revelar: «los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra YHWH en gran manera» (13:13). El contraste entre la apariencia casi edénica del territorio y la condición moral de Sodoma crea una ironía que solo se hará plenamente visible conforme avance la narración. Véanse Nahum M. Sarna, Genesis, JPS Torah Commentary (Philadelphia: Jewish Publication Society, 1989), comentario a Gn 13:10–13; Gordon J. Wenham, Genesis 1–15, WBC 1 (Waco: Word Books, 1987), comentario a Gn 13:10; Victor P. Hamilton, The Book of Genesis: Chapters 1–17, NICOT (Grand Rapids: Eerdmans, 1990), comentario a Gn 13:10–13. ↩︎
- La caracterización negativa de Lot debe manejarse con mayor cautela de la que ha sido habitual en cierta predicación. Daniel J. Rickett ha dedicado una monografía completa a Génesis 13 y su recepción, argumentando que algunas lecturas tradicionales —especialmente Lot como supuesto heredero de Abram y como simple contrapunto ético del patriarca— no surgen necesariamente del texto con la claridad que a menudo se presupone. Véase Daniel J. Rickett, Separating Abram and Lot: The Narrative Role and Early Reception of Genesis 13 (Leiden: Brill, 2019). Su investigación procede de un estudio anterior publicado en Journal for the Study of the Old Testament. Sage Journals ↩︎
- La secuencia entre Gn 13:12, 14:12 y 19:1 permite observar el progresivo vínculo narrativo de Lot con Sodoma. La formulación «orientar la tienda hacia Sodoma» funciona en este artículo como imagen pastoral derivada de esa progresión y no como afirmación de que Génesis describa explícitamente una secuencia psicológica de caída. ↩︎
- Sí. Aquí conviene que la nota haga una distinción muy clara entre el sentido contextual de מִקֶּדֶם (miqqedem) y la derashá midráshica que recoge Rashi. Así mantenemos el valor espiritual de la tradición sin presentarla como si fuera la traducción léxica del hebreo.
Pondría la llamada después de «de Dios».³ Y la nota así:
3. Rashi, comentando la expresión וַיִּסַּע לוֹט מִקֶּדֶם (wayyissaʿ Lôṭ miqqedem) de Gn 13:11, distingue expresamente entre una explicación contextual y una interpretación midráshica. Primero entiende miqqedem en sentido geográfico, como el desplazamiento de Lot al separarse de Abram; inmediatamente después introduce lo que denomina מִדְרַשׁ אַגָּדָה (midraš ʾaggādāh), «interpretación aggádica»: הִסִּיעַ עַצְמוֹ מִקַּדְמוֹנוֹ שֶׁל עוֹלָם (hissîaʿ ʿaṣmô miqqadmônô šel ʿôlām), «se apartó del Primordial/Originador del mundo», y añade: אִי אֶפְשִׁי לֹא בְּאַבְרָם וְלֹא בֵאלֹהָיו, «no quiero ni a Abram ni a su Dios». Rashi recoge aquí una tradición de Bereshit Rabbah 41:7, que realiza un juego interpretativo entre miqqedem («desde/hacia el este», según cómo se resuelva la expresión en el contexto) y Qadmono shel ʿolam, «el Primordial/Originador del mundo». Por tanto, no se trata del significado léxico ordinario de miqqedem, sino de una lectura midráshica que convierte la separación geográfica de Lot en imagen de una separación espiritual. Véanse Rashi a Gn 13:11 y Bereshit Rabbah 41:7. ↩︎ - Ramban sobre Gn 13:14–17 relaciona las palabras pronunciadas después de la separación de Lot con la promesa de la tierra y su confirmación a Abram. Conviene distinguir esta exégesis judía medieval de las posteriores lecturas cristianas o mesiánicas del pasaje. ↩︎
- La utilización de Heb 11:9–10 pertenece a la recepción canónica/apostólica de Abraham. No pretende identificar a Lot y Abram alegóricamente con dos categorías de personas, sino mostrar cómo los escritos apostólicos desarrollan el tema de Abraham viviendo entre promesa y cumplimiento. ↩︎
- La repetición de «alzar los ojos» en Gn 13:10 y 13:14 favorece la comparación narrativa entre Lot y Abram. No obstante, debe evitarse concluir que el acto mismo de Lot de «mirar» constituye ya un pecado; es el conjunto de la narración el que progresivamente proporciona significado a su elección. La contraposición entre ambos actos de mirar ha sido reconocida ampliamente en la historia exegética del pasaje. ↩︎




