La parashá lleva un nombre que resulta casi paradójico: Jayei Sará, «la vida de Sara». Sin embargo, sus primeras palabras nos hablan de su muerte.
«Fue la vida de Sara ciento veintisiete años; tantos fueron los años de la vida de Sara. Y murió Sara en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán» (Gn 23:1–2).
Después de acompañar a Abraham desde Mesopotamia, después de abandonar tierra y parentela, después de atravesar hambre, esterilidad, conflictos familiares y años de espera, y después de haber sostenido finalmente en sus brazos al hijo de la promesa, Sara muere. La mujer cuya vida estuvo tan profundamente entretejida con la promesa de Dios no llega a contemplar su cumplimiento pleno.1
Y Abraham llora.
«Y vino Abraham a hacer duelo por Sara, y a llorarla» (Gn 23:2).
La frase es breve, pero conviene no pasar demasiado rápido sobre ella. Génesis no presenta la fe como una anestesia frente al dolor. Abraham ha escuchado promesas extraordinarias de parte de Dios; sabe que Isaac vive, sabe que Dios ha confirmado su pacto y acaba de escuchar nuevamente que su descendencia será multiplicada como las estrellas del cielo y la arena del mar (Gn 22:17). Sin embargo, ninguna de esas promesas hace innecesarias sus lágrimas. La esperanza bíblica no nos enseña a negar el duelo; nos enseña a atravesarlo sin permitir que el duelo tenga la última palabra.
Esto resulta particularmente importante porque a veces desarrollamos una idea de la fe según la cual llorar demasiado parecería significar confiar demasiado poco. Génesis 23 no conoce esa oposición. Abraham cree y Abraham llora. La confianza en Dios no elimina el amor por aquello que hemos perdido. Precisamente porque Sara importaba, su ausencia duele. Hay pérdidas que ninguna frase piadosa debería intentar reducir apresuradamente a una explicación.
Pero entonces sucede algo extraordinario. Después de llorar, Abraham «se levantó de delante de su muerta» (Gn 23:3). El movimiento es pequeño, pero narrativamente poderoso. Abraham llora delante de Sara y después se levanta. No porque haya dejado de amarla. No porque el dolor haya terminado. Se levanta porque todavía hay algo que debe hacer. La fe no siempre se manifiesta dejando de llorar; algunas veces se manifiesta levantándonos mientras todavía lloramos.
«Extranjero y forastero soy entre vosotros» (Gn 23:4).
El hebreo dice גֵּר־וְתוֹשָׁב (gēr-wĕtôšāb), una combinación deliberadamente tensa: extranjero y residente. Abraham vive en aquella tierra, pero no pertenece todavía a ella de la misma manera que sus habitantes. Ha levantado altares, recorrido caminos, cavado pozos y establecido campamentos, pero continúa siendo un hombre sin propiedad territorial suficiente incluso para sepultar a su esposa.2
Y aquí el relato se vuelve teológicamente desconcertante. Dios había prometido la tierra a Abraham y a su descendencia (Gn 12:7; 13:15; 15:7). Sin embargo, cuando Sara muere, el hombre a quien Dios ha prometido la tierra tiene que pedir a sus habitantes: «Dadme propiedad para sepultura con vosotros». La distancia entre promesa y experiencia difícilmente podría representarse de manera más intensa. Abraham posee la tierra por palabra divina, pero todavía no la posee en su experiencia cotidiana. Tiene una promesa inmensa y una realidad aparentemente pequeña. Dios le ha hablado de una tierra; Abraham necesita comprar una tumba.
Tal vez una de las pruebas más difíciles de la fe no sea preguntarnos si Dios ha hablado, sino qué hacemos cuando aquello que vemos parece desproporcionadamente pequeño comparado con aquello que Él ha prometido.
Abraham podría haber interpretado la muerte de Sara como una contradicción de todo lo que había escuchado. Después de décadas caminando con Dios, ¿esto es todo? ¿Una esposa muerta y ninguna propiedad donde enterrarla? La promesa hablaba de descendencia innumerable y de una tierra; Abraham tiene un hijo y necesita negociar unos metros de terreno. Sin embargo, Génesis 23 no nos muestra a Abraham abandonando la promesa. Lo muestra comprando un campo.
Los hijos de Het ofrecen permitirle utilizar uno de sus sepulcros. Lo reconocen incluso como נְשִׂיא אֱלֹהִים (nĕśîʾ ʾĕlōhîm), expresión que puede entenderse como «príncipe de Dios» o personaje de gran dignidad entre ellos. Pero Abraham quiere algo más que permiso para utilizar una tumba ajena. Solicita una אֲחֻזַּת־קֶבֶר (ʾăḥuzzat-qeber), una propiedad o posesión funeraria. Quiere un lugar que pertenezca legalmente a su familia.3
Por eso la conversación con Efrón ocupa casi todo el capítulo. Para el lector moderno puede resultar excesiva: reverencias, fórmulas de cortesía, ofertas, negativas, nueva insistencia, precio, plata, testigos, campo, árboles, cueva. Pero esa minuciosidad tiene una función. El narrador quiere que no exista duda acerca de lo ocurrido: Abraham adquirió legal y públicamente aquel terreno. La negociación se realiza ante los habitantes de la ciudad y la narración termina describiendo con precisión el campo, la cueva y los árboles incluidos en la transacción.4
«Entonces Abraham se convino con Efrón, y pesó Abraham a Efrón el dinero que dijo, en presencia de los hijos de Het, cuatrocientos siclos de plata, de buena ley entre mercaderes» (Gn 23:16).
Todavía no estamos en un mundo de monedas acuñadas; la plata se pesa. Y nuevamente el narrador subraya la publicidad de la operación: todo sucede «en presencia de los hijos de Het». La insistencia jurídica del capítulo importa porque Macpela no será simplemente el lugar donde Sara descanse. Será la primera propiedad que la familia de Abraham posea de manera estable en Canaán.5
Y aquí aparece la paradoja central de la escena: la primera porción de la tierra prometida que Abraham llega a poseer es una tumba.

Uno esperaría que la promesa comenzara con un palacio, una ciudad, grandes campos o fronteras visibles. Comienza con una cueva donde depositar a la mujer con quien Abraham había recorrido prácticamente toda su historia de fe. Eso podría parecer una derrota. Pero Abraham la compra. Porque una tumba dentro de Canaán significa algo más que muerte. Significa que Abraham ha decidido dónde pertenece su familia. No lleva a Sara nuevamente a Mesopotamia. No interpreta su condición de extranjero como señal de que debería regresar al lugar de donde salió. Entierra a Sara en la tierra de la promesa.
Hay aquí una declaración silenciosa de fe: todavía no poseo lo que Dios ha prometido, pero sigo creyendo que nuestro futuro está aquí. La muerte de Sara no hace que Abraham vuelva atrás.
Esto resulta especialmente significativo después de Génesis 22. Dios acaba de renovar su promesa de multiplicar la descendencia de Abraham. Inmediatamente después, Génesis 23 comienza con una muerte. Promesa y pérdida aparecen una al lado de la otra. Esa proximidad narrativa nos recuerda algo que la experiencia de fe confirma repetidamente: recibir una promesa de Dios no significa entrar en una existencia donde ya no habrá funerales, despedidas ni períodos en los que resulte difícil comprender cómo lo que estamos viviendo puede conducir hacia aquello que Dios ha dicho.6
La fe de Abraham ha madurado precisamente allí. El hombre que en otros momentos intentó proteger el futuro mediante sus propias estrategias ahora puede vivir dentro de la tensión entre lo prometido y lo todavía no recibido. Ya no necesita ver la totalidad para seguir caminando. A veces la fe recibe un campo cuando esperaba una tierra. Y debe decidir si despreciará el campo porque todavía no es la tierra completa.
Ese es quizá uno de los puntos pastorales más importantes de Jayei Sará. Nosotros también podemos vivir comparando constantemente aquello que Dios está haciendo con aquello que esperábamos que hiciera. Esperábamos restauración completa y apenas vemos un pequeño comienzo. Esperábamos respuestas y recibimos solamente fuerza para continuar. Esperábamos una puerta completamente abierta y encontramos apenas el siguiente paso. Esperábamos la tierra y Dios coloca delante de nosotros un campo. El peligro consiste en despreciar los comienzos pequeños porque conocemos la grandeza de la promesa.
Pero Abraham compra Macpela. No confunde aquella parcela con el cumplimiento completo. El campo no es toda Canaán. La cueva no significa que la promesa haya llegado a su plenitud. Pero tampoco desprecia lo pequeño porque todavía espera algo mayor. La fe sabe recibir anticipos sin confundirlos con la plenitud.
La tradición posterior de Israel comprenderá la importancia de aquella tumba. Abraham mismo será enterrado allí por Isaac e Ismael (Gn 25:9). Más adelante serán enterrados allí Isaac y Rebeca, y también Lea; Jacob, muriendo lejos de Canaán, exigirá a sus hijos que lleven su cuerpo nuevamente a Macpela (Gn 49:29–32). Lo que comienza con las lágrimas de Abraham termina convirtiéndose en el lugar donde varias generaciones de la familia patriarcal confiesan, incluso mediante su sepultura: pertenecemos a la historia que Dios comenzó aquí.
Esto hace todavía más conmovedora la expresión «extranjero y forastero». Abraham posee algo, pero sigue esperando. Está dentro de la tierra, pero todavía vive como extranjero en ella. Tiene un lugar donde enterrar a sus muertos, pero no una ciudad que pueda llamar plenamente suya.
«Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Heb 11:9–10).
Hebreos añade que murieron «sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo» (Heb 11:13). No interpreta la demora como fracaso de la promesa. La convierte en parte de la formación de la fe. Abraham aprende a vivir entre el «ya» de la palabra recibida y el «todavía no» de su cumplimiento pleno.
Esa tensión continúa siendo profundamente mesiánica. Nuestra esperanza tampoco descansa en la idea de que todo aquello que Dios ha prometido debe realizarse plenamente dentro de nuestra experiencia presente. La resurrección de Yeshúa constituye precisamente la proclamación de que incluso la muerte no puede cancelar aquello que Dios ha determinado llevar a término. Pablo puede hablar de Yeshúa como «primicias de los que durmieron» (1 Co 15:20). Las primicias son reales, pero anuncian algo mayor que todavía ha de venir.
Por eso la fe bíblica puede mirar una tumba sin llamar buena a la muerte y, al mismo tiempo, negarse a considerar la tumba como el final de la historia. Hay una conexión hermosa entre Abraham delante de la tumba de Sara y la esperanza que posteriormente alcanzará su claridad en la resurrección. Abraham todavía no posee toda la tierra. Sara todavía muere. La promesa todavía parece incompleta. Pero la historia continúa. Isaac vive. La descendencia continuará. Macpela permanece. Dios no ha terminado.
Quizá algunas etapas de nuestra vida se parecen mucho más a Génesis 23 de lo que desearíamos. Hemos escuchado promesas, pero estamos de pie delante de algo que parece contradecirlas. Tenemos que despedirnos de personas, proyectos, expectativas o temporadas que creíamos que formarían parte de aquello que Dios estaba construyendo. Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿cómo seguimos creyendo cuando algo importante ha muerto antes de que hayamos visto el cumplimiento?
Abraham no responde con una explicación. Responde levantándose. Llora a Sara. Se levanta de delante de ella. Negocia un campo. Paga la plata. Entierra a su esposa. Y continúa viviendo dentro de la promesa.
Hay una profunda sabiduría espiritual en esa secuencia. Existen momentos en los que la fe no consiste en comprender por qué ocurrió algo. Consiste simplemente en realizar fielmente el siguiente acto que tenemos delante. Llorar cuando debemos llorar. Levantarnos cuando llega el momento de levantarnos. Hacer aquello que corresponde. Y continuar confiando en que la historia de Dios es más grande que el capítulo que nosotros podemos ver.
Abraham no recibió todavía toda la tierra, pero compró un campo dentro de ella. No vio todavía la multitud de descendientes, pero enterró a Sara en el lugar donde esperaba que sus descendientes vivieran. La tumba, paradójicamente, se convirtió en una declaración acerca del futuro.
Y quizá eso explique por qué una parashá que comienza con la muerte de Sara puede llamarse Jayei Sará, «la vida de Sara». La muerte aparece en el primer párrafo, pero no consigue borrar la historia que Dios construyó mediante su vida. Sara muere, pero la promesa continúa. El duelo es real, pero no es definitivo. La cueva se cierra sobre su cuerpo, pero no sobre la fidelidad de Dios.
Macpela nos recuerda entonces algo que necesitamos aprender una y otra vez: no debemos medir la fidelidad de Dios únicamente por la cantidad de promesa que podemos ver cumplida en este momento. A veces tendremos solamente una parcela. A veces tendremos solamente un Isaac cuando se nos habló de estrellas. A veces tendremos una tumba dentro de una tierra que algún día será herencia. Pero el Dios que hizo la promesa no necesita terminar toda la historia dentro de nuestro capítulo para seguir siendo fiel.
Abraham lloró delante de Sara y después se levantó. Quizá allí encontremos una de las imágenes más sencillas y profundas de la fe madura: una fe que sabe llorar por lo que ha terminado, levantarse delante de lo que todavía queda por hacer y seguir construyendo su vida sobre aquello que Dios ha dicho, incluso cuando apenas posee un pequeño campo de todo lo que le fue prometido.
Porque algunas veces la promesa no comienza pareciéndose a una conquista. Algunas veces comienza con un hombre de luto comprando una tumba y confesando, mediante aquella pequeña parcela: todavía creo que Dios cumplirá lo que dijo.
Bibliografía breve
Hamilton, Victor P. The Book of Genesis: Chapters 18–50. NICOT. Grand Rapids: Eerdmans, 1995.
Sarna, Nahum M. Genesis. JPS Torah Commentary. Philadelphia: Jewish Publication Society, 1989.
Sternberg, Meir. «The Double Cave and the Bible’s Art of Dialogue (Genesis 23)». Stuttgarter Theologische Themen 6 (2011): 83–92.
Wenham, Gordon J. Genesis 16–50. Word Biblical Commentary 2. Dallas: Word Books, 1994.
Westbrook, Raymond. «Purchase of the Cave of Machpelah». Israel Law Review 6.1 (1971): 29–38.
Russell, Stephen C. «Abraham’s Purchase of Ephron’s Land in Anthropological Perspective». Biblical Interpretation 21.2 (2013): 153–170.
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- La muerte de Sara aparece inmediatamente después de la Aqedá (Gn 22). La tradición judía posterior relacionó en ocasiones ambos episodios, pero Génesis no afirma explícitamente que Sara muriera a consecuencia de lo ocurrido con Isaac. Conviene mantener separada la lectura midráshica de la afirmación histórico-literaria del texto. Véanse Rashi a Gn 23:2 y Bereshit Rabbah 58:5. ↩︎
- «Extranjero y forastero» traduce גֵּר־וְתוֹשָׁב (gēr-wĕtôšāb) (Gn 23:4). Gēr designa al extranjero residente, mientras que la combinación con tôšāb acentúa la paradoja de alguien establecido en un territorio sin poseer el mismo arraigo patrimonial de sus habitantes. La expresión resume con precisión la situación teológica de Abraham: vive en la tierra prometida, pero aún no la posee. Véanse HALOT, s.v. גור; Sarna, Genesis, comentario a Gn 23:4; Wenham, Genesis 16–50, comentario a Gn 23. ↩︎
- La expresión אֲחֻזַּת־קֶבֶר (ʾăḥuzzat-qeber), «posesión para sepultura», indica que Abraham no busca solamente permiso temporal para utilizar una tumba, sino una propiedad funeraria reconocida. La raíz y el sustantivo ʾăḥuzzâ se emplean para una posesión estable o hereditaria. Véanse Hamilton, The Book of Genesis: Chapters 18–50, comentario a Gn 23; Sarna, Genesis, comentario a Gn 23:4. ↩︎
- La extensión de la negociación con Efrón y la repetida mención de los «hijos de Het» y de «todos los que entraban por la puerta de su ciudad» subrayan el carácter público y jurídicamente reconocido de la transacción (Gn 23:10, 16, 18). Para el trasfondo jurídico y antropológico de la escena, véanse Raymond Westbrook, «Purchase of the Cave of Machpelah», Israel Law Review 6.1 (1971): 29–38; Stephen C. Russell, «Abraham’s Purchase of Ephron’s Land in Anthropological Perspective», Biblical Interpretation 21.2 (2013): 153–170. ↩︎
- Génesis 23:16 dice literalmente que Abraham «pesó» la plata. La escena pertenece a un contexto anterior al uso generalizado de moneda acuñada: el metal precioso funciona por peso. El capítulo concluye declarando que el campo, la cueva y los árboles quedaron confirmados como propiedad de Abraham (Gn 23:17–20). La ironía narrativa es significativa: la primera posesión territorial estable del receptor de la promesa en Canaán es un lugar de sepultura. Véanse Sarna, Genesis, comentario a Gn 23:16–20; Westbrook, «Purchase of the Cave of Machpelah», 29–38. ↩︎
- La proximidad entre Gn 22:15–18, donde la promesa de descendencia vuelve a ser confirmada, y Gn 23:1–2, donde Sara muere, crea una fuerte tensión literaria entre promesa y pérdida. No es necesario afirmar una relación causal entre ambos relatos para reconocer el efecto narrativo de su yuxtaposición. La tradición rabínica sí desarrolló conexiones más explícitas entre la Aqedá y la muerte de Sara; tales conexiones pertenecen a la historia de la interpretación y deben distinguirse del peshat. ↩︎




