En busca de la ciudad que ha de venir

Trágicamente vemos que desde el principio de la caída y las acciones traicioneras de Adán y Eva separan a las personas de Dios, interrumpiendo gravemente los planes de Dios para la creación. Sin embargo, a pesar de todo lo que sucede, las personas conservan su habilidad divina de ser constructores de ciudades. Aunque los humanos desean usurpar la autoridad de Dios creando ciudades sobre las cuales han de gobernar, la historia del Antiguo Testamento registra la misericordiosa y paciente actividad de Dios para revertir las consecuencias de la separación de la humanidad. A pesar de la oposición humana, Dios edificará su ciudad santa en la tierra.

A través de los descendientes de Abraham, Dios acaba estableciendo a Jerusalén como ciudad-templo, donde él habita con su pueblo. La inauguración de Jerusalén como ciudad de Dios está estrechamente vinculada a la expectativa de que el gobierno de Dios se extienda por toda la tierra, bajo el virreinato de un rey davídico. Por desgracia, en los años siguientes a la institución de la dinastía davídica, los ciudadanos de Jerusalén profanan la ciudad con un comportamiento perverso, lo que finalmente acarrea la destrucción babilónica de la ciudad y el exilio del pueblo de Dios.

Aunque el templo y los muros de la ciudad se restauran más tarde, las expectativas proféticas anticipan una nueva Jerusalén que superará con creces, en magnitud y esplendor, a la ciudad de Jerusalén tanto del período preexílico como del postexílico. La realización de estas esperanzas se basa en la llegada de un nuevo rey davídico, que servirá como verdadero virrey del Señor, estableciendo el reino de Dios en toda la tierra.

A la luz de estas expectativas, los escritores del Nuevo Testamento presentan a Jesucristo como Hijo de Dios e hijo de David1. Mediante su muerte sacrificial y su resurrección triunfante, Jesucristo redime a las personas del poder del mal y las rescata del dominio de la muerte, santificándolas para que al final lleguen a la presencia de Dios vestidas de una justicia procedente de Cristo.

La muerte, resurrección y ascensión de Cristo marcan una nueva era en la historia del mundo, en tanto que se inaugura el reino de Dios, pero pasará otro periodo de tiempo antes que Dios intervenga decisivamente para destruir por completo los poderes del mal, y construya su ciudad santa, la nueva Jerusalén, en una tierra renovada.

El propósito de este artículo se centrará en las diversas formas en que los escritos del Nuevo Testamento describen el desarrollo del plan de Dios para establecer su ciudad-templo en la tierra.

  1. El primero de estos se refiere al remplazo del templo de Jerusalén por un nuevo templo espiritual: la iglesia. Esta transición significa que la ciudad de Jerusalén ya no es la única ubicación de la presencia de Dios en la tierra.
  2. En segundo lugar, una representación negativa de Jerusalén, especialmente en el Evangelio de Mateo, anticipa la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 d. C. Este importante acontecimiento pone fin a cualquier posibilidad de que Jerusalén siga siendo la morada de Dios en la tierra. Sin un templo habitado por el Señor, Jerusalén no es diferente a cualquier otra ciudad.
  3. En tercer lugar, varios pasajes del Nuevo Testamento se centran en cómo los seguidores de Jesús disfrutan el privilegio de ser ciudadanos de una ciudad celestial que al final se convertirá en una ciudad cosmopolita y mundial en una tierra renovada. Con la recreación del cielo y la tierra, Dios y su pueblo redimido vivirán juntos en una metrópolis extraordinaria.
  1. La iglesia como templo espiritual de Dios
  2. Jesús y Jerusalén
  3. Ciudadanos de una ciudad celestial
  4. La esperanza de la resurrección corporal
  5. Conclusión

La iglesia como templo espiritual de Dios

Los escritos del Nuevo Testamento dan testimonio de la transformación del templo de Jerusalén en un nuevo templo espiritual creado por aquellos que son habitados por el Espíritu Santo. Los seguidores de Jesús se convierten en la nueva morada terrenal de Dios2. Este desarrollo tiene implicaciones para la percepción de la ciudad-templo de Jerusalén.

Para la iglesia primitiva, el templo de Jerusalén y su sistema de sacrificios se volvieron superfluos. El reino de Dios ya no está asociado a una entidad política concreta, pues el reino comienza a extenderse por todo el mundo. Como revela el libro de Hechos, el movimiento se produce de Jerusalén a Roma. Dondequiera que se formen comunidades cristianas, se puede encontrar a Dios habitando en medio de ellas a través del Espíritu Santo. Jerusalén ya no puede reclamar el privilegio exclusivo de ser la única ciudad-templo de Dios, el único lugar terrenal de la presencia de Dios.

En tanto que la iglesia se convierte en la residencia terrenal de Dios, se produce un importante cambio. En el Antiguo Testamento, Dios vivía entre su pueblo; en el Nuevo Testamento él vive dentro de ellos. Como observa útilmente R. E. Clements:

Las antiguas promesas de que Dios habitará con su pueblo fueron retomadas con entusiasmo por los cristianos y aplicadas a la iglesia, el cuerpo de Cristo, en el que Dios mora por el Espíritu Santo. La principal diferencia entre el nuevo cumplimiento y la antigua promesa es que, mientras el Antiguo Testamento hablaba de una morada de Dios entre los hombres, el Nuevo Testamento habla de una morada de Dios dentro de los hombres por el Espíritu Santo3.

El apóstol Pablo se refiere a la Iglesia como la morada de Dios en su carta a los Efesios. Escribiendo a una audiencia principalmente gentil, dice:

Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios. Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. En Cristo también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu

Ef 2:19-22.

Para Pablo, la iglesia como cuerpo es el templo de Dios, donde Jesucristo es la piedra angular, y los apóstoles y profetas el fundamento. Aunque Dios ya habita en este nuevo templo, todo el edificio sigue creciendo.
Pablo también escribe sobre la iglesia como templo de Dios en su carta a los creyentes de Corinto. Él comenta:

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y eso es lo que ustedes son (1 Co 3:16-17)4

Pablo dice más adelante:

«¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios…» (1 Co 6:19)5.

En una carta posterior, Pablo escribe:

«¿O qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos el templo del Dios vivo, como Dios dijo: “Habitaré en ellos, y andaré entre ellos; y seré su Dios, y ellos serán Mi pueblo”» (2 Co 6:16).

En todos estos pasajes, Pablo se dirige a todos los miembros de la iglesia como cuerpo. Juntos forman la morada de Dios. En consecuencia, como sostiene Pablo, deben vivir vidas santas.

El apóstol Pedro también considera que la iglesia es el templo de Dios. En 1 Pedro 2:4-8, el apóstol cita tres pasajes del Antiguo Testamento: Isaías 28:16; Salmo 118:22; e Isaías 8:14.

El uso de estos pasajes recuerda su mensaje a los líderes judíos de Jerusalén en Hechos 4. Él les dice:

«Este Jesús es la piedra desechada por ustedes los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular. En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos» Hch 4:11-12; cf. Mt 21:42; Mr 12:10; Lc 20:17.

Según Thomas, textos del Nuevo Testamento como 1 Pedro 2:6 «se basan en la imaginería de Sion de Isaías 28:16/Sal 118:22 para reforzar que el fundamento de la iglesia no es otro que Cristo. Así que “Sion” se refiere al pueblo de Dios edificado sobre el Cristo, la piedra angular de Sion»6. Como el nuevo templo de Dios, la iglesia adquiere su forma de Jesucristo, la piedra angular.

La transición de la residencia terrenal de Dios desde el templo de Jerusalén a la iglesia puede estar asociada a la venida del Espíritu en Pentecostés, como se describe en Hechos 2. La descripción de este evento es muy parecida a los relatos de la presencia de Dios que llenaba el tabernáculo (Éxodo 40:34-35) y el templo (1 Reyes 8:10-11; 2 Crónicas 7:1-2)7.

A la experiencia de Jerusalén le siguen dos eventos similares: el primero involucra la venida del Espíritu sobre los samaritanos (Hch 8:14-17); y el siguiente la venida del Espíritu sobre los gentiles en la casa de Cornelio (Hch 10:44-47). Estos eventos paralelos, que involucran la incorporación de personas de diferentes naciones en el nuevo templo de Dios, señalan un distanciamiento de la exclusividad de Jerusalén como residencia de Dios.

Dado que la iglesia o el reino de Dios/de los cielos no se define geográficamente, el concepto de una ciudad-templo física y santa se convierte en una esperanza futura más que en una realidad presente. En consecuencia, los autores del Nuevo Testamento no esperan el restablecimiento de Jerusalén como ciudad-templo antes del regreso de Jesucristo y la renovación de la tierra. Hacerlo iría en contra de su creencia de que por medio del Espíritu Santo la iglesia se ha convertido en la morada de Dios en la tierra.

Jesús y Jerusalén

El Evangelio según Mateo que recientemente acabamos de estudiar en nuestra congregación, que se suele considerar el más judío de los cuatro Evangelios canónicos, refleja de varias maneras un distanciamiento de Jerusalén como la ciudad de Dios8. En el Evangelio de Mateo, Jesús se asocia más con Galilea que con Jerusalén.

Jesús comienza y termina su ministerio en Galilea, en cumplimiento de Isaías 9:1-2:

Cuando Jesús oyó que Juan había sido encarcelado, regresó a Galilea. Saliendo de Nazaret, fue a vivir en Capernaúm, que está junto al mar, en la región de Zabulón y de Neftalí; para que se cumpliera lo que fue dicho por medio del profeta Isaías, cuando dijo: «¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo asentado en tinieblas vio una gran Luz, y a los que vivían en región y sombra de muerte, una Luz les resplandeció» (Mt 4:12-16).

Es significativo el hecho de que Galilea se describa aquí como «Galilea de los gentiles», o quizás más exactamente: «Galilea de las naciones» (que no son judías). Jesús no solo comienza su ministerio en Galilea, sino que es en Galilea donde da su último encargo a los discípulos después de su resurrección. Así, los envía al mundo a hacer discípulos de todas las naciones.

Quizás extrañamente, en el Evangelio de Mateo, Jerusalén es retratada como el centro de poder de los que se oponen a Jesús. Jesús no nace en Jerusalén, pero el rey Herodes vive allí (Mt 2:1-3). Las autoridades judías, que reclaman autoridad sobre el templo, pero buscan la muerte de Jesús, se encuentran en Jerusalén. Esta representación negativa de Jerusalén se pone de manifiesto en la forma en que Jesús habla de su propia muerte en Jerusalén:

Desde entonces Jesucristo comenzó a declarar a Sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día (Mt 16:21).

Cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los doce discípulos, y por el camino les dijo:

«Ahora subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas, y lo condenarán a muerte; y lo entregarán a los gentiles para burlarse de Él, lo azotarán y crucificarán, pero al tercer día resucitará» (Mt 20:17-18).

Jesús se lamenta por Jerusalén con palabras que subrayan el extravío de la ciudad:

¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! (Mt 23:37).

Lejos de ser la «ciudad de Dios», Jerusalén se presenta como opuesta a Dios. A la luz de esto, en Mateo 24 Jesús predice la destrucción del templo9 (vease: Sobre la abominación desoladora; Visión General exegética de Mateo 24 por D.A. Carson). Cuando más tarde es destruido por los romanos en el 70 d. C., este suceso confirma que Dios ya no mora en Jerusalén. La Jerusalén posterior al año 70 no puede pretender ser la ciudad-templo donde Dios habita.

El énfasis dado a Galilea en el Evangelio de Mateo simboliza una transformación efectuada por Jesucristo. Esto se refleja en lo que Jesús tiene que decir al comienzo del Sermón del Monte. En un monte, Jesús menciona varias cualidades que caracterizan a los que serán bendecidos por Dios:

Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios. Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes (Mt 5:3-12).

Todas las cualidades enumeradas por Jesús se asocian en el Antiguo Testamento con el ascenso al monte santo para vivir en la presencia de Dios. Lo más llamativo son las referencias a heredar la tierra y ver a Dios10. Todo lo prometido en los versículos 4-8 se refiere al futuro; solo los versículos 3 y 10 tienen promesas que se refieren al presente.

Además, los versículos 11-12 implican que por el momento en este mundo habrá una continua hostilidad hacia los seguidores de Jesús por parte de quienes se oponen a Dios. La esperanza expresada en las bienaventuranzas se asemeja a la esperanza escatológica de los profetas del Antiguo Testamento (cf. Is 61:1-3).

En los Evangelios, el reino de Dios/de los cielos no se define por fronteras geográficas. En esta época, como en los siglos anteriores, Jerusalén estaba bajo el control de las naciones gentiles. Aunque muchos judíos esperaban que el Mesías diera paso a un período de independencia política, la llegada de Jesús como Mesías no lleva esto a cabo. La edificación divina de la nueva Jerusalén en una tierra recreada se cumplirá solo cuando Cristo regrese.

Ciudadanos de una ciudad celestial

El concepto de una ciudad edificada por Dios ocupa un lugar destacado en Hebreos 11, un pasaje que recuerda la fe de los patriarcas de Génesis. Según el autor de Hebreos, la fe de Abraham se refleja en el hecho de que esperaba «una patria mejor», una «celestial», «la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Heb 11:8-16). Se hace especial hincapié en la expectativa de Abraham de esta ciudad futura. El autor de Hebreos subraya que el viaje de Abraham a una tierra extranjera estuvo motivado por su «espera» de esta metrópolis creada por Dios11 (c.f. El Templo escatológico – G.K. Beale).

Sin embargo, Abraham, Isaac y Jacob no recibieron la ciudad prometida durante su vida en la tierra; simplemente la vieron y la saludaron desde lejos. No la vieron en el presente, pero la esperaron para el futuro. Como concluye acertadamente el autor de Hebreos, los patriarcas anticiparon esta ciudad por la fe, pues, como dice el versículo inicial de Hebreos 11:

«… la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (v. 1).

Hebreos 11 presenta a los patriarcas mirando hacia una ciudad que será habitada más allá de esta vida presente. Refiriéndose a Abraham y los que vivieron por la fe, escribe:

Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros (Heb 11:39-40).

Al decir esto, el autor de Hebreos espera que tanto él como sus lectores se unan a todos los mencionados anteriormente en el capítulo 11, incluyendo a Abraham, Isaac y Jacob, para recibir lo prometido. Cuando esto ocurra, serán hechos perfectos, «llegando a la meta de los propósitos salvíficos de Dios»12.

El autor de Hebreos vincula la experiencia futura de todos los creyentes a una ciudad. En el capítulo 12 se refiere una vez más a esta ciudad, describiéndola como «la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial» (v. 22). Luego hace una referencia más a esta ciudad, señalando que «no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir» (Heb 13:14).

El autor de Hebreos dice poco sobre la naturaleza de esta ciudad «que está por venir», pero una imagen más completa se proporciona en la visión que el apóstol Juan describe en Apocalipsis 21-22. Juan ve «la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo» (Ap 21:2)13. Él continúa describiendo el enorme tamaño y esplendor de la ciudad. Esta no es una ciudad común, ya que llena toda la tierra y está edificada en gran parte de oro. Para Juan, esta metrópolis única es la meta hacia la que se dirige la creación, y lleva a cabo el proceso que Dios inició en Génesis 1.

Dado que Juan ve esta ciudad en una visión, debemos interpretar con cautela lo que se registra. Los aspectos de las visiones de Juan en Apocalipsis son de naturaleza simbólica. Por ejemplo, con un lenguaje figurativo, Jesús es a menudo designado como un cordero (p. ej., Ap 5:6, Ap 5:8, Ap 5:12-13, Ap 6:1, Ap 6:16). Como las visiones de Juan contienen imágenes simbólicas, no todo lo que dice sobre la ciudad debe tomarse literalmente. Sin embargo, se intuye que la visión de Juan de la nueva Jerusalén predice la existencia futura de una ciudad real en una tierra real, pero renovada.

La ciudad de la visión de Juan dista mucho de ser ordinaria. Él registra:

El que hablaba conmigo tenía una vara de medir de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. La ciudad está asentada en forma de cuadro, y su longitud es igual que su anchura. Y midió la ciudad con la vara, 12,000 estadios (2,160 kilómetros). Su longitud, anchura, y altura son iguales. Midió su muro, 144 codos (64.8 metros), según medida humana, que es también medida de ángel. El material del muro era jaspe, y la ciudad era de oro puro semejante al cristal puro (Ap 21:15-18).

Puede que las dimensiones sean simbólicas, como suele ocurrir en este tipo de literatura, pero no por ello dejan de transmitir algo de la magnitud de la ciudad. En términos de longitud, anchura y altura, cada lado tiene 12 000 estadios (es decir, 2220 kilómetros). Aunque el excepcional tamaño de la ciudad es sorprendente, incluso para los estándares modernos, su forma es aún más peculiar: es un cubo perfecto.

Como observan muchos comentaristas, las proporciones de la ciudad coinciden con las del lugar santísimo del templo de Jerusalén edificado por Salomón: «El santuario interior tenía 20 codos (9 metros) de largo, 20 codos de ancho y 20 codos de alto» (1 R 6:20). La nueva Jerusalén y el lugar santísimo son los únicos cubos perfectos mencionados en la Biblia. Y ambos están hechos de oro. Mientras que el santuario interior del templo de Jerusalén estaba recubierto de oro (1 R 6:20), Apocalipsis 21:18 registra que «la ciudad era de oro puro». Dado que la presencia de Dios está asociada a ambas estructuras, la visión de Juan implica que la nueva Jerusalén en su totalidad es un lugar santísimo ampliado.

Por esta razón, Juan no ve ningún templo dentro de la nueva Jerusalén:

«No vi en ella templo alguno, porque su templo es el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero» (Ap 21:22).

oda la ciudad es un santuario, donde Dios es servido y adorado por todos los ciudadanos. Esto implica que todos los que viven en la ciudad tienen un estatus sacerdotal (cf. Ap 22:4). Esta visión de la realidad última adquiere un significado adicional cuando consideramos que toda la historia bíblica, que comienza en Génesis, se construye en torno a la idea de que la tierra se convierte en la morada de Dios.

Varios detalles de la visión de Juan sugieren que la nueva Jerusalén es un huerto del Edén ampliado. Dentro de la ciudad se encuentra el «árbol de la vida», al que las personas tienen fácil acceso:

Después el ángel me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle de la ciudad. Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones (Ap 22:1-2).

Notablemente, este árbol vivificante funciona en beneficio de las naciones, lo que implica que la nueva Jerusalén es la ciudad cosmopolita por excelencia (cf. Ap 21:24-26). La nueva Jerusalén está habitada por personas de muchas naciones. Como cohabitantes con Dios, las personas experimentan su presencia de manera tan íntima que ven su rostro. Ninguna barrera se interpone entre Dios y los habitantes de la ciudad. Esta intimidad es casi única en toda la Biblia, y recuerda cómo Adán y Eva conocieron a Dios antes de su expulsión del huerto del Edén.

La nueva Jerusalén se presenta como una utopía, un paraíso. Como señala Juan, todo el mal y el sufrimiento son desterrados de esta metrópolis. Como ciudad santa bajo el control absoluto de una deidad perfecta, la nueva Jerusalén proporciona un entorno perfecto para sus habitantes. La ciudad no puede cambiar para mejor porque ya es perfecta, y siendo perfecta no puede cambiar para peor.

En Apocalipsis, la nueva Jerusalén se contrapone a otra ciudad. El libro de Apocalipsis proporciona visiones no de una ciudad, sino de dos. La visión de Juan de la nueva Jerusalén en 21:9-22:9 está junto a la visión de otra ciudad muy diferente; una ciudad llamada simbólicamente Babilonia (Ap 14:8; 16:19; 17:5; 18:2, 10, 21).

Mientras que Dios edificará la nueva Jerusalén en el futuro, la ciudad de Babilonia ya existe. Presente aquí y ahora, Babilonia es la gran ciudad humana edificada por personas que, con arrogancia y osadía, desafían a Dios. Babilonia y la nueva Jerusalén representan mundos opuestos, lo que se refleja en sus distintas ubicaciones. Babilonia está situada en el desierto (Ap 17:3), pero la nueva Jerusalén está en la cima de un monte (Ap 21:10).
A medida que avanzamos entre el desierto y el gran monte alto, las visiones de las dos ciudades abundan en fascinantes contrastes. Ambas son representadas como mujeres. La nueva Jerusalén es «la esposa del Cordero» (Ap 21:9; cf. 19:6-8), pero Babilonia es «la gran ramera» (Ap 17:1-5).

Como una ramera, Babilonia engaña y manipula a los «pueblos, multitudes, naciones y lenguas» con su encanto seductor (Ap 17:15). Ella emborracha a las naciones con vino, además de incitarlas a la inmoralidad sexual. Estas actividades se combinan para acentuar la naturaleza verdaderamente malvada de Babilonia. Esta representa a los que han abandonado a Dios y lo han sustituido por otros amantes (en apocalipsis algunos comentaristas la identifican con la Jerusalen terrenal que llego al culmen de su impiedad dando muerte a el Mesías y será por tanto juzgada).

Como una prostituta, Babilonia ha prosperado. Está vestida de ropas costosas, «adornada con oro, y piedras preciosas» (Ap 17:4), y tiene una copa de oro en la mano. La riqueza de Babilonia aparece con frecuencia a lo largo de Apocalipsis 18. La ciudad abunda en riquezas excesivas debido a una obsesión por adquirir bienes lujosos. Sus mercaderes son «los grandes de la tierra» (Ap 18:23). En consecuencia, con la destrucción de la ciudad, los «mercaderes de la tierra lloran y se lamentan» (Ap 18:11), porque ya no hay mercado para sus «cargamentos de oro, plata, piedras preciosas, perlas, lino fino, púrpura, seda y escarlata; toda clase de maderas olorosas y todo objeto de marfil y todo objeto hecho de maderas preciosas, bronce, hierro, y mármol; y canela, especias aromáticas, incienso, perfume, mirra, vino, aceite de oliva; y flor de harina, trigo, bestias, ovejas, caballos, carros, esclavos, y vidas humanas» (Ap 18:12-13). Los capitanes de barcos y marineros también se lamentan por la destrucción de la ciudad (Ap 18:17-19), pues con la desaparición de Babilonia ya no habrá comercio para ellos.

Esta imagen de Babilonia revela que la obsesión de la humanidad con la riqueza y el poder se convierte en un sustituto del conocimiento de Dios. La historia confirma la existencia continua de «Babilonia»14, ya que la economía domina la política nacional e internacional, y las naciones utilizan su poder para enriquecerse a costa de otras.

A diferencia de la opulenta prostituta de Babilonia, con sus relucientes joyas (Ap 17:4), la nueva Jerusalén es representada como una novia, vestida con un vestido de lino —presumiblemente blancos— que habla de pureza (Ap 19:8). Al comparar las visiones de la ramera, es decir, Babilonia, y de la esposa del Cordero, es decir, la nueva Jerusalén, Juan contrasta vívidamente la infidelidad de la primera con la fidelidad de la segunda. El verdadero amor solo se encontrará en la presencia de Dios; lo que la prostituta ofrece no es más que una sombra fugaz y engañosa de lo que es real.

La nueva Jerusalén ofrece plenitud y amor en la presencia de Dios. Dado que esta herencia está en el futuro, por ahora los ciudadanos de la nueva Jerusalén deben vivir como exiliados o peregrinos en Babilonia. En este sentido, el «exilio en Babilonia» todavía está en curso. Aunque la primera venida de Jesucristo inaugura una nueva era, esta se solapa con la antigua.

La recreación divina de la tierra y la llegada de la nueva Jerusalén esperan el regreso de Jesucristo. Acorde con esto, el libro de Apocalipsis presenta una importante elección a sus lectores:

¿Vivirán como ciudadanos de la impía Babilonia de este mundo, o como ciudadanos de la futura y nueva Jerusalén de Dios?

A los que permanezcan fieles, Jesús les promete el privilegio de reinar con él (Ap 3:21).

La esperanza de la resurrección corporal

La idea neotestamentaria de una futura y nueva Jerusalén está muy en consonancia con el énfasis que se hace en la esperanza de la resurrección corporal ligada al regreso de Jesucristo (cf. Heb 11:39-40). Esto lo vemos reflejado con suma cabalidad en las enseñanzas del apóstol Pablo.

Pablo tenía la firme convicción de que esta vida presente es solo una parte de algo mucho más grande. Una de las razones para ello era la convicción de Pablo de que la muerte no es el fin de la existencia humana.

Centrándose especialmente en la resurrección de Jesucristo, Pablo creía que los seguidores de Jesús también experimentarán una resurrección similar (1 Co 15:12-28). En Filipenses 3:11 Pablo se refiere específicamente a su esperanza de alcanzar «la resurrección de los muertos».

En sus cartas, Pablo transmite tres ideas importantes sobre la resurrección de los seguidores de Jesús que tienen implicaciones para la comprensión del concepto de la nueva Jerusalén.

  1. En primer lugar, Pablo cree que los que confían en Jesucristo para salvación experimentan en esta vida una resurrección espiritual.
  2. En segundo lugar, está firmemente convencido de una futura resurrección corporal o física para los que mueren físicamente en Cristo.
  3. En tercer lugar, asocia la resurrección corporal de los creyentes con un futuro regreso de Jesucristo.

En el pensamiento de Pablo, la nueva era comienza con la propia resurrección de Jesucristo. Como señala Costa:

La venida de Jesús, su muerte, y sobre todo su resurrección, inauguraron la llegada del escatón… Pablo creía que el fin de los tiempos había llegado (1 Co 10:11), y el punto de partida de este «fin de los siglos» parece ser la resurrección de Jesús, quien ahora es las «primicias» de los muertos (1 Co 15:20)15.

Sin duda, Pablo se ve a sí mismo viviendo en la nueva era, pero reconoce que esta solo se consumará plenamente con el regreso de Jesucristo. Para describir esta situación, algunos estudiosos hablan de «escatología realizada» y «escatología futura», dos categorías que a veces se catalogan como «ya» y «todavía no»:

Para Pablo, los creyentes viven entre dos momentos cruciales: la resurrección y la parusía de Jesús. En consecuencia, la salvación tiene un componente de «ya» y «todavía no». Debido a la resurrección [de Jesús], los creyentes en Cristo ya están unidos a Jesús, están sellados con el Espíritu, perdonados de sus pecados, y son más que vencedores. Por otro lado, la salvación aún no es completa porque el pecado y la muerte siguen siendo adversarios activos, aunque heridos. Hasta la parusía ellos permanecen bajo constantes amenazas. Pero cuando Cristo vuelva, los muertos resucitarán, los vivos se transformarán y el pecado, junto con la muerte, será destruido16.

La comprensión de Pablo de cómo la resurrección de Jesucristo inaugura una «nueva era» es coherente con su creencia de que los seguidores de Jesús se convierten en ciudadanos de la Jerusalén celestial. En Gálatas 4:21-31 Pablo contrasta «la Jerusalén actual», que asocia con la esclavitud de la ley, con «la Jerusalén de arriba», que trae la libertad. En Filipenses 3:20 comenta:

«Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo».

Aunque los seguidores de Jesús tienen el privilegio de ser ciudadanos de la Jerusalén celestial, deben esperar el regreso de Jesús antes de que esta ciudad se establezca en una tierra renovada, y se lleve a cabo el propósito de Dios al crear este mundo. Toda la historia avanza hacia un grandioso e interminable clímax.

En cuanto a la comprensión de Pablo de una futura resurrección corporal, es importante observar que Pablo no considera que la experiencia última después de la muerte sea una forma de vida en la que el alma existe sin un cuerpo. No obstante, afirma que el cuerpo resucitado será muy superior al cuerpo anterior a la resurrección. Para ilustrar esto, Pablo utiliza el ejemplo de una semilla que se siembra en la tierra. Él escribe en 1 Corintios 15:35-44:

Pero alguien dirá: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Y con qué clase de cuerpo vienen?». ¡Necio! Lo que tú siembras no llega a tener vida si antes no muere. Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que nacerá, sino el grano desnudo, quizás de trigo o de alguna otra especie. Pero Dios le da un cuerpo como Él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. No toda carne es la misma carne, sino que una es la de los hombres, otra la de las bestias, otra la de las aves y otra la de los peces. Hay, asimismo, cuerpos celestiales y cuerpos terrestres, pero la gloria del celestial es una, y la del terrestre es otra. Hay una gloria del sol, y otra gloria de la luna, y otra gloria de las estrellas; pues una estrella es distinta de otra estrella en gloria. Así es también la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se iembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo natural, se resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual (1Co 15:35-44).

Aunque Pablo habla en el versículo 44 de un «cuerpo espiritual», no se refiere a un cuerpo incorpóreo. Según Thiselton, para Pablo «el cuerpo espiritual… implica un yo reconocible e identificable públicamente, pero animado y caracterizado por el Espíritu Santo»17.

Thiselton continúa diciendo: «Pablo está abordando el problema de la transformación moral cuando el cristiano resucitado entra en la presencia inmediata de Dios, más bien que un cambio hacia un modo de existencia no material»18.

Pablo también asocia la resurrección de los creyentes con un futuro regreso de Jesucristo. Para entender el pensamiento de Pablo sobre esto, es útil observar que en su tiempo el pensamiento judío sobre la historia implicaba la idea de dos edades. Estaba la presente era mala y una nueva era venidera. La presente era mala se caracterizaba por un mundo en que la autoridad de Dios era ampliamente rechazada por la gente. Esta finalmente será reemplazada por una nueva era en la que Dios intervendrá significativamente para derrocar todo lo que es malo. En la expectativa judía, la transición desde la presente era mala a la nueva era venidera estaba estrechamente asociada a la restauración de la monarquía davídica, lo que implicaba un mesías enviado por Dios.

Para Pablo, Jesús era este Mesías o Cristo. En las palabras iniciales de la epístola de Pablo a los Romanos, escribe:

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que Él ya había prometido por medio de Sus profetas en las Sagradas Escrituras. Es el mensaje acerca de Su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne, y que fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo. Es por medio de Él que hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe entre todos los gentiles, por amor a Su nombre; entre los cuales están también ustedes, llamados de Jesucristo. A todos los amados de Dios que están en Roma, llamados a ser santos: Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (Ro 1:1-7).

En este pasaje Pablo llama la atención sobre el hecho de que Jesús desciende de David, pero también destaca aquí que Jesús ha sido resucitado de la muerte. Para Pablo, la resurrección de Jesucristo anticipa y hace posible la resurrección de otros. Al escribir a la iglesia de Corinto, Pablo comenta:

Pero ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que durmieron. Porque ya que la muerte entró por un hombre, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo en Su venida. Entonces vendrá el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, después que haya terminado con todo dominio y toda autoridad y poder. Pues Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos Sus enemigos debajo de Sus pies (1Co 15:20-25).

Pablo señala aquí que Jesús es «primicias de los que durmieron» (v. 20). A continuación, asocia la resurrección de otros con la venida de Cristo (v. 23) y, finalmente, habla del fin (v. 24). Aunque Pablo entiende que la resurrección de Jesús ya ha tenido lugar, mira hacia la futura venida de Jesucristo como el momento en que se producirá una resurrección corporal general de los muertos.

Cuando se refiere a la venida de Jesús, Pablo utiliza el término griego parousia. Este término se utiliza a veces en el Nuevo Testamento para referirse a la «venida» de personas ordinarias a visitar a alguien (p. ej., 1Co 16:17). Sin embargo, también se utiliza en los Evangelios para referirse a «la venida del Hijo del Hombre» (Mt 24:27, Mt 24:37, Mt 24:39). En la que puede ser una de las primeras cartas conocidas de Pablo, él les describe la venida de Jesús a los creyentes de Tesalónica de la siguiente manera:

Pero no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen, para que no se entristezcan como lo hacen los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús. Por lo cual les decimos esto por la palabra del Señor: que nosotros los que estemos vivos y que permanezcamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Pues el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo se levantarán primero. Entonces nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre. Por tanto, confórtense unos a otros con estas palabras (1Ts 4:13-18).

Aquí Pablo asocia la resurrección de los muertos con la venida de Jesucristo. La descripción que hace Pablo de la futura venida de Jesucristo puede estar influenciada por la forma en que el término griego parousia se entendía en el siglo I cuando se refería a una visita imperial. Tales visitas se realizaban con pompa y ceremonia. Esto explicaría la referencia de Pablo a la voz del arcángel y al sonido de la trompeta de Dios, que anuncian la llegada del que viene.

Junto al término parousia, Pablo introduce la expresión eis apantēsin, que significa «encontrarse». Según Gene Green, «encontrarse (eis apantēsin) era casi un término técnico que describía la costumbre de enviar una delegación fuera de la ciudad para recibir a un dignatario que iba camino a la ciudad»19.

Esta práctica se describe en Hechos 28:15, donde también se utiliza la expresión eis apantēsin: «… los hermanos vinieron desde allá [de Roma] a recibirnos [a Pablo y los demás] hasta el Foro de Apio y Las Tres Tabernas; y cuando Pablo los vio, dio gracias a Dios y cobró ánimo». Después del encuentro fuera de la ciudad, el dignatario era escoltado en una gran procesión hacia la ciudad.

Si aplicamos esta antigua práctica a la descripción de Pablo en 1 Tesalonicenses 4, surge la siguiente imagen: Pablo quiere asegurar a los tesalonicenses que los que ya están muertos serán los primeros en levantarse al encuentro del rey que viene. Aunque estén muertos, no estarán en desventaja cuando Cristo regrese. Luego los que estén vivos se unirán a los resucitados, y todos juntos se encontrarán con Jesucristo cuando él regrese a la tierra. Además, Pablo imagina a todas estas personas escoltando a Jesús a la tierra. Pablo no los concibe volando al cielo. Desafortunadamente, este pasaje se suele malinterpretar como si implicara que los seguidores de Jesús serán sacados de la tierra en un suceso que comúnmente se llama «el rapto».

Conclusión

Basándonos en el testimonio del Nuevo Testamento, es evidente que la iglesia primitiva vio en la muerte, resurrección y ascensión de Jesucristo el comienzo de una nueva era en la actividad de Dios en el mundo. Entre los diversos rasgos que lo atestiguan, destacan los siguientes, según hemos observado en este capítulo.

  1. En primer lugar, la iglesia se convierte en el nuevo templo de Dios, dejando obsoleto el templo de Jerusalén.
  2. En segundo lugar, el retrato negativo de Jerusalén en los Evangelios implica que ya no puede considerarse la «ciudad santa» de Dios.
  3. En tercer lugar, la iglesia primitiva anticipó la futura creación de una nueva ciudad de Dios que sustituiría a la malvada «Babilonia» del presente. Los seguidores de Jesús debían considerarse ciudadanos de esta «ciudad celestial».
  4. En cuarto lugar, la resurrección corporal de los seguidores de Jesús a su regreso era un desarrollo necesario para que vivieran en la nueva Jerusalén.

Aunque en sus enseñanzas Jesús no hace ninguna referencia directa a la nueva Jerusalén, prevé claramente un futuro en el que sus seguidores heredarán la tierra y disfrutarán del privilegio de ver a Dios (Mt 5:5, 8). Esta expectativa se refleja en sus palabras de consuelo a sus discípulos:

No se turbe su corazón; crean en Dios, crean también en Mí. En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes. Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también (Jn 14:1-3).


Fuente principal:

—The City of God and the Goal of Creation 2017 por T. Desmond Alexander. Publicado por Crossway, adaptado y editado por mi.


  1. Ver Graeme Goldsworthy, El Hijo de Dios y la nueva creación, Estudios Breves de Teología Bíblica (Ipswich MA: Proyecto Nehemías, 2022) ↩︎
  2. Para una mayor discusión, ver T. Desmond Alexander, From Eden to the New Jerusalem: An Introduction to Biblical Theology (Grand Rapids, MI: Kregel, 2009), 60-73 ↩︎
  3. Ronald E. Clements, God and Temple: The Idea of the Divine Presence in Ancient Israel (Oxford, UK: Basil Blackwell, 1965), 139 ↩︎
  4. El griego para «ustedes» es plural en los vv. 16 y 17. ↩︎
  5. «Su» es plural en este versículo. Pablo no está hablando aquí de los cuerpos de los creyentes individuales, sino del cuerpo organizado de la Iglesia ↩︎
  6. H. A. Thomas, «Zion» en Dictionary of the Old Testament: Prophets, ed. M. J. Boda y J. G. McConville (Downers Grove, IL: IVP Academic, 2012), 913 ↩︎
  7. Cf. G. K. Beale, The Temple and the Church’s Mission: A Biblical Theology of the Dwelling Place of God, New Studies in Biblical Theology 17 (Leicester, UK: Apollos, 2004), 201-16; Beale, «Eden, the Temple, and the Church’s Mission in the New Creation», JETS 48 (2005): 64-66 ↩︎
  8. Para un mayor análisis de Jerusalén en Mateo y otros evangelios, ver L. K. Fuller Dow, Images of Zion: Biblical Antecedents for the New Jerusalem, New Testament Monographs 26 (Sheffield, UK: Sheffield Phoenix Press, 2010), 140-65. ↩︎
  9. El libro de Malaquías revela que incluso en el período postexílico el templo fue profanado por los que servían y adoraban allí. Los comentarios de Cristo sobre Jerusalén en Mateo 23:37 y Lucas 13:34 transmiten parte de la frustración de Dios ante la respuesta de la ciudad a su estatus privilegiado. ↩︎
  10. Acerca de heredar la tierra, ver Oren R. Martin, Bound for the Promised Land: The Land Promise in God’s Redemptive Plan, New Studies in Biblical Theology 34 (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2015), 124–26 ↩︎
  11. Para entender la lectura hebrea, el llamado de Abraham en Génesis 12:1-3 se tiene que leer en el contexto de Génesis 1-11, y especialmente de la edificación de Babel-Babilonia en Génesis 11:1-9. ↩︎
  12. Donald A. Hagner, Hebrews, NIBCNT (Peabody, MA: Hendrickson, 1983), 210. ↩︎
  13. Posteriormente, Juan dice: «Entonces me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios» (Ap 21:10), repitiendo las ideas de la ciudad santa que desciende del cielo. Juan también escribe que vio «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21:1). La asociación del cielo nuevo y la tierra nueva con la nueva Jerusalén recuerda Isaías 65:17-18. ↩︎
  14. La Babilonia de Apocalipsis se suele entender tradicionalmente como un código para hablar de Roma dentro de posturas historicistas y futuristas, y , la mayor «ciudad» en el siglo I d. C. Sin embargo, no debemos restringir la interpretación de Babilonia meramente a la capital del Imperio romano. Babilonia simboliza lo que los humanos persiguen cuando se separan de Dios y es la antítesis de la ciudad que Dios mismo desea edificar en la tierra. Dentro de la interpretación preterista es señalada como la Jerusalén terrenal. ↩︎
  15. Tony Costa, «‘Is Saul of Tarsus Also among the Prophets?’ Paul’s Calling as Prophetic Divine Commissioning» en Christian Origins and Greco-Roman Culture: Social and Literary Contexts for the New Testament, ed. S. E. Porter y A. W. Pitts (Leiden: Brill, 2012), 209 ↩︎
  16. David B. Capes, Rodney Reeves, y E. Randolph Richards, Rediscovering Paul: An Introduction to His World, Letters and Theology (Nottingham, UK: Apollos, 2007), 261 ↩︎
  17. Anthony C. Thiselton, The Living Paul: An Introduction to the Apostle and His Thought (London: SPCK, 2009), 72. ↩︎
  18. Ibid. ↩︎
  19. Gene L. Green, The Letters to the Thessalonians, PNTC (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 2002), 226. ↩︎

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