1. ¿Qué es el pecado? Hacía una definición Bíblica

¿Qué quiere decir realmente la Biblia cuando habla de pecado? Este primer estudio establece el fundamento de toda la serie examinando el vocabulario bíblico y las distintas dimensiones del pecado: desviación, iniquidad, transgresión, rebelión, autonomía e idolatría. Un recorrido desde el hebreo y el griego bíblicos hasta sus consecuencias de culpa, corrupción, esclavitud y muerte, con un propósito fundamental: comprender mejor la gravedad del pecado para apreciar con mayor profundidad la grandeza de la gracia.

Pocas palabras pertenecen tanto al vocabulario cristiano como la palabra pecado y, al mismo tiempo, pocas corren tanto peligro de ser utilizadas sin comprender toda su profundidad. Hablamos de pecado para referirnos a una mentira, un adulterio, un robo, un pensamiento impuro o cualquier otra conducta contraria a la voluntad de Dios. Todo ello es correcto, pero todavía no responde completamente a la pregunta: ¿qué es el pecado?

Pocas realidades ocupan un lugar tan extenso en la Escritura y, al mismo tiempo, se resisten tanto a una definición sencilla como el pecado. Desde la primera transgresión humana narrada en Génesis 3 hasta la exclusión definitiva de todo aquello que contamina la nueva Jerusalén en Apocalipsis 21–22, el pecado atraviesa la historia bíblica como el gran elemento disruptivo de la buena creación de Dios. Entre ambos extremos del canon se encuentran asesinato, violencia, idolatría, incredulidad, injusticia, impureza moral, apostasía, dureza de corazón, transgresión de la ley, opresión, engaño, codicia y muerte. Sin embargo, ninguna de estas realidades, considerada aisladamente, agota aquello que la Escritura denomina pecado.

Esta dificultad se hace evidente cuando intentamos formular una definición.1 La cuestión es fundamental porque nuestra comprensión del pecado condicionará inevitablemente nuestra comprensión de la salvación. Si el problema del ser humano fuera simplemente ignorancia, necesitaríamos principalmente educación; si fuera únicamente debilidad, necesitaríamos fortalecimiento; si fuera solo enfermedad, necesitaríamos curación. Pero si la Escritura describe al ser humano también como culpable, rebelde, esclavizado, corrompido y separado de Dios, entonces la salvación tendrá que responder a todas esas dimensiones.

J. C. Ryle expresaba este principio al comienzo de su tratamiento sobre la santidad: una comprensión adecuada del pecado se encuentra en la raíz de doctrinas como la justificación, la conversión y la santificación.2 La observación sigue siendo importante. No podremos apreciar suficientemente la gracia hasta comprender la gravedad de aquello de lo que la gracia nos rescata.

Sin embargo, definir el pecado exige más que buscar una palabra hebrea o griega y convertir su etimología en una doctrina. La Escritura utiliza un vocabulario extraordinariamente rico: habla de pecado como desviación, iniquidad, rebelión, transgresión, injusticia, impiedad, infidelidad e ilegalidad; lo describe también como idolatría, incredulidad, dureza del corazón y esclavitud. Cada término ilumina una dimensión distinta de una misma realidad.

Por eso nuestro método será acumulativo. Comenzaremos por el vocabulario bíblico, pero no terminaremos allí. Observaremos después cómo funciona ese vocabulario dentro de la historia bíblica, desde la creación y la caída hasta la enseñanza apostólica, para finalmente formular una definición suficientemente amplia como para hacer justicia al conjunto de la evidencia (Para ver los demás estudios aquí: «El pecado: de la rebelión a la restauración»).

La tesis que defenderemos es que el pecado es, en su nivel más profundo, una rebelión de la criatura contra su Creador que se expresa en el rechazo de su autoridad, la transgresión de su voluntad, la distorsión de su buen orden y la sustitución de su gloria por otros objetos de confianza y adoración. De esa rebelión proceden culpa, corrupción, esclavitud, ruptura y muerte.

Objetivo de este primer estudio

El propósito de este primer estudio es establecer el marco bíblico y conceptual que servirá de fundamento para toda la serie. No pretendemos desarrollar todavía de manera exhaustiva cada aspecto de la doctrina del pecado, sino responder a una pregunta más básica: ¿qué realidad describe la Escritura cuando habla de pecado?

Para responderla tendremos que contemplar el pecado desde varios ángulos. Examinaremos su vocabulario fundamental, su carácter de desviación, iniquidad y rebelión, su relación con la autoridad de Dios y su voluntad revelada, y algunas de sus manifestaciones y consecuencias: autonomía, idolatría, culpa, corrupción, esclavitud y muerte. Estos temas aparecerán aquí necesariamente de manera introductoria; varios de ellos recibirán un tratamiento específico y mucho más amplio en los estudios posteriores.

Este primer capítulo quiere, por tanto, proporcionarnos el mapa general de la doctrina del pecado. Antes de estudiar su origen, su relación con Adán, su presencia en el corazón humano, su relación con la Torá, sus consecuencias y la respuesta de Dios en el Mesías, necesitamos comprender primero qué queremos decir cuando afirmamos que algo es pecado.

El pecado solo puede comprenderse comenzando por Dios

Una doctrina bíblica del pecado no comienza realmente con el ser humano. Comienza con Dios.

Génesis 1 no introduce primero una prohibición, sino a un Creador. Dios crea, ordena, bendice y declara buena su creación. El ser humano aparece dentro de ese mundo como criatura hecha a imagen de Dios y llamada a vivir bajo su autoridad y para sus propósitos. Solo después podemos comprender Génesis 3.

Esto significa que el pecado no puede definirse simplemente como «hacer cosas malas», porque todavía tendríamos que preguntar qué convierte algo en bueno o malo. En la cosmovisión bíblica, el bien no es una realidad independiente situada por encima de Dios, ni una convención que la sociedad pueda redefinir a voluntad. El pecado presupone una relación Creador-criatura y, por tanto, presupone que Dios posee legítima autoridad sobre aquello que ha creado.

Thomas McCall ha resumido acertadamente esta dimensión mediante el propio título de su estudio doctrinal: el pecado es contra Dios y contra la naturaleza, es decir, contra Dios y contra el buen orden de su creación. Esta dimensión normativa aparece también en definiciones clásicas de la tradición cristiana: el pecado comprende tanto hacer aquello que contradice la voluntad de Dios como omitir aquello que Dios manda.3

Esta perspectiva impide reducir el pecado a mera infracción jurídica. La ley importa profundamente, como veremos, pero la Ley pertenece al Dios que habla. Pecar no es simplemente infringir una regla impersonal; es responder incorrectamente al Dios que nos creó, nos sostiene y tiene derecho sobre nosotros.

Génesis 3 muestra precisamente esto. El mandamiento de Génesis 2:16-17 establece un límite, pero el drama de Génesis 3 no consiste simplemente en que dos seres humanos comen un fruto prohibido. La serpiente comienza cuestionando la palabra de Dios: «¿Conque Dios os ha dicho…?». Después cuestiona las consecuencias anunciadas por Dios: «No moriréis». Finalmente cuestiona implícitamente su bondad, sugiriendo que Dios está reteniendo algo deseable: «serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal».

Antes de que la mano tome el fruto, la palabra de Dios ha sido puesta en duda, su bondad ha sido cuestionada y su autoridad ha sido desplazada.

Aquí comenzamos a percibir la profundidad del pecado.

חטא (ḥṭʾ): pecado como fracaso y desviación

El vocabulario hebreo nos permite observar esta realidad desde diferentes ángulos. Rafael Criado4, en su estudio clásico «El concepto de pecado en el Antiguo Testamento» señala la gran riqueza terminológica de la Biblia hebrea y destaca tres grupos principales: חטא (jatá), עוה (avá, relacionado con עָוֹן, avón) y פשע (pashá). En su recuento, la familia de חטא (jatá) es, con diferencia, una de las más importantes para expresar el concepto de pecado.

La raíz jatá חטא puede utilizarse en determinados contextos no morales con el sentido de fallar o no acertar. El ejemplo conocido aparece en Jueces 20:16, donde se dice de setecientos honderos benjaminitas que podían lanzar una piedra a un cabello «sin errar».5

De ahí procede la conocida explicación de pecado como «errar el blanco». La imagen puede resultar pedagógicamente útil, pero requiere una advertencia. No debemos suponer que cada vez que un autor bíblico utiliza jatá חטא o, posteriormente, ἁμαρτία (hamartía), está pensando conscientemente en un arquero que falla una diana. Criado mismo advierte contra convertir el origen profano de una palabra en la definición de todos sus usos teológicos posteriores: las palabras desarrollan significados y esos significados deben determinarse por el uso contextual.6

No obstante, permanece una intuición importante: el pecado supone un fracaso respecto del propósito y de la norma de Dios. El ser humano no es simplemente una criatura que comete ocasionalmente errores; es una criatura que no está viviendo conforme al propósito para el cual fue creada.

Esta dimensión ayuda a iluminar Romanos 3:23: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». El lenguaje paulino no debe reducirse etimológicamente a «errar el blanco», pero el resultado teológico es compatible con la imagen: la humanidad no alcanza aquello para lo que fue creada. El problema del pecado es también un problema de vocación humana frustrada.

עָוֹן (ʿāwōn): iniquidad, culpa y condición torcida

Otro término fundamental es עָוֹן (ʿāwōn), frecuentemente traducido como «iniquidad». La familia lingüística asociada puede transmitir la idea de desviación o perversión. Lo particularmente importante es que ʿāwōn posee una amplitud que nuestra palabra castellana «pecado» no siempre refleja: según el contexto puede referirse al acto pecaminoso, a la culpa que resulta de él e incluso a las consecuencias que esa culpa acarrea. Estudios filológicos han seguido observando esta capacidad de determinados términos hebreos para abarcar tanto la acción como sus consecuencias.7

Esto introduce una distinción teológica que necesitaremos durante toda la serie: pecado y culpa están inseparablemente relacionados, pero no son idénticos. El pecado es aquello que contradice la voluntad de Dios; la culpa es la responsabilidad que recae sobre el pecador debido a esa transgresión. Por eso podemos hablar, teológicamente, de una “condición torcida”: el pecado no solamente produce acciones desviadas, sino que deja al ser humano en una situación objetiva de culpa y desorden ante Dios.8

Más adelante esta distinción será indispensable para estudiar el pecado original y especialmente Romanos 5:12-21. Allí tendremos que preguntar cómo se relacionan el pecado de Adán, la solidaridad de la humanidad con él, la culpa, la condenación y la muerte. Por ahora basta reconocer que la Biblia no trata el pecado simplemente como un acto que desaparece una vez realizado. El pecado deja al pecador en una determinada condición delante de Dios.

פֶּשַׁע (pešaʿ): cuando el pecado recibe el nombre de rebelión.

Si חטא (jatá) puede destacar el fracaso o desviación y עָוֹן (ʿāwōn) la perversión y culpa, פֶּשַׁע (pešaʿ) introduce una dimensión todavía más personal: rebelión.9

El verbo relacionado significa «rebelarse contra alguien» y su uso religioso llega a expresar «pecado, transgresión, ruptura, levantamiento contra Dios». Su trasfondo resulta especialmente significativo porque el término puede describir la ruptura de una relación de subordinación o fidelidad.

Isaías abre su gran acusación contra Israel utilizando precisamente esta lógica:

«Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla YHWH: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí» (Is 1:2).

La imagen es mucho más fuerte que «cometieron errores». Israel ha respondido con rebelión al Dios que lo hizo su pueblo. Esta dimensión relacional es esencial. El pecado no consiste solamente en quebrantar algo; consiste en rebelarse contra Alguien.10

Por eso el lenguaje bíblico del pecado puede funcionar dentro de categorías de pacto. La desobediencia de Israel no es meramente incumplimiento administrativo; es infidelidad hacia YHWH. Podriamos describir pešaʿ como especialmente apropiado para expresar la ruptura o atentado contra el pacto.

Esta dimensión nos protege de una concepción excesivamente abstracta de la moral. Dios no entrega una tabla de normas y desaparece. Él permanece como el Dios con quien su pueblo está relacionado.

«Contra ti he pecado»: la dimensión teocéntrica

El Salmo 51 reúne admirablemente varias de estas dimensiones. David habla de sus rebeliones, su maldad y su pecado. Pero en el centro de la confesión aparece una afirmación sorprendente:

«Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» (Sal 51:4).

La afirmación parece problemática si olvidamos la historia que la precede. David había pecado contra Betsabé, contra Urías, contra su propia familia, contra Israel y contra la responsabilidad que acompañaba a su oficio real. ¿Cómo puede entonces afirmar que ha pecado contra Dios «solo»?

No está negando a sus víctimas. Está identificando la referencia última de todo pecado. Pecar contra una criatura hecha a imagen de Dios es también pecar contra el Dios cuya imagen lleva. Quebrantar el orden moral establecido por Dios es desafiar al Dios que lo estableció. Utilizar al prójimo para nuestros propios fines significa despreciar la voluntad del Creador acerca de cómo debemos tratarlo.

Esto nos permite formular una afirmación que será fundamental para toda la serie:

Todo pecado posee finalmente una dimensión teológica. Podemos pecar directamente contra Dios o contra nuestro prójimo, pero nunca existe un pecado que sea completamente ajeno a nuestra relación con Dios.

Por eso una cultura puede conservar determinadas categorías morales y, sin embargo, perder progresivamente la categoría bíblica de pecado. Puede hablar de daño, trauma, injusticia, error, disfunción o delito —categorías que pueden ser perfectamente legítimas en sus ámbitos respectivos— sin reconocer que determinadas acciones son además pecado contra Dios.

La Escritura no nos permite eliminar esa dimensión vertical.

Génesis 3 y la pretensión humana de autonomía

Volvamos ahora a Génesis 3. La profundidad del relato aparece cuando observamos que la primera transgresión no consiste solamente en desobedecer una prohibición arbitraria. La serpiente presenta ante la humanidad una alternativa acerca de quién determinará finalmente la verdad, el bien y el mal.

Dios ha hablado. La serpiente contradice su palabra. La mujer contempla el árbol, evalúa su conveniencia y toma. El hombre participa. La criatura comienza a actuar como si poseyera la capacidad última de determinar por sí misma qué debe creer y qué debe hacer.

La tentación sigue así una progresión significativa: se cuestiona la palabra de Dios, se pone en duda su veracidad, se sospecha de su bondad y finalmente se rechaza su autoridad. El problema ya no es solamente qué fruto puede o no puede comerse; la cuestión fundamental es quién tiene derecho a determinar lo que es bueno y lo que es malo.

La expresión «conociendo el bien y el mal» ha recibido distintas interpretaciones y no conviene reducirla sin más a una fórmula filosófica de «autonomía moral». Sin embargo, dentro de la narración resulta evidente que Adán y Eva dejan de recibir obedientemente de Dios el límite que él ha establecido y actúan sobre la base de su propio juicio. La mujer «vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría» (Gn 3:6). Frente al «Dios dijo» de Génesis 2 aparece ahora, en la práctica, un «yo veo, yo deseo y yo decido».

Ahí aparece una de las dimensiones más profundas del pecado: la pretensión de autonomía. Y debemos entender bien el término. Autonomía procede de autos, «uno mismo», y nomos, «ley»: ser, en cierto sentido, ley para uno mismo. Bíblicamente, el problema no consiste en que el ser humano piense, razone o tome decisiones —Dios lo creó precisamente como agente moral responsable—, sino en que pretenda ejercer esas capacidades independientemente de la autoridad del Creador.

Una sencilla ilustración ayuda a percibir la diferencia. Un embajador posee verdadera autoridad, pero es una autoridad recibida. Puede pensar, decidir y actuar, pero lo hace representando al rey que lo envió. Si utiliza la autoridad recibida para declarar que ya no reconoce al rey, no ha adquirido simplemente mayor independencia: ha convertido la autoridad delegada en rebelión. Algo semejante sucede en Génesis 3: el ser humano continúa utilizando capacidades recibidas de Dios, pero comienza a utilizarlas contra la palabra de quien se las dio.

La tentación de Génesis 3 no consiste solamente en «haz lo que Dios ha prohibido», sino en algo más profundo: «decide tú mismo si Dios tiene razón al prohibírtelo».

En este sentido, en el corazón del pecado existe una pretensión de autonomía.

La palabra debe utilizarse cuidadosamente. No significa que toda persona que peca piense conscientemente «quiero convertirme en Dios». Significa que el pecador reproduce la lógica de Génesis 3 cuando pretende vivir como si pudiera determinar el bien, la verdad y el propósito de la existencia independientemente del Creador.

Por eso el pecado puede esconderse detrás de una vida exteriormente respetable. No hace falta convertirse en criminal para vivir en rebelión contra Dios. Es posible estudiar, trabajar, formar una familia, pagar impuestos y mantener buena reputación, mientras se organiza toda la existencia sin referencia real al Creador.

El problema fundamental no es únicamente qué hago, sino quién ocupa el centro desde el cual determino lo que hago.

Romanos 1: el pecado como intercambio e idolatría

Pablo lleva esta lógica un paso más allá en Romanos 1:18-25. Es significativo que, al describir la condición pecaminosa de la humanidad, no comience por asesinato, inmoralidad sexual o robo. Comienza por la respuesta humana a Dios: «habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias» (Ro 1:21).

Después Pablo describe una serie de intercambios. La humanidad cambia la gloria del Dios incorruptible por imágenes (1:23), cambia la verdad de Dios por la mentira (1:25) y termina «honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador» (1:25).

Esta estructura permite comprender la idolatría como una de las expresiones radicales del pecado. La idolatría no consiste únicamente en inclinarse ante una estatua. En términos teológicos, aparece cuando una realidad creada recibe la confianza, el amor, la obediencia, la identidad o la esperanza última que corresponden al Creador.

Por eso dinero, sexualidad, poder, familia, reputación, ideología, éxito, seguridad o incluso la propia autonomía pueden adquirir una función idolátrica. Ninguna de esas realidades tiene que ser mala en sí misma. El problema aparece cuando una cosa creada ocupa el lugar que pertenece a Dios.

Esto explica por qué pecado e idolatría aparecen tan estrechamente relacionados en la narrativa bíblica. Una síntesis contemporánea de esta línea argumental describe la idolatría como una raíz del pecado precisamente porque desplaza hacia la criatura la gloria que corresponde a Dios.

Aquí Génesis 3 y Romanos 1 convergen: el pecado no solamente quebranta el orden de Dios; reorganiza el mundo alrededor de un centro equivocado.

Pecado y Torá: la importancia de ἀνομία

Si el pecado es desviación, transgresión y rebelión, debemos preguntarnos: ¿respecto de qué norma se produce esa desviación? La respuesta bíblica es que el ser humano no determina autónomamente qué es bueno y qué es malo. El criterio último se encuentra en Dios, en su carácter y en su voluntad revelada.

Por eso existe una estrecha relación entre pecado y Torá. El término hebreo תּוֹרָה (Torá), aunque habitualmente se traduce como «ley», también contiene la idea de instrucción o enseñanza. Por medio de ella Dios revela a su pueblo cómo debe vivir delante de él. El pecado, por tanto, no es simplemente aquello que una sociedad desaprueba o aquello que produce en nosotros sentimiento de culpa: es aquello que contradice la voluntad de Dios.

Esta dimensión aparece con particular claridad en 1 Juan 3:4:

«Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley».

El texto griego contiene una afirmación muy concisa:

ἡ ἁμαρτία ἐστὶν ἡ ἀνομία
hē hamartía estin hē anomía

«El pecado es anomía.»

El término ἀνομία (anomía) está relacionado con νόμος (nómos), «ley», y puede expresar, según el contexto, ideas como ilegalidad, transgresión o conducta contraria a la norma. Sin embargo, como ya advertimos al estudiar las palabras hebreas, no debemos definir el término únicamente por su etimología ni traducir automáticamente cada aparición como «transgresión de la Torá». El contexto debe determinar su sentido concreto.

La afirmación de Juan añade una dimensión importante a nuestra definición: el pecado tiene un carácter normativo. No consiste solamente en «fallar» o desviarse de un ideal; supone encontrarse en contradicción con aquello que Dios ha establecido.

Pablo explica una de las funciones de la Ley precisamente en estos términos:

«por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Ro 3:20).

Y en Romanos 7 ofrece un ejemplo concreto:

«yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás» (Ro 7:7).

La Torá permite identificar el pecado como pecado. Pero Pablo se apresura a evitar un malentendido: «¿La ley es pecado? En ninguna manera» (Ro 7:7). Más adelante afirma que «la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno» (7:12). El problema, por tanto, no reside en que Dios haya revelado su voluntad, sino en la respuesta pecaminosa del ser humano. El estudio paulino contenido en una de nuestras fuentes examina precisamente esta relación entre el mandamiento y el conocimiento del pecado en Romanos 7.

Podemos pensarlo mediante una imagen sencilla: un espejo no produce la mancha que vemos en nuestro rostro; simplemente permite descubrirla. Del mismo modo, que la Torá revele el pecado no significa que ella sea el problema. La norma divina pone de manifiesto nuestra desviación respecto de ella.

Esta relación aparece también en las palabras de Yeshúa. En Mateo 7:21 habla de «hacer la voluntad de mi Padre», mientras que en 7:23 se refiere a quienes practican ἀνομία (anomía). La oposición resulta significativa: frente a la voluntad del Padre aparece una conducta que la contradice.

Más adelante tendremos que estudiar una cuestión mucho mayor: qué relación existe entre la Torá, el Mesías, el nuevo pacto y la obediencia del creyente. Las propias promesas del nuevo pacto hablan de la ley escrita en el corazón (Jer 31:33) y de la obra del Espíritu conduciendo al pueblo de Dios a caminar en sus estatutos (Ez 36:26–27), Esta cuestión merece un estudio propio y volveremos a ella más adelante.

Por ahora basta con establecer este principio:

El pecado presupone una norma que el ser humano no crea por sí mismo. Dios determina lo que es bueno, y su Torá revela su voluntad. Por eso ἀνομία (anomía) nos ayuda a comprender el pecado como una conducta que contradice la norma divina.

Pecado deliberado y pecado inadvertido

La riqueza del vocabulario bíblico sobre el pecado nos obliga a introducir una distinción importante: no toda transgresión se comete con el mismo grado de conocimiento e intención. La Torá reconoce que una persona puede quebrantar un mandamiento de Dios sin haber tenido el propósito consciente de rebelarse contra él.

Levítico 4 comienza precisamente contemplando esta posibilidad:

«Cuando alguna persona pecare por yerro en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer…» (Lv 4:2).

La expresión hebrea בִּשְׁגָגָה (bishgagáh) comunica la idea de actuar por error o inadvertencia. El capítulo aplica esta posibilidad al sacerdote (Lv 4:3), a toda la congregación (4:13), a un gobernante (4:22) y a cualquier persona del pueblo (4:27). Particularmente significativo es el caso de la congregación: el pecado puede permanecer inicialmente «oculto a los ojos del pueblo» y posteriormente llegar a ser conocido (4:13–14).

Esto significa que, en la concepción bíblica, el desconocimiento de una transgresión no hace necesariamente que la transgresión deje de existir. La norma no depende exclusivamente de la percepción subjetiva del individuo, sino de la voluntad de Dios. Precisamente el Antiguo Testamento conoce la posibilidad de «pecar por error», es decir, quebrantar una prohibición o incumplir una norma por inadvertencia.

Un ejemplo interesante aparece en Génesis 20. Abimelec había tomado a Sara creyendo que era hermana de Abraham. Cuando Dios interviene, Abimelec puede decir: «Con sencillez de mi corazón y con limpieza de mis manos he hecho esto» (Gn 20:5), y Dios mismo reconoce que había actuado «con integridad de tu corazón» (20:6). Su desconocimiento era real y afectaba a la valoración de su conducta; sin embargo, la situación contraria al orden de Dios debía ser corregida. Este episodio nos muestra que en el Antiguo Testamento se puede reconocer una transgresión sin identificarla necesariamente con una rebelión plenamente consciente.

La diferencia aparece con especial claridad en Números 15:22–31. Después de establecer expiación para quien peca «por yerro», el texto presenta el caso contrario:

«Mas la persona que hiciere algo con soberbia… ultraja a Jehová» (Nm 15:30).

La expresión hebrea es בְּיָד רָמָה (beyad ramáh), literalmente «con mano alzada». La imagen expresa una actitud desafiante. El propio texto explica la gravedad de esta conducta: «tuvo en poco la palabra de Jehová, y menospreció su mandamiento» (Nm 15:31). Ya no estamos simplemente ante alguien que ha quebrantado inadvertidamente una norma, sino ante una actitud consciente de desprecio hacia la palabra y autoridad de Dios.

Esto nos permite introducir una distinción que será importante a lo largo de nuestro estudio:

Una cosa es la realidad objetiva de la transgresión y otra el grado de conocimiento, intención y rebeldía con que esa transgresión se comete.

La Escritura toma en serio ambas dimensiones. No podemos concluir que «si no sabía que estaba mal, entonces no hubo transgresión»; pero tampoco podemos equiparar sin más el pecado inadvertido con el desafío consciente a Dios. La propia Torá distingue entre ambos.

Esta distinción también nos ayuda a comprender mejor los términos estudiados anteriormente. No todo חטא (jatá) constituye necesariamente פֶּשַׁע (péshaʿ) en su sentido más fuerte. Puede existir fallo o transgresión sin una intención consciente de rebelión, mientras que péshaʿ pone especialmente de relieve el pecado como rebelión contra la autoridad divina. La fuente que estamos siguiendo señala precisamente el carácter voluntario que puede adquirir péshaʿ como acto contrario a la sumisión debida a Dios.

Del acto pecaminoso al poder del pecado

Hasta ahora hemos hablado principalmente de acciones. Pero el Nuevo Testamento, y especialmente Pablo, obliga a profundizar todavía más.

Ἁμαρτία (hamartía) puede designar pecados concretos, pero en Romanos aparece también casi como un poder que reina, esclaviza y produce muerte. Romanos 6 exhorta: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal» (6:12), y recuerda a los creyentes que anteriormente eran «esclavos del pecado» (6:17).

Esto significa que el problema humano no puede reducirse a una colección de malas decisiones independientes unas de otras.

Matthew Harmon expresa esta amplitud describiendo los efectos del pecado alcanzando pensamientos, creencias, actitudes, emociones, palabras y acciones. En su teología bíblica, además, el pecado conduce al exilio: desde la expulsión de Edén, la rebelión produce alejamiento de la presencia y bendición divinas, mientras que la historia de la redención desarrolla el movimiento inverso de restauración.

Esta perspectiva narrativa es importante. El pecado no solamente produce «cosas malas». Desordena al ser humano y lo expulsa de la vida para la cual fue creado.

Jesús sitúa también el problema en el interior: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…» (Mr 7:21). La lista que sigue incluye adulterios, homicidios, hurtos, avaricia, engaño, envidia, soberbia e insensatez.

Esto invierte una tendencia profundamente humana: solemos buscar el problema fuera de nosotros. Jesús dirige la mirada hacia el corazón.

No pecamos únicamente porque existen malas influencias alrededor de nosotros. Tampoco pecamos únicamente porque desconocemos determinadas reglas. Existe un desorden interior que afecta deseos, afectos, razonamientos y voluntad.

De ahí que la solución bíblica al pecado no pueda consistir solamente en informar mejor al pecador. Necesitamos perdón, pero también transformación; necesitamos justificación, pero también regeneración y santificación.

Pecados de comisión y pecados de omisión

Hay todavía otra dimensión que suele recibir menos atención. Podemos pecar haciendo aquello que Dios prohíbe, pero también dejando de hacer aquello que Dios requiere.

Santiago 4:17 lo formula con extraordinaria claridad:

«al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado».

Esto ensancha considerablemente nuestro examen moral. Si preguntamos solamente «¿qué he hecho mal?», podemos pasar por alto una parte importante del problema. También debemos preguntar:

¿Qué bien debía haber hecho y no hice?

No amar cuando debíamos amar, no defender cuando debíamos defender, no perdonar cuando debíamos perdonar, no socorrer pudiendo hacerlo, no decir la verdad cuando era necesario, no utilizar nuestros dones responsablemente: la omisión también pertenece a la doctrina del pecado.

La tradición cristiana ha expresado esta amplitud mediante la fórmula clásica según la cual pecado es tanto falta de conformidad con la ley de Dios como transgresión de ella. Esa definición continúa siendo útil precisamente porque incluye tanto omisión como comisión.

Pecado, culpa, corrupción, esclavitud y muerte

Ahora podemos empezar a ordenar conceptos que necesitaremos durante toda la serie.

El pecado es la realidad fundamental que estamos describiendo. La culpa es nuestra responsabilidad ante Dios debido al pecado. La corrupción describe el desorden que el pecado produce en la naturaleza humana. La esclavitud describe su poder dominador. La alienación describe la ruptura de relaciones que produce. Y la muerte constituye su consecuencia culminante.

Estas categorías no deben confundirse, pero tampoco separarse.

PANORAMA BÍBLICO
Las múltiples dimensiones del pecado
La Escritura describe una misma realidad desde perspectivas diferentes. Cada imagen revela una dimensión particular del pecado.
01
⚖
LENGUAJE JURÍDICO
Culpabilidad
La Biblia puede hablar jurídicamente del pecado porque somos culpables.
02
◇
LENGUAJE RELACIONAL
Separación
Puede hablar relacionalmente porque el pecado nos separa de Dios y del prójimo.
03
♥
LENGUAJE ANTROPOLÓGICO
El corazón
Puede hablar antropológicamente porque el pecado afecta al corazón del ser humano.
04
♛
LENGUAJE POLÍTICO
Dominio y esclavitud
Puede hablar políticamente mediante imágenes de dominio y esclavitud.
05
✦
LENGUAJE CULTUAL
Contaminación
Puede hablar cultualmente mediante categorías de contaminación y purificación.
06
◎
LENGUAJE ECONÓMICO
Deuda
Puede hablar económicamente mediante imágenes de deuda.
07
⌂
LENGUAJE ESPACIAL
Exilio
Puede hablar espacialmente mediante la imagen bíblica del exilio.
08
∞
CONSECUENCIA FINAL
Vida y muerte
Finalmente, puede hablar del pecado en términos de vida y muerte.
✦
IDEA CENTRAL
Ninguna de estas imágenes agota por sí sola la realidad del pecado. Juntas muestran su profundidad y alcance: culpa, ruptura, corrupción, esclavitud, contaminación, deuda, exilio y muerte.

No necesitamos escoger una de estas metáforas y descartar las demás. La riqueza del lenguaje bíblico existe precisamente porque ninguna imagen aislada agota la realidad del pecado.

Hacia una definición bíblica más completa

Después de recorrer estas dimensiones podemos proponer una definición provisional que nos acompañará durante los siguientes estudios:

El pecado es toda disposición del corazón, deseo, pensamiento, palabra, acción u omisión que contradice la voluntad y el buen orden de Dios; es la desviación de la criatura respecto de su propósito, la transgresión de la voluntad divina y, en su raíz más profunda, una rebelión contra la autoridad del Creador que sustituye su verdad y su gloria por la autonomía y la idolatría. El pecado hace culpable al ser humano, corrompe su naturaleza y sus relaciones, lo esclaviza y conduce finalmente a la muerte.

Esta definición es deliberadamente amplia. «Errar el blanco» no basta. «Quebrantar reglas» tampoco basta. «Relación rota» tampoco basta. «Idolatría» por sí sola tampoco agota todos los textos.

La Escritura obliga a mantener juntas varias dimensiones:

pecado como desviación, pecado como transgresión, pecado como rebelión, pecado como idolatría, pecado como culpa, pecado como corrupción y pecado como poder esclavizador.

Cornelius Plantinga popularizó una expresión especialmente sugerente al describir el pecado como la corrupción de la shalom, es decir, del mundo tal como debía ser. McCall desarrolla de manera semejante la idea de pecado «contra Dios y naturaleza».

Las perspectivas son complementarias cuando permanecen subordinadas al texto bíblico.

El pecado es más grave de lo que solemos pensar

Todo esto conduce a una conclusión pastoral importante. Nuestra tendencia natural consiste en evaluar el pecado comparándonos con otros seres humanos.

«Nunca he matado a nadie».

«Soy mejor persona que muchos».

«Todo el mundo hace esto».

«No estoy haciendo daño a nadie».

Pero ninguna de esas frases constituye la medida bíblica definitiva.

La pregunta fundamental no es cómo quedamos cuando nos comparamos horizontalmente con otros, sino cómo estamos delante de Dios.

Romanos 3 conduce precisamente hacia esa conclusión. Después de acusar tanto a gentiles como a judíos, Pablo declara que «todos están bajo pecado» (3:9) y culmina afirmando que «todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (3:23).

Aquí desaparece toda posibilidad de superioridad moral.

La doctrina del pecado correctamente entendida no debería producir arrogancia religiosa. Debería destruirla.

Pero estudiar el pecado no termina en el pecado

Un estudio cristiano de hamartiología nunca debería recrearse en la oscuridad. Comprender el pecado prepara el terreno para comprender la gracia.

Si el pecado produce culpa, necesitaremos justificación y perdón. Si produce contaminación, necesitaremos limpieza. Si produce esclavitud, necesitaremos liberación. Si produce enemistad, necesitaremos reconciliación. Si produce corrupción interior, necesitaremos regeneración. Si conduce al exilio, necesitaremos restauración. Si desemboca en muerte, necesitaremos resurrección.

Y si el pecado consiste, en último término, en una humanidad que rehúsa vivir fielmente bajo Dios, necesitaremos un Hombre fiel que haga aquello que Adán y su descendencia no hicieron.

Por eso la doctrina del pecado comienza inevitablemente a dirigir nuestra mirada hacia el Mesías.

La profundidad del pecado explica en parte la profundidad de la obra de Cristo. Una doctrina superficial del pecado producirá inevitablemente una comprensión empobrecida de la cruz; una doctrina bíblicamente robusta nos permitirá contemplar con mayor claridad la magnitud de la redención.

Teología práctica: cuando dejamos de hablar del pecado de «los demás»

La doctrina se vuelve incómoda cuando dejamos de utilizarla para analizar al mundo y permitimos que analice nuestro propio corazón.

Podemos denunciar la idolatría antigua mientras nuestros propios ídolos permanecen intactos. Podemos condenar la rebelión de Israel mientras resistimos aquello que sabemos que Dios demanda de nosotros. Podemos estudiar la autonomía de Adán y Eva mientras seguimos organizando áreas enteras de nuestra vida según el principio: «yo decidiré».

Por eso una aplicación adecuada de este estudio no consiste simplemente en elaborar una lista de pecados visibles. Debemos aprender a preguntar qué existe debajo de nuestras acciones.

  • Cuando codicio, ¿qué estoy creyendo acerca de la provisión de Dios?
  • Cuando miento, ¿qué temo perder?
  • Cuando no perdono, ¿qué derecho estoy reclamando para mí?
  • Cuando desobedezco deliberadamente, ¿qué autoridad considero superior a la de Dios?
  • Cuando sé qué es bueno y no lo hago, ¿qué amo más que la obediencia?
  • Cuando mi seguridad depende del dinero, la aprobación, la familia, el poder o el control, ¿qué está funcionando realmente como mi dios?

Estas preguntas no sustituyen los mandamientos concretos. Los llevan hasta el corazón.

El objetivo no es solamente identificar frutos pecaminosos, sino descubrir las raíces que los producen.

Y esto explica por qué el arrepentimiento bíblico es más profundo que sentir remordimiento por las consecuencias. David no dice simplemente: «He arruinado mi vida». Dice: «Contra ti he pecado».

El arrepentimiento comienza a profundizarse cuando comprendemos no solamente qué hicimos, sino contra quién pecamos.

Conclusión

Nuestra primera respuesta a la pregunta «¿qué es el pecado?» puede formularse ahora con mayor precisión. El pecado no es simplemente equivocarse, ni únicamente quebrantar una regla, ni exclusivamente hacer daño a otra persona. Todas esas dimensiones pueden estar presentes, pero la Escritura llega más profundamente.

El pecado ocurre dentro de una relación fundamental: Creador y criatura.

  • Dios crea; la criatura recibe.
  • Dios habla; la criatura debe escuchar.
  • Dios establece el bien; la criatura está llamada a obedecer.
  • Dios merece gloria; la criatura está llamada a adorarlo.

El pecado subvierte ese orden. La criatura desconfía, se desvía, transgrede, se rebela y sustituye al Creador por algo creado. De ahí proceden las innumerables formas concretas que adopta el pecado.

Pero la historia bíblica tampoco termina con una humanidad rebelde expulsada de la presencia de Dios. La Escritura avanza hacia restauración, reconciliación y nueva creación.

Por eso nuestra doctrina del pecado debe terminar mirando hacia adelante.

Cuanto más comprendamos qué significa estar perdidos, mejor comprenderemos qué significa haber sido encontrados; cuanto más comprendamos la esclavitud, más apreciaremos la libertad; cuanto más comprendamos la culpa, más extraordinario resultará el perdón; y cuanto más comprendamos la rebelión de la humanidad, más claramente veremos la fidelidad del Mesías.


Preguntas para el estudio congregacional

  1. ¿Por qué no basta definir el pecado simplemente como «hacer cosas malas»?
  2. ¿Qué nos enseñan ḥṭʾ, ʿāwōn y pešaʿ sobre las diferentes dimensiones del pecado?
  3. ¿Qué peligro existe en construir una doctrina únicamente a partir de la etimología de una palabra?
  4. ¿Qué revela Génesis 3 acerca de la relación entre pecado, incredulidad y autonomía?
  5. ¿Por qué puede decir David «contra ti solo he pecado» después de haber pecado contra otras personas?
  6. ¿Cómo ayuda Romanos 1 a comprender la relación entre pecado e idolatría?
  7. ¿Qué diferencia existe entre pecado y culpa?
  8. ¿Qué diferencia existe entre pecado deliberado y pecado inadvertido?
  9. ¿En qué sentido puede pecarse por omisión?
  10. ¿Qué diferencia existe entre hablar de «pecados» concretos y hablar del «pecado» como poder?
  11. ¿Qué relación comienza a aparecer entre pecado y Torá/Ley?
  12. ¿Qué cosas buenas pueden llegar a convertirse en ídolos?
  13. ¿Qué cambia en nuestra comprensión del arrepentimiento cuando entendemos el pecado primordialmente como pecado contra Dios?
  14. ¿Qué aspecto de esta definición del pecado te obliga a examinar tu propia vida de una manera diferente?

Otros estudios de la Serie

Texto para meditar durante la semana

Salmo 139:23-24: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno».

La pregunta para la semana no será solamente «¿qué estoy haciendo mal?», sino una pregunta más profunda:

«¿Dónde estoy viviendo como si Dios no tuviera derecho a gobernarme?»


Bibliografía básica y ampliada

Fuentes principales del proyecto: Herman Bavinck, Reformed Dogmatics, vol. 3: Sin and Salvation in Christ; Joel R. Beeke y Paul M. Smalley, Reformed Systematic Theology, vol. 2: Man and Christ; Henri Blocher, Original Sin: Illuminating the Riddle; Rafael Criado, «El concepto de pecado en el Antiguo Testamento», en Teología bíblica sobre el pecado, XVIII Semana Bíblica Española; Wayne Grudem, Teología sistemática, 2.ª ed.; Matthew S. Harmon, Rebels and Exiles: A Biblical Theology of Sin and Restoration; Thomas H. McCall, Against God and Nature: The Doctrine of Sin; Christopher W. Morgan y Robert A. Peterson, eds., Fallen: A Theology of Sin.

Bibliografía complementaria para esta serie: G. K. Beale, The Temple and the Church’s Mission; D. A. Carson, trabajos sobre teología bíblica y Nuevo Testamento; John Goldingay, Old Testament Theology; Jacob Milgrom, Leviticus; Douglas J. Moo, trabajos exegéticos sobre Romanos; Cornelius Plantinga Jr., Not the Way It’s Supposed to Be: A Breviary of Sin; Thomas R. Schreiner, trabajos sobre Pablo y Romanos; Gordon J. Wenham, trabajos sobre Génesis y Pentateuco; y los principales léxicos de hebreo y griego —especialmente HALOT, BDB, BDAG y, cuando resulte pertinente, TDOT/TDNT— utilizados críticamente y en diálogo con el contexto literario de cada pasaje.

Esta bibliografía irá creciendo de manera acumulativa durante los catorce estudios; en cada artículo distinguiremos entre obras generales y estudios especializados directamente relacionados con los textos exegéticos tratados.

  1. Decir que pecado es transgresión de la ley de Dios expresa una verdad bíblica importante. Primera de Juan puede afirmar que «el pecado es infracción de la ley» (1 Jn 3:4). Sin embargo, una definición exclusivamente jurídica resulta insuficiente para explicar la totalidad del testimonio canónico. Génesis 3 presenta el pecado antes de la promulgación de la ley mosaica; los profetas lo describen como adulterio e infidelidad; la literatura sapiencial lo relaciona con necedad y perversión del corazón; Jesús lo localiza en los deseos que proceden del interior humano; Juan lo relaciona profundamente con incredulidad, mentira y tinieblas; y Pablo puede hablar del Pecado no solamente como aquello que el ser humano hace, sino como una realidad que reina, engaña, esclaviza, habita, produce muerte y pretende ejercer señorío sobre el ser humano. Por tanto, la primera dificultad de una teología bíblica del pecado consiste precisamente en no definir demasiado pronto aquello que queremos investigar. ↩︎
  2. J. C. Ryle, Holiness: Its Nature, Hindrances, Difficulties and Roots, cap. 1, “Sin”. Ryle afirma: «La sencilla verdad es que un conocimiento correcto del pecado se encuentra en la raíz de todo cristianismo salvador. Sin él, doctrinas como la justificación, la conversión y la santificación son “palabras y nombres” que no transmiten ningún significado a la mente» (traducción propia). ↩︎
  3. Thomas H. McCall (1971– ) es un teólogo sistemático estadounidense especializado, entre otros campos, en doctrina de Dios, cristología, antropología teológica y hamartiología. En Against God and Nature: The Doctrine of Sin estudia el pecado precisamente en su doble orientación: como oposición a Dios y como contradicción del orden bueno de la creación. La expresión “against God and nature” procede del título y constituye el marco programático de su estudio. Para la dimensión de comisión y omisión, véase también Christopher W. Morgan y Robert A. Peterson (eds.), Fallen: A Theology of Sin. Allí se recoge, entre otras, la definición de Jacobus Arminius, según la cual el pecado puede consistir en pensar, decir o hacer algo contra la ley de Dios, o en omitir aquello que dicha ley manda. La obra desarrolla además explícitamente el pecado como comisión, omisión e imperfección. — Thomas H. McCall, Against God and Nature: The Doctrine of Sin (Wheaton, IL: Crossway, 2019). ↩︎
  4. Rafael Criado, S. J., «El concepto de pecado en el Antiguo Testamento», en Teología bíblica sobre el pecado, XVIII Semana Bíblica Española (Madrid: CSIC, Instituto Francisco Suárez, 1959). ↩︎
  5. (jatá): «errar el blanco» Rafael Criado señala que la raíz hebrea חטא (jatá) probablemente tuvo originalmente el sentido de «errar el blanco», «fallar en el tiro» o «no dar en el blanco». El ejemplo clásico es Jueces 20:16, donde los setecientos honderos benjaminitas podían lanzar una piedra a un cabello «sin fallar». Criado menciona también Deuteronomio 19:15–21, donde la misma familia léxica aparece en un contexto jurídico con el sentido de «falta» o «yerro». Sin embargo, advierte que no debe deducirse de este significado primitivo que «pecado» signifique siempre simplemente «errar el blanco»: el sentido teológico debe determinarse por el uso y el contexto de cada pasaje — Rafael Criado, S. J., «El concepto de pecado en el Antiguo Testamento», en Teología bíblica sobre el pecado, XVIII Semana Bíblica Española (Madrid: CSIC, Instituto Francisco Suárez, 1959), esp. pp. 7–10. ↩︎
  6. No es legítimo definir el sentido teológico de una palabra únicamente a partir de su significado primitivo. Aunque חטא (jatá) pudiera significar originalmente «fallar» o «errar», el desarrollo histórico y religioso de una lengua puede añadir nuevos sentidos, modificar los anteriores o incluso desplazarlos. Por ello, el significado de «pecado» no debe deducirse automáticamente de la etimología de חטא, sino comprobarse a partir del uso concreto que la Escritura hace del término en sus distintos contextos ↩︎
  7. En el hebreo bíblico, algunos términos relacionados con el pecado pueden adquirir un campo semántico más amplio que el simple acto cometido. Una misma palabra puede referirse, según el contexto, al acto pecaminoso, a la culpa que este genera o incluso a sus consecuencias y castigo. Un caso especialmente importante es עָוֹן (avón, «iniquidad»), cuyo uso bíblico puede desplazarse desde la conducta culpable hacia la culpa resultante y sus consecuencias. Por ello, al traducir estos términos no basta con asignarles siempre un único equivalente español: el contexto determina qué aspecto del complejo pecado–culpa–consecuencia está en primer plano. ↩︎
  8. Debemos evitar, no obstante, convertir la imagen de «lo torcido» en una definición rígida de cada aparición de עָוֹן. Como ocurre con חטא (jatá), el contexto concreto determina qué aspecto del término está en primer plano. ↩︎
  9. El sustantivo hebreo פֶּשַׁע (péshaʿ), relacionado con el verbo פָּשַׁע (pāshaʿ), pertenece al vocabulario más fuerte del Antiguo Testamento para hablar del pecado. Los léxicos suelen situar dentro de su campo semántico ideas como rebelión, transgresión o ruptura con una autoridad. Su trasfondo resulta especialmente significativo porque el verbo puede emplearse para describir la rebelión política de un vasallo contra su soberano. Cuando este lenguaje se aplica a la relación con Dios, el pecado aparece como algo más grave que una simple equivocación: es la resistencia de la voluntad humana frente al gobierno legítimo de Dios. Rafael Criado subraya precisamente esta característica. Péshaʿ no designa principalmente los fallos que manifiestan la debilidad humana ni simplemente la infracción aislada de un determinado precepto, sino «la rebelión de la humana voluntad contra la voluntad de Dios que establece comunión con el hombre». Teologia biblica sobre el pecado En otro lugar, el mismo estudio relaciona esta clase de vocabulario con una acción consciente y responsable mediante la cual el ser humano se rebela contra la autoridad divina y pretende disponer autónomamente de sí mismo. ↩︎
  10. Péshaʿ permite comprender que el pecado tiene una dimensión personal y relacional. No solamente quebranta una norma; desafía al Dios que establece esa norma y que ha entrado en relación con su pueblo. Por eso la Escritura puede presentar el pecado simultáneamente como transgresión, rebelión e infidelidad. En el marco de la Alianza, rebelarse contra los mandamientos de Dios significa también quebrantar la fidelidad debida al Rey que ha establecido comunión con su pueblo. La propia obra resume esta concepción veterotestamentaria diciendo que Dios establece relación y Alianza, mientras que el pecado constituye la ruptura de esa relación. Teologia biblica sobre el pecado En pocas palabras: si חטא (jatá) puede ayudarnos a contemplar el pecado como fallo o desviación, y עָוֹן (avón) pone especialmente ante nosotros la iniquidad y la culpa, פֶּשַׁע (péshaʿ) nos obliga a reconocer algo todavía más incómodo: cuando pecamos, no solamente fallamos; también nos rebelamos. ↩︎

Daniel López
Daniel López

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad 2 Timoteo 2:15

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