Palabra y Lenguaje

  • Palabra:

Dabar דָּבָר en hebreo indica el fondo de las cosas, su contenido, sabiduría. “Hablar significa expresar lo que se encuentra dentro de las cosas, hacer operativo lo que hay tras ellas en su profunda realidad dinámica, en su vocación”. El signo lingüístico (dabar) es fruto del significante (palabra) y del significado (cosa).

Palabra y cosa no pueden separarse en la mentalidad hebrea, mientras que en nuestra cultura, la palabra tiene un fuerte déficit de confianza.

La palabra bíblica es eficaz, creadora, alcanza el fin para la que ha sido enviada, corre veloz (Is 55, 8-11; Sal 147,15).

La palabra ilumina los acontecimientos.

La revelación se realiza con palabras y obras intrínsecamente relacionados, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas.


  • Tres funciones del lenguaje:

La palabra divina cumple las tres funciones del lenguaje según la división clásica de K. Bühler:

  • Informa: aporta datos, narra hechos. El modo preferido es el indicativo, la tercera persona. Procura ante todo la objetividad. Es la función exclusiva de la ciencia, y la principal de la didáctica y de la historia. En el campo bíblico esta función informativa presenta una serie de contenidos doctrinales o verdades reveladas.
  • Expresa: comunica algo de la interioridad del sujeto que habla, de sus sentimientos y emociones, de sus actitudes. Prefiere la primera persona, y desempeña una función subjetiva. Aun cuando narramos hechos objetivos siempre en esa comunicación dejamos traslucir algo de nuestra interioridad. No con cara de póquer. Aun para informar el hombre arriesga algo de su interioridad, desenmascara algo de su intimidad, y por ello debe salir de sí mismo. En su dimensión más pura, la función expresiva se da en la interjección que acompaña al grito, el suspiro, la risa, el llanto… Aparece en las confesiones, los recuerdos, la lírica…
  • Interpela: intenta influir sobre el oyente, invitándole a una respuesta. Busca un tú capaz de responder a nuestra llamada, un tú que le sea semejante. El hombre puede dar nombre a los animales, pero no encuentra en ellos una respuesta semejante. Esta función apelativa usa sobre todo la segunda persona y el modo imperativo en una función intersubjetiva. Es propia de la oratoria, la oración, la predicación. O simplemente se trata de mantener un contacto auditivo entre dos personas que están presentes la una a la otra mediante la palabra, y se sienten a gusto en su presencia mutua, aunque el contenido de la conversación sea irrelevante, o se usen palabras incomprensibles, como en la conversación con los bebés, o en la oración en lenguas.

Estas tres funciones no se dan por separado. Su funcionamiento es gestáltico, y el informe domina y polariza las otras dos funciones. Es difícil encontrar formas puras de cada función.

Nuestra tentación es el racionalismo que ha dejado tristes huellas en determinadas épocas de la historia de la teología. El racionalismo prima el elemento de información sobre los otros dos y quiere reducir la revelación a un conjunto de verdades reveladas. Lo expresivo o impresivo sólo interesan en la medida en la que pueden ser formulados como una proposición, sacrificando la inmediatez de su forma originaria. Por otra parte el racionalismo desprecia todos los elementos no racionales del lenguaje, la fantasía, el ritmo, la sonoridad, la belleza… Ignora que las ideas están encarnadas en el lenguaje en una unidad indivisible. No es que las ideas vengan vestidas con el lenguaje. El lenguaje no es un vestidito que se pueda quitar para dejar a las ideas desnudas.

La tentación sería exprimir los textos bíblicos, como quien exprime una naranja, para destilar una catálogo de verdades objetivas reveladas, y tirar el resto al cubo de la basura. Es verdad que la Biblia posee un contenido formulado o formulable en proposiciones. La fe tiene un elemento intelectual, pero no se reduce a él. Dios no se nos ha revelado simplemente para darnos un catálogo de informaciones.

Alegorizando el ejemplo de la naranja, podríamos decir que es en la cáscara donde están las vitaminas, y la pulpa es muy importante para activar el tracto intestinal. Al tirar todo esto a la basura estaríamos reduciendo a un mínimo el elemento nutritivo de la naranja.

Porque no es que la Biblia contenga la palabra de Dios, sino que es la Palabra de Dios. No se trata de una relación, de una minuta de lo que Dios ha dicho, sino que se trata de las mismas palabras pronunciadas por Dios.

Junto con estas tres funciones dialógicas del lenguaje hay otras tres monológicas (F. Kainz) paralelas. En su función informativa el lenguaje nos sirve para pensar. En su función expresiva para desahogarnos, en la función impresiva para estimularme a mí mismo, para excitarme a la acción.

Aunque normalmente la Escritura ha sido escrita con una finalidad dialógica, podemos ver que en determinados momentos cumple también una función monológica. A veces Qohelet habla en voz alta tratando de ordenar sus ideas. Quizás sea una ficción oratoria, pero también Pablo tienen sus monólogos, y en el Éxodo encontramos la ficción oratoria de Dios hablando consigo mismo: “Yo me decía: acabaré con ellos, borraré su memoria…” (Dt 32,26-27). El salmo 73 es todo él un monólogo del autor consigo mismo, dándole vueltas al problema de los buenos y los malos.


(Para ver las demás partes del estudio: El Texto Bíblico haz click aquí)

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