9. Costumbres

El cristianismo entra ya en el tercer siglo de su existencia. En las dos centurias anteriores ha podido demostrar que el evangelio es el poder de Dios para dar salvación a iodo aquel que cree.

El heroísmo de sus mártires; el fervor común a todos sus adeptos; los argumentos irrefutables de sus apologistas; y sobre todo, la vida santa de los cristianos, han producido en el mundo una impresión que todos los siglos y todas las persecuciones no podrán borrar. El paganismo se siente amenazado, y su fla­queza se hace cada vez más manifiesta ante el empuje triunfal del evangelio. La lucha durará siglos, sin embargo, y los discípulos del crucificado continuarán dando testimonio de su fe y declarando al mundo “que Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”.

En el primer siglo, y también en el segundo, las iglesias eran pequeñas repúblicas. No existía en ellas un sacerdocio como en el templo, sino una verdadera democracia semejante a la que regía las sinagogas. Los obispos y diáconos eran elegidos por el voto de los que componían las iglesias. Para reemplazar a Judas, se convocó a todos los hermanos, y se pidió el consentimiento general. Cuando se eligieron los siete diáconos en Jerusalén, toda la asamblea tomó parte en ese acto. Para designar los ancianos se acudía al voto de los hermanos, y no hallamos ningún asunto que sea resuelto por autoridad de arriba, sino mediante la participación de los directamente interesados.

Los cargos de pastor y diácono no revestían ningún carácter clerical. “Nacidos de las necesidades, a medida que éstas se manifiestan —dice Pressensé— estos cargos tienen un carácter representativo, son ministerios para servir y no un sacerdocio para dominar“. En las iglesias había profecía y doctores que enseñaban, pero todos los miembros tenían libertad de hacer uso de la palabra cuando se sentían impulsados a dar algún mensaje espiritual.

La igualdad de pastores era absoluta. Los términos del obispo y presbítero o anciano se daban a la misma persona y designaban el mismo cargo. (Hechos 20: 17 y 28). Había varios obispos en una sola iglesia o congregación (Fil. 1: 1) y no un obispo para vigilar muchas iglesias. La idea de obispos con jurisdicción en una provincia o país les era del todo desconocida.

Pero ya en el segundo siglo hallamos los gérmenes del episcopado, que aparece como cosa casi general en el tercero. Al lado del episcopado vemos crecer las ideas sacerdotales que producirían una lamentable degeneración del cristianismo.

La doctrina de la justificación por la fe, “madre de todas las libertades y fundamento de la igualdad religiosa“, empezó a ser descuidada. El legalismo avanza y ya se nota en los escritores del segundo siglo que no entendían tan radicalmente como Pablo, la diferencia entre estar bajo ley estar en la gracia, no podía menos que ser funesta en sus últimos resultados.

Oigamos de nuevo a Pressensé: “El sacerdocio universal no se mantiene en toda su amplitud, en práctica como en teoría, sino cuando el sacrificio redentor de Cristo es aceptado sin reservas como el principio de la salvación universal. Él no es el único sacerdote de la iglesia si realmente no ha cumplido todo sobre la cruz, no dejando a sus discípulos sino el deber de asimilarse su sacrificio por la fe, para ser hechos sacerdotes y reyes en el y por él. Si todo no fue consumado en el Calvario; si la salvación del hombre no está cumplida, estamos nuevamente separados de Dios; no tenemos ya más libre acceso a su santuario y buscamos mediadores y sacerdotes que presenten la ofrenda en nuestro lugar.

Cuando el cristianismo es mirado más bien como una nueva ley que como una soberana manifestación de la gracia divina, nos deja librados a nuestra impotencia, a nuestra indignidad, a nuestros interminables esfuerzos, a la necesidad de expiaciones parciales. No somos ya más reyes y sacerdotes, volvemos a caer bajo el yugo del temor servil. La jerarquía se aprovecha de todo lo que pierde la confianza filial en la infinita misericordia que hace inútiles todos los intermediarios de oficio entre el penitente y Dios”.

Si los cristianos hubieran permanecido siempre con la mirada totalmente fija en la cruz del Calvario, reconociendo que fue completa y perfecta la obra que en ella consumó el Cristo, no tendríamos que lamentar los males incalculables producidos por el sacerdotalismo y por las jerarquías eclesiásticas.

A principios del siglo tercero las iglesias ya habían abandonado, en parte, su forma primitiva de organización. Sin embargo seguían siendo ellas las que elegían a sus ancianos, aunque a uno de éstos le daban el título de obispo y le consideraban director de los demás ancianos. Pero toda iglesia pe­queña o grande tenía aún su obispo, y éste era elegido no por elementos extraños a la congregación, sino por la congregación misma. La Constitución de las iglesias coptas dice: “Que el obispo sea nombrado después de haber sido elegido por todo el pueblo y hallado irreprochable”.

La distinción entre los pastores y los miembros empezó a ser más pronunciada. A los primeros se les llamó clérigos y a los segundos legos. Esta distinción no existía al principio. Es extraño que Tertuliano, el gran campeón de las reivindicaciones del pueblo cristiano, y fogoso opositor del clericalismo, haya sido el primer escritor que usó la palabra clero para designar a los que tenían cargos especiales en las iglesias, aunque no la usó con todo el sentido que tiene en estos tiempos.

Después del obispo y los ancianos, los diáconos ocupan el tercer lugar entre los siervos de las congregaciones. El oficio de diácono varió muy poco de lo que fue en las iglesias que figuran en el Nuevo Testamento. Su misión principal consistía en velar por las necesidades materiales de la iglesia, no sólo en los gastos que ocasionaban sus instituciones y obreros sino también en atender a las necesidades temporales de los miembros.

Los ancianos, las viudas, los enfermos, y todos los her­manos imposibilitados para el trabajo eran atendidos por la iglesia. Sin renunciar a la propiedad privada, cada cristiano vivía no para sí, sino para todos. Pertenecía a los diáconos el velar sobre estos asuntos, a fin de que los ancianos pudiesen dedicarse completamente a la oración y a la palabra. Los diáconos visitaban a los enfermos y administraban los asuntos temporales. Eran hombres caracterizados por su piedad y aptitudes para este oficio. En los cultos eran los que pasaban de mano en mano el pan y el vino de la comunión, y asistían a los hombres en el acto del bautismo. Ayudaban en la obra espiritual con sus consejos y amonestaciones. Se les tenía en gran estima. Cuando eran consagrados a este oficio, la iglesia oraba para que el espíritu de Esteban cayese sobre ellos, como el manto de Elías sobre Eliseo.

Otro cargo que llegó a ser de mucha importancia fue el de los anagnostai, o lectores, quienes estaban encargados de leer las Sagradas Escrituras al pueblo cristiano. Debemos recordar que los libros eran muy escasos y que muy pocos sabían leer, en comparación con los tiempos modernos. La existencia de este oficio demuestra que la lectura de la Biblia ocupaba un lugar prominente en el culto cristiano y enseñanza de los miembros de las iglesias. Se exigía para ocupar este puesto una conducta ejemplar y digna de la misión que iban a des­empeñar.

Las diaconisas (servidoras) ya mencionadas en el Nuevo Testamento (Rom. 16:1) eran numerosas en los siglos segundo y tercero. Su misión era para con las personas de su sexo la misma que la de los diáconos: visitar las enfermas, enseñar a las recién convertidas y velar sobre su conducta. Es así como el cristia­nismo elevó a la mujer dándole una misión importante que cumplir en la vida. Se requería para ser diaconisa tener sabiduría y buena reputación entre los de afuera.

Al lado de las diaconisas estaban las ancianas, que en muy poco diferían, salvo en que la misión de estas últimas era más bien de carácter espiritual, mientras que la de las primeras era sobre cosas temporales especialmente.

En la mesa de la comunión los fieles depositaban sus donativos según el Señor los había prosperado. Estos fondos los administraba la iglesia por medio de sus diáconos.

Tertu­liano decía:

“…Cada uno como puede. Estas ofrendas libres de la piedad no se gastan en festines, sino que se consagran para alimentar a los pobres, los huérfanos, los esclavos viejos; para socorrer a los náufragos, a los desterrados en las minas y en las islas lejanas…”

Indudablemente que muchos de los pas­tores eran sostenidos por las contribuciones de los miembros, pero no era costumbre fija ni general. La mayor parte de ellos seguían ocupándose en sus oficios y ganando así el sus­tento para sí y sus familias a la vez que servían gratuitamente a las iglesias. La idea de que el ministerio cristiano es incompatible con el desempeño de un oficio secular no existía entonces. Los que dejaban su trabajo y aceptaban ser sostenidos totalmente o en parte por las iglesias, lo hacían con el único fin de estar más libres para ocuparse en la obra para la cual eran llamados.

  • El culto cristiano:

En el primer siglo, la cena del Señor era el centro del culto cristiano (Pascua). Los fieles se reunían con el objeto de conmemorar, por medio del rompimiento del pan, la muerte expiatoria del Hijo de Dios.

Tabgha, Israel · S. IV d. JC. 

La reunión era del todo fraternal. Los pastores que actua­ban no asumían ningún carácter clerical ni sacerdotal, sino que se tenían a sí mismos como encargados por el Espíritu Santo para exhortar y enseñar la doctrina de Jesucristo. Todos tomaban libremente parte en el culto, ya dirigiendo la palabra, ya orando, ya indicando algún salmo o himno para ser ento­nado por todos. El que presidía el culto no lo monopolizaba, sino que estaba ahí para cuidar del buen orden del mismo.

En los siglos segundo y tercero el culto conserva aún este carácter, aunque ya se siente amenazado por el clericalismo de algunos obispos y por el espíritu ceremonial.

La cena no era un sacrificio. Los cristianos no habían olvidado el carácter conmemorativo de esta ordenanza. No se creía en lo que se llama la presencia real en los elementos componentes. El pan era un emblema del cuerpo de Cristo y el vino lo era de su sangre. Ambas especies eran tomadas por todos indistintamente, pues no había diferencia entre los hermanos.

La lectura de las Escrituras era una parte importante del culto. Como no existía la división de capítulos y versículos, a menudo se leían libros enteros en una sola reunión, mayor­mente si se trataba de una Epístola.

El Antiguo Testamento era recibido como divinamente inspirado. No existía lo que hoy llamamos” Canon del Nuevo Testamento. Cada libro era una obra completa en sí. Se aceptaban por su contenido y no por autoridad externa; así vemos que el Pastor de Hermas y la Epístola de Bernabé eran leídos en las asambleas.

Después de la lectura seguía la predicación, la cual era un desarrollo o explicación práctica de la porción leída, al estilo de la que se hacía en las sinagogas judías. En los tiempos de persecución la predicación se empleaba para dar ánimo a los hermanos a fin de que en la hora de la prueba se hallasen fuertes. En épocas señaladas el discurso tenía por objeto re­cordar los sufrimientos y valor de los mártires y confesores. Entonces se exhortaba a imitar las virtudes de los que habían sido fieles hasta la muerte.

La controversia no les era desconocida. Se llamaban ser­mones apologéticos aquellos que tenían por objeto enseñar a los catecúmenos las verdades de la fe que iban a profesar públicamente y que con tanta frecuencia tendrían que defender ante los ataques del paganismo. Esta clase de discursos nunca entraba en el culto propiamente dicho.

El canto era también una parte importante del culto. Se cantaban Salmos, es decir, los del Antiguo Testamento, e him­nos compuestos por los cristianos y que hacían referencia más directa a las verdades de la gracia del Nuevo Pacto.

Los instrumentos musicales eran desconocidos en las reuniones de las iglesias durante los primeros siglos. El canto era del todo sencillo, tanto en la música como en la letra. Reproducimos aquí, en toda su simplicidad y grandeza, dos cánticos que remontan a la época que nos ocupamos y que son citados por Busen. Se cree que son los más antiguos que se conservan:

HIMNO DE LA MAÑANA

Gloria a Dios en las alturas,

T en la tierra paz,

Buena voluntad para con los hombres.

Te alabamos,

Te alabamos,

Te damos gracias

Porque grande es tu gloria.

[Oh, Señor, nuestro rey celestial!

Dios, Padre todopoderoso,

Señor Dios.

Cordero de Dios,

Hijo del Padre,

Que quitas los pecados del mundo.

¡Ten piedad de nosotros!

I Escucha nuestra oración!

[Tú que estás sentado a la diestra del Padre!

Porque sólo tú eres santo,

Único Señor,

¡Oh Jesucristo!

(A la gloria de Dios el Padre!

Amén.

HIMNO DE LA NOCHE

Hijos, cantad al Señor,

Cantad al nombre del Señor.

Te alabamos, te celebramos, te bendecimos

Porque grande es tu gloria

¡Oh Señor, rey nuestro, Padre del Cristo!

Cordero sin defecto que quitas los pecados del mundo,

Eres digno de alabanza,

Eres digno de ser aclamado,

Eres digno de gloria, Dios y Padre.

Por tu Hijo en el Espíritu Santo.

Por los siglos de los siglos.

Amén.

La oración era una de las partes esenciales del culto. Los cristianos se reunían no tanto para oír hablar de Dios, como para hablar con Dios. El lenguaje de la oración era austero evitándose toda retórica innecesaria. Las oraciones estaban llenas del lenguaje de las Escrituras, especialmente de los Salmos y Profetas. Las oraciones no eran largas, evitándose toda vana repetición. La oración pertenecía a toda la asamblea y era dirigida en una lengua inteligible.

Estas eran las características del culto primitivo, según resulta de los escritos de los autores de aquella época. En todo prevalecía la simplicidad. Dios era adorado en espíritu y en verdad, sin los ritos, ceremonias, y pompas que caracterizaban al culto pagano.

En todo culto, antes de distribuirse el pan y el vino de la comunión, todos se daban el beso de paz; los hombres a los hombres y las mujeres a las mujeres. Basta recordar esta cos­tumbre piadosa para formarse una idea del amor que unía a todos los que eran hermanos en Jesucristo.

  • Costumbres de los cristianos:

Nada impresionaba tanto al mundo como la vida santa y costumbres limpias que caracterizaban a los cristianos. Sabemos que la sociedad pagana había llenado la copa de sus abominaciones.

Los edictos de algunos emperadores que quisieron detener el avance de la corrupción, no dieron resultado, ni tampoco tuvieron éxito los filósofos que querían hacerlo por medio de la ética. Lo que necesitaba el mundo no era una moral escrita sobre pergaminos, sino un poder capaz de matar las malas pasiones, y crear aspiraciones nobles y obras saludables. Los cristianos poseían ese poder en el evangelio.

Cristo vivía en ellos, y el Espíritu que les guiaba les permitía andar en una pureza que los paganos nunca llegaron ni a imaginar. Una de las cosas que el cristianismo hizo en aquellos días fue la de elevar el carácter y dignidad de la mujer. Entre los paganos la mujer era sólo un mueble bello.

Entre los cristianos se sienta al lado del hombre en las asambleas, participa del mismo pan en la comunión, toma parte activa en la obra de la iglesia, y cuando llega la hora del martirio, desciende a la arena con tanto heroísmo como el hombre, o aun mayor.

El matrimonio – Cuando una mujer se convertía, siendo ya casada, y su marido quedaba alejado de la fe, se enseñaba a la esposa cristiana a permanecer fiel a su esposo y a procurar ganarlo por medio de una conducta sana, que siempre tiene más influencia que los argumentos.

Pero tratándose de mujeres no casadas, se les enseñaba que no debían contraer enlace con los inconversos. A veces llegaban hasta a excluir del seno de las iglesias a las que faltaban en este punto.

Tertuliano era muy radical en contra de los matrimonios mixtos, y escribió combatiendo tales uniones, que eran muy raras en aquel entonces, cuando la sima que separaba al mundo de las iglesias era aun más profunda que en estos días.

Muestra Tertuliano las dificultades a que se exponía la virgen que se casaba con un pagano. No podrá dejar el techo conyugal para reunirse con sus hermanos; tendrá que oír las canciones y palabras profanas de su marido inconverso; tendrá que preparar banquetes de un estilo repugnante a los que conocen al Señor; para agradar a su marido tendrá que aparecer vestida como no es lícito a santos, y muchas otras cosas más. Es vender el alma al consentir el casamiento.

Pero la unión de dos seres que aman al mismo Señor es tenida por honrosa. Aunque no había lo que hoy llamamos matrimonio religioso, toda la iglesia tomaba parte en la celebración de la boda.

No que fuese un sacramento ni una ocasión para exhibir lujo, sino un momento solemne en el que se debía implorar la bendición de Dios sobre los desposados.

El padre – El padre y esposo cristiano era el jefe pero no el déspota y tirano de la casa. Usaba de toda consideración para con los suyos, y todos sus actos tenían que estar reglamentados por el amor. Leónidas, el padre de Orígenes, ha pasado a la historia como un buen ejemplo de padre cristiano. A él debe su ilustre hijo todo lo que fue. El mismo cuidaba de la educación de su hijo.

Todos los días le leía las Sagradas Escrituras y le hacía aprender de memoria un trozo de ellas. Después de la lectura hablaban un rato sobre lo que habían leído, para buscar compenetrarse del sentido y robustecer la mente y el corazón con este conocimiento.

La madre – La madre cristiana era la verdadera gloria del cristianismo. Ella es la que hacía del hogar un verdadero san­tuario. Su misión era todo lo que concernía al cuidado de la familia; tejía con sus manos la ropa con que se cubrían ella, su esposo y sus hijos; se adornaba con el manto precioso de la modestia; hacía de la casa el albergue del peregrino y de todo hermano que llegaba de otros puntos; recibía con tierna y santa sonrisa al esposo que llegaba al hogar después de largas horas de trabajo; y unidos en un doble amor, ofrecían juntos al Padre celestial el incienso de sus oraciones que hacían arder en el altar de sus corazones. La madre era la eficaz colabora­dora en la tarea de criar los hijos.

El Pastor de Hermas de­muestra que se exigía a éstos una obediencia y disciplina ejemplares. A los cinco o seis años, los niños ya enseñados en los mandamientos del Señor estaban en condición de aspirar a ser reconocidos como catecúmenos y empezar a recibir en la iglesia una enseñanza que les prepararía para ingresar en. la milicia cristiana. De estos hogares, saturados con el perfume de la santidad evangélica, se levantarían los futuros testigos, mártires y apologistas.

El vestido – La modestia de los cristianos debía hacerse manifiesta aun el modo de vestir. Esto se aplicaba especial­mente a la mujer, que siempre ha sido la más expuesta a la tentación del lujo.

Las joyas estaban proscriptas de la vestidura femenina. Los trajes llamativos e indecorosos, comunes a las mujeres paganas, eran detestados. Las cristianas se vestían con suma sencillez.

Esto no implicaba un desprecio a lo bello. Por lo contrario; Clemente favorece a los vestidos blancos, símbolos de la pureza y ataca el uso de los vestidos llamativos que cuadran más bien con las pompas de un espectáculo que con el testimo­nio del cristiano.

La feugalidad – En aquellos días de orgías inmorales y excesos de intemperancia, los cristianos daban testimonio de la nueva vida renunciando a los banquetes y comidas exquisitas. No es porque fuese para ellos ilícito comer o dejar de comer tal o cual cosa, porque “el reino de Dios no es comida ni bebida”, sino porque tenían preocupaciones más serias que las referentes a estas cosas.

Una comida modesta, con acción de gracias, valía más que los toros engordados que hacían el deleite de los glotones. No por esto la mesa cristiana carecía de sus horas de inocente alegría; alegría pura que nace del amor y no del exceso del vino.

Los Ágapes, fiestas de amor, que acostum­braban celebrar los cristianos, ya en familia ya en la congre­gación, ofrecían momentos de solaz y expansión inocente a los hermanos, sin necesidad de entregarse a la glotonería y bebidas embriagantes. Eran comidas sencillas, como lo atestigua Plinio el Menor, en las que, entre cánticos y ósculos de paz, se manifestaba el amor puro que los vinculaba.

Vida pública – Pablo enseñó que el Estado era una institución divina. Esto no debe confundirse, como ha sido hecho por algunos, con el pretendido derecho divino de los monarcas. No quiere decir tampoco que el gobernante A., B. o C., o el rey Fulano I o Mengano II sea un ungido celestial.

Lo que Pablo quiso enseñar es que la sociedad debe vivir regida por autoridades que impidan a los malos ser perjudiciales a sus semejantes, que los que desempeñan estas funciones deben ser respetados, porque hacen una obra que Dios aprueba. Esta doctrina del apóstol demuestra que la vida civil es compatible con la profesión de cristiano. En los primeros siglos, y especialmente en tiempos de Diocleciano, había muchos cris­tianos que ejercían funciones gubernativas.

La cuestión del servicio militar era ya otro problema que ofrecía más dificultades. Surgía entonces, como ha surgido muchas veces, y surge aún ahora, esta pregunta:

¿Es lícito al cristiano seguir una carrera que le obliga a matar a su prójimo?

Sabemos que los militares que se convertían, Cornelio, por ejemplo, no abandonaban su carrera para incorporarse a la iglesia, sino que eran recibidos en su seno a pesar de ser militares, pero es evidente que el militarismo era repugnante a los sentimientos pacíficos de los cristianos. La religión del prín­cipe de la paz no podía ser favorable a la guerra. El que adoraba a Cristo no podía adorar a Marte.

Justino Mártir decía:

“…Nosotros, que en otro tiempo estábamos llenos de pen­samientos guerreros, de crímenes y maldades, hemos, en todo el mundo, transformado nuestras espadas en palas, y nuestras lanzas en instrumentos de agricultura…”

Tertuliano se oponía enérgicamente al militarismo diciendo que las glorias y coronas del ejército eran ganadas produciendo el duelo de esposas y madres, y que el cristiano no podía servir de instrumento para hacer sufrir a los cautivos. En Egipto, las iglesias seguían esta regla: “Que el catecúmeno o el fiel, que quiera ser soldado, sea excluido“. Algunos cristianos, como Maximiliano, en Argelia, llegaron hasta el martirio antes que aceptar el servicio militar.

Las diversiones – En la época de que nos ocupamos, las diversiones estaban divididas entre el teatro y el circo. El pri­mero era una escuela de inmoralidad, y el segundo de crueldad. Los cristianos no podían pactar con estas cosas, y no sólo que se apartaban de ellas, sino que les declaraban una guerra a muerte. No eran enemigos del arte ni de lo bello, pero cuando estas cosas, buenas en sí, se empleaban como medios de corrupción, no vacilaban en rechazarlas.

El teatro, que en los buenos días de Grecia, había alcanzado a ser, hasta cierto punto, un elemento dé cultura estética y artística, no tenía nada de esto en Roma, donde las represen­taciones eran obscenas, casi siempre sobre los amores de Júpiter o las voluptuosidades de Venus.

El circo, que existía en cada ciudad importante, era el gran atractivo de aquellos tiempos. El de Roma tenía asientos para decenas de miles de espectadores. Los gladiadores que se batían, eran a veces profesionales, pero la mayor parte eran infelices condenados a muerte, o cautivos traídos de las conquistas, o esclavos que eran llevados a morir luchando misera­blemente en presencia de una multitud de espectadores sanguinarios.

Marco Aurelio tuvo que prohibir la venta de esclavos destinados al circo, pero no consiguió prohibir que los propios dueños los llevasen a luchar con las fieras. Eran miles de infelices que morían en la arena para apagar la sed de sangre y de espectáculos que devoraba a los romanos. Del África traían leones que largaban hambrientos para despedazar a los que combatían en el circo.

Los cristianos rompían con este género de diversiones, y oponían a ellas el ejemplo de su perfecta mansedumbre.


(No te pierdas las próximas partes en: Historia de la Iglesia)

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