La imaginería de las vestiduras y ropa es de gran importancia en la Biblia. Su relevancia puede ser física, económica, social, moral o espiritual. La imaginería de vestir y desvestir a una persona suele ser símbolo de cuestiones mayores. Además, la función de la ropa es múltiple: puede proteger, ocultar, manifestar o representar el estado presente de la persona y puede ser símbolo de cualidades morales y espirituales. Que las vestiduras se gasten también es importante.
- La importancia económica
- La vestidura de Dios y la naturaleza
- Vestiduras de festividad
- Imágenes de luto y desolación
- Ponerse o quitarse ropa
- La moralidad del vestir
- Vestido de engaño
- Ropas ceremoniales
- Ropa trascendental
- Cristo y la ropa
- La historia de la salvación
- Resumen – La ropa en la historia de José.
A Dios se le describe como a las personas, con vestiduras. Estas pueden figurar en los entornos cotidianos o religiosos. La ropa va desde la entrañable referencia a cómo la madre de Samuel «le hacía su madre una túnica pequeña y se la traía cada año», a medida que él iba creciendo» (1 S 2:19 RVR1960) hasta los resplandecientes vestidos bordados de boda para un casamiento real (Sal 45:13–14), y desde el basto cilicio que se llevaba en el duelo hasta el deslumbrante ropaje de otro mundo de los ángeles y del Cristo transfigurado. Los significados literales y figurados están entretejidos casi en todas las categorías de usos. No exageramos si decimos que no puede rastrear todo el bosquejo de la teología bíblica y de la historia de la salvación a lo largo del tema de la ropa.
La importancia económica
Las referencias a la ropa debería resolver cualquier duda en cuanto a que el mundo bíblico era ampliamente una economía de subsistencia. Las vestiduras eran obviamente escasas y, por tanto, valiosas. El hombre que tomare para él otra mujer, no disminuirá el vestido de la primera (Éxodo 21:10). Si un israelita toma la ropa de su prójimo en prenda, debe devolvérsela antes de que se ponga el sol, porque «es lo único que tiene para abrigarse» (Éxodo 22:26–27 NIV; 24:13). En su voto, Jacob vincula «comida y ropa» como puntales de la vida (Génesis 28:20; cp. 1 Timoteo 6:8; que exige a los cristianos que estén satisfechos si tienen ropa y vestido).
Una imagen suprema de indigencia es «[pasar] la noche desnudos; ¡no [tener] con qué protegerse del frío!» (Job 24:7, 10). Al ser las vestiduras tan valiosas en una economía de subsistencia, que se gasten (Salmos 102:26; Isaías 51:6–8; Hebreos 1:11) o que se la coma la polilla (Job 13:25; Proverbios 25:20; Isaías 50:9; 51:8; Hebreos 1:12) se convierte en una imagen de terror.
De acuerdo con la ropa como artículo de valor, observamos también su prominencia a la hora de que un vencedor tome el botín (Éxodo 3:22; 12:35; Josué 22:8; Jueces 8:26; 1 Samuel 27:9; 2 Reyes 7:8; 2 Crónicas 20:25). Cuando Sansón necesita treinta túnicas para pagar una apuesta perdida, emprende una expedición de saqueo para cumplir con el acuerdo a costa de las víctimas (Jueces 14:19). En el caso de los ricos, la ropa se convierte en una imagen de abundancia (1 Reyes 10:5; 2 Crónicas 9:4; Zacarías 14:14). De similar relevancia es la prevalencia de la ropa como regalo formal (Génesis 24:53; Jueces 17:10; 1 Reyes 10:25; 2 Reyes 5:5, 23, 26; 2 Crónicas 9:24). Un vestuario rico es señal y fuente del poder comercial de la nación que lo produce (Ezequiel 27:24).
Como imagen de necesidad humana básica y por extensión lógica, la ropa puede convertirse en una imagen de la provisión de Dios. La ropa (junto con la comida) es uno de los ámbitos de la vida humana con respecto a los cuales Jesús prohíbe preocuparse en su discurso contra la ansiedad (Mateo 6:25–30; Lucas 12:23–28). Durante los cuarenta años que los israelitas vagaron por el desierto, la provisión de Dios se, en parte, en que la ropa de ellos no se gastó (Deuteronomio 8:4; 29:5; Nehemías 9:21). Uno de los primeros actos de provisión para la humanidad, después de la caída, es hacer «ropa de pieles para el hombre y su mujer, y los vistió» (Génesis 3:21). Por extensión, el lujoso adorno en la vestimenta puede convertirse en señal de la bendición especial de Dios sobre una nación (Ezequiel 16:13; cp. Isaías 23:18, mientras que la vestidura fina es una imagen de abundante provisión «para los que viven en la presencia del Señor»).
La vestidura de Dios y la naturaleza
La naturaleza es parte de la vestidura de Dios en la Biblia, ya que «se cubre de luz como de vestidura» (Salmos 104:2). La ropa también se combina con una imaginería conceptual (palabras que dan nombre a cualidades) para que los atributos divinos sean más gráficos. Dios está, pues, «revestido de gloria y majestad» (Salmos 104:1). Asimismo, «se viste con ropas de venganza» (Isaías 59:17; cp. Isaías 63:2–3), y está vestido con «espléndido ropaje, que avanza con fuerza arrolladora» (Isaías 63:1).
Para la imaginación poética, diversas fuerzas de la naturaleza son como vestiduras. Las nubes son, por tanto, el ropaje del mar (Job 38:9); este, a su vez, cubre la profundidad «como con vestido» (Salmos 104:6). Dios viste los cielos de oscuridad (Isaías 50:3). Se dice que él viste también la hierba del campo (Mateo 6:30; Lucas 12:28). Su omnipotencia sobre las fuerzas de la naturaleza se describe como envolver el mar en su manto (Proverbios 30:4). La futilidad de la naturaleza también se representa con la imaginería de la vestidura: las fuerzas de la naturaleza «se desgastarán como un vestido» y Dios «como ropa los cambiará» (Salmos 102:26 NIV; ver también Isaías 50:9; 51:6, 8; Hebreos 1:12). La impenetrable piel del Leviatán es como una vestidura externa de la que ningún ser humano lo puede despojar (Job 41:13).
Vestiduras de festividad
Un notable tema de la vestidura es la ropa festiva. Aquí, el ropaje blanco y elegante simboliza la celebración. Empleando imágenes antiguas de festividad, el escritor de Eclesiastés ordena que se viva la vida con entusiasmo: «En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza» (Ec 9:8 RVR1960). En una de las profecías de Isaías sobre la salvación futura, le ordena a Sion: «vístete tu ropa hermosa» (Is 52:1).
Toda sociedad tiene sus rituales de «vestir» para las ocasiones especiales y también captamos un vislumbre de esto en la Biblia. En la noche trascendental de los desposorios de Rut, se lava, se unge y viste sus mejores vestiduras, preparándose para darle una sorpresa a Booz en la era (Rt 3:3). La atractiva vestidura de la amada es una imagen arquetípica del amor romántico (Cnt 4:11), donde el adorno de joyas es una extensión de la ropa (Cnt 1:10–11; 4:9). La ocasión suprema para vestirse es la boda (Sal 45:13–14; cp. referencia en la parábola de Jesús sobre la importancia del atuendo de boda adecuado Mt 22:11–12).
Imágenes de luto y desolación
Aunque las vestiduras festivas son un tema cómico, vinculado a la celebración y a un final feliz, su trágica contrapartida es la ropa relacionada con el luto o la desolación. Leemos, por tanto, sobre el atuendo de prisión (2 R 25:29; Jer 52:33), el ropaje de viuda (Gn 38:14, Gn 38:19), «vestido de cautiverio» (Dt 21:13) y «ropas de luto» (2 S 14:2). Vestirse de cilicio es un arrepentimiento ritual o consternación (Gn 37:34; Est 4:1; Sal 69:11; Is 37:1). Los leprosos llevaban ropa desgarrada para avisar al público de su enfermedad (Lv 13:45).
Otro tema importante es rasgarse las vestiduras como gesto ritual de dolor o acto de rabia incontrolable. De hecho, uno de los mejores índices del emocionalismo de los hebreos antiguos es la frecuencia con la que leemos sobre personas que se rasgan las vestiduras para manifestar fuertes sentimientos. Citando solo tres casos, Rubén se rasga las vestiduras cuando regresa a la cisterna y descubre que José no está (Gn 37:29), Esdras rasga sus vestidos cuando se entera de los matrimonios mixtos de los israelitas (Esd 9:3), y el rey Ezequías lo hace al recibir la amenazadora carta del rey asirio (Is 37:1). Si rastreamos las tres docenas de referencias explícitas a personas que se rasgan las vestiduras encontramos cuatro categorías principales de crisis: Dolor o duelo por la pérdida de algo o alguien, tristeza por el pecado en un acto de arrepentimiento, temor o alarma y enojo o frustración.
Ponerse o quitarse ropa
Las acciones de ponerse o quitarse ropa constituyen otro tema importante. El significado específico de investir a una persona con una vestidura depende del tipo de ropa que se tenga en vista. Cuando un sacerdote se despoja de sus vestiduras y se pone las de lino para realizar sus funciones religiosas, el acto recalca su consagración para los deberes espirituales (Ex 29:2–9; 40:12–15; Lv 6:11; 16:1–4). Quitarse el ropaje sacerdotal significa el cese de los deberes sagrados y el regreso a la rutina ordinaria (Lv 16:23–4; Ez 44:19). En un oráculo profético de juicio, despojarse de las vestiduras tiene el significado de exposición y vergüenza (Is 47:2). Cuando Ester se pone sus galas reales antes de comparecer en el patio del palacio del rey, equivale a su aseveración de sus derechos de reina (Est 5:1; cp. Hch 12:21).
Repetidas referencias al cilicio describen que la persona asume los rituales del duelo o del arrepentimiento. La forma más extrema de despojarse de la ropa se expresa en la acción firmemente negativa de desnudar, que implica sometimiento a un ser o ejército de poder superior.
El acto de humillarse se implica en la imagen de consejeros y sacerdotes llevados a otro lugar desnudos (Job 12:17, 19; cp. Job 19:9). Cuando los reyes son despojados de sus vestiduras es una forma de decir que han sido vencidos (Is 45:1). Desnudar a los cadáveres sobre el campo de batalla es una parte de tomar botín (1 S 31:8; 2 S 23:10; 1 Cr 10:8). A su muerte, Aarón es despojado de sus vestiduras con las que visten a su hijo (Nm 20:26–28).
Mediante una fácil progresión, poner o quitar vestiduras se vuelve abiertamente en una metáfora de los estados espirituales. Leemos, pues, sobre la necesidad de «desechar, pues, las obras de las tinieblas» (Ro 13:12 RVR1960) y «despojado del viejo hombre» (Col 3:9; ver también Ef 4:22). Por el contrario, cuando Job resume su vida, afirma: «Me vestía de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema era mi rectitud» (Job 29:14 RVR1960).
En la visión apocalíptica que tuvo Isaías de Jerusalén se le insta a que se ponga «sus vestidos de gala» (Is 52:1), y se dice que Dios «de justicia se vistió» (Is 59:17). Pablo indica a los creyentes: «Vístanse con la nueva naturaleza» (Col 3:10). Y en la vida futura los creyentes se «revestirán de lo incorruptible» (1 Co 15:53).
La moralidad del vestir
Varios temas morales distintos convergen en las referencias bíblicas al vestir. Como antídoto de la tendencia femenina a una forma de vestir extravagante, dos epístolas del NT advierten en contra de darle un valor injustificado al atuendo externo y elogian la modestia en la manera de vestirse (1 Ti 2:9; 1 P 3:3). Santiago advierte contra el trato preferencial a quien pueda permitirse «ropa elegante» en contraste con los menos afortunados que se visten pobremente (Stg 2:2–3). Pablo cuenta como una de sus virtudes el «no [haber] codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie» (Hch 20:33).
En otros lugares, la ropa del indigente se convierte en la piedra de toque de la compasión moral, una imagen de misericordia. En el relato de Jesús sobre el juicio final, vestir al que está desnudo se pone en la misma categoría que cuidar a los enfermos, visitar a los prisioneros y recibir al extranjero como actos que proporcionan la entrada al cielo (Mt 25:36–43; cp. Ez 18:7, 16). En el gran juramento de inocencia de Dios, uno de los actos que se adscribe de forma implícita es que no permite que nadie de su entorno «muera por falta de vestido, o que un necesitado no tenga qué ponerse» (Job 31:19). Cuando Dorcas muere, el tributo a sus actos de misericordia es la ropa que las viudas habían recibido de su mano (Hch 9:39). En la ley mosaica se evidencia la preocupación similar de que el pobre tenga ropa (Dt 24:12, 17), reflejando la idéntica preocupación de Dios (Dt 10:18). Por el contrario, desvestir al pobre de su ropa se describe como un odioso pecado (Job 22:6; Am 2:8).
Vestido de engaño
La imaginería de la vestidura no es uniformemente positiva en la Biblia. Si su cualidad de cubrir la convierte en una imagen de calidez y protección, también hace de ella una ilustración de engañoso encubrimiento. Aquí tenemos imágenes de falsos profetas que vienen con piel de ovejas, pero por dentro son lobos hambrientos (Mt 7:15) o a Jacob que usurpa la ropa de Esaú para engañar a su padre ciego y robar la bendición (Gn 27:15, Gn 27:27). Aod, el astuto zurdo, esconde su espada casera bajo su ropa, sobre su costado derecho donde nadie lo esperaría, evitando así que fuera detectada (Jue 3:16). Mical, esposa de David, engaña a los soldados de su padre, tapando un tejido de pelo de cabra con la ropa de David (1 S 19:13), mientras que Saúl se disfraza para que no lo reconozca la adivina de Endor a la que visita (1 S 28:8). Lo más engañoso de todo es que los hombres de Gabaón se aseguran un tratado con los israelitas, disfrazados de ropas harapientas y fingiendo venir de un país lejano (Jue 9:5, Jue 9:13).
Ropas ceremoniales
La ropa también es importante en las leyes mosaicas, donde asume una relevancia ritual. Ya hemos hablado anteriormente de los sacerdotes cuando se ponen o se quitan su vestidura especial. El mayor grupo de referencias (30) es al lavado de la ropa como precaución higiénica o como símbolo de purificación. La prohibición de llevar vestiduras hechas de más de un tipo de tela indica santificación o pureza (Lv 19–19; Dt 22:11). Que hombres y mujeres se intercambien la ropa es algo prohibido (Dt 22:3, 5).
Ropa trascendental
Las vestiduras resplandecientes son un rasgo destacado del retrato de los seres trascendentes o celestiales. Aquí encontramos una mezcla de lo familiar y lo no familiar, o del alzamiento de algo común a una esfera más allá de lo terrenal. El ejemplo más famoso es la transfiguración de Jesús, cuando «su ropa se volvió blanca como la luz» (Mt 17:2; Mr 9:3; Lc 9:29). De manera similar, el «Anciano» sobre el trono en la visión apocalíptica de Daniel lleva vestiduras «blancas como la nieve» (Dn 7:9). Los ángeles también se describen con «ropas resplandecientes» (Lc 24:4; Hch 10:30) o «su ropa era blanca como la nieve» (Mt 28:3). Las vestiduras sacerdotales de la adoración del AT solo son ligeramente menos de otro mundo que las de los seres sobrenaturales (Ex 28). Y los santos redimidos en el cielo están vestidos con vestiduras blancas (Ap 3:4–5; 4:4; 7:9, 13; 15:6; 19:14).
Cristo y la ropa
Muchos de los temas anteriores convergen en la vida de Cristo. Su nacimiento como bebé desnudo, seguido por el hecho de que fuera envuelto en los pañales que se usaban en aquella época, recalca su humanidad. La compasión y el poder milagroso de Jesús está encerrado (como en el clic de una cámara) en el momento en que una mujer enferma de hemorragia de sangre desde hacía muchos años, sanó de inmediato cuando tocó el borde de su vestidura (Mt 9:2–18; Mr 5:25–34; Lc 8:42–48; cp. Mr 6:56).
La imaginería de la ropa impregna la pasión de Cristo, cuando lo despojan de sus vestiduras y le ponen un manto real en medio de la burla pública (Mt 27:28–31; Mr 15:17–20; Jn 19:2–3), y los soldados se reparten su indumentaria (Mt 27:35; Mr 15:24; Lc 23:34; Jn 19:24) y su cuerpo se envuelve en una sábana fúnebre. En su glorificación en el cielo, Jesús aparece de nuevo con vestiduras trascendentes (Ap 1:13).
La historia de la salvación
También es posible rastrear las líneas generales de la historia de la salvación por medio de la imaginería de las vestiduras. La ropa está presente, en un primer momento en la Biblia, ya que su ausencia como la desnudez de Adán y Eva es un índice de la prístina inocencia y libertad de ellos (Gn 2:25). Después de la Caída, la ropa se convierte en un símbolo de la necesidad que la vergüenza humana tiene de cubrirse. Las hojas de higuera con las que Adán y Eva intentan ocultar su vergüenza son un esfuerzo patéticamente inefectivo de ocuparse de la culpa humana (Gn 3:7). Solo Dios puede proporcionar un vestuario adecuado para la raza humana después de la Caída (Gn 3:21).
Después del principio de Génesis, la ropa se convierte en la imagen de la pecaminosidad y también de la redención. Por el lado del pecado, por ejemplo, leemos sobre los impíos arrogantes que «se cubren de vestido de violencia» (Sal 73:6 RVR1960) y sobre el hombre sin fe que «cubre de violencia sus vestiduras» (Mal 2:16 NVI). Jeremías describe una clase sacerdotal tan «manchados de sangre, sin que nadie pudiera tocar sus vestidos» mientras ellos vagaban por la calle (Mal 2:16 lbla).
Ezequiel usa la imaginería de la vestidura para describir la apostasía de Israel: «Con tus mismos vestidos te hiciste aposentos idolátricos de vistosos colores, y allí te prostituiste» (Ez 16:16 NVI). Pero, por otra parte, vemos la salvación descrita como una vestidura: «En gran manera me gozaré en el Señor, mi alma se regocijará en mi Dios; porque Él me ha vestido de ropas de salvación, me ha envuelto en manto de justicia» (Is 61:10 lbla) y «un manto de alabanza» (Is 61:3 NVI). Ezequiel ilustra el amor de Dios por Israel en la imaginería de un ritual de desposorio que implica la ropa: «Extendí entonces mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez. Me comprometí e hice alianza contigo, y fuiste mía» (Ez 16:8 NVI). En la carta de Cristo a la iglesia de Laodicea, describe la salvación como «ropas blancas para que te vistas y cubras tu vergonzosa desnudez» (Ap 3:18 NVI).
El pasaje clásico de vestidura que solía describir el perdón divino de los pecados es el que habla del sacerdote Josué (Zac 3:1–5). Vestido de «harapos sucios» comparece del ángel del Señor, acusado por Satanás, y escucha cómo el ángel le ordena a los espectadores que le quiten sus vestiduras sucias y lo vistan con «atuendo festivo». Aquí, en acción simbólica, tenemos la historia de la salvación. En realidad, el ángel explica que la acción es «un buen presagio», que cumplirá «mi siervo, el Renuevo», es decir, el Mesías (Zac 3:8). Esta redención llega a su consumación en el cielo, cuando los creyentes, como esposa de Cristo, hayan «lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero» (Ap 7:14 NVI). La iglesia misma es como «una esposa ataviada para su marido» (Ap 21:2 RVR1960).
Resumen – La ropa en la historia de José.
Muchos de los temas bíblicos de ropa convergen en la historia de José (Gn 37–45), en el que la imaginería aparece en cada punto de transición de la acción. Como hijo favorecido de Jacob, a José se le viste con una túnica especial que simboliza la situación exaltada que tiene ante su padre (Gn 37:3). Cuando los hermanos de José lo despojan de ella, la acción señala que José ha caído de ser el favorecido y entra a una vida de sufrimiento (Gn 37:23). Rubén rasga su vestidura en un gesto de angustia cuando regresa y halla la cisterna vacía (Gn 37:29), y los hermanos usan la túnica para engañar a su padre, haciéndole creer que José ha muerto (Gn 37:31–33).
La ropa que José deja en manos de su tentadora da testimonio de su integridad moral (Gn 39:12), aunque la esposa de Potifar la usa con inteligencia para llevar a cabo su engaño (Gn 39:12–18). Según la práctica social en casi todas las culturas de hacer que el atuendo compagine con una ocasión, se nos da el pequeño detalle aleatorio de que José se afeita y se cambia de ropa antes de abandonar la prisión para presentarse delante de Faraón (Gn 41:14). Y la posición de José cambia, deja de ser un prisionero para convertirse en el gobernante más poderoso del reino, después de faraón y esto va acompañado de un atuendo «de lino fino» que le da el rey (Gn 41:42). En la escena de festividad que acompaña la revelación de su identidad a sus hermanos, José le da a cada uno de ellos «un conjunto de vestiduras» y a Benjamín le da «cinco conjuntos» (Gn 45:22).
T. Longman III, J. C. Wilhoit, y L. Ryken, eds., «VESTIDURAS», en Gran Diccionario Enciclopédico de Imágenes & Símbolos de la Biblia, trad. Rubén Gómez Pons (Barcelona, España: Editorial CLIE, 2015), 1228–1232.




