1 Dos años más tarde, el faraón tuvo un sueño: Estaba de pie junto al río Nilo 2 cuando, de pronto, del río salieron siete vacas hermosas y gordas que se pusieron a pastar entre los juncos. 3 Detrás de ellas salieron otras siete vacas, feas y flacas, que se pararon a orillas del Nilo, junto a las primeras. 4 ¡Y las vacas feas y flacas se comieron a las vacas hermosas y gordas! En ese momento el faraón se despertó.—International Bible Society, Nueva Versión Internacional (East Brunswick, NJ: Sociedad Bíblica Internacional, 1979), Gn 41:1–4.
La historia de José avanza a través de sueños, o más bien de pares de sueños, que provocan su caída y posterior redención. En primer lugar, José sueña que él y sus hermanos están atando gavillas de trigo en el campo, y que las gavillas de sus hermanos se inclinan ante la suya. En un segundo sueño, ve al sol, a la luna y a once estrellas inclinándose ante él. 1Comete la imprudencia de contar este par de sueños a sus hermanos, lo que despierta su envidia y su odio. Pronto lo venden como esclavo a Egipto.2
Años más tarde, en una mazmorra de Egipto, dos compañeros de prisión —antiguos ministros del faraón— le cuentan a José sus sueños, que él interpreta con precisión: un ministro será ejecutado y el otro recuperará su cargo. Cuando el faraón tiene un par de sueños inquietantes dos años después, el ministro que había recuperado su cargo le habla de José. Este es sacado de la mazmorra y llevado ante el faraón para interpretar el doble sueño.3
Salomón dice que un sueño surge de muchas preocupaciones (Ecl. 5:2). La preocupación del faraón es por su reino y por el Nilo, que le da vida. 4Cuando se llama a José para que interprete los sueños, lo hace de acuerdo con las preocupaciones del faraón; ve que los sueños del faraón marcan el rumbo para el futuro de su reino. Los sueños advierten de una crisis inminente y proporcionan una base para la política estatal que permita sobrevivir a ella.
Nosotros, los modernos, bajo la influencia de Freud, vemos los sueños de manera similar, pero con un énfasis muy diferente. 5Sí, un sueño surge de una gran preocupación, pero imaginamos que nuestras verdaderas preocupaciones residen en los procesos subconscientes de nuestra propia mente.
Durante las horas de vigilia, las defensas del ego protegen la mente consciente de pensamientos y deseos dolorosos o inaceptables. Pero durante el sueño, el sueño puede penetrar nuestras defensas y sacar a la superficie estas preocupaciones reprimidas, aunque sea en el lenguaje velado de los símbolos, para que no nos resulten demasiado perturbadoras. Freud consideraba que todas nuestras preocupaciones estaban vinculadas, en última instancia, a los impulsos sexuales y a la identidad. 6La visión del faraón sobre el río podría representar su propia potencia; las vacas flacas devorando a las gordas, su miedo a la insuficiencia o al declive. A través del sueño, sus miedos y deseos ocultos podían encontrar una forma de expresarse.
En la historia de José, los sueños son también el medio para expresar lo oculto o inaccesible, pero con una diferencia crucial. No es el subconsciente, sino Dios quien habla. En tal caso, nuestras defensas del yo nos protegen de lo que resulta amenazador en la naturaleza de Dios. Durante las horas de vigilia, intentamos limitar a Dios a lo que creemos que tiene sentido. A veces, Dios emplea el lenguaje de los símbolos, no para superar la represión psicológica, sino para revelarnos lo nuevo e inesperado.7 A través del profeta Joel, el Señor habla del día en que:
«Derramaré mi Espíritu sobre toda carne;
vuestros hijos e hijas profetizarán,
vuestros ancianos tendrán sueños,
vuestros jóvenes verán visiones» (Joel 2:28).
El sueño oculta al mismo tiempo que revela. Debe introducir de contrabando en la conciencia una verdad que nuestras mentes despiertas prohibirían. El sueño es un don que nos libera de la mentalidad analítica y antropocéntrica que preferiríamos. Nos concede una verdad que no merecemos.
Por eso, parece extraño que Dios le hable al faraón de esta manera. Al fin y al cabo, es un idólatra que no tiene ni idea del Dios de Israel. 8De hecho, el Midrash retrata al faraón como un hombre injusto, incluso según los criterios de los paganos, traduciendo «se encontraba junto al río [es decir, el Nilo, venerado como una deidad en Egipto]» como «se encontraba sobre el río» (lo cual es gramaticalmente posible en hebreo)9:
Los malvados se yerguen sobre sus dioses, como dice: «El faraón tuvo un sueño; y he aquí que se yergue sobre el río». Pero en cuanto a los justos, su Dios se yergue sobre ellos, como dice: «Y he aquí que el Señor se yergue sobre él» (Génesis 28:13). (Génesis Rabá 89.4)10
En otras palabras, el faraón no solo adora ídolos, sino que además se jacta con arrogancia ante ellos. ¿Cómo es posible que Dios elija hablarle? Podríamos plantearnos la misma pregunta respecto al joven José. Él, a diferencia del faraón, conoce a Dios, pero utiliza el sueño de su dominio para jactarse neciamente ante sus hermanos. ¿Envía Dios sueños incluso a los arrogantes e inmaduros?11
Dios puede ser generoso con los sueños porque estos no revelan todo: alguien debe interpretarlos. El intérprete ayuda al soñador a adquirir una perspectiva adecuada. Para el joven José, sus dos sueños eran tan obvios que dejó que hablaran por sí mismos, lo que le llevó a su propia ruina. 12El José ya maduro interpretó el significado de los dos sueños de sus compañeros de prisión, pero aún así no logró ofrecerles orientación ni consuelo. Uno de sus compañeros de prisión fue rehabilitado, pero al otro lo llevaron a la muerte sin una sola palabra de esperanza.13
Tras este episodio de interpretación, José tuvo que languidecer en la cárcel otros dos años antes de que lo sacaran para interpretar los sueños del faraón. Ahora, por fin, no solo ofrece la interpretación, sino también consejo sobre cómo responder al mensaje de Dios. Los sueños no pueden tratarse a la ligera. No basta con analizar y trazar los caminos de Dios. La interpretación debe ir acompañada de una palabra de consuelo, orientación o esperanza. Es tanto el consejo como la interpretación lo que le valió a José su ascenso a la condición de noble:
«Así pues, la palabra [o el asunto, todo el asunto] fue del agrado del faraón y de todos sus siervos. Y el faraón dijo a sus siervos: “¿Podemos encontrar a otro como él, un hombre en quien resida el espíritu de Dios?” » (Génesis 41:37-38)
Siglos después de José, surge otro intérprete de sueños: el profeta Daniel. Cuando su rey, Nabucodonosor, tiene un sueño que habla de su propia desaparición, Daniel se muestra debidamente solícito. Precia su interpretación con las palabras: «¡Que el sueño se refiera a los que te odian, y su interpretación a tus enemigos!» (Dan. 4:19) Sugiere al rey un plan de acción que podría evitar el desastre anunciado. Al igual que con José, el rey pagano se da cuenta de que Daniel posee el espíritu de Dios, un espíritu que aporta esperanza además de sabiduría (Dan. 5:11–14).
Daniel comprendió lo que José acabó por aprender. Dios no solo envía el sueño, sino también al intérprete. No basta con interpretar los designios de Dios, aunque tengamos esa capacidad. También estamos llamados a ayudar a aquellos para quienes interpretamos a responder a los designios de Dios.14

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- En Gn 37:7, 9–10 el verbo חוה, en la forma hištaḥăwâ, describe la inclinación de las gavillas y de los cuerpos celestes ante José. El mismo campo semántico reaparece cuando los hermanos llegan a Egipto y se postran ante él (Gn 42:6; cf. 43:26, 28). Esta correspondencia verbal establece una relación deliberada entre anuncio y cumplimiento. El reconocimiento del lector precede al de los personajes: los hermanos ejecutan corporalmente aquello que habían rechazado cuando José se lo comunicó simbólicamente.
↩︎ - El ciclo de José organiza el motivo onírico en tres unidades de dos sueños: (1) los dos sueños de José (Gn 37:5–11); (2) los sueños paralelos del copero y del panadero (Gn 40:5–23); y (3) los dos sueños de Faraón (Gn 41:1–36). La progresión es literariamente significativa. José aparece primero como receptor de revelación, después como intérprete de revelaciones recibidas por otros y finalmente como intérprete cuya sabiduría determina la política económica de Egipto. El motivo del sueño sirve así para articular la transición de José desde la subordinación hasta la autoridad
↩︎ - El sustantivo hebreo חֲלוֹם (ḥălôm, «sueño») y el verbo חָלַם (ḥālam, «soñar») adquieren una concentración excepcional en Gn 37 y 40–41. Esta recurrencia léxica contribuye a vincular episodios separados por años y espacios diferentes. El sueño no funciona simplemente como detalle psicológico de los personajes, sino como dispositivo mediante el cual el narrador conecta anticipación y cumplimiento.
↩︎ - El Nilo, el ganado y el cereal pertenecen naturalmente al horizonte económico de Egipto. El sueño comunica así su mensaje mediante imágenes culturalmente inteligibles para Faraón y estrechamente relacionadas con la fertilidad y la subsistencia del país.
↩︎ - Para mayor precisión, Freud distingue entre el contenido manifiesto del sueño y los pensamientos latentes subyacentes. La comparación con Génesis es especialmente interesante porque desplaza la localización del significado: en el modelo psicoanalítico se busca detrás del contenido manifiesto; en Gn 41, el significado es proporcionado por Dios y remite a acontecimientos futuros.
↩︎ - Esta formulación puede resultar demasiado absoluta. La sexualidad ocupa un lugar fundamental en el desarrollo de la teoría freudiana, pero no conviene reducir toda su teoría de los sueños a una correspondencia directa entre símbolos e impulsos sexuales.
↩︎ - En la literatura bíblica, el símbolo no necesariamente «oculta» una verdad reprimida. En sueños y visiones proféticas puede constituir el medio mismo de la revelación (cf. Gn 37:5–10; 40–41; Dn 2; 7; Zac 1–6). Su interpretación depende del contexto narrativo y, frecuentemente, de una explicación divina.
↩︎ - El motivo no es exclusivo de Faraón. Génesis presenta a Dios comunicándose también con personajes ajenos a la línea patriarcal, como Abimelec mediante un sueño (Gn 20:3–7) y Labán en otro sueño nocturno (Gn 31:24). La revelación mediante sueños, por tanto, no queda restringida en Génesis a los patriarcas.
↩︎ - La expresión וְהִנֵּה עֹמֵד עַל־הַיְאֹר (wĕhinnēh ʿōmēd ʿal-hayĕʾōr) contiene la preposición עַל (ʿal), cuyo campo semántico permite «sobre», «junto a» o «al lado de», dependiendo del contexto. La interpretación midrásica explota deliberadamente esta elasticidad semántica para producir una lectura teológica, no necesariamente para establecer el sentido histórico-gramatical más probable.
↩︎ - Génesis Rabá establece aquí una comparación verbal entre Gn 41:1 y Gn 28:13. Faraón aparece «sobre» el Nilo, mientras que YHWH aparece «sobre» Jacob. La oposición permite al midrash formular una diferencia teológica: el impío pretende situarse por encima de aquello que diviniza, mientras que el justo permanece bajo la soberanía de Dios. Se trata de una lectura homilético-teológica característica del método midrásico, que no debe confundirse sin más con la exégesis histórico-gramatical del pasaje. La lectura rabínica intensifica una ironía ya presente en el relato: aunque Faraón ocupe simbólicamente una posición de superioridad respecto del Nilo, no puede interpretar el sueño que surge de ese mismo ámbito. El gobernante de Egipto necesita finalmente que un prisionero hebreo le comunique lo que Dios está haciendo.
↩︎ - Génesis muestra que la recepción de un sueño divinamente significativo no constituye necesariamente una aprobación moral del soñador. Faraón recibe sueños en Gn 41; Abimelec recibe una advertencia divina mediante un sueño en Gn 20:3–7; y Labán es advertido por Dios en un sueño en Gn 31:24. La iniciativa reveladora permanece en Dios y no presupone madurez espiritual del receptor.
↩︎ - Resulta significativo que José relate sus propios sueños pero no ofrezca formalmente una interpretación. Son sus hermanos y Jacob quienes verbalizan sus implicaciones (Gn 37:8, 10). Existe aquí una inversión literaria interesante: el futuro gran intérprete de sueños comienza siendo incapaz —o no necesitando— interpretar explícitamente los suyos.
↩︎ - Esta conclusión sobre «consuelo, orientación o esperanza» sobrepasa lo que Gn 40–41 establece directamente. El caso de Faraón sí demuestra que la interpretación puede exigir una respuesta práctica; no demuestra por sí mismo que toda interpretación de revelación deba incluir necesariamente consuelo. Conviene presentar esta afirmación como reflexión teológica derivada del relato y no como conclusión exegética estricta.
↩︎ - El paralelo más firme entre ambos personajes reside en su confesión acerca de la fuente de la interpretación. José pregunta: «¿No son de Dios las interpretaciones?» (Gn 40:8); Daniel declara que ningún sabio puede revelar el misterio del rey, «pero hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios» (Dn 2:27–28). Ambos relatos desplazan así la atención desde la pericia del intérprete hacia el Dios que revela.
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