Los pactos: la columna vertebral de la historia bíblica — Introducción

Los pactos constituyen una de las estructuras principales de la Biblia. Desde la creación hasta la nueva creación, revelan cómo Dios confirma sus promesas, forma un pueblo y conduce la historia hacia su cumplimiento en el Mesías. Este primer estudio explica por qué los pactos son la columna vertebral de la narración bíblica, cómo conectan el Antiguo y el Nuevo Testamento y por qué su fidelidad sigue sosteniendo la esperanza del pueblo de Dios.

La Biblia reúne muchos libros, autores, géneros literarios y períodos históricos. En ella encontramos narraciones, leyes, genealogías, poesía, sabiduría, profecía, evangelios, cartas y visiones apocalípticas. A primera vista, esta diversidad puede hacer que las Escrituras parezcan una colección de episodios separados. Sin embargo, cuando seguimos el desarrollo de los pactos comenzamos a reconocer una historia unificada: el Dios creador se compromete con su creación, llama a un pueblo, le da promesas, establece relaciones de fidelidad, confronta la rebelión humana y conduce su propósito hacia el Mesías y la nueva creación.

Por eso puede afirmarse que los pactos constituyen la columna vertebral de la trama bíblica. No son un tema secundario reservado para especialistas ni una estructura artificial impuesta sobre el texto. Los pactos nos ayudan a comprender quién es Dios, cómo se relaciona con las personas, de qué manera avanza su reino, cómo se conectan el Antiguo y el Nuevo Testamento y por qué la obra de Yeshúa debe entenderse como el cumplimiento de promesas que recorren toda la Escritura.

Pablo recordó a los ancianos de Éfeso que no había rehuido anunciarles «todo el consejo De Dios» (Hch 20:27).1 Esa expresión invita a leer cada pasaje dentro del propósito completo de Dios. No aplicamos sabiamente la Biblia cuando aislamos sus mandamientos, promesas o relatos de la gran historia a la que pertenecen. Una comprensión sólida de los pactos nos permite contemplar el bosque sin dejar de prestar atención a cada árbol.

Este primer artículo es solo la introducción al recorrido que emprenderemos por «Los pactos bíblicos: de la creación a la nueva creación». Te invitamos a visitar la página principal de la serie. En las próximas entregas profundizaremos en cada uno de ellos, atendiendo a su contexto, sus promesas, sus responsabilidades, sus señales y su relación con el conjunto de las Escrituras. Estudiarlos en detalle nos permitirá comprender cómo avanza el propósito de Dios, qué aporta cada pacto y de qué manera sus promesas encuentran cumplimiento en Yeshúa. También nos ayudará a abordar con mayor claridad cuestiones como la relación entre la Torá y la gracia, Israel y las naciones, la obediencia y la fe, y la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Te invitamos a seguir esta serie con la Biblia abierta, examinando los textos y sus conexiones: conocer los pactos nos permite reconocer la fidelidad de Dios a lo largo de la historia y comprender mejor nuestra identidad, nuestra manera de vivir y nuestra esperanza en el Mesías.

El pacto, una de las grandes palabras de la Biblia

La importancia del pacto puede observarse incluso antes de definirlo técnicamente. El sustantivo hebreo בְּרִית (berit), normalmente traducido como «pacto», «alianza» o «convenio», aparece cerca de trescientas veces en el Antiguo Testamento.2 En muchos recuentos léxicos se registran 284 apariciones. En el Nuevo Testamento, el sustantivo griego διαθήκη (diathēkē) aparece alrededor de treinta veces. Las cifras exactas pueden variar ligeramente según el texto base, el modo de contar las formas flexionadas y la traducción consultada, pero la conclusión no cambia: el vocabulario pactual se encuentra ampliamente distribuido por las Escrituras. 

Además, la teología del pacto no queda limitada a los lugares donde aparece la palabra. Hay pasajes que contienen promesas solemnes, juramentos, señales, sacrificios, mediadores, bendiciones, maldiciones y fórmulas de pertenencia sin emplear expresamente el sustantivo «pacto». El material original estima que existen más de un millar de referencias conceptuales de este tipo. Esta cifra debe entenderse como una valoración temática y no como el resultado de una concordancia estricta; sirve para subrayar que el mundo conceptual del pacto es mucho más amplio que la presencia de una sola palabra.

Entre las expresiones más representativas se encuentra la fórmula pactual3:

«Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo».

Con diferentes variaciones aparece en la Torá, los Profetas, los escritos apostólicos y la visión final de Apocalipsis (Lv 26:12; Jer 7:23; 11:4; 30:22; 31:33; Ez 36:28; 2 Co 6:16; Ap 21:3). Esta declaración concentra el corazón relacional del pacto: Dios no se limita a entregar beneficios; se da a conocer, reclama fidelidad y hace habitar a su pueblo en su presencia.

Los pactos permiten reconocer la unidad de las Escrituras

Las Escrituras no hablan de un único pacto histórico. Encontramos un pacto con Noé, un pacto con Abraham, un pacto con Israel en el Sinaí, un pacto con David y la promesa de un nuevo pacto. Muchos intérpretes también reconocen una estructura pactual en la relación de Dios con Adán, aunque Génesis 1–3 no utilice allí expresamente la palabra berit. Estas relaciones no son episodios independientes colocados uno junto a otro: cada una retoma elementos anteriores, añade nuevas promesas y hace avanzar la historia hacia su culminación.

El pacto con Noé garantiza la preservación del mundo después del diluvio y proporciona el escenario estable en el que continuará el propósito redentor de Dios. El pacto con Abraham introduce de manera especial las promesas de descendencia, tierra y bendición para todas las familias de la tierra. El pacto con Israel forma a una nación santa y le comunica una vocación sacerdotal entre los pueblos. El pacto con David concentra la esperanza del reino en una dinastía y en un hijo cuyo trono habría de permanecer. El nuevo pacto anuncia perdón, transformación interior, conocimiento de Dios y la obra del Espíritu. En Yeshúa, descendiente de Abraham e hijo de David, esas líneas convergen y se abren finalmente hacia la restauración de todas las cosas.

Este movimiento puede resumirse así:

Una historia · Un propósito

De la creación
a la nueva creación

El desarrollo de las promesas de Dios a través de los pactos.

  1. Creación Vida, vocación y comunión con Dios
  2. Preservación Noé · La continuidad de la vida
  3. Promesa Abraham · Bendición para las naciones
  4. Pueblo sacerdotal Israel · Santidad, Torá y presencia
  5. Reino mesiánico David · La promesa de un trono eterno
  6. Nuevo pacto Yeshúa · Perdón y transformación interior
  7. Nueva creación Dios habita con su pueblo para siempre

Los pactos: una historia unida por la fidelidad de Dios.

La progresión no debe entenderse como si Dios ensayara planes sucesivos y abandonara los anteriores después de cada fracaso humano. Tampoco exige borrar las diferencias reales entre los pactos. La unidad bíblica no es uniformidad. Cada pacto posee su contexto, participantes, promesas, responsabilidades y señales; sin embargo, todos participan en el desarrollo del propósito del único Dios. La tarea de una teología bíblica de los pactos consiste precisamente en respetar tanto la continuidad como el desarrollo.4

«Dios se acordó de su pacto»: la fidelidad que sostiene la historia

Una de las maneras más poderosas de observar la función del pacto es atender a la expresión bíblica «Dios se acordó». Cuando Israel gemía bajo la esclavitud en Egipto, Dios oyó su clamor y «se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (Ex 2:24). El texto no sugiere que Dios hubiera olvidado una información y repentinamente la recuperara. En el lenguaje bíblico, recordar el pacto significa actuar con fidelidad a las promesas realizadas.

Esta misma lógica reaparece en distintos momentos. Durante la opresión siria en los días de Joacaz, el Señor tuvo misericordia de Israel «a causa de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (2 R 13:23). El Salmo 106 interpreta la compasión divina después de las múltiples rebeliones de Israel a la luz del recuerdo de su pacto (Sal 106:43–45). Ezequiel anuncia que, después de exponer la infidelidad de Jerusalén, Dios recordará el pacto y establecerá un pacto eterno (Ez 16:60). El salmista confiesa igualmente: «Para siempre se acordará de su pacto» (Sal 111:5).

Estos textos revelan una verdad pastoral de enorme importancia: la esperanza del pueblo de Dios no descansa en su capacidad de sostener a Dios, sino en la fidelidad de Dios para sostener su palabra.5 Esto no convierte la obediencia en algo irrelevante. Los pactos contienen responsabilidades reales, y su quebrantamiento produce consecuencias reales. Pero incluso el juicio debe contemplarse dentro de una historia gobernada por el Dios que permanece fiel a su propósito.

Pacto, palabra y juramento

El pacto bíblico está estrechamente relacionado con la promesa y el juramento. Dios no presenta su propósito como una posibilidad vaga, sino que condesciende a confirmar su palabra de una manera que ofrece seguridad a los herederos de la promesa. Hebreos explica que Dios, queriendo mostrar de manera más abundante la inmutabilidad de su propósito, «interpuso juramento» (Heb 6:17). La promesa y el juramento no convierten a Dios en alguien más veraz —pues es imposible que Dios mienta—, pero fortalecen la confianza de quienes reciben su palabra.6

Deuteronomio 29:12–14 coloca en paralelo el pacto y el juramento cuando Israel entra en la relación solemnemente confirmada por el Señor. Primera de Crónicas 16:15–16 llama a Israel a recordar «su pacto» y, en la línea siguiente, «el juramento que hizo a Isaac». En 2 Crónicas 15:12–15, el pueblo entra en pacto para buscar al Señor y confirma su compromiso mediante juramento. Estos textos muestran que el pacto no es una emoción religiosa pasajera: posee seriedad pública, memoria histórica y obligaciones definidas.

La iniciativa, sin embargo, pertenece a Dios. Él se acerca, promete, establece la relación y proporciona la base para la comunión. Por eso el pacto bíblico contiene a la vez gracia y obligación. La gracia no elimina la lealtad; la hace posible y le proporciona su contexto. La obediencia no compra la iniciativa divina, sino que constituye la respuesta apropiada de quienes han sido llamados a vivir dentro de su alianza.

Del pacto con los padres al Mesías

El Nuevo Testamento no presenta la venida de Yeshúa como el comienzo de una historia desconectada de Israel. Zacarías bendice al Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo, ha levantado un poderoso Salvador en la casa de David y ha actuado «para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto» (Lc 1:68–75). La encarnación, el ministerio, la muerte y la resurrección del Mesías constituyen el cumplimiento de una fidelidad largamente prometida.

Por eso Pablo puede afirmar que todas las promesas de Dios encuentran en el Mesías su «sí» (2 Co 1:20). Esa afirmación no significa que cada promesa pueda separarse de su contexto y aplicarse de manera indiscriminada. Significa que Yeshúa es el punto decisivo en el que el propósito pactual de Dios queda confirmado y encaminado hacia su consumación. Él es la descendencia prometida a Abraham (Gá 3:16), el Hijo de David que recibe el reino (Lc 1:32–33), el mediador del nuevo pacto (Heb 8:6; 9:15; 12:24) y el último Adán que conduce a su pueblo hacia la vida de la nueva creación (1 Co 15:20–28, 45–49).

Hebreos 13:20–21 bendice al «Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno».7 La expresión reúne resurrección, pastoreo, sangre y pacto. La salvación no es una improvisación posterior al pecado humano: pertenece al propósito sabio de Dios y ha sido realizada históricamente mediante la entrega y vindicación del Mesías.

El nuevo pacto no destruye la historia anterior: la lleva a su meta

Jeremías anunció días en que el Señor haría un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá (Jer 31:31–34). Su novedad no consiste en que Dios abandone su voluntad santa o renuncie a formar un pueblo obediente. La promesa declara: «Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón». El nuevo pacto lleva al interior aquello que el pecado humano resistía; reúne perdón, conocimiento de Dios y transformación.

Hebreos cita esta promesa para explicar la eficacia de la obra sacerdotal del Mesías (Heb 8:8–12; 10:15–18). El Espíritu Santo da testimonio de que Dios escribe sus leyes en el corazón y no se acuerda más de los pecados. Así, el movimiento pactual de la Biblia no puede reducirse al contraste simplista «ley mala frente a gracia buena». La gracia ya estaba operando en la elección y liberación de Israel, y la obediencia continúa siendo fruto de la obra renovadora de Dios.8 Lo que cambia en el nuevo pacto debe estudiarse con atención a su mediador, sacrificio, sacerdocio, alcance y eficacia, sin convertir la novedad en abolición de toda continuidad.

Los pactos como marco para relacionar el Antiguo y el Nuevo Testamento

Una comprensión matizada de los pactos evita dos errores opuestos. El primero consiste en fragmentar la Biblia de tal manera que Israel, el Mesías y la comunidad apostólica parezcan pertenecer a proyectos divinos inconexos. El segundo consiste en aplanar la revelación y tratar todos los pactos como si fueran idénticos. La Escritura presenta una sola historia, pero una historia que progresa. Hay promesas que permanecen, instituciones que alcanzan su cumplimiento, patrones que se intensifican, sombras que señalan hacia realidades mayores y responsabilidades que deben interpretarse desde su lugar dentro de la narración completa.

El pacto con Noé no desempeña exactamente la misma función que el pacto con Abraham; el Sinaí no puede confundirse con el pacto davídico; y el nuevo pacto posee una eficacia y una mediación superiores. Sin embargo, el Dios que actúa en todos ellos es el mismo y su propósito converge en el Mesías. Estudiarlos en su orden canónico nos permitirá observar cómo temas como creación, descendencia, tierra, presencia, sacerdocio, sacrificio, Torá, reino, Espíritu y nueva creación se relacionan entre sí.

Esta perspectiva también ayuda a evaluar los principales sistemas interpretativos. El dispensacionalismo ha destacado las diferencias entre períodos y administraciones; la teología clásica del pacto ha subrayado la unidad del plan de gracia; y el pactualismo progresivo intenta seguir la unidad y el desarrollo de los pactos históricos hasta su cumplimiento en el Mesías.9 Cada modelo formula preguntas necesarias, pero ninguno debe sustituir la lectura cuidadosa de los textos. Antes de defender un sistema, debemos permitir que la secuencia bíblica de los pactos determine nuestras categorías.

Una breve mirada a la historia de la interpretación

El lenguaje pactual ocupó un lugar relevante desde etapas tempranas de la reflexión cristiana. Ireneo, Orígenes y Agustín hablaron de las distintas disposiciones divinas y de la unidad de la historia de la salvación, aunque no debe atribuírseles sin matices el sistema pactual reformado desarrollado muchos siglos después.10 Durante la Reforma y la etapa posterior, autores como Juan Ecolampadio, Heinrich Bullinger, Johannes Cocceius y Herman Witsius hicieron del pacto una categoría cada vez más explícita para organizar la doctrina y la lectura de la Biblia.

En la investigación moderna, Walther Eichrodt defendió que el pacto proporcionaba la estructura central de la fe de Israel. En tiempos más recientes, Michael Horton ha empleado el pacto como motivo organizador de su teología, mientras que Peter J. Gentry y Stephen J. Wellum han propuesto seguir el reino de Dios por medio del desarrollo de los pactos bíblicos. Su obra presenta los pactos como una estructura fundamental para comprender la trama narrativa de toda la Biblia.  Thomas R. Schreiner, por su parte, sigue los principales pactos desde Génesis hasta Apocalipsis para mostrar cómo avanza el propósito salvador de Dios. 

La diversidad de estas propuestas muestra que reconocer la importancia de los pactos no resuelve automáticamente todas las discusiones. Los intérpretes discrepan sobre si hubo un pacto formal con Adán, cómo se relacionan el pacto de Abraham y el Sinaí, en qué sentido el antiguo pacto se vuelve obsoleto, cuál es la relación entre Israel y las naciones, cómo debe entenderse la Torá en el nuevo pacto y si la Escritura enseña un pacto de redención anterior a la creación. Esta serie no ocultará esas diferencias. Las presentará con respeto, evaluará sus argumentos y procurará mantener el desarrollo bíblico centrado en el Mesías.

¿Por qué importa esto para la vida de fe?

El estudio de los pactos no es únicamente una tarea académica. En primer lugar, fortalece la confianza en el carácter de Dios. Él no actúa caprichosamente: recuerda su palabra y permanece fiel aun cuando la historia atraviesa juicio, exilio y aparente fracaso. En segundo lugar, forma nuestra identidad. La salvación no consiste solamente en recibir beneficios individuales, sino en ser incorporados al pueblo que Dios reúne en torno al Mesías.

En tercer lugar, da sentido a la obediencia. La fidelidad bíblica es una respuesta de amor y lealtad al Dios que toma la iniciativa y nos llama a caminar con él. En cuarto lugar, protege contra las lecturas fragmentarias: impide construir doctrinas sobre versículos aislados y nos enseña a situar cada mandamiento y cada promesa dentro del desarrollo completo de la revelación.

Finalmente, los pactos alimentan la esperanza. La misma fidelidad que sostuvo a Abraham, rescató a Israel, preservó la promesa davídica y levantó a Yeshúa de entre los muertos garantiza que Dios llevará su obra hasta la consumación. La Biblia comienza con una creación buena confiada a la humanidad y termina con una creación renovada donde Dios habita con su pueblo. Entre ambos extremos, los pactos marcan el camino de la promesa hacia su cumplimiento.

Conclusión

Los pactos son una de las estructuras principales mediante las cuales la Biblia narra el propósito de Dios. Nos permiten ver la unidad de las Escrituras sin borrar su diversidad; conectan creación, redención, pueblo, reino, Mesías y nueva creación; y revelan que la historia descansa en la fidelidad del Dios que promete, jura, recuerda y actúa.

Comenzar por la importancia del pacto prepara el terreno para las preguntas que siguen. Antes de estudiar a Noé, Abraham, Israel, David y el nuevo pacto, debemos comprender qué hace que una relación sea pactual, qué elementos suelen acompañarla y en qué se diferencia de un contrato. Ese será el tema del próximo estudio.

La afirmación central puede expresarse de manera sencilla: para comprender cómo encaja la Biblia, necesitamos comprender cómo los pactos hacen avanzar su historia y encuentran su culminación en el Mesías.

  1. ¿Por qué resulta insuficiente leer la Biblia como una colección de historias y mandamientos aislados?
  2. ¿Qué significa anunciar «todo el consejo de Dios» y cómo contribuyen los pactos a reconocerlo?
  3. ¿Qué enseña la expresión «Dios se acordó de su pacto» acerca del carácter divino?
  4. ¿Cómo pueden los pactos mostrar a la vez la gracia de Dios y la responsabilidad humana?
  5. ¿Qué elementos de continuidad y de desarrollo observamos entre Noé, Abraham, Israel, David y el nuevo pacto?
  6. ¿Por qué no debe equipararse automáticamente el nuevo pacto con la abolición de toda instrucción divina?
  7. ¿Qué peligros aparecen cuando un sistema teológico domina la lectura de los textos en vez de servirla?
  8. ¿De qué manera la fidelidad pactual de Dios produce confianza, obediencia y esperanza en la vida comunitaria?

Bibliografía básica

  • Eichrodt, Walther. Theology of the Old Testament. 2 vols. Filadelfia: Westminster Press, 1961–1967.
  • Gentry, Peter J., y Stephen J. Wellum. Kingdom through Covenant: A Biblical-Theological Understanding of the Covenants. 2.ª ed. Wheaton, IL: Crossway, 2018.
  • Gentry, Peter J., y Stephen J. Wellum. God’s Kingdom through God’s Covenants: A Concise Biblical Theology. Wheaton, IL: Crossway, 2015.
  • Horton, Michael. God of Promise: Introducing Covenant Theology. Grand Rapids, MI: Baker Books, 2006.
  • Merkle, Benjamin L. De la discontinuidad a la continuidad: Un estudio de la teología dispensacionalista y la teología del pacto. Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2020.
  • Pink, Arthur W. Los pactos divinos: Una exposición de la revelación del pacto eterno de gracia a través de las Escrituras. Trad. Mariano Leiras y Federico Donantueno. Tampa, FL: Editorial Doulos, 2017.
  • Robertson, O. Palmer. The Christ of the Covenants. Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed, 1980.
  • Schreiner, Thomas R. El pacto y el propósito de Dios para el mundo. Trad. Sergio Castrillón C. Ellensburg, WA: Proyecto Nehemías, 2021.
  • Witsius, Herman. The Economy of the Covenants Between God and Man. 2 vols. 1677; reimp., Grand Rapids, MI: Reformation Heritage Books, 2010.

Este artículo abre la serie «Los pactos bíblicos: de la creación a la nueva creación». Te invitamos a visitar la página principal de la serie abajo, donde iremos reuniendo los estudios y sus enlaces conforme se publiquen. Cada capítulo profundizará en un aspecto del tema y nos ayudará a comprender cómo se relacionan los pactos entre sí y cómo sus promesas encuentran cumplimiento en el Mesías. Guarda la página y sigue el recorrido en orden: las próximas entregas desarrollarán lo que aquí presentamos como introducción, para alcanzar una comprensión más completa de este tema fundamental de las Escrituras.


  1. En Hechos 20:27, la palabra griega boulē puede expresar propósito, designio o plan. Pablo no afirma haber explicado cada detalle imaginable, sino haber proclamado íntegramente el propósito salvador de Dios. El estudio de los pactos nos ayuda precisamente a seguir ese propósito a través de toda la revelación bíblica. ↩︎
  2. Decir que berit aparece «cerca de trescientas veces» es más preciso que atribuir una cifra absoluta a todas las Biblias, porque algunas traducciones emplean palabras diferentes según el contexto. El dato importante no es solamente cuántas veces aparece el término, sino la amplitud de su función narrativa y teológica. ↩︎
  3. «Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo» expresa el corazón del pacto: Dios se compromete a habitar en medio de su pueblo, y este es llamado a responder con confianza, amor y fidelidad. La fórmula aparece, con variaciones, en Éxodo 6:7, Levítico 26:12 y Jeremías 31:33. Su recorrido conecta la liberación de Egipto, la presencia divina entre Israel y la promesa del nuevo pacto, hasta culminar en Apocalipsis 21:3, donde Dios habita definitivamente con la humanidad redimida. El propósito de la salvación incluye, por tanto, tanto el perdón como la comunión: pertenecer a Dios y vivir en su presencia. Rolf Rendtorff dedicó una monografía a esta expresión, identificando tres formas principales: «Yo seré vuestro Dios», «Vosotros seréis mi pueblo» y la combinación de ambas. Según explica Hallvard Hagelia al recoger su análisis, estas fórmulas expresan el contenido fundamental del pacto: YHWH se compromete a ser el Dios de Israel y a estar con su pueblo. La relación misma constituye el centro desde el que adquieren sentido las promesas y obligaciones. Richard S. Hess, al comentar la investigación de Rendtorff, destaca que esta fórmula permite reconocer la realidad del pacto incluso donde no aparece la palabra hebrea berit. Además, conecta la elección de los patriarcas, la liberación de Egipto, la obediencia a la Torá y la esperanza profética de restauración. Así, la obediencia se comprende dentro de una relación iniciada por Dios, y la restauración anuncia la renovación de esa comunión después de la infidelidad de Israel. ↩︎
  4. La promesa de enemistad entre la serpiente y la mujer, y de la victoria de la descendencia de la mujer, desempeña un papel decisivo en la narración. No todos los intérpretes consideran que Génesis 3:15 sea formalmente un pacto; Thomas Schreiner, por ejemplo, distingue esta promesa de gracia del pacto creacional propiamente dicho. Aun así, el texto inicia una expectativa que recorrerá la historia bíblica y alcanzará su plenitud en el Mesías. ↩︎
  5. Cuando la Biblia dice que Dios «recuerda», utiliza un lenguaje acomodado a nuestra experiencia. El recuerdo divino suele manifestarse en una acción: Dios preserva a Noé (Gn 8:1), libera a Israel (Ex 2:24–25) o renueva su misericordia (Ez 16:60). El verbo no describe una deficiencia en el conocimiento de Dios, sino la activación histórica de su fidelidad. ↩︎
  6. Hebreos 6 relaciona el juramento divino con la esperanza del creyente. El propósito pastoral del pasaje no es alimentar especulaciones sobre acuerdos celestiales, sino mostrar que la promesa de Dios es firme y que la esperanza puesta delante de nosotros funciona como «segura y firme ancla del alma». ↩︎
  7. Algunos teólogos relacionan esta expresión con el llamado pacto de redención; otros consideran que el contexto apunta principalmente al nuevo pacto, eterno por sus efectos y ratificado mediante la sangre de Yeshúa. Dentro de la lectura trinitaria clásica, el pacto de redención describe el propósito eterno en el que el Padre encomienda la obra salvadora al Hijo, el Hijo la asume voluntariamente y el Espíritu aplica sus beneficios. Algunos intérpretes unicitarios, en cambio, no hablan de un acuerdo entre personas divinas eternamente distintas: entienden estos textos como el único Dios determinando eternamente su propósito salvador y realizándolo en la historia mediante la encarnación; el envío, la obediencia y la mediación del Hijo se explican desde la auténtica humanidad del Mesías y su misión histórica. Ambas posturas afirman que la salvación no fue improvisada, pero discrepan profundamente acerca de la identidad personal del Padre, del Hijo y del Espíritu y, por tanto, acerca de si es apropiado hablar de un pacto intradivino. Esta diferencia se estudiará con sus textos y argumentos propios en el capítulo dedicado al pacto de redención. ↩︎
  8. Jeremías 31:33 utiliza torah para aquello que Dios escribe interiormente. El profeta no imagina un pueblo sin instrucción divina, sino un pueblo transformado para conocer al Señor y caminar en fidelidad. Las preguntas acerca de qué disposiciones se aplican, de qué manera y a quiénes requieren un estudio posterior; pero el texto no presenta el nuevo pacto como ausencia de voluntad moral divina. ↩︎
  9. Walther Eichrodt convirtió el pacto en el principio organizador de su teología del Antiguo Testamento. Otros estudiosos consideran que la Biblia posee varios temas coordinados —reino, presencia, promesa, templo, misión o gloria de Dios— y desconfían de reducirlos a un único centro. No es necesario afirmar que «pacto» sea el único tema de la Biblia para reconocerlo como una de sus estructuras principales. ↩︎
  10. Que un Padre de la Iglesia utilice vocabulario de «pacto», «economía» o «testamento» no significa que sostuviera todos los elementos de la teología federal posterior. Es preferible hablar de antecedentes y desarrollos históricos que proyectar retrospectivamente un sistema completo sobre autores antiguos. ↩︎

Daniel López
Daniel López

Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad 2 Timoteo 2:15

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