Sobre la Parashat Toldot

En esta semana estamos estudiando la Parashat 06 Toldot תּוֹלְדֹת‬ se encuentran en: Génesis 25:19-28:9  — (Toldot) significa: “Generaciones”.

Leemos en la Parasha:

Génesis 25:29-34:

29 Y llegando Esaú cansado del campo, vio que Jacob cocinaba un guiso.
30 Entonces dijo Esaú a Jacob: Te ruego, déjame tragar de eso rojo,° porque estoy desfallecido. (Por eso le llaman Edom°).
31 Respondió Jacob: Si me vendes hoy tu primogenitura.
32 Entonces dijo Esaú: Igual me voy a morir. ¿De qué me sirve la primogenitura?
33 Y dijo Jacob: ¡Júramelo hoy! Y le juró, y vendió su primogenitura a Jacob.
34 Entonces Jacob dio a Esaú pan con potaje de lentejas, y él comió y bebió, se levantó y se fue. Así despreció Esaú la primogenitura.

Se comenta que Jacob era conocedor tal vez, de la profecía que le fuera revelada a Rivkáh, su madre, durante la época de gestación, y que decía: “Y el mayor servirá al menor”, se sentía heredero y depositario de la bendición patriarcal que pasa de Abraham a Isaac y que éste deberá transmitir a su hijo predilecto.

Por otra parte, es probable que, dado el carácter de Esau, no fuera él — a juicio de Jacob, el hijo más adecuado para esta continuidad, especialmente espiritual.

El relato de la venta de la primogenitura de Esau, está insertado en una escena aparentemente trivial. Resulta difícil precisar si la primogenitura de Esau fue en realidad cambiada por un plato de lentejas o si fue vendida por alguna suma de dinero, que la Toráh no especifica y que la comida dada por Jacob a Esau no era más que la confirmación de esa venta.

Los textos bíblicos nos relatan cómo los juramentos, pactos o compromisos entre personas o grupos de personas eran — una vez concertados — ratificados por una comida entre hermanos y amigos. Véase como ejemplo ilustrativo el pasaje en que Abimélej y sus hombres ofrecen a Isaac la concertación de un pacto y cómo Isaac actúa; en el lenguaje bíblico leemos:

“…Les hizo para ellos un convite y ellos comieron y bebieron…”

Lo mismo ocurrirá cuando Labán quiera normalizar sus relaciones con Jacob. Todo empieza, en palabras del texto con: “Dijo Jacob a sus hermanos: “Recoged piedras” e hicieron un montículo y comieron allí sobre el montículo.” (Gén 31:46)

Por último, este episodio nos demuestra también el carácter distinto de los hermanos; pues Jacob busca poseer lo que Esau desprecia.

La diferencia de carácter entre los dos hermanos pronto se manifestó en una situación singular, que llegó a ser el punto crítico que separó sus vidas. Jacob había cocinado lentejas (vers. 34).

El hecho de que Jacob exigiera el derecho de primogenitura no era una broma de chiquillos, que pudiera anular la autoridad paterna, porque la transacción quedó sellada con un juramento, que era vinculante. Esaú lo sabía, pero optó por no preocuparse por las consecuencias, menospreciando así su primogenitura. Su actitud de indiferencia absoluta le descalificó, convirtiéndose en una advertencia para otros (He. 12:16–17), que podrían verse tentados a renunciar frívolamente a su herencia espiritual.

Martín Lutero escribió una vez: “Guarda estas dos imágenes en tu mente, porque cada uno de nosotros es un Esaú o un Jacob”. Esaú permanece en las páginas de las Escrituras como el hombre bendecido abundantemente que despreció las bendiciones de Dios y las perdió. Las Escrituras advierten:

Hebreos 12:16-17:

16 que no haya ningún fornicario, o profano, como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura.
17 Porque sabéis que aun cuando después deseaba heredar la bendición, fue rechazado (porque no halló lugar de arrepentimiento), aunque solícitamente la buscó con lágrimas.

Él vendió la primogenitura tan livianamente. Creía que habría oportunidad de rectificar después. Y ahora descubre que no hay solución. Llora, pero es demasiado tarde. Tendrá que vivir con las consecuencias de su frivolidad. Lo hecho, hecho está.

La actitud de Esaú también es común en nuestros días. La mayoría de la gente dedica los mayores esfuerzos y el tiempo a satisfacer sus necesidades inmediatas: poner comida en la mesa y un techo sobre su cabeza, y tener listo el televisor a tiempo para ver el programa favorito de la noche. El resultado es que mucha gente tiene altos ingresos, pero lleva una vida muy pobre.

Nosotros podemos encontrarnos en una situación parecida. No sólo porque tengamos que vivir con las consecuencias de nuestro pecado. Tampoco porque el pecado no tenga perdón de Dios. Sino porque, como dice el autor, podemos encontramos sin oportunidad para el arrepentimiento.

¿Por qué nos arrepentimos? ¿Porque en un momento determinado nos parece una buena idea? No. El arrepentimiento no funciona así. Nos arrepentimos de nuestros pecados cuando Dios nos concede arrepentimiento (2 Timoteo 2:25) y nos redarguye de pecado.

Para esto el Espíritu se sirve de muchas cosas. Puede ser un mensaje predicado o sencillamente unos pensamientos que me vienen a la mente y me recuerdan algo que nunca he confesado. Entonces experimento una sensación abrumadora de convicción de pecado, siento el peso de mi culpabilidad, y el Espíritu me conduce al Señor en arrepentimiento.

El juramento de Esaú no podía revocarse porque era legalmente vinculante, y aunque la puerta de la salvación está abierta para dar la bienvenida a quienes se arrepienten de verdad y anhelan heredar la posición que Cristo concedió mediante su muerte (Mt. 5:3–10), es posible, aun así, renunciar al privilegio espiritual despreciando las promesas de Dios y rechazando empecinadamente los caminos de Dios hasta que la puerta se cierra.

El menosprecio con el que Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas demostró su incapacidad para llegar a ser el heredero de las magnánimas promesas de Dios. Al paso que la conducta de Jacob no puede ser justificada, la de Esaú merece la más severa condenación. Jacob se arrepintió y fue perdonado; Esaú estaba más allá del perdón, porque su arrepentimiento consistió tan sólo en su pesar por los resultados de su acto apresurado, no por el acto mismo.

Aprendamos, pues, la lección de Esaú. Frenemos nuestros pasos antes de caer, no sea que, practicando el pecado, nos endurezcamos y no haya posibilidad de arrepentimiento.

Proverbios dice:

13 El que menosprecia la Palabra, perecerá por ello,
   Pero el que teme el mandamiento será recompensado.

(Para mas reflexiones de las Parashot semanales haz click aquí)

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