Aclarando: ¿Declarando limpios todos los alimentos? Marcos 7:19

Marcos 7:19  – “…porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos…”

(Reina Valera Revisada (1960). (1998). (Mr 7:19). Miami: Sociedades Bı́blicas Unidas)

Es una mala concepción ampliamente sostenida del cristianismo “moderno” de que Jesús apartó las instrucciones de Dios que prohíben los alimentos “impuros” heb tamé טָמֵא (literalmente desordenados). Un incidente registrado en Marcos, capitulo 7 es a menudo usado como texto prueba para tal punto de vista.

En este caso, los discípulos de Jesús fueron criticados por los líderes judíos por comer sin primero lavarse las manos. Esta disputa no tenia nada que ver con los alimentos limpios o impuros sino que giraba alrededor de la tradición judía de la pureza ritual, tal como el lavado de manos ceremonial.

Ahora el asunto se aclara un poco más. Se refiere al comer “con manos inmundas”. ¿Por qué les preocupaba esto a los escribas y fariseos?

i. La Halajá requiere que se laven las manos antes de comer una comida que contenga pan. Este lavado se conoció inicialmente como mayim rishonim (primeras aguas), pero ahora se conoce comúnmente simplemente como netilat yadayim (lavarse las manos) (Berajot 53b).

Esto se verá mejor mediante un informe sobre la «tradición de los ancianos», más necesaria todavía por el hecho de que existen importantes diferencias aun entre las autoridades eruditas judías, debido probablemente a la circunstancia de que el breve Tratado Míshnaico dedicado al tema (Yadayim) no tiene Gemara adherida al mismo, y además trata de modo extenso otros asuntos.

Al principio tenemos esta confirmación de lo que dice el Evangelio, ya que se admite de modo expreso que esta práctica no tenía su origen en la Ley de Moisés, sino que era «una tradición de los ancianos» (Chull. 105 a, b, 106 b, principalmente). A pesar de ello, y quizá precisamente por ello, era puesta en vigor de manera estricta, de modo que el descuidarla era equivalente a ser culpable de una contaminación carnal crasa.

Su omisión podía llevar a la destrucción temporal (Sot. 4 b) o por lo menos a la pobreza (Shabb. 62 b). El pan comido con las manos sin lavar era como si hubiera sido basura (Sot. 4 b). En realidad, un rabino que había desdeñado esta ordenanza, al morir fue enterrado excomulgado (Eduy. v. 6; Ber. 19 a). Así, desde su punto de vista, la acusación de los escribas contra los discípulos, lejos de ser exagerada es presentada por los evangelistas con palabras muy moderadas. De hecho, aunque en aquel tiempo era una de las marcas de los fariseos, en un período ulterior se hizo tan común que el lavarse las manos llegó a considerarse una manera fácil de identificar a un judío (Chull. 106 a; Bemid. R. 20, ed. Vars., p. 81 b).11

El hecho de que Jesús nunca –en sus respuestas a las acusaciones de los escribas contra los discípulos– intentara justificar su conducta, ni dar excusas por su infracción de las ordenanzas rabínicas, implicaba por lo menos una actitud de indiferencia hacia el tradicionalismo. Esto es más digno de notar porque, como sabemos, las ordenanzas de los escribas eran declaradas más preciosas (Jer. Chag. 76 d) y de mayor fuerza obligatoria que las de las mismas Sagradas Escrituras.

Pero, aun en este caso, puede aparecer la pregunta de por qué Cristo había provocado tanta hostilidad al colocarse en antagonismo directo con lo que, después de todo, le era indiferente (Jer. Ber. 3 b; Sanh. xi. 3; Erub. 21 b).

La respuesta a esta pregunta requerirá dar a conocer otro aspecto del Rabinismo que, por ser tan penoso, ha sido evitado hasta ahora. Con todo, es necesario no ya en sí mismo, sino para mostrar la distancia infinita entre Cristo y la enseñanza de la Sinagoga. El Rabinismo, en su locura de exaltación propia, presentaba a Dios ocupándose Él mismo de día en el estudio de las Escrituras, y de noche en el de la Mishnah (Targum [ed. Ven.] sobre Cnt. 5:10; comp. Ab. Zar. 3 b); y que en el Sanedrín celestial, sobre el cual presidía el Todopoderoso, los rabinos se sentaban en orden de importancia, y se discutía la Halakhah, y se tomaban acuerdos en conformidad con la misma (Bab. Mez. 85 a).

Aunque esto parezca terrible, no es todo. El antropomorfismo de la clase más grosera es llevado hasta el borde de la blasfemia cuando se presenta a Dios pasando por lo menos tres horas cada día jugando con Leviatán (Ab. Zar. u.s.), y se discute que, desde la destrucción de Jerusalén, Dios ya no ríe, sino que llora, y lo hace en un lugar secreto suyo, según Jeremías 13:17 (comp. Chag. 5 b). Es más, Jeremías 25:30 es interpretado de modo profano, implicando que, en su dolor por la destrucción del Templo, el Todopoderoso ruge como un león en cada una de las tres vigilias de la noche (Ber. 3 a). Las dos lágrimas que deja caer en el mar son la causa de los terremotos; aunque se dan otras explicaciones no menos realistas y ordinarias del fenómeno (Ber. 59 a).

Intentemos ahora comprender la actitud de Cristo respecto a estas ordenanzas sobre la purificación, y también la razón de su actitud.

Marcos 7:1-5 – “…Se reúnen en derredor suyo los fariseos y algunos de los escribas llegados de Jerusalén. 2 Y al ver que algunos de sus discípulos comían los panes con manos sucias,* es decir, no lavadas 3 (porque los fariseos y todos los judíos, cumpliendo la tradición de los ancianos, no comen, a menos que se laven las manos a fuerza de puños,* 4 y al regresar* del mercado no comen a menos que se rocíen. Y hay muchas otras cosas que han recibido para observarlas:* abluciones* de copas, de jarros y de utensilios de bronce), 5 le preguntaban los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan* conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen el pan con manos inmundas?..

Biblia Textual. (2020). (IV Edición, Mr 7.1–5). Sociedad Bíblica Iberoamericana.

Dibujando una clara distinción entre las tradiciones de los judíos y los mandamientos de Dios, Jesús acusó a los escribas y fariseos de invalidar la Palabra de Dios por sus tradiciones.

Marcos 7: 6-9 – “…Y Él respondió y les dijo, “Bien profetizó Isaías concerniente a ustedes hipócritas, como está escrito, ‘Este pueblo Me honra con sus labios, pero sus corazones están lejos de Mí.’ Pero en vano Me adoran, enseñando por doctrina los mandamientos de hombres. Por dejar el mandamiento de Dios, ustedes se aferran a la tradición de hombres, tal como el lavado de ollas y copas [y el lavado ritual de manos]; y practican muchas otras cosas como esta.” Entonces les dijo, “Muy bien rechazan el mandamiento de Dios, para poder guardar su propia tradición…”

Jesús reprendió severamente a los judíos por “anular” la autoridad de la Palabra de Dios con sus incontables y restrictivas tradiciones (vs 13).

Note que la respuesta primaria de Jesús fue defender y apoyar completamente las leyes y mandamientos de Dios. En ninguna forma han sido abolidas las leyes de Dios, habiendo señalado ese punto, Él continuó tratando con la pregunta de comer con las “manos sucias.” Dirigiéndose a la multitud, Él dijo:

Marcos 7:14-16 – “…Óiganme, todos ustedes, y entiendan. No hay nada que entre en un hombre desde afuera que sea capaz de profanarlo; sino las cosas que salen de él, esas son las cosas las cuales profanan a un hombre.

16 Si cualquiera tiene oídos para oír, oiga…”

i. vs 16 – Aun cuando este versículo se halla presente en la mayoría de los testigos, no se encuentra en importantes testigos alejandrinos (א B L Δ* al). Todo parece indicar que es una glosa de copista (tal vez derivada de 4:9 o 4:23), que se introdujo como una secuela adecuada del v. 14. (Metzger, B. M. (2006). Un Comentario Textual al Nuevo Testamento Griego (cuarta edición revisada, p. 82).

Obviamente, las manos sucias no profanarán particularmente a una persona. Pero Jesús dijo que “…No hay nada que entre en un hombre desde afuera que sea capaz de profanarlo;…”

¿Significaba eso que las carnes impuras ya no eran mas prohibidas por la ley de Dios—que literalmente nada puede profanar a una persona? ¿Qué quiso decir Jesús?

Primero debemos tener en cuenta que el vocablo griego broma βρῶμα, usado en el versículo 19, significa sencillamente “comida”. Cuando en el Nuevo Testamento se habla específicamente de la carne de los animales, el vocablo que se emplea es kreas κρέας (ver Romanos 14:21; 1ro Corintios 8:13). Por lo tanto, el pasaje que nos ocupa está relacionado en alguna forma con la comida en general, no sólo con las carnes. Sin embargo, si lo analizamos un poco más nos daremos cuenta de que la verdadera controversia nada tenía que ver con qué alimentos se debían o no comer.

El pacto que Dios hizo con Israel en el monte Sinaí estaba basado en muchas leyes y otros estatutos que tenían que ver con la pureza ritual. Pero la práctica judía muchas veces se apartaba de éstos por seguir la “ley oral” o “tradición de los ancianos”, la cual consistía en muchos requisitos y prohibiciones agregados a las leyes de Dios por hombres. En los versículos 3-4 podemos ver una breve explicación de la costumbre específica a la que los fariseos y escribas se estaban refiriendo: “Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen…”

Observemos que aquí no se menciona ley alimentaria alguna. El asunto era la pureza ritual basada en las tradiciones de la ley oral. Los discípulos estaban siendo criticados por no cumplir con la ceremonia de lavado de manos ordenada por esas veneradas tradiciones religiosas.

Con respecto a los antecedentes de los versículos 3-4, una obra de consulta nos ofrece una explicación de esta costumbre: “En estos versículos Marcos da una explicación de un … rito de lavado de manos que corresponde a los pormenores dados en el tratado Yadayim de la Misná [la Misná es una versión escrita de la tradición oral].

En el mercado uno puede tocar cosas ceremonialmente impuras; la impureza se elimina enjuagándose hasta la muñeca. Hoy en día los judíos ortodoxos practican [el lavado ritual de manos] antes de las comidas. La razón de esto no tiene nada que ver con la higiene, sino que está basada en la idea de que ‘el hogar de uno es su templo’ y la mesa es su altar, la comida es su sacrificio y uno mismo es el [sacerdote]. Debido a que el [Antiguo Testamento] exige que los [sacerdotes] estén ceremonialmente puros antes de ofrecer sacrificios en el altar, la [ley] oral exige lo mismo antes de comer” (David Stern, Jewish New Testament Commentary [“Comentario judío del Nuevo Testamento”], 1995, p. 92).

Ya en la época de Jesús, para muchos judíos eran muy importantes estos ritos agregados y, por practicarlos, en algunas ocasiones descuidaban y hasta violaban los principios básicos de la ley de Dios (Mateo 23:1-4, Mateo 23:23-28).

Les dejamos algunos ejemplos en el talmud sobre el lavamiento de manos:

⇒  Algunas citas del Talmud:

lavamiento de manos.png

“Una persona que desprecia lavarse las manos antes de comer debe ser excomunicada” ( Ber. 47b)

“Quien quiera que coma pan sin lavarse las manos primeramente es considerado haber pecado con una ramera” (Sota 4b)

“Quien quiera que haga algo liviano acerca del lavamiento de las manos será cortado del mundo” (Sota 4b)

“Quien quiera que coma pan sin fregarse las manos es considerado haber comido pan inmundo” (Sota 4b)

Después de censurar la hipocresía de estas y otras tradiciones religiosas de su época, Jesús llegó al meollo del asunto. Lo que les explicó demuestra que es mucho más importante cuidarse de lo que sale del corazón, que de lo que se mete en la boca (Marcos 7:15), y agregó:

Marcos 7:21-23 – “…Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre…”

En Gálatas 5:19-21 se mencionan varias de estas características negativas como “obras de la carne”; son todo lo contrario de lo que es “el fruto del Espíritu”, que es “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, [y] templanza” (vv.22-23). Todo este fruto es el producto de un corazón espiritualmente puro.

Los ritos de lavado y purificación del pacto de los antiguos eran representaciones físicas de la purificación espiritual que se ofrecería en el nuevo pacto (Hebreos 9:11-14). Por eso el apóstol Pablo escribió que Jesús “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

Una de las enseñanzas básicas de Jesucristo es: “Bienaventurados los de limpio corazón…” (Mateo 5:8).

En Marcos 7 Jesús explicó que el lavado de manos no es necesario para la pureza o salud espirituales. Dijo que “todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina…” (vv.18-19).

En otras palabras, lo que Jesús dijo es que cualquier partícula de suciedad que no pudiera ser eliminada por medio del minucioso lavado ritual de manos, sería eliminada por medio de los aparatos digestivo y excretor, y no tendría efecto alguno sobre la verdadera pureza de la persona (su mente o corazón). Debido a que la pureza espiritual tiene que ver con el corazón, los lavados ceremoniales no son necesarios, ni pueden evitar la contaminación espiritual.

En una nota sobre el versículo 19, el citado comentario judío resume bien el significado global de este pasaje:

Jesús “no abrogó, como muchos suponen, las leyes de kashrut [kosher, término que significa “adecuado, propio”], ¡haciendo así limpio el jamón!

Desde el principio del capítulo, el tema ha sido la pureza ritual … ¡y de ninguna manera las leyes alimentarias! En este versículo no existe ni la más remota insinuación de que las comidas aquí mencionadas se refieran a algo diferente de lo que la Biblia permite comer … en otras palabras, (comida tahor “apta para el consumo” (paréntesis agregado).

”Más bien, [Jesús] continúa su discurso acerca de la prioridad espiritual (vv.6-13). Enseña que [la pureza] no es primeramente ritual o física, sino espiritual (vv.14-23). En todo esto él no descarta completamente las ampliaciones farisaico-rabínicas de las leyes de pureza, pero las considera de menor importancia”

(Stern, op.cit., p. 93).

¿Qué podemos decir, entonces, de Marcos 7:19?

En la última parte del versículo leemos lo siguiente: “Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos” (Reina-Valera, revisión de 1960). Sin embargo, en la revisión de 1977 de esta Biblia el versículo 19 se tradujo de esta manera: “porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la cloaca, purificando todos los alimentos”.

Este versículo es especialmente interesante, porque hay un error de traducción y esto nos sirve para ilustrar el hecho de que es muy importante leer el contexto y, además, comparar diferentes versiones de la Biblia. En este caso, el contexto contiene la clave para entender el verdadero significado del pasaje y también para determinar cuál es la traducción más acertada.

El significado claro del versículo 19, tal como aparece en la revisión de 1977, es que mediante los aparatos digestivo y excretor el cuerpo asimila los alimentos y elimina las partículas de polvo que puede haber en ellos. Pero ¿es correcta esta traducción?

Si nos atenemos al medio cultural del pueblo judío, en el que sólo se consumían las carnes limpias (según Levítico 11 y Deuteronomio 14), y si tenemos en cuenta que lo que se estaba discutiendo en este pasaje era la necesidad de lavarse las manos de cierta manera antes de comer, resulta obvio que la versión Reina-Valera de 1977 es la que encaja perfectamente con el contexto.

Conviene mencionar también que las palabras Esto decía, refiriéndose a Jesús, no aparecen en los manuscritos originales griegos, sino que fueron agregadas por los traductores, quizá en un intento por interpretar el pensamiento de Marcos.

Les dejo una muestra de una nota al pie de la biblia textual IV edición a el agregado “Esto decía”.

Como veis en la nota es una suple elipsis del original

Bruce Metzger hace el siguiente comentario

La lectura καθαρίζων (purificando) cuenta con el apoyo abrumador de la evidencia textual. Las dificultades para construir la oración con esta palabra llevó a los copistas a intentar varias correcciones y supuestas mejoras.

i. Muchos estudiosos modernos, ciñéndose a la interpretación sugerida por Orígenes y Crisóstomo, consideran que καθαρίζων (purificando) está ligado gramaticalmente con λέγει, del v. 18, y lo entienden como el comentario del evangelista en cuanto a las implicaciones de las palabras de Jesús con relación a las leyes dietéticas judías.

(Metzger, B. M. (2006). Un Comentario Textual al Nuevo Testamento Griego (cuarta edición revisada, p. 82). Stuttgart; New York: Sociedades Bíblicas Unidas; Deutsche Bibelgesellschaft.)

Además de analizar el contexto, otra clave para entender correctamente un versículo de la Biblia es examinar otros pasajes relacionados con el tema que se estudia. En este caso tenemos la ventaja de que en Mateo 15 se menciona el mismo incidente y se aclara aún más el asunto.

Jesús dijo: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias [todas estas cosas son infracciones de la ley de Dios y, por tanto, pecados]. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre” (vv.19-20).

El hecho es que en ningún pasaje del Nuevo Testamento se encuentra el caso de algún cristiano que haya comido carne considerada inmunda; en la Biblia sencillamente no existe nada parecido. Por el contrario, encontramos pasajes en los que el apóstol Pablo nos exhorta a que guardemos todas las leyes de Dios (Hechos de los Apóstoles 24:14; Hechos de los Apóstoles 25:8; Romanos 3:31; Romanos  7:12, Romanos 7:22). Así también lo hacen Santiago, medio hermano de Jesús, y Juan (Santiago 2:8-12; Santiago 4:11; 1ra Juan 3:4). Violar las leyes alimentarias de Dios habría sido simplemente inimaginable para ellos.

Habiendo expuesto todo esto nos queda claro que este verso se ha sacado de su contexto histórico-cultural y se a interpretado de mala manera poniendo en afirmaciones del Mesías que no son ciertas, queda claro entonces que los pasajes se están refiriendo directamente a el revuelo/problema sobre el comer con las manos impuras, y espiritualmente a la enseñanza el mesías extrae que lo que contamina de verdad son las acciones impropias que se hacen en lo oculto y anidan en lo profundo del corazón.


A continuación les dejo un estudio de Alfred Edersheim de su libro “Comentario Bíblico Histórico” sobre el origen del lavamiento de las manos:

Es algo más difícil explicar el origen de la ordenanza. Tal como se ha indicado, parece haber sido ordenada al principio para asegurarse de que las ofrendas sagradas no serían comidas estando contaminado. Cuando pasó a ser una ordenanza de los ancianos, esto era considerado, naturalmente, como base suficiente para la obediencia (Chull. 106 a).

Luego se procuró obtener apoyo escritural de la costumbre. Algunos la basaron en la ordenanza original de la purificación, en Levítico 15:11 (Chull. 106 a), mientras que otros vieron en las palabras «santificaos» (Lv. 11:44) la orden de lavarse antes de comer; en la orden: «Sed santos», la de lavarse después de comer; mientras que la cláusula final, «porque yo soy el Señor tu Dios», la consideraban como la orden de «dar gracias al comer» (Ber. 53 b, final). Porque pronto no fue sólo lavarse antes, sino también después de las comidas. Sin embargo, solamente lo primero era considerado como «un mandamiento» (Mitsvah); lo otro, sólo como un «deber» (Chobhah), que algunos realmente explicaban en términos de higiene, ya que podría haber quedado algo en las manos que pudiera lastimar los ojos (Erub. 17 b; Chull. 105 b). En consecuencia, los soldados, en las prisas de la campaña, podían descuidar el lavarse antes pero debían lavarse cuidadosamente después de comer. Poco a poco los más rigurosos acabaron lavándose también entre los platos o cursos, aunque esto se decía que era puramente voluntario. Este lavarse antes de las comidas algunos consideraban que se mencionaba en los escritos talmúdicos con la expresión «las primeras aguas» (Mayim rishonim), en tanto que lavarse después de las comidas es llamado las «segundas» (sheniyim), o «las otras», o las «aguas posteriores» (Mayim acharonim).

Pero hay otro aspecto aún más importante de la expresión que nos lleva a describir el rito mismo. La designación distintiva de la misma es Netilath Yadayim,12 literalmente, elevar las manos, mientras que el lavarse antes de comer se denomina también Meshi o Mesha (משא) (Chull. 107 a y b), que significa literalmente «fregar» o «frotar». Los dos términos señalan la manera del rito. Lo que había que tener en cuenta aquí era si se tenía que participar del «segundo diezmo», «primicias preparadas» (Terumah), o incluso alimento común (Chullin), o bien alimento «sagrado», esto es, sacrificado. En este último caso se prescribía una inmersión completa de las manos (bautismo, Tebhilath Yadayim), y no meramente Netilath o «elevación». La última era realmente una afusión. Como las purificaciones eran tan frecuentes, y había que tener cuidado de que el agua no fuera usada para otros quehaceres o cayera en ella algo que la contaminara, se guardaban grandes jarras para este propósito. Éstas podían ser de cualquier material, aunque se cita de modo especial la piedra (ver Jn. 2:6). Era costumbre sacar agua de ellas con lo que se llamaba una natla, antila o antelaya (ἀντγίον), una medida igual a «una cáscara y media de huevo» (Chull. 107 a; Bab. B. 58 b, y otros), porque no podía usarse una cantidad menor para una afusión. El agua era derramada sobre las dos manos, que debían estar libres de todo lo que pudiera cubrilas: gravilla, mortero, etc. Las manos debían estar elevadas, de modo que el agua se escurriera hacia las muñecas, a fin de asegurarse que quedaba limpia toda la mano, y que el agua contaminada por la mano no volviera a los dedos. De modo similar, una mano debía frotarse con la otra (el puño), siempre que la mano que frotaba ya estuviera limpia: de otro modo, el frotar podía hacerse contra la cabeza, o incluso contra una pared. Pero había un punto sobre el que se hacía un hincapié especial. En la «primera afusión», que era todo lo que se requería originalmente, cuando las manos estaban «contaminadas» levíticamente, el agua tenía que escurrirse hacia las muñecas13 (לַפֶרֶק o עַר הַפֶרֶק –lappereq o ad happereq). Si el agua no llegaba a la muñeca (chuts lappereq) las manos no estaban limpias (comp. Yad. ii. 3; Chull. 106 a y b). En consecuencia, las palabras de Marcos (7:3) únicamente pueden indicar que los fariseos «no comen a menos que se laven las manos hasta la muñeca».14

Ya se ha hecho alusión a lo que se llamaba las aguas «primeras» y las «segundas». Pero en su significado original estos términos se referían a algo distinto de lavarse antes y después de la comida. Las manos se consideraban capaces de contaminarse levíticamente, lo que en ciertos casos, podía hacer todo el cuerpo «inmundo». Si las manos eran «contaminadas», se requerían dos afusiones: la primera, o «primeras aguas» (mayim rishonim), para quitar la inmundicia, y las «segundas», o «aguas posteriores» (mayim sheniyim o acharonim), para eliminar las aguas que se habían contaminado al tocar las manos inmundas. En consecuencia, en la afusión de las primeras aguas, las manos eran elevadas y el agua debía escurrirse a la muñeca, mientras que en las segundas aguas las manos eran bajadas, de manera que el agua pudiera correr por los dedos hasta la punta.

Poco a poco se hizo una práctica realizar las dos afusiones siempre que se comía Terumah (primicias preparadas), y finalmente incluso cuando se comía alimento ordinario (Chullin). Los judíos modernos hacen tres afusiones, y acompañan el rito con una bendición especial.

Esta idea de la «contaminación de las manos» recibió una aplicación curiosa. Según uno de los dieciocho decretos, que indicaremos pronto y que datan de antes de Cristo, el rollo del Pentateuco en el Templo contaminaba toda la clase de comida que tocara. La razón con que se explicaba era que los sacerdotes acostumbraban a guardar la Terumah (primicias reservadas) junto al rollo de la Ley, por lo cual éste a veces sufría daño de los ratones. La ordenanza rabínica tenía por objeto evitar este peligro (Shabb. 14 a).15 Para aumentar la precaución, se estableció como regla que todo lo que hacía inadecuada la Terumah también contaminaba las manos (Yad. iii. 2). De ahí que las Santas Escrituras no sólo contaminaban el alimento, sino las manos que las tocaban, y esto no meramente en el Templo, sino en cualquier parte; y además se explicaba que al decir las Sagradas Escrituras se incluía a todos los libros inspirados: la Ley, los Profetas y los Hagiógrafos. Esto dio lugar a interesantes discusiones sobre si había que considerar que los Cantares de Salomón, Eclesiastés o Ester «contaminaban las manos», es decir, si había que entender que pertenecían al Canon. La decisión final fue en favor de estos libros: «todos los escritos sagrados contaminan las manos; Cantar de los Cantares y Eclesiastés contaminan las manos» (Yad. iii. 5). Es más, se llevaban tan lejos las consecuencias que incluso se declaraba que una pequeña porción de las Escrituras contaminaba las manos si contenía ochenta y cinco letras, porque la menor sección (Parashah) de la Ley (Nm. 10:35, 36) contenía este número exacto. Incluso las filacterias, debido a que contenían porciones de los sagrados textos, las tiras de piel con que éstos se ataban a la cabeza y el brazo, es más, los márgenes en blanco alrededor del texto de las Escrituras o el comienzo y final de las secciones, se declaró que contaminaban las manos (Yad. iii. 3–5).16

De lo expuesto se puede comprender la importancia que los escribas adscribían al rito que los discípulos habían descuidado. Con todo, en un período ulterior el Fariseísmo, con un ingenio característico, encontró la manera de evadir incluso esta obligación, estableciendo lo que denominaríamos el principio papista (o semipapista) de la «intención». Se ordenó que si alguno había ejecutado el rito del lavamiento de manos por la mañana «con intención» de que fuera aplicado a las comidas de todo el día, esto (con las debidas precauciones estipuladas) era válido (Chull. 106 b). Pero, al tiempo de que escribimos, la ordenanza original era reciente. Esto toca una de las cuestiones más importantes pero también más intrincadas de la historia de los dogmas judaicos. La tradición judía atribuye, ciertamente, la orden de lavarse las manos antes de la comida –por lo menos las ofrendas sacrificiales– a Salomón (Shabb. 14 b, final), en reconocimiento de lo cual «la voz del cielo» (Bath-Qol) se oyó que pronunciaba Proverbios 23:15 y 27:11.

Pero el indicio más primitivo de esta costumbre aparece en una porción de los Libros de la Sibila, que datan de cerca de 160 a.C. (Or. Sib. iii. 591–593), en que encontramos una alusión a la práctica de lavarse las manos continuamente, en relación con la oración y la acción de gracias.17 Fue reservado a Hillel y a Shammai, los dos grandes maestros rivales y héroes del tradicionalismo judío inmediatamente antes de Cristo, el fijar la ordenanza rabínica sobre el lavamiento de manos (Netilath Yadayim) como se describió anteriormente. Éste fue uno de los pocos puntos en que se pusieron de acuerdo (Shabb. 14 b, hacia la mitad), y de ahí que de modo enfático «fuera una tradición de los ancianos», puesto que estos dos maestros llevan cada uno la designación de «anciano» en los escritos rabínicos (הזקו).

Luego siguió un período de desarrollo del tradicionalismo y de aborrecimiento por todo lo gentil. La tradición de los ancianos no estaba todavía establecida como un mandamiento absoluto y de obediencia universal, en tanto que las disputas de Hillel y Shammai, que parecen casi al principio haber tomado puntos de vista divergentes acerca de todas las cuestiones, tienen que haber causado perturbación mental en muchos. Tenemos el informe de una reunión tempestuosa entre las dos escuelas, en la que se llegó a la sangre. La historia es tan confusa y contada de modos tan distintos en el Talmud de Jerusalén (Jer. Shabb. p. 3, c, d) y en el de Babilonia (Shabb. 13 b a 14 b), que es difícil formarse una idea clara de lo que realmente ocurrió. Esto parece claro, sin embargo: que los shammaítas tuvieron mayoría de votos y que fueron aprobados «dieciocho decretos» (ויה דבריס), en los cuales las dos escuelas estuvieron de acuerdo, mientras que sobre otras dieciocho cuestiones (quizá un número redondo) los shammaítas consiguieron la aprobación por una mayoría, y que otros dieciocho resultaron indecisos. Cada una de las escuelas se refiere a este día según los resultados de su partido. Los shammaítas (como el rabino Eliezer) lo alaban como el día en que había sido colmada la medida de la Ley hasta el borde (Jer. Shabb. 3 c), en tanto que los hilleliotas (como el rab. Josué) deploran que en aquel día se hubiera vertido agua en una vasija llena de aceite, por lo que algo del precioso líquido se había derramado. En general, la tendencia de estos dieciocho decretos era del carácter más antigentil, intolerante y exclusivista. Con todo, se le adscribió tal valor que, si bien todos los demás decretos de los sabios podían ser alterados por una asamblea más grave, entendida y con más autoridad, estos dieciocho decretos no podían ser modificados bajo circunstancia alguna (Jer. Shabb. 3 d). Pero, además de estos dieciocho decretos, las dos escuelas aquel día (Shabb. 13 b; 14 b) convinieron solemnemente el acuerdo de volver a poner en vigor «los decretos sobre el Libro (el ejemplar de la Ley) y las manos» (הספר והיריס גזירות). El Talmud de Babilonia (Shabb. 14 b, hacia el fin) hace notar que este último decreto, aunque hecho por Hillel y Shammai, «los ancianos», no fue practicado universalmente hasta que volvió a ser puesto en vigor por sus colegas. Es importante notar que este «decreto» data de un tiempo anterior reciente, y que fue hecho cumplir, por fin, en los días de Cristo.

Esto explica el celo que los escribas mostraron y explica «la extrema minuciosidad de detalles» con que Marcos «llama la atención» a esta práctica farisaica. Porque era un principio rabínico (Ab. Zar. 35 a) que si una ordenanza había sido vuelta a promulgar recientemente (גזירה תרשה) no podía ser puesta en discusión o «invalidada» (אין בה מפקפקין).18 Por ello se verá que el lenguaje empleado por el evangelista proporciona una valiosa confirmación de la genuinidad de su Evangelio no sólo por mostrar familiaridad íntima con las «minucias» de la «tradición judaica», sino al dar prominencia a lo que entonces estaba presente en controversia; y, más aún, porque se requiere un conocimiento íntimo de la Ley incluso para entender plenamente el lenguaje del evangelista.

Después de esta exposición detallada no se necesita más que hacer una referencia breve a otras observancias que el Judaísmo ortodoxo había de «retener». Se relacionan con los dieciocho decretos, cuyo objeto era separar a los judíos de todo contacto con los gentiles.

Todo contacto con un gentil, incluso el contacto con el vestido, podía implicar esta contaminación, por lo que al llegar del mercado el judío ortodoxo tenía que empezar las abluciones. Solamente los que conocen los arreglos complicados sobre las contaminaciones de vasijas que se describen en la Mishnah (Tratado Kelim), por pequeñas que fueran, pueden formarse una idea adecuada de la increíble minuciosidad con que se atiende cada detalle. Las vasijas de tierra que habían sido contaminadas debían romperse; las de lana, cuerno, vidrio o bronce, inmergidas; mientras que si se compraban vasijas de gentiles tenían que ser, según el caso, inmergidas, puestas en agua hirviendo, purificadas con fuego o por lo menos pulimentadas (Ab. Zar. v. y otros).

(Edersheim, A. (2009). Comentario Bíblico Histórico. (G. P. Grayling & X. Vila, Trads.) (pp. 954–956). VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA: Editorial CLIE).

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